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14.12.25

La estrategia de enfrentar a pobres con menos pobres es un clásico del discurso reaccionario... el PP de Andalucía plantea aplicar una desgravación fiscal por el gasto en el gimnasio... y un informe del Instituto Juan de Mariana, señala que la pensión media de jubilación es de 1.760 euros, más alta que el sueldo medio de los menores de 35 (1.670 euros)... así pues, la guerra será entre catalanes a los que no se les concede beca de comedor y andaluces que desgravan por ir al gimnasio, y entre jóvenes que no logran alquilar una vivienda y pensionistas que cobran mil euros de jubilación... porque la ayuda del gimnasio te deja sin beca comedor, y la pensión del anciano te impide acceder a una vivienda... cuando te señalen al enemigo, lo mejor es saber en qué clase social se encuentra, porque quizás en realidad es tu compañero (Pascual Serrano)

"Hace unas semanas fue noticia que el gobierno del PP de Andalucía planteaba aplicar una desgravación fiscal de los gastos veterinarios de las mascotas. Poco después añadió otra desgravación por el gasto en el gimnasio o en centros deportivos, clubes, federaciones deportivas u otras entidades «para el desarrollo de actividades de ejercicio físico o práctica deportiva». No voy a entrar en si me parecen oportunos o no esos beneficios fiscales. Lo que quiero destacar fue la respuesta del independentismo catalán: «Con el dinero de los catalanes, los andaluces subvencionan el gimnasio y el perro de compañía, mientras aquí no le podemos dar ayudas a la beca de comedor o a la dependencia a alguna gente de la clase media trabajadora que es financiadora del Estado de bienestar», dijo el secretario general de Junts, Jordi Turull.


Vayamos ahora a otro debate. Un reciente informe del Instituto Juan de Mariana, señala que en 2002 los menores de 35 años poseían el 7,5% de la riqueza nacional; veinte años más tarde, tienen sólo el 2%. En paralelo, la pensión media de jubilación es de 1.760 euros, más alta que el sueldo medio de los menores de 35 (1.670 euros). Las dificultades de acceso a una primera vivienda son mayores que nunca. La tasa de desempleo juvenil cuadruplica a la de países como Alemania.

La conclusión a la que llegan es clara: se está produciendo una falta de solidaridad intergeneracional, porque el mantenimiento del sistema público de pensiones impide que se tomen las medidas necesarias para fomentar el crecimiento y lo terminan pagando los jóvenes.

Obsérvese la tesis común. Se reconoce que hay sectores sociales necesitados y que son desatendidos. Se arrogan además, tanto Junts como el Instituto Juan de Mariana y sus seguidores, una sensibilidad social y una vocación de justicia. Pero, como en tantas ocasiones en la derecha, buscan al responsable de tu precariedad entre un sector popular que, a su vez, se sentirá ahora amenazado por el más precario.

De este modo, en el primer caso, la guerra será entre catalanes a los que no se les concede beca de comedor y andaluces que desgravan por ir al gimnasio. Y en el segundo, entre jóvenes que no logran alquilar una vivienda y pensionistas que cobran mil euros de jubilación. Porque, como dicen los sembradores de cizaña, la ayuda del gimnasio te deja sin beca comedor, y la pensión del anciano te impide acceder a una vivienda.

Hay más ejemplos de esta estrategia de enfrentamiento de pobres con menos pobres. Como cuando, ante la liberación de la mujer, se planteaba que su incorporación al trabajo amenazaría la oferta de empleos para los hombres. Ojo, también algunas veces la izquierda cae en la trampa del enfrentamiento, por ejemplo al decir a las mujeres que el violador está en su casa. “El violador de la niña está en casa”, titulaba una columna Cristina Fallarás. Pues puede que esté en casa o que no, pero lo más normal es que en casa esté el hombre que recoge a la niña del colegio o a la salida de la discoteca para que no la violen.

O cuando te dicen que el emigrante es tu enemigo porque te quitará el trabajo, y no te explican que el trabajo te lo quita la empresa cuando se deslocaliza llevándosela al país del emigrante pagando un sueldo de miseria. O que el emigrante viene porque tu país bombardeó su Siria o Libia donde vivía.

La estrategia de enfrentar a pobres con menos pobres es un clásico del discurso reaccionario, de ahí que también sea un clásico en la izquierda, reivindicar y trabajar por la unidad de los trabajadores y la centralidad de la lucha de clases frente a cualquier otra. De modo que, cuando te señalen al enemigo, lo mejor es saber en qué clase social se encuentra, porque quizás en realidad es tu compañero."

