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21.1.21

Alemania: el estado de ánimo en el país está empeorando. La crisis se está volviendo existencial para un gran número de personas. Hay una sensación abrumadora de que el egoísmo, la agresión y la impaciencia se han vuelto más frecuentes. El sentimiento a favor de los gobernantes de 2020 se ha ido. La ira se está volviendo contra los medios...

 "Deberíamos hacer una pausa y reflexionar sobre los comentarios del instituto de encuestas alemán Allensbach. Allensbach no es mejor ni peor que otros en el seguimiento de las preferencias de los votantes para las elecciones nacionales, pero se sabe que producen buenas señales de alerta temprana sobre cambios de humor en la población. 

Ahora es ese momento. Renate Köcher, directora del instituto, ha salido con una advertencia de que el estado de ánimo en el país está empeorando. La crisis se está volviendo existencial para un gran número de personas. Durante el primer encierro, los alemanes apoyaron al gobierno y buscaron ansiosamente información de los medios. Un año después, un número cada vez mayor dice que están en peor estado que hace un año, tanto material como psicológicamente. 

Lo que está quedando claro es que la crisis destruye los medios de vida. Hay una sensación abrumadora de que el egoísmo, la agresión y la impaciencia se han vuelto más frecuentes, dijo Köcher a Handelsblatt en una entrevista. Una característica particular de esta crisis es que tendrá ganadores y perdedores permanentes. Este aspecto, dice, no prevalece en absoluto en el debate público. Solo alrededor del 10% de los alemanes entran en el grupo de los negadores de Covid-19. 

Pero muchos de los que no están en este grupo sienten que no pueden decir lo que piensan por temor a ser tildados de extremistas. La ira se está volviendo contra los medios. Estos comentarios apoyan la opinión de que esta pandemia es una recesión estructural. Una pandemia es un macroevento por excelencia. Pero da lugar a una microcrisis. El debate público se centra casi por completo en el lado macro: impacto en el PIB, desempleo medido. 

Pero esta vez, existe una posibilidad real de que logremos la macro en términos generales, pero la micro completamente incorrecta. Como dice Köcher, hay muchos perdedores. Históricamente, los países de la UE no son tan robustos como Estados Unidos en el manejo de cambios sociales repentinos. Como vimos en el Reino Unido, los muchos perdedores de la integración europea finalmente se unieron. La política de la pandemia aún no se ha desarrollado. 

Lo que estamos comenzando a observar es que el sentimiento a favor de los gobernantes de 2020 se ha ido. Una de las grandes incertidumbres de este año se relaciona con la logística y la política del lanzamiento de la vacuna. A menos que haya una rápida recuperación de las tasas de vacunación y el suministro de vacunas, existe un peligro claro y actual de que el público comience a medir los errores de la política de adquisición de vacunas de la UE en términos de vidas humanas perdidas."                   (Wolfgang Münchau , Eurointelligence)

16.12.20

La vuelta a las provincias gracias al teletrabajo: «Dejar Madrid ha sido una apuesta por mi salud mental»... "Cuando el alquiler se come el 40 % de tu salario es muy difícil construir un proyecto vital"... La vida en la ciudad me afectaba negativamente por la cuestión de no poder plantearme otra visión que no fuese la de compartir piso hasta los 40 años

 "Después de vivir la cuarentena en un piso compartido en Madrid donde malamente había ventanas, me di cuenta de que si a las grandes ciudades se las desprende de toda esa vida social y cultural que las caracteriza no les queda nada. Por no hablar de que la conexión con la naturaleza es bastante mínima”, relata la periodista y escritora tinerfeña Andrea Abreu, que decidió volverse a Canarias cuando llegó a la conclusión de que podía acabar su novela desde cualquier rincón donde hubiese una buena conexión a internet. 

La posibilidad de deslocalizar nuestros puestos de trabajo gracias a una epidemia que nos obliga a mantener como mínimo un metro y medio de distancia ha reducido el espacio que existía entre nosotros y nuestras propias expectativas. De repente, la fantasía de alquilar un piso de 70 metros con nuestra pareja sin dejarnos el 50 o el 60% del sueldo sonaba más tangible que imposible. Eso sí. Para ello, había que coger las maletas y mudarse fuera de los grandes centros metropolitanos. Es decir, dejar atrás el centro de Madrid o Barcelona.

Desde el comienzo de la pandemia, la incidencia del teletrabajo ha ido creciendo hasta representar al 34% de la población activa durante el confinamiento. Mientras antes de las restricciones sólo un 4,3% trabajaba en remoto de forma continua, la media europea se situó en torno al 16%, en 2019.

Como Abreu, muchas otras personas se dieron cuenta de que no querían volver a vivir un confinamiento en un piso muy pequeño o compartido. Así, a la hora de buscar una solución al problema de la vivienda, la conclusión de gran parte de los nuevos migrantes fue la misma: si quiero mejorar esta parte de mi vida tengo que irme a un municipio con alquileres menos prohibitivos.

“Al verme de repente teletrabajando en el confinamiento, me di cuenta de que lo que necesitaba era muy difícil de encontrar en Madrid o muy caro. La calma y el espacio que yo demandaba no podía dármelo esta ciudad”, explica Laura Sánchez, que a sus 30 años decidió aprovechar las circunstancias del remoto para mudarse a la sierra de Ávila con su pareja.

La democratización del teletrabajo y la gestión de la pandemia en las grandes ciudades han abierto la veda a una tendencia cada vez más al alza: el éxodo hacia las provincias, un movimiento iniciado por unos pocos, conforme el mercado del alquiler se ha ido recrudeciendo en los últimos años.

“Desde que me independicé hace más de cinco años, he visto como el precio del alquiler en Madrid se ha disparado muchísimo. He visto cómo pisos muy pequeños por los que pedían barbaridades, se alquilaban igualmente en un abrir y cerrar de ojos. Cuando el alquiler se come más de un 30 o un 40% del salario (y eso si tienes suerte) es muy difícil construir un proyecto vital sobre esa base y mucho menos ahorrar”, apunta Laura Sánchez.  

Y, efectivamente. Los datos del mercado inmobiliario confirman la experiencia como inquilina de Sánchez. Según un informe elaborado en 2019 por el Banco de España, desde el año 2014 al 2019, el precio de los alquileres en Madrid y Barcelona se incrementó un 50% a lo largo de este periodo.

En línea con esta idea y tras ocho meses viviendo en la capital, Claudia González llegó a la conclusión de que el balance entre lo que ganas (dinero) y lo que pierdes (calidad de vida) para ella salía negativo: “Es imposible tener una vida digna en ciudades como Madrid o Barcelona si un piso para dos personas ronda los 1.300 euros. ¿Cuánto tienes que cobrar para poder hacer frente a estos alquileres? Madrid es prohibitiva para cualquier persona normal”, señala. 

Así y tras quedarse sin trabajo en Madrid como consecuencia del coronavirus, González y su pareja decidieron volver a Asturias con el inicio de la desescalada: “Hemos ganado en calidad de vida, no sólo porque la vida aquí sea más barata, sino porque también somos nosotros quienes gestionamos nuestro tiempo. En Madrid hay personas que diariamente se hacen hora y media de transporte público para ir al trabajo y después volver. 

Eso es como si yo todos los días me desplazase de Avilés a León simplemente para ganar dinero. Es una locura”, opina y añade que, a su juicio, «la capital se está convirtiendo una ciudad que vive de ofrecer turismo al obrero. Un lugar donde sólo pueden vivir los grandes empresarios y al que acuden miles de turistas a hacer la cola del Primark y ver los espectáculos de Gran Vía”, subraya.

¿Dejar la ciudad es sinónimo de perder oportunidades laborales?

A pesar de que el trabajo en remoto está disponible ahora mismo para una buena parte de los trabajadores de oficina, Laura Sánchez no canta victoria todavía respecto a este avance sociolaboral: “Aunque ahora mismo mi empresa me da libertad para trabajar en remoto tanto como quiera, soy consciente de que si en el futuro busco un cambio de trabajo tendré que volver a Madrid. No creo que el modelo de teletrabajo total se asiente tan rápido, al menos no de manera general. 

