"Después de vivir la cuarentena en un
piso compartido en Madrid donde malamente había ventanas, me di cuenta
de que si a las grandes ciudades se las desprende de toda esa vida
social y cultural que las caracteriza no les queda nada. Por no hablar
de que la conexión con la naturaleza es bastante mínima”, relata la
periodista y escritora tinerfeña Andrea Abreu,
que decidió volverse a Canarias cuando llegó a la conclusión de que
podía acabar su novela desde cualquier rincón donde hubiese una buena
conexión a internet.
La posibilidad de deslocalizar
nuestros puestos de trabajo gracias a una epidemia que nos obliga a
mantener como mínimo un metro y medio de distancia ha reducido el
espacio que existía entre nosotros y nuestras propias expectativas.
De repente, la fantasía de alquilar un piso de 70 metros con nuestra
pareja sin dejarnos el 50 o el 60% del sueldo sonaba más tangible que
imposible. Eso sí. Para ello, había que coger las maletas y
mudarse fuera de los grandes centros metropolitanos. Es decir, dejar
atrás el centro de Madrid o Barcelona.
Desde el comienzo de la pandemia, la incidencia del teletrabajo ha ido creciendo hasta representar al 34% de la población activa durante el confinamiento. Mientras antes de las restricciones sólo un 4,3% trabajaba en remoto de forma continua, la media europea se situó en torno al 16%, en 2019.
Como Abreu, muchas otras personas se
dieron cuenta de que no querían volver a vivir un confinamiento en un
piso muy pequeño o compartido. Así, a la hora de buscar una solución al
problema de la vivienda, la conclusión de gran parte de los nuevos
migrantes fue la misma: si quiero mejorar esta parte de mi vida tengo
que irme a un municipio con alquileres menos prohibitivos.
“Al verme de repente teletrabajando en
el confinamiento, me di cuenta de que lo que necesitaba era muy difícil
de encontrar en Madrid o muy caro. La calma y el espacio que yo
demandaba no podía dármelo esta ciudad”, explica Laura Sánchez, que a
sus 30 años decidió aprovechar las circunstancias del remoto para
mudarse a la sierra de Ávila con su pareja.
La democratización del teletrabajo y
la gestión de la pandemia en las grandes ciudades han abierto la veda a
una tendencia cada vez más al alza: el éxodo hacia las provincias, un
movimiento iniciado por unos pocos, conforme el mercado del alquiler se
ha ido recrudeciendo en los últimos años.
“Desde que me independicé hace más de
cinco años, he visto como el precio del alquiler en Madrid se ha
disparado muchísimo. He visto cómo pisos muy pequeños por los que pedían
barbaridades, se alquilaban igualmente en un abrir y cerrar de ojos. Cuando
el alquiler se come más de un 30 o un 40% del salario (y eso si tienes
suerte) es muy difícil construir un proyecto vital sobre esa base y
mucho menos ahorrar”, apunta Laura Sánchez.
Y, efectivamente. Los datos del mercado inmobiliario confirman la experiencia como inquilina de Sánchez. Según un informe
elaborado en 2019 por el Banco de España, desde el año 2014 al 2019, el
precio de los alquileres en Madrid y Barcelona se incrementó un 50% a
lo largo de este periodo.
En línea con esta idea y tras ocho
meses viviendo en la capital, Claudia González llegó a la conclusión de
que el balance entre lo que ganas (dinero) y lo que pierdes (calidad de
vida) para ella salía negativo: “Es imposible tener una vida
digna en ciudades como Madrid o Barcelona si un piso para dos personas
ronda los 1.300 euros. ¿Cuánto tienes que cobrar para poder hacer frente
a estos alquileres? Madrid es prohibitiva para cualquier persona
normal”, señala.
Así y tras quedarse sin trabajo en
Madrid como consecuencia del coronavirus, González y su pareja
decidieron volver a Asturias con el inicio de la desescalada: “Hemos
ganado en calidad de vida, no sólo porque la vida aquí sea más barata,
sino porque también somos nosotros quienes gestionamos nuestro tiempo.