3.11.25

Conflicto generacional, un debate tramposo... El argumento de que el gasto en pensiones va en detrimento de otras necesidades parte de la tramposa premisa de que la riqueza no puede crecer y no se puede distribuir más equitativamente vía un mercado de trabajo más justo y una fiscalidad más redistributiva... A partir de una realidad indiscutible, la precarización laboral y vital de buena parte de las personas jóvenes, se enfrenta a estos con los mayores en una lógica de agravio comparativo, que hace desaparecer las clases sociales y el conflicto entre capital y trabajo de los análisis... En el imaginario de la confrontación intergeneracional como epicentro del conflicto social, la clase y la responsabilidad del capital, en forma de precariedad laboral o especulación, no existen, han desaparecido... En términos económicos lo que resulta insostenible es que por la vía de los beneficios fiscales las arcas públicas dejen de ingresar unos 45.000 millones de euros (PGE 2023), eso sin sumar los de las CCAA. Son recursos que en parte podrían servir para paliar los niveles de pobreza infantil extrema... Debemos preguntarnos: ¿Es posible aumentar la riqueza que generamos como sociedad? ¿Es posible reducir los niveles de pobreza infantil y juvenil? ¿Qué modelo productivo necesitamos para ello? Si se pretende sinceramente abordar la precariedad vital de las personas jóvenes urge transformar un sistema socioeconómico que ha convertido un derecho fundamental como la vivienda en un bien de inversión sometido a las lógicas de mercados globales (Joan Coscubiela)

 "El argumento de que el gasto en pensiones va en detrimento de otras necesidades parte de la tramposa premisa de que la riqueza no puede crecer y no se puede distribuir más equitativamente vía un mercado de trabajo más justo y una fiscalidad más redistributiva

En los últimos tiempos proliferan análisis que sitúan la confrontación entre generaciones como el epicentro del conflicto social. A partir de una realidad indiscutible, la precarización laboral y vital de buena parte de las personas jóvenes, se enfrenta a estos con los mayores en una lógica de agravio comparativo, que hace desaparecer las clases sociales y el conflicto entre capital y trabajo de los análisis. 

Este imaginario forma parte de la estrategia del neoliberalismo, que ha impuesto su hegemonía ideológica, incluso entre sectores de la izquierda, hasta hacernos creer que los conflictos de clase son cosas de nostálgicos izquierdosos anclados en el pasado. 

Es cierto que las sociedades y sus conflictos se han hecho más complejas, aunque en realidad siempre lo fueron, como saben bien las mujeres. Entre esta complejidad aparecen fracturas generacionales fruto de un aumento de los desequilibrios en el reparto de la riqueza entre trabajo y capital, especialmente el rentista. 

Pero clases sociales “haberlas haylas”. Lo explicó con provocadora sinceridad el magnate Warren Buffet: “Hay una guerra de clases, es cierto, pero es mi clase, la clase de los ricos, la que está haciendo la guerra. Y vamos ganando. La clase trabajadora está perdiendo” 

Se utiliza la precariedad laboral y vital de los jóvenes como coartada para presentar a las personas jubiladas como privilegiadas -los más descarados incluso les culpan de la precariedad de sus hijos y nietos. En estos análisis se presenta la generación cómo una categoría social compacta sin diversidad en su composición. 

Es cierto que en los últimos años se ha reducido la tasa de pobreza de las personas mayores mientras aumenta la infantil y juvenil, especialmente en familias monomarentales con un solo ingreso. Pero ese cambio no responde a lógicas de vasos comunicantes. Mientras la reducción de la pobreza entre los pensionistas se ha conseguido gracias a políticas progresistas concertadas con el sindicalismo confederal, los recursos públicos destinados a reducir la pobreza infantil y juvenil han sido insuficientes ante un “libre mercado” que fabrica precariedad laboral, habitacional y vital a espuertas. 

Con los datos en la mesa no se puede afirmar que los pensionistas estén sobreprotegidos. En agosto 2025 el 48,6% del total de pensiones (el 63,3% en las mujeres) es inferior a 1.000 euros/mes. En las de jubilación la pensión media está situada en 1.507,63 euros/mes (1.572 los hombres y 1.081,33 euros/mes las mujeres) mientras un 39% (el 60% las mujeres) de los jubilados perciben menos de 1.000 euros/mes. 

Por supuesto no ignoro las dificultades -casi imposibilidad- de acceder a una vivienda por parte especialmente de los jóvenes, pero aquí también son evidentes las diferencias de clase. Mientras muchos jóvenes ven como se atrasa cada vez más la edad de su emancipación, algunos disfrutan por 2.000 euros al mes de una plaza en residencias de estudiantes. Al tiempo que la precariedad habitacional afecta también a personas mayores con bajos ingresos como se comprueba en las imágenes de algunos desahucios.

En el imaginario de la confrontación intergeneracional como epicentro del conflicto social, la clase y la responsabilidad del capital, en forma de precariedad laboral o especulación, no existen, han desaparecido de sus tramposos análisis.

En realidad, el debate está siendo instrumentalizado al servicio de otro dogma, el de la insostenibilidad económica del sistema de seguridad social, por la imposibilidad, se afirma, de dedicar tantos recursos a pagar las pensiones públicas. 

Aunque el resultado final va a depender de la evolución económica y demográfica, las previsiones de gasto para el 2050, incluyendo pensiones no contributivas y clases pasivas, se sitúan entre el 15,8% y el 17% del PIB. La sociedad española debe decidir si considera oportuno dedicar esta proporción de la riqueza a financiar las pensiones de una población que en el 2050 será el 30% del total. 

El argumento de que el gasto en pensiones va en detrimento de otras necesidades parte de la tramposa premisa de que la riqueza no puede crecer y no se puede distribuir más equitativamente vía un mercado de trabajo más justo y una fiscalidad más redistributiva.  