Creo que si quieres seguir teniendo oportunidades profesionales seguirá siendo imprescindible ir a Madrid o a Barcelona. Ojalá me equivoque y las cosas cambien a mejor en un futuro. Al final, toda España se beneficiaría de la descentralización de oportunidades”, explica.

Y ése es precisamente uno de los compromisos actuales de Andrea Abreu. La escritora de Panza de Burro quiere ir más allá de la visibilización de la cultura canaria que ha conseguido con su novela y lograr que los productos culturales creados fuera de las grandes ciudades tengan su espacio, de la misma forma que los flujos artísticos de Madrid y Barcelona son tenidos en cuenta.

“Cuando me fui de Madrid la verdad que me puse un poco triste porque sentí que estaba perdiendo toda oportunidad de tener una voz. Y eso es muy triste, sobre todo para mí que defiendo la postura de reivindicar nuestra voz desde los márgenes. Pero hemos bebido tantas veces de ese discurso que nos dice que lo que ocurre fuera de las grandes áreas metropolitanas no tiene validez, que yo misma sin quererlo, también contribuí a ello y me lo creí. Sin embargo, en un determinado punto, me di cuenta que lo de vivir en el centro es una patraña y lo único que nos hace es abandonar continuamente nuestras raíces con la intención de cumplir esa especie de sueño americano trasladado a España”, explica.

El desarraigo de Abreu con Madrid es similar al que viven otros tantos jóvenes que llegan a la ciudad en busca de mejores condiciones y se encuentran con un sueldo que sólo les alcanza para alquilar una habitación en un piso compartido. Es una especie de relación amor-odio, un quiero y no puedo donde, en ocasiones, sientes que la propia fuerza centrífuga de la ciudad es la que te expulsa. 

“Para mí dejar Madrid y volverme a Tenerife ha sido una apuesta por mi propia salud mental. La vida en la ciudad me afectaba negativamente, sobre todo, por la cuestión de no poder plantearme otra visión que no fuese la de compartir piso hasta los 40 años. A su vez, creo que ha sido una especie de decisión política porque estoy muy en contra de ese mensaje que dice que sólo son válidas las cosas que triunfan en las grandes ciudades. 

Parece que tener éxito en la península es más importante que triunfar en las propias islas, y yo no quiero tener que buscar la aceptación de Madrid o Barcelona para poder existir en el ámbito canario. Quiero crear desde aquí y para aquí, porque sólo así podremos ampliar el rango de vida cultural de las zonas periféricas. Al final que Panza de Burro haya tenido éxito es una muestra del desconocimiento de la cultura canaria que existe por parte de la península” concluye."                 (Irene Sierra, S Moda, El País, 08/10/20)

11.2.20

"En la angustia de la depresión se encontraría uno de los alimentos del fascismo entendido como la añoranza de un pasado idílico perdido"

"En los últimos tiempos se han publicado numerosos trabajos sobre la depresión que nos dan una idea de la crisis humana que vivimos. Con ellos se intenta explicar el aumento de las personas diagnosticadas y que va unido al consumo creciente de medicamentos, a numerosas bajas laborales o conductas autolíticas. (...)

En La melancolía en tiempos de incertidumbre, Hermsen se refiere al estado de ‘depresión moral’ que ha ido consolidándose junto con la crisis del capitalismo y que ella señala como “un sentimiento más indefinible relacionado con la alienación, el desarraigo y la fatiga generalizada”. De esta forma, explica cómo la depresión no tiene bases meramente individuales, a pesar de experimentarse y ‘gestionarse’ como si se tratara de un fracaso personal, sino que su cruel padecimiento se ha fortalecido a través de las técnicas totalitarias de un sistema de consumo y competencia liberales que han acabado por colonizar todos los aspectos de la vida cotidiana. (...)

El desarraigo del melancólico al que hace mención Hermsen se concreta en la íntima vivencia de perder el mundo, de sentirse expuesto a la intemperie de lo real sin un sentido. Es decir, en el vértigo de ese momento de horror en que la realidad aparece en su aspecto más caótico y absurdo. Una expulsión del mundo que nos aleja por añadidura de las personas que nos rodean. 

De modo que el Otro se convierte en alguien completamente ajeno hasta llegar a experimentar su presencia como una amenaza. A partir de ahí, las relaciones con los demás se asientan sobre la desconfianza y el miedo. A esto se une el abandono de las dinámicas clásicas de reconocimiento social, que no pueden ser sustituidas con eficacia por las redes virtuales, además de la crisis económica y laboral que ha disuelto cualquier ilusión de estabilidad. De esta forma, el modo en el que estamos en el mundo acaba por escaparse de cualquier control y anida en nuestro interior una sensación de impotencia corrosiva que nos empuja más allá de la frustración o la ansiedad, dando lugar a respuestas irreflexivas, egoístas y violentas. 

Por eso, para Hermsen, en la angustia de la depresión se encontraría uno de los alimentos del fascismo entendido como la añoranza de un pasado idílico perdido y la búsqueda de un chivo expiatorio al que culpar del propio sufrimiento. Del mismo modo que la depresión se ceba con las personas con menos ingresos y nivel de estudios, al haber perdido la autonomía en el devenir de sus vidas, así el fascismo se apropia de esa melancolía para convertirla en una agresividad mezquina. El ascenso de estos movimientos reaccionarios va unido a la crisis del capitalismo, pero, también, al sentimiento de impotencia apoyado en las pasiones más tristes y ruines. 

 Su propuesta es la de recuperar las habilidades culturales que nos permitían hasta hace poco integrar en nuestra existencia los sentimientos más oscuros a través de un ejercicio racional mesurado, consciente y creativo. De ahí que las primeras páginas del libro se dediquen a realizar una pequeña historia de la melancolía reseñando, por ejemplo, como Aristóteles la concebía como esa bilis negra capaz de inspirar ideas geniales. 

Para Hermsen, la melancolía debería volver a comprenderse como un sentimiento universal que aparece en todos los pueblos y en todos los momentos históricos. No sólo es necesaria la eliminación del estigma que pesa sobre la persona deprimida, sino la integración en el relato íntimo y personal de esos momentos de melancolía como vivencias imprescindibles e, incluso, fundacionales. El verdadero problema está en haber perdido las herramientas lingüísticas, compartidas y creativas que nos permitían reconciliarnos con esa tristeza al colocarla a la base de una suerte de ‘renacer’ cotidiano. 

Llegados a este punto, Hermsen no intenta concretar la responsabilidad de la psicología y su patologización de las pasiones en el deterioro de estas habilidades, aunque sí señala directamente a Freud como el primero que elimina la genialidad al melancólico. El padre del psicoanálisis no sólo etiquetará a la persona atrapada en la melancolía como enfermo y le prescribirá el pertinente tratamiento clínico, sino que le ridiculizará haciéndole sentir culpable al indicar que sufre “delirios de insignificancia” por lamentarse de haber perdido algo que no sabe bien qué es. 
 
Lo que sí constata Hermsen es el fracaso de las distintas terapias más o menos científicas, igual que las dificultades para determinar claramente los síntomas en el DSM o especificar los pasos en el camino de la cura, a lo que hay que sumar la incapacidad de los fármacos para mejorar los estados de ánimo.  (...)

Ante el trémulo e incapacitante silencio descrito por la persona deprimida, sólo hay una posibilidad de evitar la parálisis y de caer en la patología: impedir que el pensamiento lógico se obstine en ese ‘hiperrealismo’ con el que se presenta la vivencia de la ausencia de sentido. Y empleo el término hiperrealismo porque el melancólico abraza la tristeza como consecuencia de haber llegado a una certeza aparentemente positiva, racional y verdadera de que lo Real en sí no ofrece sentido alguno. Aunque la salida que se propone es tan sencilla como imposible, al rozar un absurdo que sólo puede ser eludido con la distancia de la ironía. 

