11.2.20

"En la angustia de la depresión se encontraría uno de los alimentos del fascismo entendido como la añoranza de un pasado idílico perdido"

"En los últimos tiempos se han publicado numerosos trabajos sobre la depresión que nos dan una idea de la crisis humana que vivimos. Con ellos se intenta explicar el aumento de las personas diagnosticadas y que va unido al consumo creciente de medicamentos, a numerosas bajas laborales o conductas autolíticas. (...)

En La melancolía en tiempos de incertidumbre, Hermsen se refiere al estado de ‘depresión moral’ que ha ido consolidándose junto con la crisis del capitalismo y que ella señala como “un sentimiento más indefinible relacionado con la alienación, el desarraigo y la fatiga generalizada”. De esta forma, explica cómo la depresión no tiene bases meramente individuales, a pesar de experimentarse y ‘gestionarse’ como si se tratara de un fracaso personal, sino que su cruel padecimiento se ha fortalecido a través de las técnicas totalitarias de un sistema de consumo y competencia liberales que han acabado por colonizar todos los aspectos de la vida cotidiana. (...)

El desarraigo del melancólico al que hace mención Hermsen se concreta en la íntima vivencia de perder el mundo, de sentirse expuesto a la intemperie de lo real sin un sentido. Es decir, en el vértigo de ese momento de horror en que la realidad aparece en su aspecto más caótico y absurdo. Una expulsión del mundo que nos aleja por añadidura de las personas que nos rodean. 

De modo que el Otro se convierte en alguien completamente ajeno hasta llegar a experimentar su presencia como una amenaza. A partir de ahí, las relaciones con los demás se asientan sobre la desconfianza y el miedo. A esto se une el abandono de las dinámicas clásicas de reconocimiento social, que no pueden ser sustituidas con eficacia por las redes virtuales, además de la crisis económica y laboral que ha disuelto cualquier ilusión de estabilidad. De esta forma, el modo en el que estamos en el mundo acaba por escaparse de cualquier control y anida en nuestro interior una sensación de impotencia corrosiva que nos empuja más allá de la frustración o la ansiedad, dando lugar a respuestas irreflexivas, egoístas y violentas. 

Por eso, para Hermsen, en la angustia de la depresión se encontraría uno de los alimentos del fascismo entendido como la añoranza de un pasado idílico perdido y la búsqueda de un chivo expiatorio al que culpar del propio sufrimiento. Del mismo modo que la depresión se ceba con las personas con menos ingresos y nivel de estudios, al haber perdido la autonomía en el devenir de sus vidas, así el fascismo se apropia de esa melancolía para convertirla en una agresividad mezquina. El ascenso de estos movimientos reaccionarios va unido a la crisis del capitalismo, pero, también, al sentimiento de impotencia apoyado en las pasiones más tristes y ruines. 

 Su propuesta es la de recuperar las habilidades culturales que nos permitían hasta hace poco integrar en nuestra existencia los sentimientos más oscuros a través de un ejercicio racional mesurado, consciente y creativo. De ahí que las primeras páginas del libro se dediquen a realizar una pequeña historia de la melancolía reseñando, por ejemplo, como Aristóteles la concebía como esa bilis negra capaz de inspirar ideas geniales. 

Para Hermsen, la melancolía debería volver a comprenderse como un sentimiento universal que aparece en todos los pueblos y en todos los momentos históricos. No sólo es necesaria la eliminación del estigma que pesa sobre la persona deprimida, sino la integración en el relato íntimo y personal de esos momentos de melancolía como vivencias imprescindibles e, incluso, fundacionales. El verdadero problema está en haber perdido las herramientas lingüísticas, compartidas y creativas que nos permitían reconciliarnos con esa tristeza al colocarla a la base de una suerte de ‘renacer’ cotidiano. 