En términos económicos lo que resulta insostenible es que por la vía de los beneficios fiscales las arcas públicas dejen de ingresar unos 45.000 millones de euros (PGE 2023), eso sin sumar los de las CCAA. Son recursos que en parte podrían servir para paliar los niveles de pobreza infantil extrema

Lo que es insostenible socialmente es obligar a las personas jubiladas a continuar trabajando para complementar sus pensiones de mínimos, como ya sucede en Alemania con más de un millón de “minijobs” de 556 euros al mes.

Otra de las trampas del debate sobre la sostenibilidad de las pensiones consiste en presentar nuestro sistema de seguridad social con la lógica actuarial de los seguros privados. Se afirma que los ingresos por cotizaciones son insuficientes para garantizar las pensiones, obviando que en ningún sitio está escrito -el Pacto de Toledo dice justo lo contrario- que la financiación de la seguridad social deba recaer exclusivamente en el factor trabajo. Recordemos que las cotizaciones, también las empresariales, son salario. 

Presentan la aportación fiscal del estado como déficit cuando en realidad se trata de implicar –aún de manera insuficiente- a otros factores productivos en la financiación de una estructura social como las pensiones.

En esta maraña en la que se mezclan análisis serios, se comparta o discrepe de ellos, con “cuñadísmo retribuido”, algunas voces han planteado una reformulación del debate. ¿Qué sistema de jubilación podemos permitirnos hoy con la riqueza que generamos? 

Sugiero recoger el guante, aunque como el orden de las preguntas determina siempre el terreno del debate y condiciona las respuestas propongo ordenarlo a partir de estos otros interrogantes. 

¿Es posible aumentar la riqueza que generamos como sociedad? ¿Es posible reducir los niveles de pobreza infantil y juvenil? ¿Qué modelo productivo necesitamos para ello? ¿Es sostenible económica ecológica y socialmente nuestro sistema socioeconómico?

Creo que sí, que tenemos margen para aumentar la riqueza colectiva, también para dedicar más recursos públicos a reducir la pobreza infantil y juvenil, aunque sea difícil mientras se mantengan las lógicas de “libre mercado” que tanta precariedad laboral y vital están provocando. 

Para conseguirlo hay que abordar algunas transformaciones de calado. Entre ellas, trabajar para que nuestro sistema productivo deje de malgastar tanto potencial humano, después de los esfuerzos personales y colectivos dedicados a la formación. O combatir la idea de que las empresas para subsistir requieren de precarización salarial y vital, con largas jornadas de trabajo. 

Para aumentar la riqueza es imprescindible mejorar la productividad del capital, incrementando la inversión. Pero eso casa mal con un sistema productivo en el que los beneficios empresariales en sectores como el turismo son muy superiores a otros que requieren de niveles mucho más importantes de inversión y riesgo. 

Para que este crecimiento de la riqueza sea sostenible hay que abandonar un modelo de competitividad construido sobre la externalización de riesgos y costes sociales y ecológicos a terceros. Como sucede, entre otros, en el sector de la logística, con los explotados autónomos del transporte y el uso ineficiente de la carretera en detrimento del ferrocarril.

Si se pretende sinceramente abordar la precariedad vital de las personas jóvenes urge transformar un sistema socioeconómico que ha convertido un derecho fundamental como la vivienda en un bien de inversión sometido a las lógicas de mercados globales.

Si se quiere hacer debates rigurosos sobre la precarización laboral y vital de los jóvenes y sobre la sostenibilidad del gasto en pensiones, sin utilizar la tramposa confrontación entre generaciones, hagámoslos. Con algunas condiciones, que la clase social y los conflictos entre capital y trabajo no desaparezcan del debate y que no eludamos las preguntas sobre la sostenibilidad de nuestro sistema socioeconómico. "

(Joan Coscubiela, eldiario.es) 

17.9.25

Resulta que el jubilado alemán es el causante de la miseria de sus nietos... ahora resulta que los "baby boomers" viven por encima de sus posibilidades... así que proponen un "impuesto de solidaridad para la generación del baby boom", un gravamen especial del 10% sobre todos los ingresos de las personas mayores de 65 años... La justificación sería la supuesta "ruptura del contrato intergeneracional"... y también introducir un servicio social obligatorio para los baby boomers después de la jubilación, quizás en el ámbito de la enfermería o el servicio público... o sea, que son los jubilados los culpables de la precariedad, y no los conflictos geopolíticos y geoeconómicos, peligros derivados del progreso tecnológico, retroceso de la democracia y manipulación por parte de los superricos (Peter Bofinger

 "Criticar a la generación del baby boom se ha convertido en la última moda intelectual en Alemania. En su nuevo libro ‘Nach uns die Zukunft’ (Después de nosotros, el futuro), Marcel Fratzscher, presidente del Instituto Alemán de Investigación Económica, lanza una contundente acusación: casi ninguna generación desde la Ilustración y la Revolución Industrial ha privado a sus hijos y nietos de tantas oportunidades para una vida buena y autodeterminada como la generación de los baby boomers de hoy. Declara que el contrato intergeneracional está roto, esa promesa fundamental de que cada generación estaría mejor que la anterior.

Una crítica tan fundamental exige pruebas contundentes. Sin embargo, la comparación histórica de Fratzscher invita inmediatamente al escepticismo: ¿ha pasado por alto de alguna manera las dos guerras mundiales? En su libro, Fratzscher destaca que el 84% de los alemanes, incluida la gran mayoría de los propios baby boomers, creen que las generaciones futuras estarán peor que las actuales. Él lo llama "una señal de alarma". Sin embargo, para un científico, parece extraño pronosticar el desarrollo económico a través de encuestas de opinión en lugar de teorías y hechos.