Para Hermsen se trataría de volver a ‘hablar el mundo’ para convertirlo en un hogar. Porque así es cómo el ser humano se ha protegido y ha logrado cuidarse hasta ahora, dando lugar a una labor colectiva. En definitiva, el pensamiento más racional no vale de nada ante la herida abierta de lo Real. Su indigencia debe evidenciar las posibilidades de otros derroteros del espíritu ligados al deseo, los sueños o la imaginación.

 En cualquier caso, la relectura de la tradición que realiza Hermsen resulta sumamente evocadora, al igual que esa voluntad por recuperar conceptos como la eudaimonía aristotélica entendida no como goce, sino como un “esfuerzo constante por ser una persona mejor, vivir con motivación y aspirar al bien para nosotros y para los demás”. 

Porque esa felicidad serena y deseante surge de un proceso de autoconocimiento largo y complejo que no debe sostenerse en una llamada a la responsabilidad, sino en la reinstauración de dinámicas de cuidado de sí. El matiz es importante, teniendo en cuenta que ni en las situaciones más extremas el suicida puede ser rescatado con ese amor al Otro convertido exclusivamente en una carga. 

El impulso que detiene la mano levantada contra uno mismo surge de otra parte, como escribía Styron: “Y no menos imperiosamente comprendí que no podía cometer aquel sacrilegio conmigo mismo”. Por tanto, el cuidado de sí se retoma desde cierta forma de orgullo o de dignidad que obliga al reconocimiento en las propias acciones o deseos. El objetivo primero de la cura será romper con la vergüenza y el miedo que el deprimido siente ante sí y, por extensión, ante los demás, desplegando estrategias colectivas y generosas. 

 Por eso, Hermsen reivindica a los filósofos que supieron reapropiarse de la melancolía sin arrojarnos a la angustia y haciendo de ella un momento de intimidad y duelo desde el que emerger renovado. Y, con la misma elegancia, el libro reivindica el origen adolescente y personal de esa tristeza, cuando se produce el paso del orden de lo imaginario a lo simbólico. Es entonces cuando las personas suelen hurgar complacientemente en esa oscuridad hasta que logran encontrar ese motor creativo que se ofrece como única posibilidad de rescate. 

A partir de ahí, será necesario comprenderse como seres en movimiento, en constante adaptación, alimentados por renovados sueños. Y es en este punto donde se demora el libro de Hermsen, en el amor experimentado como un volver a casa y un cuidado de sí, a lo que añade la idea de Hannah Arendt de la vida como nacimiento constante, como el rebrotar de la existencia tras cada inmersión melancólica. (...)"                   (María Santana Fernández , Rebelión, 02/01/20)

24.1.20

En EEUU un nuevo estudio arroja una clara correlación entre la subida del salario mínimo y el descenso de la tasa de suicidios

"Si hay un tema tabú de primer nivel en casi toda socioeconomía, ése es el suicidio de sus ciudadanos. Atendiendo estrictamente a sus cifras de afectados globales, y al hecho de que produce la muerte, puede ser catalogado directamente de pandemia. Pero (casi) nadie osa hablar de ello.


Las razones que pueden conducir a que una persona decida suicidarse pueden ser extremadamente variadas; de hecho, puede haber tantas motivaciones como casuísticas personales de cada caso. Pero en algunos asuntos, puede haber un cierto factor que haga de fatídico nexo común entre unos suicidios y otros, y aunque la heterogeneidad siga subyaciendo, evidentemente es susceptible de emerger una causa raíz para bastantes casos de suicidio.


Y uno de esos factores es ahora revelado por un estudio de investigación como un tema socioeconómico de primer nivel: los datos apuntan a que en EEUU hay una gran cantidad de suicidios debidos a la precariedad económica. De hecho, el estudio afirma que hay una correlación directa entre subir el salario mínimo y que descienda la tasa de suicidios.

Efectivamente, como les decía, los suicidios pueden ser considerados una pandemia global en toda su extensión. Una pandemia silenciosa, muchas veces silenciada, y sobre la que mayormente no se publican ni tan apenas las cifras, y menos estudios lo pormenorizados que el asunto exige sobre las causas últimas de tanta muerte. Y a buen seguro que, en multitud de casos, el fatídico desenlace sería muchas veces evitable si se pusiesen soluciones (de verdad) sobre la mesa de trabajo, en vez de sobre la de disecciones. Porque el suicidio más terrible no es sino el que es una conclusión lógica y la única salida para dejar de sufrir.


Es el suicidio más sombrío, aquel en el que cada minuto de vida se convierte en un sufrimiento insufrible, y en el que se prefiere optar por renunciar a toda posibilidad de solución presente o futura con tal de dejar de padecer. Lo paradójico de este escenario es que, verdaderamente, lo único que no tiene solución en esta vida es la muerte, pero a la vez hay gente para la cual la muerte acaba siendo la única solución que son capaces de vislumbrar. Un siniestro sinsentido que ningún legislador parece querer atacar para así salvar millones de vidas.


El Instituto Nacional de Estadística venía publicando una reveladora estadística sobre los suicidios en España. Una serie que se dejó de publicar como tal allá por 2006, durante la era Zapatero. Los datos correspondientes a ese último año ya revelaban cómo cada año había en España nada más y nada menos que la fatídica cifra de 2017 suicidios, o lo que es lo mismo, un suicidio cada poco más de cuatro horas, o más de cinco suicidios al día. Como podrán ver, las cifras eran apabullantes, y dejan en evidencia no sólo la indiferencia oficial muchas veces existente (empezando por discontinuar incluso la serie estadística anterior como tal), sino también que el problema es de extrema urgencia, con los muertos calientes desplomándose uno encima de otro.


Por desglosar un poco más estas negras cifras, en el enlace anterior podrán informarse de que, de esos 2017 suicidios, 1.480 fueron cometidos por hombres, y 537 por mujeres. Esto arrojaba en 2006 una proporción del 73,4% de hombres, y del 26,6% de mujeres. Y algunos caerán en la treta de afirmar que bueno, que al fin y al cabo son datos de 2006, y que ahora el drama ya no será tal. Nada más lejos de la realidad: de hecho, desde entonces, las cifras han empeorado considerablemente

Porque afortunadamente cifras sigue habiendo de una u otra manera, y los mismos datos pueden ser recabados de la serie general de defunciones en España filtrando por causa de muerte. Ahí sí que ya tenemos datos actualizados, y revelan cómo en 2018 hubo 3.539 suicidios, 2.619 de hombres y 920 de mujeres (tres de cada cuatro suicidas son hombres). En 2018 en media se suicidó alguien en España cada dos escalofriantes horas y media, lo que supone unos 10 suicidios al día. Como ven, desde que la serie específica dejó de publicarse en 2006, los suicidios cotizan fuertemente al alza, y además la proporción entre sexos se mantiene.


En términos comparativos, las estadísticas siguen siendo reveladoras, puesto que las muertes por suicidio superan ampliamente a las de cualquier otra causa de muerte que no sea por enfermedad, y los datos evidencian que las víctimas por suicidio duplican a las de accidentes de tráfico, superan en 11 veces a las de los homicidios, y en 80 veces a las de violencia de género. En el mundo, las cifras de la OMS no arrojan una estadística mucho mejor, y el cómputo global es que cada año sufrimos 800.000 suicidios globalmente. Y las cifras de tentativas de suicidio todavía mucho más abrumadoras, pero su estadística no es fiable porque las cifras no son ponderables con rigor, debido al estigma que ello suele suponer y a cómo tanto la familia como los propios suicidas lo ocultan celosamente en muchos casos (en muchos países incluso es delito).  (...)