Llegados a este punto, Hermsen no intenta concretar la responsabilidad de la psicología y su patologización de las pasiones en el deterioro de estas habilidades, aunque sí señala directamente a Freud como el primero que elimina la genialidad al melancólico. El padre del psicoanálisis no sólo etiquetará a la persona atrapada en la melancolía como enfermo y le prescribirá el pertinente tratamiento clínico, sino que le ridiculizará haciéndole sentir culpable al indicar que sufre “delirios de insignificancia” por lamentarse de haber perdido algo que no sabe bien qué es. 
 
Lo que sí constata Hermsen es el fracaso de las distintas terapias más o menos científicas, igual que las dificultades para determinar claramente los síntomas en el DSM o especificar los pasos en el camino de la cura, a lo que hay que sumar la incapacidad de los fármacos para mejorar los estados de ánimo.  (...)

Ante el trémulo e incapacitante silencio descrito por la persona deprimida, sólo hay una posibilidad de evitar la parálisis y de caer en la patología: impedir que el pensamiento lógico se obstine en ese ‘hiperrealismo’ con el que se presenta la vivencia de la ausencia de sentido. Y empleo el término hiperrealismo porque el melancólico abraza la tristeza como consecuencia de haber llegado a una certeza aparentemente positiva, racional y verdadera de que lo Real en sí no ofrece sentido alguno. Aunque la salida que se propone es tan sencilla como imposible, al rozar un absurdo que sólo puede ser eludido con la distancia de la ironía. 

Para Hermsen se trataría de volver a ‘hablar el mundo’ para convertirlo en un hogar. Porque así es cómo el ser humano se ha protegido y ha logrado cuidarse hasta ahora, dando lugar a una labor colectiva. En definitiva, el pensamiento más racional no vale de nada ante la herida abierta de lo Real. Su indigencia debe evidenciar las posibilidades de otros derroteros del espíritu ligados al deseo, los sueños o la imaginación.

 En cualquier caso, la relectura de la tradición que realiza Hermsen resulta sumamente evocadora, al igual que esa voluntad por recuperar conceptos como la eudaimonía aristotélica entendida no como goce, sino como un “esfuerzo constante por ser una persona mejor, vivir con motivación y aspirar al bien para nosotros y para los demás”. 

Porque esa felicidad serena y deseante surge de un proceso de autoconocimiento largo y complejo que no debe sostenerse en una llamada a la responsabilidad, sino en la reinstauración de dinámicas de cuidado de sí. El matiz es importante, teniendo en cuenta que ni en las situaciones más extremas el suicida puede ser rescatado con ese amor al Otro convertido exclusivamente en una carga. 

El impulso que detiene la mano levantada contra uno mismo surge de otra parte, como escribía Styron: “Y no menos imperiosamente comprendí que no podía cometer aquel sacrilegio conmigo mismo”. Por tanto, el cuidado de sí se retoma desde cierta forma de orgullo o de dignidad que obliga al reconocimiento en las propias acciones o deseos. El objetivo primero de la cura será romper con la vergüenza y el miedo que el deprimido siente ante sí y, por extensión, ante los demás, desplegando estrategias colectivas y generosas. 

 Por eso, Hermsen reivindica a los filósofos que supieron reapropiarse de la melancolía sin arrojarnos a la angustia y haciendo de ella un momento de intimidad y duelo desde el que emerger renovado. Y, con la misma elegancia, el libro reivindica el origen adolescente y personal de esa tristeza, cuando se produce el paso del orden de lo imaginario a lo simbólico. Es entonces cuando las personas suelen hurgar complacientemente en esa oscuridad hasta que logran encontrar ese motor creativo que se ofrece como única posibilidad de rescate. 

A partir de ahí, será necesario comprenderse como seres en movimiento, en constante adaptación, alimentados por renovados sueños. Y es en este punto donde se demora el libro de Hermsen, en el amor experimentado como un volver a casa y un cuidado de sí, a lo que añade la idea de Hannah Arendt de la vida como nacimiento constante, como el rebrotar de la existencia tras cada inmersión melancólica. (...)"                   (María Santana Fernández , Rebelión, 02/01/20)

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