El argumento se derrumba por sus propias inconsistencias lógicas. Muchas de las amenazas que Fratzscher identifica —conflictos geopolíticos y geoeconómicos, peligros derivados del progreso tecnológico, retroceso de la democracia, manipulación por parte de los superricos— no pueden atribuirse razonablemente a la generación de los baby boomers alemanes. Además, debemos preguntarnos cuánta responsabilidad tienen realmente los "baby boomers", nacidos entre 1955 y 1969, por el bienestar de las generaciones futuras. Si el contrato intergeneracional implica que los hijos deben prosperar más que sus padres, entonces los hijos de la generación baby boomer, que ahora tienen entre 30 y 40 años, ya han tenido éxito.

La paradoja de la prosperidad

Las evidencias económicas cuentan una historia sorprendentemente diferente a la narrativa de Fratzscher. Entre 1980 y 1991, el producto interno bruto real per cápita de Alemania Occidental aumentó un 17 por ciento. Desde 1991, ha aumentado otro 41 por ciento en toda la Alemania unificada. Consideremos las transformaciones cotidianas: hace cuatro décadas, las llamadas de larga distancia eran prohibitivamente caras, y mucha gente hacía cola en las cabinas telefónicas porque los teléfonos privados seguían siendo un lujo. El acceso a la música era prácticamente inasequible para los ciudadanos más pobres: en 1980, un LP costaba alrededor de 36 euros en poder adquisitivo actual.

Los baby boomers contribuyeron a lo largo de sus vidas laborales a la creación de la prosperidad material sustancialmente mayor de hoy en día. A cambio, aceptaron jornadas laborales más largas que las que afrontan los empleados de hoy en día.

Los "baby boomers" alemanes también ahorraron considerablemente más que sus vecinos franceses o los hogares estadounidenses, lo que contradice las afirmaciones de Monika Schnitzer, presidenta del Consejo Alemán de Expertos Económicos, de que los "baby boomers" vivían por encima de sus posibilidades.

 Esta responsabilidad fiscal se refleja claramente en la balanza por cuenta corriente de Alemania, que muestra el superávit de ingresos sobre gastos del país. Desde 1980, ha mostrado superávits muy elevados en su mayor parte. Solo entre 1991 y 2001 aparecieron déficits relativamente pequeños, directamente atribuibles a los costes extraordinarios de la reunificación alemana.

Uno de los logros históricos de los baby boomers fue la reunificación alemana. En 1991, aproximadamente 61 millones de alemanes occidentales tuvieron que integrar económicamente a 16 millones de ciudadanos de Alemania Oriental de la noche a la mañana, garantizándoles desde el primer día las elevadas prestaciones sociales de la República Federal. A esto le siguieron inversiones masivas en la infraestructura obsoleta del este de Alemania.

Estas cargas exigieron sacrificios extraordinarios. Los tipos del impuesto sobre la renta se dispararon; en 1997, el tipo máximo, incluyendo el recargo de solidaridad, llegó a casi el 57 por ciento. Las contribuciones a la seguridad social aumentaron considerablemente para financiar las prestaciones del este. Sugerir, como hace Fratzscher, que los "baby boomers" 'se regodearon en la gloria de su éxito económico' equivale a un insulto, particularmente para los trabajadores de bajos ingresos que soportaron estos costes.

La llegada a la edad de jubilación de la generación del baby boom sin duda planteará considerables desafíos financieros. Sin embargo, la edad media de jubilación ha aumentado significativamente, pasando de 62,3 años en 2000 a 64,7 en 2023. Simultáneamente, el nivel de las pensiones ha disminuido del 52,9% al 48%. La edad de jubilación seguirá aumentando hasta 2031.

El legado de una década dorada

A pesar de su retórica crítica contra la generación del baby boom, incluso Fratzscher debe reconocer que esta generación deja Alemania en una situación notablemente buena. En los últimos 15 años, casi todas las regiones han experimentado un crecimiento económico significativo. “Alemania nunca ha tenido más gente trabajando que ahora”, admite. “La economía alemana experimentó una década dorada en los años posteriores a 2010…” Numerosas empresas obtuvieron beneficios. Los grupos industriales lograron aumentar sus cuotas de mercado globales, y en algunos casos los salarios también aumentaron significativamente. A pesar de muchos pronósticos funestos, aún no hay señales de desindustrialización.

En este contexto, las propuestas políticas de Fratzscher parecen cada vez más extrañas. Sugiere introducir un servicio social obligatorio para los baby boomers después de la jubilación, quizás en el ámbito de la enfermería o el servicio público. Su "solución sencilla" movilizaría a los "baby boomers" que completaron el servicio militar para defender Europa, una propuesta que ya ha sido objeto de burlas en el programa satírico Heute-Show.

Aún más problemático es su propuesto "impuesto de solidaridad para la generación del baby boom", un gravamen especial del 10% sobre todos los ingresos de las personas mayores de 65 años. Implementar esto de manera consistente requeriría gravar no solo las pensiones, sino todos los ingresos, incluyendo los activos y las participaciones en empresas. Esto violaría el principio fundamental de la tributación según la capacidad económica. La justificación constitucional basada en la supuesta "ruptura del contrato intergeneracional" por parte de Fratzscher parece altamente improbable.