Y por si la evolución fuertemente al alza desde 2006 no fuese suficientemente reveladora, por último aportamos los datos del INE de 1980 para mayor información: en 1980 se contabilizaron tan sólo 1.652 suicidios, una tasa no muy alejada de la de 2006, y con una composición por sexos similar a la actual. Se debe concluir pues que la explosión en las cifras de suicidios es mayormente un hecho de los últimos 15 años. Y el dato más significativo es que tampoco se ha corregido con la recuperación económica tras la Gran Recesión.  (...)

A buen seguro que las causas de los suicidios varían de país a país, y por supuesto de persona a pesona, pero, como ya les decía antes, hay algunos factores en común que se pueden atacar sí o sí en algunos (o en muchos) de ellos, logrando alcanzar una probabilidad significativa de éxito. Y es en esa meca de la econometría (mientras sigan permitiendo la calidad en sus cifras) que es EEUU donde un estudio de investigación ha arrojado datos de nuevo muy reveladores al respecto, al menos para el caso estadounidense.


Y es que, más allá de entrar en disquisiciones sexistas sobre por qué (aparentemente) las mujeres son menos proclives al suicidio (que habría que ver las causas últimas de que esto sea así más allá de ramplones supremacismos con tintes biológicos al estilo "las mujeres somos más fuertes"), hay un factor que además puede tener su consistencia con este sesgo: las causas económicas. Efectivamente, las penurias económicas a buen seguro son el tipo de penurias que a su vez más penurias de otros tipos pueden traer... O más bien que implican que esos sufridores económicos menos soluciones pueden permitirse para otras penurias.

Si a esto añadimos que, tradicionalmente, a la mayor parte de las generaciones que actualmente están en edad laboral es al hombre al que se le ha inculcado que tiene el deber de sacar la familia adelante con su salario (muchas veces incluso aunque la mujer trabaje también), pues parece que la cosa va tomando forma coherente, y podría llegar a explicar no sólo el aumento sustancial de suicidios desde la Gran Recesión con una coyuntura sostenidamente deteriorada para las clases medias y humildes (incluso a pesar de la reciente recuperación que puede estar llegando demasiado tarde), sino que también explicaría el hecho de que la gran mayoría de suicidas sean hombres: culturalmente todavía a muchos hombres se les hace sentir los responsables últimos de las penurias económicas familiares. 

Y tomen lo anterior como lo que es: una mera hipótesis, dado que la inexistencia del Plan Nacional reclamado hace totalmente imposible corroborar ésta o cualquier otra hipótesis de trabajo (se me ocurren otras todavía peores e igualmente posibles, incluso al mismo tiempo que la anterior). 

 Simplemente la he enunciado (y que conste que es perfectamente posible) para que se hagan idea de cuán diferente puede ser la realidad cuando se desconoce totalmente, y qué injusta puede llegar a ser la sociedad cuando hay temas muy graves que ni se analizan. El estudio anterior, publicado en el "Journal of Epidemiology & Community Health", en concreto se centra en el mercado laboral y en la socioeconomía estadounidense.  (...)

en EEUU, un país que es la primera economía del planeta pero donde de media el salario mínimo ronda tan sólo los 7$ por hora, los resultados han sido que, de haber subido el mismo entre 1990 y 2015 tan sólo en 1$ por hora en cada estado, se habrían salvado más de 27.000 vidas del suicidio, que habrían llegado a las 57.000 vidas de haber sido el incremento de 2$/hora. Y que conste claramente que, como ya les decía antes, hay casos y casos, y la receta que nunca falla a la hora de crear bienestar económico para los ciudadanos es la de generar crecimiento (pero del que genera empleo de calidad y no aparentes sucedáneos), huir de políticas que sólo generan paro, y no cometer desmanes que potencien la próxima crisis.

Además, el estudio concluye que este efecto anti-suicidio es todavía más intenso en épocas de crisis económica. El objeto del estudio ha sido el rango de clase socioeconómica de los adultos con menor formación, puesto que son los más propensos a tener el salario mínimo como ingresos, además de ser (¡Oh casualidad!) los que en las estadísticas arrojan mayores tasas de depresión y suicidios, lo cual parece suponer otro dato que refuerza la hipótesis de una proporción relevante del "suicidio económico". Y este estudio de referencia no ha sido el único que ha arrojado este tipo de resultado, habiendo incluso un documento de trabajo de la propia Oficina Nacional de Investigación Económica del Gobierno Federal de EEUU concluyendo en este mismo sentido. (...)

Va a ser que muchas muertes no son sólo un estado (inerte), sino que también son la conclusión y la reacción a un estado (económico) para el que no se hay posibilidad de futuro viable. Porque va en la naturaleza de demasiados seres humanos el hecho de que, si no tienen futuro, muchos renuncian al presente, y el pasado acaba siendo una maldición fatídica que tan sólo les ha llevado a tan suicida condición. (...)"                      ( , El blog salmón, 22/01/20)

21.1.20

Stiglitz: una razón de la disminución de la expectativa de vida en Estados Unidos son las “muertes por desesperación” causadas por el alcohol, la sobredosis de drogas y el suicidio... la única vez que vi algo parecido fué en la economía rusa postsoviética... y es que la mediana salarial de un estadounidense varón que trabaja a tiempo completo sigue siendo más de 3% inferior al valor de hace ¡¡40 años!!

"(...) Para hacernos una imagen correcta de la salud económica de un país, hay que empezar por mirar la salud de sus ciudadanos. Si son felices y prósperos, tendrán vidas sanas y más largas. Y en este aspecto, Estados Unidos es el país desarrollado con el peor desempeño. 

La expectativa de vida de los estadounidenses (que ya era relativamente baja) se redujo en cada uno de los dos primeros años de la presidencia de Trump, y en 2017, la tasa de mortalidad en la mediana edad alcanzó su nivel máximo desde la Segunda Guerra Mundial. No sorprende, porque ningún presidente hizo tanto para aumentar la cifra de estadounidenses que no tienen seguro de salud. Millones se han quedado sin cobertura, y en sólo dos años la proporción de estadounidenses sin seguro médico creció del 10,9% al 13,7%.

 Una razón de la disminución de la expectativa de vida en Estados Unidos es lo que Anne Case y el premio Nobel de economía Angus Deaton denominan “muertes por desesperación”, causadas por el alcohol, la sobredosis de drogas y el suicidio. En 2017 (el año más reciente para el que hay datos confiables), esas muertes fueron casi cuatro veces más que en 1999.

La única vez que vi algo parecido a estos retrocesos sanitarios (quitando guerras o epidemias) fue cuando siendo economista principal del Banco Mundial hallé que los datos de mortalidad y morbilidad confirmaban lo que sugerían nuestros indicadores económicos en relación con el triste estado de la economía rusa postsoviética. (...)

Tal vez Trump sea un buen presidente para el 1% más rico (y sobre todo, para el 0,1% más rico), pero no lo ha sido para nadie más. De implementarse en su totalidad, la rebaja impositiva de 2017 generará aumentos de impuestos para la mayoría de los hogares en los quintiles de ingresos segundo, tercero y cuarto.Puesto que los recortes impositivos benefician sobre todo a los ultrarricos y a las corporaciones, no debería sorprender a nadie que entre 2017 y 2018 (también los años más recientes con datos confiables) la mediana del ingreso disponible de las familias estadounidenses se haya mantenido prácticamente igual

Los hogares más ricos también se llevan la parte del león del crecimiento del PIB. La mediana de la remuneración semanal real está apenas 2,6% por encima del nivel que tenía al inicio del gobierno de Trump, y ese aumento no compensa largos períodos anteriores de estancamiento salarial. Por ejemplo, la mediana salarial de un estadounidense varón que trabaja a tiempo completo (y trabajar a tiempo completo ya es tener suerte) sigue siendo más de 3% inferior al valor de hace 40 años.(...)