En Madrid hay personas que diariamente se hacen hora y media de
transporte público para ir al trabajo y después volver.
Eso es como si
yo todos los días me desplazase de Avilés a León simplemente para ganar
dinero. Es una locura”, opina y añade que, a su juicio, «la capital se
está convirtiendo una ciudad que vive de ofrecer turismo al obrero. Un
lugar donde sólo pueden vivir los grandes empresarios y al que acuden
miles de turistas a hacer la cola del Primark y ver los espectáculos de
Gran Vía”, subraya.
¿Dejar la ciudad es sinónimo de perder oportunidades laborales?
A pesar de que el trabajo en remoto
está disponible ahora mismo para una buena parte de los trabajadores de
oficina, Laura Sánchez no canta victoria todavía respecto a este avance
sociolaboral: “Aunque ahora mismo mi empresa me da libertad para
trabajar en remoto tanto como quiera, soy consciente de que si en el
futuro busco un cambio de trabajo tendré que volver a Madrid. No creo
que el modelo de teletrabajo total se asiente tan rápido, al menos no de
manera general.
Creo que si quieres seguir teniendo oportunidades
profesionales seguirá siendo imprescindible ir a Madrid o a Barcelona.
Ojalá me equivoque y las cosas cambien a mejor en un futuro. Al final, toda España se beneficiaría de la descentralización de oportunidades”, explica.
Y ése es precisamente uno de los compromisos actuales de Andrea Abreu. La escritora de Panza de Burro quiere
ir más allá de la visibilización de la cultura canaria que ha
conseguido con su novela y lograr que los productos culturales creados
fuera de las grandes ciudades tengan su espacio, de la misma forma que
los flujos artísticos de Madrid y Barcelona son tenidos en cuenta.
“Cuando me fui de Madrid la verdad que
me puse un poco triste porque sentí que estaba perdiendo toda
oportunidad de tener una voz. Y eso es muy triste, sobre todo para mí
que defiendo la postura de reivindicar nuestra voz desde los márgenes.
Pero hemos bebido tantas veces de ese discurso que nos dice que lo que
ocurre fuera de las grandes áreas metropolitanas no tiene validez, que
yo misma sin quererlo, también contribuí a ello y me lo creí.
Sin embargo, en un determinado punto, me di cuenta que lo de vivir en el
centro es una patraña y lo único que nos hace es abandonar
continuamente nuestras raíces con la intención de cumplir esa especie de
sueño americano trasladado a España”, explica.
El desarraigo de Abreu con Madrid es
similar al que viven otros tantos jóvenes que llegan a la ciudad en
busca de mejores condiciones y se encuentran con un sueldo que sólo les alcanza para alquilar una habitación
en un piso compartido. Es una especie de relación amor-odio, un quiero y
no puedo donde, en ocasiones, sientes que la propia fuerza centrífuga
de la ciudad es la que te expulsa.
“Para mí dejar Madrid y volverme a Tenerife ha sido una apuesta por mi propia salud mental. La
vida en la ciudad me afectaba negativamente, sobre todo, por la
cuestión de no poder plantearme otra visión que no fuese la de compartir
piso hasta los 40 años. A su vez, creo que ha sido una especie
de decisión política porque estoy muy en contra de ese mensaje que dice
que sólo son válidas las cosas que triunfan en las grandes ciudades.
Parece que tener éxito en la península es más importante que triunfar en
las propias islas, y yo no quiero tener que buscar la aceptación de
Madrid o Barcelona para poder existir en el ámbito canario. Quiero crear
desde aquí y para aquí, porque sólo así podremos ampliar el rango de
vida cultural de las zonas periféricas. Al final que Panza de Burro haya tenido éxito es una muestra del desconocimiento de la cultura canaria que existe por parte de la península” concluye." (Irene Sierra, S Moda, El País, 08/10/20)