 El libro de Fratzscher logra precisamente lo que pretende combatir: envenenar los debates sobre el estado del bienestar con un peligroso populismo que enfrenta a los grupos vulnerables entre sí. Divide la sociedad entre los "baby boomers" y sus supuestas víctimas. La acusación de que los "baby boomers" han roto el contrato intergeneracional, un cargo grave que se suele utilizar mal en el debate público, se vuelve particularmente negligente cuando se basa en pura especulación en lugar de en hechos económicos.

El propio Fratzscher reconoce que explotar los miedos conlleva consecuencias catastróficas. Polariza a la sociedad y dificulta cada vez más la búsqueda de compromisos y soluciones. Sin embargo, su propio trabajo ejemplifica este mismo problema, sustituyendo el enfrentamiento generacional por los debates políticos serios que Alemania necesita sobre pensiones, inversión y cohesión social.

El verdadero desafío intergeneracional no radica en asignar culpas, sino en reconocer cómo las contribuciones y sacrificios de cada generación han dado forma a la prosperidad actual. El legado de la generación baby boomer alemana es complejo: ni el desastre que describe Fratzscher ni una historia de éxito inmaculada. Comprender este matiz, en lugar de caer en la búsqueda de chivos expiatorios generacionales, ofrece el único camino hacia políticas que puedan garantizar verdaderamente la prosperidad para todas las generaciones."

(Peter Bofinger , IPS, 16/09/25, traducción Quillbot) 

16.7.25

Hasta dónde llega la mecha de Torre Pacheco... España ha cambiado... Hay partes del país en las que existe ya lumpenproletariado, y es una tendencia creciente, a veces, se trata de poblaciones únicamente nacionales, en otras, hay mezcla con inmigrantes. Ambas viven en una España detenida, en la que el declive es evidente, y donde las soluciones, también las individuales, son difíciles. Son zonas donde se impone la economía de supervivencia a través de trabajos ocasionales, de empleos parciales en negro, de ayudas públicas o de una combinación de todas. Esos lugares son abandonados por los hijos de clases medias, que emigran a las ciudades... hay parte de la población que se encuentra atrapada en territorios con salarios bajos y escaso horizonte, y de los que tienen muy difícil salir. Estas dinámicas funcionan igualmente para los inmigrantes y para sus hijos, también para los que son españoles... A menudo, los choques se producirán por los recursos, y es normal que así suceda en entornos muy proletarizados... los entornos con pocos recursos y pocas esperanzas poseen un clima en el que la delincuencia puede surgir con cierta facilidad... Todo eso contribuye a aumentar la sensación de inseguridad. A veces, esta simplemente tiene que ver con hechos violentos, como los que acontecen en las zonas de ocio nocturno. Otras, con pandillas juveniles. A nadie le gusta volver a casa mirando hacia atrás... Estos dos elementos, la lucha por los recursos y la inseguridad, son los que están de fondo en el mensaje de las derechas sobre la inmigración. Y son mensajes relevantes... Bastaría que políticamente se reconociesen los problemas estructurales, y que se comprendiera que, en ese escenario, los choques culturales son difíciles de evitar mientras no se desactiven las causas de fondo. Pero es mucho más fácil abordar la inmigración desde el moralismo, unos afirmando que es mala, los otros que es buena... En un entorno en el que buena parte de los españoles carece de confianza en el futuro, es lógico que sean valores de seguridad, estabilidad y continuidad los que merezcan mayor crédito... los progresistas atribuyen motivos oscuros a la gente que se queja y se muestran condescendientes con las personas cuya vida ha empeorado... pero como dijo Gordon Brown, “más pronto que tarde, habrá que contrarrestar el veneno de la extrema derecha con una agenda progresista centrada en lo que más le importa a la gente: empleo, nivel de vida, justicia y la reducción de la brecha moralmente indefendible entre ricos y pobres” (Esteban Hernández)

 "La inmigración es un asunto político central en muchos países occidentales. A menudo, se señala a la extrema derecha como la causante de que el tema esté presente habitualmente en la agenda pública. La instrumentalización y la amplificación de choques aislados que difunden por las redes logran que sea percibido como un problema algo que no lo es. Y menos en España, donde la integración es mucho más sencilla, ya que buena parte de los inmigrantes son latinoamericanos, y sus costumbres tienen mejor encaje con las nuestras.

Quizá sea así, pero una encuesta de Sigma Dos señala que el 70% de los votantes españoles respalda las deportaciones de inmigrantes sin papeles y de aquellos que, aun estando regularizados, cometan delitos. Un 91,7% de los simpatizantes conservadores y la mayoría de los progresistas (un 57,1% de los votantes del PSOE) están a favor de estas medidas.

Vox se ha posicionado en un tema en el que no tiene rival y que entiende que es muy importante para una mayoría de españoles

No es una encuesta aislada, sino que ratifica las que Vox lleva manejando desde hace tiempo. En ellas radica también la convicción de que su apuesta será la ganadora a medio plazo. Las experiencias exitosas de otras formaciones de su entorno ideológico así lo demuestran. La ruptura con los gobiernos de las comunidades del PP tuvo lugar a causa de la inmigración, y por muchas derivadas que acompañasen a esa separación, fue el factor más relevante. Vox se ha posicionado en un asunto que entiende esencial para una mayoría de españoles. Su convicción es que la configuración política y territorial de España dificulta que su discurso haya calado más hondo, pero todo es cuestión de tiempo.