 Y pese a las cacareadas promesas de Trump de repatriar empleos fabriles a Estados Unidos, la creación de puestos de trabajo en ese sector es menor a la que hubo con su predecesor, Barack Obama, al afianzarse la recuperación post‑2008, y sigue siendo muy inferior a lo que era antes de la crisis. Incluso el mínimo en 50 años de la tasa de desempleo enmascara una fragilidad económica. La tasa de empleo para hombres y mujeres en edad de trabajar, a pesar de haber aumentado, lo hizo menos que durante la recuperación de tiempos de Obama, y todavía es considerablemente inferior a la de otros países desarrollados. 

Y la tasa de creación de empleo también es marcadamente menor a la de Obama.De nuevo, la baja tasa de empleo no sorprende (en particular, porque sin salud no se puede trabajar). Además, las personas que cobran prestaciones por discapacidad, las que están en prisión (la proporción de población carcelaria en Estados Unidos creció a más del séxtuplo desde 1970, y hoy hay unos dos millones de personas tras las rejas) y las que se desalentaron al punto de dejar de buscar empleo activamente no cuentan como “desempleadas”; pero por supuesto, tampoco están empleadas.(...)

 Así que además de fallar en asignaturas esenciales como defender la democracia y proteger el planeta, Trump también se merece un “desaprobado” en economía."                    (

2.1.20

La década concluye con imágenes de containers en llamas, migrantes ahogados en alta mar y demagogos cuya risa es una enfermedad. La década pasará a la historia como la etapa en que la privacidad dejó de existir. La década quedó marcada por las tragedias de los migrantes y el sostenido racismo de los países hegemónicos... el odio ha adquirido mayor valor comunicativo. Las injurias que antes se leían en las paredes de los urinarios ahora son trending topics. La década termina con océanos donde flotan bolsas de plástico

"Un típico propósito de Año Nuevo ha sido el de prometer que, ahora sí, ordenaremos el álbum de fotografías. El futuro sirve para pensar que mejoraremos el pasado.

En la agonía de 2019 esa ilusión ha disminuido. Asistí a fiestas de temporada en las que se reiteró una frase: “El mundo se está acabando”. La década concluye con imágenes de containers en llamas, migrantes ahogados en alta mar y demagogos que imitan al personaje del momento, , cuya risa es una enfermedad.
¿Qué motiva el invierno de nuestro descontento?

 La década pasará a la historia como la etapa en que la privacidad dejó de existir. El despreocupado ciudadano que se asoleaba en su azotea se ha convertido en exhibicionista planetario gracias a Google Earth. Nuestro teléfonos contienen más tecnología que el Apolo XI, pero no sirven para llegar a la Luna, sino para ser rehenes del comercio y la vigilancia policiaca. El Gran Hermano de George Orwell es cosa de aficionados en comparación con el tecnopolio contemporáneo que disfraza la esclavitud de “libertad de elección”. 

Al dar un “like” o firmar una petición, los usuarios se expresan de manera gratuita; mientras tanto, sus datos personales son procesados como valiosa mercancía. Edward Snowden y Julian Assange denunciaron los abusos de una década donde las agencias de seguridad, los gobiernos y las corporaciones espiaron a millones de ciudadanos para manipularlos. En esta nueva variante de la minería se extrae una información íntima: el ADN social que define los hábitos y las tendencias.

Con ayuda de Facebook, la compañía Cambridge Analytica dispuso de suficientes datos de la vida privada para influir en más de 200 campañas electorales alrededor del mundo. La inducción del voto ahora depende menos del carisma de los líderes que de discursos que apelan a los recónditos anhelos de los electores: no se apoyan proyectos sino deseos.


En 2019 asistí en la Universidad de Stanford a las clases de Alex Stamos, quien renunció a su cargo como ejecutivo de Facebook por discrepancias acerca de la cesión de datos personales al gobierno ruso. Su curso brindó un alarmante panorama de las operaciones ocultas que determinan la vida en común. La década quedó marcada por la intercepción ilegal de la comunicación: el programa de espionaje Pegasus invadió celulares de disidentes en diversos países y numerosas empresas tuvieron que pagar rescate en criptomoneda para recuperar información que había sido hackeada.

Las plataformas digitales simulan que las ofertas provienen de los sueños de los usuarios y la arena política se ha convertido en un simulacro. El populismo contemporáneo ha sustituido las razones por las emociones. Refractario a la verificación y la rendición de cuentas, distorsiona la realidad como una forma del proselitismo (después de las elecciones de 2016 en Estados Unidos, el Diccionario Oxford eligió el término “posverdad” como palabra del año).

Matteo Salvini, Donald Trump, Nicolás Maduro o Jair Bolsonaro han construido alegatos mesiánicos que dividen a la población en justos y pecadores. En México, ante el menor cuestionamiento, el presidente Andrés Manuel López Obrador responde que tiene “otros datos”. La ideología se ha convertido en una realidad alterna.

Alexis de Tocqueville advirtió que las revoluciones no suelen ser realizadas por los más oprimidos, sino por los relativamente favorecidos cuyos anhelos no se han satisfecho. De acuerdo con la “paradoja de Tocqueville”, las revueltas se deben menos a la injusticia que al impulso de satisfacer ilusiones. Las expectativas de mejoría se han ampliado más que nunca y reclaman cambios. 

Pero, curiosamente, quienes buscan rupturas “radicales” apoyan a líderes que reivindican el pasado. Salvini sonríe como Il Duce y alardea de su xenofobia, Maduro habla como ventrílocuo de Hugo Chávez, quien hablaba como ventrílocuo de Fidel Castro; Trump denigra a los mexicanos en un país de inmigrantes, Bolsonaro agota el surtido del menú fascista… (...)

El odio al otro siempre ha tenido un componente racial y de género. La década quedó marcada por las tragedias de los migrantes y el sostenido racismo de los países hegemónicos, pero también por la valiente rebeldía de los pueblos originarios y de las mujeres que gritan “ni una más” para acabar con los feminicidios.

La temperatura de la discrepancia se ha elevado. Por desgracia, esta saludable indignación ha sido aprovechada por el creciente neofascismo y por los nuevos profesionales del desprecio. En los últimos diez años se han registrado más insultos que en todas las épocas anteriores. Abundan los datos sobre la década de la injuria. En 2012, la agencia Reuters encuestó a 18.000 personas en 24 países; de modo abrumador, el 80 por ciento condenó el acoso por internet. En su informe de 2018, el Pew Research Center señaló que el 59 por ciento de los adolescentes estadounidenses se considera víctima de abusos en la red.

Es de suponerse que el ser humano no se ha vuelto más maledicente; la diferencia es que el odio ha adquirido mayor valor comunicativo. Las injurias que antes se leían en las paredes de los urinarios ahora son trending topics, y los haters, los bots y los trolls integran la trinidad del linchamiento. La polémica ha sido sustituida por la descalificación, según demuestra el tuitero más poderoso del planeta: Donald Trump.

En este carnaval de las simulaciones, la naturaleza exige realidad. Las aguas inundaron Venecia como un llamado a abandonar la mascarada que impide ver el ecocidio. Paul Crutzen y otros científicos han propuesto que la actual era geológica sea definida como Antropoceno para resaltar la perniciosa actividad del ser humano. La década termina con océanos donde flotan bolsas de plástico. 

Es emblemático que el planeta de la inexperiencia sea alertado por una ecologista menor de edad, Greta Thunberg: “Me han robado mis sueños”, ha dicho. Su inconformidad pide soñar de otra manera. Lo mismo se puede decir de las luchas feministas, los indígenas que reclaman un uso equitativo y sustentable de la tierra y los movimientos contra el capitalismo extremo.

Entre las frases atribuidas a Mafalda y surgidas de la invención popular, destaca “¡Paren el mundo, que me quiero bajar!”. A Quino no le gustó que su pequeña filósofa fuera asociada con ese nihilismo. Sin embargo, el tiempo modifica las obras y las interpretaciones. En 1964, Mafalda tenía 6 años. Hoy, esa falsa atribución parece cada vez más apropiada.

En la cima del Cerro de la Estrella, los aztecas encendían el Fuego Nuevo para celebrar que el fin del calendario no acabara con la realidad. ¿Aún es posible cambiar el porvenir? ¿Puede el planeta de la inexperiencia encender el Fuego Nuevo para corregir lo no sucedido?

 Las mujeres que crearon el performance de “El violador eres tú”, la adolescente que viaja en velero para protestar por los mares envenenados, los que se oponen a la exclusión y al tráfico de datos y personas, quienes enmiendan algo, por modesto que sea, incluido el álbum de las fotografías, son los portadores de esa flama."                  (Juan Villoro, The New York Times, 31/12/19)

9.12.19

La imitación... la ira.. el miedo... y el aburrimiento... los pilares de nuestras sociedades... como para echarse a temblar

"La imitación: en La luz que se apaga, Ivan Krastev y Stephen Holmes hablan de las esperanzas y las frustraciones de los países de Europa del Este. Tras la caída del Muro intentaron imitar a Europa occidental: era un regreso a la normalidad. La aspiración se acabó viendo como una imposición; la admiración se transformó en resentimiento. Pero ese impulso mimético está en otros lugares. (...) 

Está también en la reivindicación del victimato. Como a todo imitador, nos obsesiona la autenticidad.

La ira: para Pankaj Mishra, nos encontramos en una edad de la ira. La reacción que vemos en algunas partes del mundo no es algo nuevo sino la reproducción de un rechazo a la modernidad que comenzó en Europa hace dos siglos. La modernidad genera ganadores y perdedores; provoca beneficios pero también una impresión de desubicación.

El miedo: el mundo se ha comprimido y acelerado. Cosas que parecían fiables, de la familia al trabajo, ya no lo son. No es solo que no sepamos si conservaremos el empleo, o que los trabajos sean precarios: no sabemos si nuestra profesión seguirá existiendo. Las mayorías culturales temen perder su posición; la clase media está aterrada por descolgarse; muchos ven la vida cotidiana como una amenaza existencial. 

Entre las consecuencias negativas del miedo están la pérdida de cohesión social (incrementada por la creciente desigualdad material), la búsqueda de culpables (como ha pasado con la inmigración) y una sensación de parálisis (como ha ocurrido con el cambio climático).

El aburrimiento: los temores conviven con el tedio y la convicción de que tenemos que vivir una experiencia emocionante: hemos venido a divertirnos, o como poco a indignarnos. Nos preocupan unas amenazas y somos incapaces de concebir otras. La economía nos da miedo pero a las instituciones democráticas las damos por sentadas. 

No creemos que las acciones que defendemos vayan a tener consecuencias que no nos gustan, pensamos que no cometeremos los errores que han cometido antes todos los demás y estamos seguros de que lo que valoramos del sistema sobrevivirá: solo sufrirá lo que nos parece mejorable. Esa combinación de fracaso imaginativo y arrogancia conduce a menudo a la irresponsabilidad primero y al desastre después."              (Daniel Gascón, El País, 07/12/19)

21.2.19

Se configuran dos guerras no declaradas contra la gran mayoría de la población mundial, las clases populares miserabilizadas y las clases medias empobrecidas... Esta doble guerra exige un vastísimo complejo ideológico-mental con tres ejes: la fábrica del odio, la fábrica del miedo y la fábrica de la mentira... La proliferación de estas tres fábricas es el motor de la ola reaccionaria que vivimos...

"Cuando el respetado Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Zeid Ra’ad Al Hussein, renunció al cargo en 2018, la opinión pública mundial fue manipulada para no prestar atención al hecho y mucho menos evaluar su verdadero significado. Su nombramiento para el cargo en 2014 fue un hito en las relaciones internacionales. 

Era el primer asiático, árabe y musulmán que ocupaba el cargo y lo desempeñó de manera brillante hasta el momento en que decidió dar un portazo por no querer ceder a las presiones que desfiguraban su cargo, desviándolo de su misión de defender a las víctimas de violaciones de derechos humanos para volverlo cómplice de tales violaciones perpetradas por Estados con peso en el sistema mundial. (...)

 Todo esto ocurrió en el año en que se celebraban los setenta años de la Declaración Universal de los Derechos Humanos y en el que muchos, incluido yo mismo, defendían la necesidad de una nueva declaración, más sólida y más verdaderamente universal. 

Esta necesidad se mantiene, pero en este momento lo más importante es identificar las fuerzas y los procesos que están bloqueando la declaración actual y la convierten en un documento tan desechable como las poblaciones vulnerables sometidas a las violaciones de los derechos humanos que la declaración pretendía defender. (...)

Sin embargo, la ola conservadora y reaccionaria que asola al mundo es totalmente opuesta a la filosofía que presidió la elaboración de la Declaración Universal y constituye una seria amenaza para la democracia. 

Se basa en la exigencia de una doble disciplina autoritaria y radical que no se puede imponer por procesos democráticos dignos del nombre. Se trata de la disciplina económica y de la disciplina ideológica. 

La disciplina económica consiste en la imposición de un capitalismo autorregulado, movido exclusivamente por su lógica de incesante acumulación y concentración de la riqueza, libre de restricciones políticas o éticas; en síntesis, el capitalismo que suele designarse como capitalismo salvaje. 

La disciplina ideológica consiste en la inculcación de una percepción o mentalidad colectiva dominada por la existencia de peligros inminentes e imprevisibles que alcanzan a todos por igual y particularmente a los colectivos más cercanos, ya sean la familia, la comunidad o la nación. 

Tales peligros crean un miedo inquebrantable del extraño y del futuro, una inseguridad total ante un desconocido avasallador. En tales condiciones, no resta más seguridad que la de regresar al pasado glorioso, el refugio en la abundancia de lo que supuestamente fuimos y tuvimos.

Ambas disciplinas son tan autoritarias que configuran dos guerras no declaradas contra la gran mayoría de la población mundial, las clases populares miserabilizadas y las clases medias empobrecidas. 

Esta doble guerra exige un vastísimo complejo ideológico-mental propagado por todo el mundo, incluyendo nuestros barrios, nuestras casas y nuestra intimidad. Son tres las fábricas principales de este complejo: la fábrica del odio, la fábrica del miedo y la fábrica de la mentira.

 En la fábrica del odio se produce la necesidad de crear enemigos y de producir las armas que los eliminen eficazmente. Los enemigos no son aquellos poderes que el pensamiento crítico izquierdista satanizó: el capitalismo, el colonialismo y el heteropatriarcado. Los verdaderos enemigos son aquellos que hasta ahora se disfrazaron de amigos, todos aquellos que inventaron la idea de opresión (...)

En la fábrica del miedo se produce la inseguridad y los artefactos ideológico-mentales que producen seguridad, la cual, para ser infalible, necesita de vigilancia permanente y de constante renovación de las tecnologías de la seguridad. 

El objetivo de la fábrica del miedo es erradicar la esperanza. Busca convertir el actual estado de cosas en el único posible y legítimo, contra el cual solo por locura o utopía disparatada se puede luchar. No se trata de validar todo lo que existe. Se trata de limpiar, de lo que existe, todo lo que impidió la perpetuación del pasado glorioso.

Por su parte, en la fábrica de la mentira se producen los hechos y las ideas alternativas a todo lo que pasó por verdad o búsqueda de verdad, como las ideas de igualdad, de libertad negativa (libertad de coerciones) y positiva (libertad para realizar objetivos propios, no impuestos ni teledirigidos), de Estado social de derecho, de violencia como negación de la democracia, de diálogo y reconocimiento del otro como alternativa a la guerra, de los bienes comunes como el agua, la educación, la salud, el medio ambiente saludable.

 Esta fábrica es la más estratégica de todas, porque es aquella en la cual los artefactos ideológico-mentales tienen que empaquetarse y disfrazarse de no ideológicos. Su mayor eficacia reside en no decir la verdad respecto a sí misma.