En ese contexto cabe situar los acontecimientos de estos días de Torre Pacheco. Las reacciones comunicativas han sido las habituales. La izquierda ha hablado de nazis cazando inmigrantes, Marlaska de que había que luchar en origen contra las mafias que se lucran trayendo gente a España y los progresistas, de la necesidad de combatir con inteligencia las ansiedades sociales que producen estos choques. Si una parte del espectro político tiende a magnificar las disfunciones, la otra tiende a negarlas.

La España lumpenproletarizada

Es fácil que la derecha obtenga réditos porque es muy complicado que no existan tensiones. Es una cuestión fundamentalmente estructural: España ha cambiado, como lo ha hecho su geografía política y social. Hay partes del país en las que existe ya lumpenproletariado, y es una tendencia creciente: a veces, se trata de poblaciones únicamente nacionales, en otras, hay mezcla con inmigrantes. Ambas viven en una España detenida, en la que el declive es evidente, y donde las soluciones, también las individuales, son difíciles. Son zonas donde se impone la economía de supervivencia, a menudo a través de trabajos ocasionales, de empleos parciales en negro, de ayudas públicas o de una combinación de estas fuentes de ingresos. Esos lugares son abandonados por los hijos de clases medias, que emigran a las ciudades, especialmente las grandes, pero esa es una opción que no alcanza a todo el mundo: solo es posible para aquellos que cuentan con formación y con ayuda familiar. Los trabajos poco cualificados no ofrecen los salarios precisos para mantenerse en las grandes ciudades, donde los costes para la subsistencia, comenzando por la vivienda, no pueden ser afrontados, por lo que no se va a emigrar a un lugar en el que la vida será todavía peor. En consecuencia, hay parte de la población que se encuentra atrapada en territorios con salarios bajos y escaso horizonte, y de los que tienen muy difícil salir. La lumpenproletarización actual hará todavía más difícil que emigren sus hijos.

Estas dinámicas no son infrecuentes en España, y funcionan igualmente para los inmigrantes y para sus hijos, también para los que son españoles. Y sus condiciones se agravan porque ascender en la escala social es complicado, ya que hacen falta recursos de partida, y la integración en entornos deteriorados suele ser muy ardua. Las razones culturales pueden ser un factor, pero no el mayor. Lo explicaba bien Alberto Arricruz respecto de la emigración española en Francia. Los adolescentes que dejaban los estudios o que no sabían qué hacer con su vida, iban a trabajar a las fábricas. Allí obtenían un salario, pero también acababan formando parte de un entorno social compartido. La situación actual dificulta esa reunión en torno de algo común, ya que quienes no consiguen un expediente académico satisfactorio tienen un acceso improbable al empleo. Hoy no existe ese salto automático de la escuela al trabajo, más al contrario. Hay gente que se queda anclada entre un espacio y el otro, y ese es un muy mal lugar.

Cuarta noche en Torre Pacheco: la Guardia Civil carga contra un grupo de jóvenes marroquíes

Además, la sociedad española sufre de servicios públicos insuficientes. Los sucesivos recortes a los presupuestos estatales han generado una falta crónica de médicos, enfermeras, profesores, policías, guardias civiles y servicios de emergencias, entre otros. Una circunstancia imprevista, cuando es de una magnitud significativa, desnuda el elemento asistencial del Estado y muestra su debilidad. Además de evidentes factores políticos, la dana fue uno de esos fenómenos. En esa situación de precariedad estructural, es fácil entender que habrá conflictos.

A menudo, los choques se producirán por los recursos, y es normal que así suceda en entornos muy proletarizados. Si en esa economía del apaño en la que se desenvuelven zonas españolas aparecen foráneos a los que se destinan las ayudas, es sencillo que el malestar comience a arraigarse. Si hay costumbres culturales diferentes, ese malestar aparecerá a simple vista. Esa tensión está presente en diferentes niveles, y a menudo cada parte política pone el acento en un tipo de foráneo: en Madrid se responsabiliza de la subida de la vivienda a los ricos latinoamericanos del barrio de Salamanca o a los dueños de los fondos que compran edificios para especular, en Barcelona a la gran afluencia turística, en el norte de España a los madrileños que compran segundas residencias y así sucesivamente.

La España insegura

El otro elemento estructural que augura tensiones sociales es la inseguridad. En primera instancia, los entornos con pocos recursos y pocas esperanzas poseen un clima en el que la delincuencia puede surgir con cierta facilidad. El auge del cultivo de marihuana en España tuvo que ver con zonas acostumbradas a la economía del apaño. En muchos de esos lugares apenas había inmigrantes. En lugares deteriorados del Estrecho el tráfico de drogas es visto como una salida a la mala situación económica. En las grandes ciudades, y en especial en las turísticas, los robos tienden a ser más habituales. Todo eso contribuye, en algunas poblaciones, a aumentar la sensación de inseguridad. A veces, esta simplemente tiene que ver con hechos violentos, como los que acontecen en las zonas de ocio nocturno. Otras veces, con pandillas juveniles. A nadie le gusta volver a casa mirando continuamente hacia atrás. Se puede argumentar que los datos españoles en cuanto a la inseguridad son buenos en comparación con otros países, pero esto es poco relevante cuando la percepción de la inseguridad se ha extendido. Cuando en esas circunstancias, como ha ocurrido en Torre Pacheco, la amenaza tiene otro color de piel, la tensión aumenta. En este asunto, como en las posibilidades de ascenso social, las cosas también van por barrios: en algunos, la idea de la inseguridad física está presente; en otros, se vive como algo bastante lejano.