La proliferación de estas tres fábricas es el motor de la ola reaccionaria que vivimos. La proliferación de estas tres fábricas es el motor de la ola reaccionaria que vivimos. La proliferación tiene que ser la mayor posible para que nosotros mismos nos volvamos emprendedores del odio, del miedo y de la mentira; para que deje de haber diferencia entre producción, distribución y consumo en la propagación de esta vasta disciplina ideológica. 

Los medios de comunicación hegemónicos, la “comentariología”, las redes sociales y sus algoritmos, y las iglesias seguidoras de la teología de la prosperidad, son poderosas líneas de montaje. Pero esto no significa que las piezas que circulan en las líneas de montaje se produzcan de manera anárquica en todo el mundo. Hay centros de innovación y renovación tecnológica para la producción masiva de artefactos ideológico-mentales cada vez más sofisticados. Esos centros son los silicon valleys del odio, del miedo y la mentira. (...)

En un momento en que se dice que estamos en vísperas de una nueva revolución tecnológica dominada por la inteligencia artificial, la automatización y la robótica, queda la idea de que las incesantes fábricas del odio, del miedo y la mentira están queriendo orientar la revolución tecnológica en el sentido de la mayor concentración posible del poder económico, social, político y cultural y, por tanto, en el sentido de crear una sociedad de tal manera injusta que la justicia se transforme en una monstruosidad repugnante. (...)"                (Boaventura de Sousa Santos , Público, 19/02/19)

8.5.18

Manuel Castells: algo nos sucede en estos momentos. La desconfianza pone en cuestión partidos e instituciones oscureciendo la identidad ciudadana. Sombras ­sobre sombras generan una os­curidad global en donde se mueven estrategias ocultas y poderes fác­ticos. Hemos perdido la brújula para guiarnos hacia la salida. Nuestras categorías in­telectuales están obsoletas. La angustia nos deriva hacia las drogas, legales o no, opiáceas o sintéticas...

"La camanchaca es un término tomado del aymara que el gran sociólogo boliviano Fernando Calderón, actualmente catedrático en Cambridge, utiliza metafóricamente para conceptualizar la situación en América Latina.

 Lo creo relevante para el conjunto del mundo, incluyendo nuestro país y nuestras vidas. La camanchaca, fenómeno natural de los Andes, es una bruma oscura y espesa que todo lo invade, que impide ver, que genera incertidumbre, angustia, ansiedad.

Algo así nos sucede en estos momentos. Lo que era ya no es y lo que puede ser no se vislumbra. La confusión se extiende de lo personal a lo global. Por ejemplo, aunque los gobiernos den por superada la crisis en realidad el empleo que se crea no es el mismo, sobre todo para los jóvenes.

 Su futuro se oscurece. Hay poco empleo estable. El salario medio en España es de 20.000 euros anuales, con mayoría de mileuristas. El 54% entre 18 y 34 años conviven con sus padres por no poder pagar un alquiler.

 No es menos incierto para los viejos porque constantemente les recuerdan que sus pensiones no son sostenibles. Queda la familia, pero está malherida porque los hombres no se acostumbran a que las mujeres ya no se dejan do­minar. Un 40% de los matrimonios ­acaban en divorcio al llegar a la cuarentena. 

Y aunque la religión persiste en el mundo, en nuestro entorno la Iglesia ­católica se tambalea, incapaz de adaptarse a las nuevas generaciones. Como no hay infierno, según sugiere el Papa, no nos queda ni el temor.  (...)

Mientras que nosotros no nos ­fiamos de las instituciones que gobiernan nuestra vida.  (...)

La desconfianza generalizada pone en cuestión no sólo los partidos, sino las propias instituciones oscureciendo la identidad ciudadana.  (...) 

¿Qué somos entonces? ¿Apátridas en ciernes? Porque millones de europeos tampoco se sienten representados por la Unión ­Europea. Los británicos ya se fueron y en Polonia, Hungría, Chequia e incluso en Italia, partidos electoralmente mayoritarios quieren renegociar todo.
Si extendemos la visión más allá de nuestro horizonte seguimos envueltos por la camanchaca. 

Con América Latina dominada por la corrupción que ha carcomido democracias conquistadas a duras penas hasta destruirlas en las mentes de la ­gente, con un presidente tras otro forzados a dimitir, con bandas ­criminales penetrando las instituciones, disolviendo estudiantes en ácido o asesinando impunemente a quienes denuncian su compli­cidad con el Estado, como a la concejala de Río de Janeiro Mireille Franco.

Y entre la niebla se adivina la sombra de una Casa Blanca habitada por un psicópata con un botón nuclear, que dice oponerse a la globalización que él promovió, que arenga a tropas de fieles racistas y xenófobos y que se afana en ocultar la colusión de su campaña con Rusia. 

Aunque la abogada Veselníts­kaya, que participó en la ­reunión de­ ­junio del 2016 en la Trump Tower donde se intercambió infor­mación sobre Hillary Clinton con promesas de fa­vores, acaba de declarar que es informante del Kremlin.

Sombras ­sobre sombras hasta generar una os­curidad global en donde se mueven estrategias ocultas y poderes fác­ticos que operan en las tinieblas.

Y en medio de esta confusión se acelera la revolución tecnológica sin que sepamos cómo ni para que, movida por la dinámica de nuevos mercados y pregonada por encantadores de serpientes. La inteligencia artificial, ahora sí, está penetrando todas las dimensiones de la vida, induciendo una transformación de la producción y el empleo sin que sepamos cómo reemplazar lo que se destruye. El coche autoconducido uberizará a los conductores de Uber como estos hacen con los taxistas.

Nuestra sexualidad está siendo transformada por innovaciones como la que reportó este diario hace poco tiempo de la empresa Abyss de San Diego, que produce muñecas y muñecos dotados de avanzadas capacidades sexuales y emocionales. La síntesis de ingeniería genética y computación ha llegado ya a la frontera de clonar humanos y espera sólo la oportunidad legal. 

Busquen en internet el premiado documental DNA Dreams, de la cineasta Bregtje van der Haak, sobre la empresa china que ya ha almacenado genes de miles de niños seleccionados por su inteligencia, para producir clones con estos genes en el futuro. La penetración de las redes sociales, en las que estamos todos, por multitudes de robots que amplifican y difunden por diseño, falsas informaciones sobre cualquier cosa, está cuestionando la promesa de transparencia y participación que representaba internet.

Y mientras la camanchaca oscurece todo el paisaje de lo humano, hemos perdido cualquier brújula para guiarnos hacia la salida. Nuestras categorías in­telectuales están obsoletas. Mientras no dispongamos de un paradigma cog­nitivo adecuado para el mundo que hemos creado sin ser conscientes, no saldremos de los laberintos de la ca­manchaca donde la angustia nos deriva hacia las drogas, legales o no, opiáceas o sintéticas."                    (Manuel Castells, La Vanguardia, 05/05/18)

22.3.18

Cuanta más penuria se causaba, más necesario resultaba para muchos aferrarse al relato de que en esta crisis había que apretarse el cinturón... la gente se volvía siempre hacia un pasado idealizado, cuando los salarios eran elevados, la desigualdad era reducida y éramos más “autosuficientes”

"¿Qué piensa la gente que es la economía? ¿Cómo cree que funciona? ¿Cómo creemos que funciona, si es que pensamos que funciona en algo? La New Economics Foundation, en su informe, Framing the Economy, [Para encuadrar la economía] llevó a cabo cuarenta entrevistas en profundidad en London, Newport, Glasgow, Wolverhampton y Hull, al objeto de encontrar puntos comunes de entendimiento. 

Aunque cuarenta es una cifra relativamente reducida, los investigadores buscaban imágenes, metáforas, certezas y agujeros negros que aparecían una y otra vez, a lo largo de regiones y demografías.  

A partir de estos tropos, han podido trazar de qué modo, desde 2010, la agenda de austeridad del gobierno de coalición (británico, de conservadores y liberal-demócratas) supo jugar tan bien con las esperanzas y temores de la gente; de qué modo el apego del público a ello resultó tan tenaz. 