Cuando el Estado está presente y cuenta con recursos, la confianza se mantiene, ya que los delitos son combatidos de manera eficiente

En última instancia, el problema no reside tanto en la delincuencia como en la respuesta que se da a las vulneraciones del orden. Cuando el Estado está presente y cuenta con recursos, la confianza se mantiene, porque los delitos, pequeños o grandes, son combatidos de manera eficiente y relativamente rápida. Cuando no es así, y los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado carecen de personal y medios suficientes, es bastante más fácil que la sociedad sienta que algo esencial no funciona. Si, además, la normativa española, como en la reincidencia de pequeños delitos, favorece al infractor, la inseguridad se extiende muy rápidamente por la sociedad.

La España que se desconoce

Estos dos elementos, la lucha por los recursos y la inseguridad, son los que están de fondo en el mensaje de las derechas sobre la inmigración. Y son mensajes relevantes. Son también asuntos que pueden ser fácilmente minusvalorados, y que pueden ser negados sin rubor, porque hablan de una España que se desconoce, de una sociedad que convive con la oficial, pero que nunca se encuentra con ella. Bastaría que políticamente se reconociesen los problemas estructurales, y que se comprendiera que, en ese escenario, los choques culturales son difíciles de evitar mientras no se desactiven las causas de fondo. Pero es mucho más fácil abordar la inmigración desde el moralismo: unos afirman que la inmigración es mala, los otros que es buena, como si fueran categorías en bloque. Cada cual, además, pone el acento en un asunto. Las izquierdas tienden a afirmar que la integración de los inmigrantes, salvo casos aislados, es muy positiva, y que el problema real reside en aquellos que atizan los fuegos, los que tratan de incendiar los ánimos. Vox asegura que no está en contra de la inmigración, sino que quiere que se deporte a los delincuentes, a los que entran ilegalmente y a los menas. ERC, y Rufián lo señaló en el Congreso, está poniendo el acento en la reincidencia, porque es consciente de que su electorado, que cuenta con capas populares, le reclama que actúe en ese sentido. Rebajar el discurso es ganar en este escenario.

No es difícil entender que hay barrios y pueblos en los que la vida es difícil, en los que hay pocas opciones y viven en la inseguridad

Lo malo del moralismo es que tiende a ignorar la realidad. No es difícil entender que hay barrios y pueblos en los que la vida es difícil, en los que hay pocas opciones y en los que la inseguridad está presente. Quizá muchos de los que practican el moralismo no los conozcan, pero existen. Insistir en el maximalismo o en la negación no es buena idea, pero ha sido particularmente problemático para los progresistas, que no han aprendido aún la lección que supuso la era woke, esa en la que perdieron apoyo social de manera significativa.

El cambio de eje

Las cosas son, sin embargo, sencillas de comprender. El eje político ha cambiado. Han sido años de crisis, de desclasamiento, de diferencias en aumento entre lo que se percibe y lo que se paga por vivir, lo que conduce hacia la pérdida de horizonte. En un entorno en el que buena parte de los españoles carece de confianza en el futuro, es lógico que sean valores de seguridad, estabilidad y continuidad los que merezcan mayor crédito.

Las nuevas tendencias políticas ofrecen algo que es anhelado por la gente: tener un buen entorno, ingresos decentes y recorrido de futuro

En ese marco, la derecha sale favorecida, porque el ámbito progresista entiende mal estas ideas. No tendrían por qué ser así necesariamente: los años socialdemócratas europeos, los que se prolongaron desde la Segunda Guerra Mundial hasta la llegada de Reagan y Thatcher se construyeron en torno a estos valores y a una idea de progreso que auguraba una sociedad mejor. Hoy ha perdido esa referencia, y su plan es impedir la llegada de la extrema derecha y persistir en los valores de la época global, esa que se está desvaneciendo. Sin embargo, la política actual está moviéndose en una dirección que es la anhelada por la mayoría de la gente: tener un buen entorno, ingresos decentes y recorrido de futuro, y en esto no se diferencian la gran mayoría de los españoles de la gran mayoría de los inmigrantes.

J.D. Vance ofreció una versión política sobre este asunto durante la campaña presidencial estadounidense: la llegada de inmigrantes ha provocado el aumento de los precios de las viviendas, ha saturado los servicios médicos, los educativos y ha provocado una reducción de las ayudas públicas para los estadounidenses. Y en lugar de mejorar la situación, los progresistas atribuyen motivos oscuros a la gente que se queja y se muestran condescendientes con las personas cuya vida ha empeorado.

Como incluso un reloj estropeado da correctamente la hora dos veces al día, Gordon Brown señaló un camino para las izquierdas cuando afirmó que “más pronto que tarde, habrá que contrarrestar el veneno de la extrema derecha con una agenda progresista centrada en lo que más le importa a la gente: empleo, nivel de vida, justicia y la reducción de la brecha moralmente indefendible entre ricos y pobres”.