De qué manera, aun cuando la política fracasara a la hora de estimular la economía del modo en que se había prometido, todavía resultaba aparentemente resistente al contraargumento. 

Hasta cuando ya era claro, en todo el país, que tenia consecuencias demoledoras en la experiencia vivida de la gente (los discapacitados se quedaban sin prestaciones y después de semanas de agonía se desahuciaba de sus casas a las víctimas del experimento del crédito universal [sistema introducido en 2013 por los conservadores que substituía a otras prestaciones sociales y acabó teniendo efectos desastrosos]), la noción misma – que teníamos todos que apretarnos los cinturones, y que eso era lo que resultaba responsable hacer – se mantenía curiosamente boyante.

En todo caso, cuanta más penuria se causaba, más necesario resultaba para muchos aferrarse al relato. Y todo esto se veía apuntalado por nociones profundamente asentadas acerca de cómo “funcionan” las cosas. Se veía la economía como un contenedor, la metáfora más frecuente era la de un cubo: alguna gente ponía y otros sacaban.

 Se veía también como dinero en efectivo, casi exclusivamente, y con otros encuadres – productividad, inversión – a los que rara vez se les echaba un vistazo. Según la definición del cubo, la economía era finita y los desastres económicos eran resultado de que había demasiada gente sacando y no había suficiente gente poniendo.  (...)

Pero sabemos intuitivamente que cualquier discusión centrada en este contenedor herrumbroso y no lo bastante grande mantendrá a los económicamente improductivos de aliviadero: un país dividido entre los que dan y los que toman puede volver su ira ocasionalmente contra los ricos, pero eso no abatirá su furia contra los pobres.

De manera nada irrazonable, dado el derrumbe financiero y sus consecuencias en todo el mundo, se veía la economía como algo intensamente volátil, vulnerable a grandes fuerzas cuya naturaleza real caía en un agujero negro cognitivo: las “fuerzas del mercado” se veían como algo determinante pero absolutamente misterioso. 

Palabras como “caída” y “batacazo” eran ubicuas. El lenguaje era el de un desastre natural, y resultaba extremadamente inusual ponerlo de nuevo en relación con cualquier responsabilidad humana, salvo que no quisieras sacar demasiado del cubo. Esto puede explicar la paradoja de que, si bien la desigualdad se ve como algo malo, hay muy poco apoyo a políticas redistributivas; la asimetría puede ser destructiva, empero, como un suceso meteorológico, algo que está más allá del ingenio del hombre corregir.

A Dora Meade, directora de la investigación, le chocó “la ubicuidad y el grado de fatalismo”. Si combinas la impresión de que la economía es algo que rebasa la comprensión o el control de una persona normal con la sensación de que el sistema está amañado, la gente se queda con la sensación de que es muy poco lo que puede hacer. No hay papel para la población en general, aunque ésta crea que está inservible y es injusto”.

Quizás el elemento más deprimente es que, cuando se le pedía a la gente que describiera o imaginara una economía funcional, saludable, la gente se volvía siempre hacia un pasado idealizado, cuando los salarios eran elevados, la desigualdad era reducida y éramos más “autosuficientes”. 

Lo que aquí reverbera no es la austeridad sino los argumentos del Brexit: la gente no culpaba directamente a la inmigración de los bajos salarios sino que imaginaba un pasado en el que los salarios eran más altos, y vinculaba esa nostalgia a una era de autodeterminación cuya erosión sólo puede haber llegado, lógicamente, de otra parte (...)"                  (Zoe Williams  , Sin permiso, 22/02/2018. Fuente: The Guardian, 16 de febrero de 2018)

28.11.17

Los grupos étnicamente mayoritarios demuestran mayor sensación de inseguridad en sociedades con índices de desigualdad altos. El miedo a la delincuencia también puede esconder perjuicios raciales y estereotipos en contra de los extranjeros. Así crece el fascismo...

"Inseguridad, sensación de vulnerabilidad y miedo. Casi diez años después del estallido de la crisis económica, la desigualdad –disparada durante los últimos años en algunos países como España– sigue causando estragos en el bienestar de las sociedades europeas. Este fenómeno no solo impacta en los niveles económicos de la sociedad: la salud mental, el descontento social o la participación política y cultural son otras de sus consecuencias. En marzo de este año, un estudio de la publicación European Journal of Criminology profundizaba en el deterioro subjetivo que provoca la desigualdad en las sociedades.  

De esta forma, la inequidad económica, vinculada a los ingresos de la población, genera también una importante sensación de vulnerabilidad ante el crimen y la delincuencia en las distintas capas sociales de los países.

El estudio, que se basa en datos del consistorio de investigación European Social Survey, asegura que los ciudadanos de sociedades con importantes desigualdades monetarias son más temerosos ante este fenómeno social, y que esta inseguridad se reproduce de forma destaca entre algunos grupos vulnerables, como las personas mayores o discapacitadas.

Según la investigación, llevada a cabo por los académicos Christin-Melanie Vauclair y Boyka Bratanova, si bien hasta el momento las investigaciones partían de variables socio-demográficas individuales para explicar cómo el miedo a la delincuencia tiene importantes consecuencias en los aspectos físicos, psicológicos, de conducta y sociales de las personas, incorporar otros factores estructurales confirma que el bienestar subjetivo, aquel relativo a los intangibles que perciben los ciudadanos en sus sociedades, es inversamente proporcional al nivel de desigualdad de ingresos en sus países.

Partiendo de la relación que existe entre la desigualdad y la violencia –es decir, de la teoría que apunta a la desigualdad como forma de violencia estructural–, los autores señalan que la sensación de inseguridad y el miedo no están necesariamente asociados a un incremento en la tasas de criminalidad. Más bien, son las percepciones que genera el clima inestable de desigualdad las que terminan por construir los prejuicios y miedos de la población.

 Entre las conclusiones, los académicos señalan que la relación entre la desigualdad de ingresos y el miedo y la inseguridad ante el crimen sigue siendo muy significativa indiferentemente de las tasas de delincuencia o las características socioeconómicas, estructurales y sociales concretas de los países. 

Solo tres países, Grecia, Bulgaria y Eslovaquia, proyectan en los resultados un desajuste importante entre su percepción de inseguridad y su índice de desigualdad. La correlación también se mantiene si se tienen en cuenta las variables individuales, como pueden ser experiencias personales con la delincuencia y el crimen.  (...)

Entre las conclusiones, los académicos señalan que la relación entre la desigualdad de ingresos y el miedo y la inseguridad ante el crimen sigue siendo muy significativa indiferentemente de las tasas de delincuencia o las características socioeconómicas, estructurales y sociales concretas de los países. Solo tres países, Grecia, Bulgaria y Eslovaquia, proyectan en los resultados un desajuste importante entre su percepción de inseguridad y su índice de desigualdad

. La correlación también se mantiene si se tienen en cuenta las variables individuales, como pueden ser experiencias personales con la delincuencia y el crimen.

Pese a ello, el estudio también confirma que algunos grupos sociales, incluidos los más vulnerables, demuestran mayor miedo ante la delincuencia. Es el caso de ancianos y personas con discapacidad. También se mantienen algunas variables sociodemográficas, como el sexo, con una mayor predisposición a este temor entre las mujeres.

Sin embargo, este fenómeno no es recurrente entre minorías étnicas. Sorprendentemente, señala el estudio, son precisamente los grupos étnicamente mayoritarios los que demuestran mayor sensación de inseguridad en sociedades con índices de desigualdad altos. 

El miedo a la delincuencia, por lo tanto, también puede esconder perjuicios raciales y estereotipos en contra de los extranjeros. Esto, según los académicos, confirma la hipótesis de que el sentimiento de amenaza en contextos de desigualdad no se corresponde con la existencia de una amenaza real.

La jerarquización en sociedades desiguales genera, por lo tanto, identificadores negativos en los grupos de bajo estatus, alimentando la superstición y la marginación."              (CTXT, 15/10/17)