España va por detrás políticamente en muchas cosas, y además muestra una falta de ideas preocupante. Pero estos dos mensajes, más tarde o más temprano, llegarán aquí. Incluso puede que lleguen mezclados."              

(Esteban Hernández , El Confidencial, 15/07/25)

12.7.25

La estrategia conservadora es la de siempre: cambiar el eje del conflicto. Transformar la lucha de clases en una lucha intra-clases, donde quien te roba los derechos no es el de arriba sino tu compañero de al lado... Los think tanks conservadores están empeñados en promover la falacia de que los jubilados les quitan los derechos a los jóvenes, al igual que en el pasado promovieron que los asalariados indefinidos les quitaban los derechos a los temporales con sus altas indemnizaciones... La reforma laboral del 2021 terminó con las malas ideas del contrato único o la mochila austriaca que hubieran supuesto un impulso a empresas menos eficientes y un tejido menos productivo alejándonos aún más del pleno empleo... Quien de verdad les roba los derechos a los jóvenes son: Los caseros multipropietarios... Los empresarios que les pagan salarios de explotación... Los ricos que se escaquean del pago de impuestos (Carlos Martín Urriza)

Carlos Martín Urriza @carlosurriza

Los think tanks conservadores están empeñados en promover la falacia de que los jubilados les quitan los derechos a los jóvenes, al igual que en el pasado promovieron que los asalariados indefinidos les quitaban los derechos a los temporales con sus altas indemnizaciones 

La reforma laboral del 2021 terminó con las malas ideas del contrato único o la mochila austriaca que hubieran supuesto un impulso a empresas menos eficientes y un tejido menos productivo alejándonos aún más del pleno empleo

 Quien de verdad les roba los derechos a los jóvenes son:  

 - Los caseros multipropietarios que les cobran alquileres abusivos no relacionados con los salarios que se pagan o que les echan de sus viviendas para montar un Airbnb o un alquiler de temporada para nómadas digitales
 
Los empresarios que les pagan salarios de explotación y les extienden la jornada sin remunerársela a pesar de los beneficios históricos que están obteniendo en todos los tamaños de empresa según el Observatorio de Márgenes Empresariales
 
Los ricos que se escaquean del pago de impuestos porque lo tienen escondido en guaridas fiscales o porque el PP libra a las grandes fortunas de aportar lo que deben para financiar políticas de educación y vivienda que beneficiaría en particular a los jóvenes
 
 La estrategia conservadora es la de siempre: cambiar el eje del conflicto. Transformar la lucha de clases en una lucha intra-clases, donde quien te roba los derechos no es el de arriba sino tu compañero de al lado, aunque pertenezca a otra generación

10:22 a. m. · 12 jul. 2025 21,2 mil Visualizaciones

20.6.25

A pesar de la política de tierra arrasada que ha llevado adelante Milei, sigue manteniendo el mismo respaldo que al principio. ¿Cómo explicar todo esto? Las percepciones en torno al Estado, al Mercado, a las clases sociales, a lo comunitario, etc. son de vital importancia... el capitalismo neoliberal que se impone en el país desde la década de los 70 del siglo pasado ha transformado la clase trabajadora... el trabajo informal ha llegado al 50% de la fuerza laboral. Esto ha provocado una fragmentación de la clase trabajadora y ha hecho crecer un tipo de trabajador/a muy vulnerable al discurso ultraliberal... Los/as jóvenes del capitalismo de plataforma son especialmente carne de cañón del discurso pro-mercado: “El mercado aparece como lugar de oportunidades, mientras que el Estado impide tu crecimiento, además de financiar a los vagos”... y el joven repartidor que trabaja 10 horas al día en una bicicleta, no tiene derechos laborales, ni vacaciones pagadas, ni seguro médico si se enferma, pero se cree su propio jefe, se cree libre, y se ha convertido en el símbolo del votante de Milei... se abre la puerta a la “guerra de pobres contra pobres”, y el enemigo del trabajador informal es el formal, porque disfruta de unos privilegios (que ya no son considerados derechos) inaceptables (vacaciones pagadas, etc.)... y aflora “resentimiento” contra otras franjas de la clase trabajadora, resentimiento contra el empleado público, porque vive mejor que yo gracias a sus “privilegios”; contra el que recibe ayudas sociales, porque vive igual que yo sin trabajar. Milei instrumentaliza este resentimiento para justificar su programa de recorte de “privilegios”... “si no lo tengo yo, entonces, que no lo tenga nadie”... Se produce un deterioro sustancial del papel del Estado, sobre todo entre la gente pobre del interior del país: “Voy al hospital y no me atienden; la escuela de mis hijos está cerrada por huelgas o mal estado de la infraestructura; el transporte público no pasa y llego tarde al trabajo”... en la última década y, especialmente entre las generaciones más jóvenes que no vivieron la “década ganada”, existe un sentimiento colectivo de que lo público no funciona... lo que lleva a la siguiente reflexión: el Estado me tiene que dar salud, educación y servicios públicos y no me los da (o no me los da dignamente), pero me cobra como si me los diera... sucede que “en América Latina, si desmantelas las políticas públicas avanza el narco” (Luismi Uharte, Un. País Vasco)

"Tras más de un año de gobierno y teniendo en cuenta la política de tierra arrasada que ha llevado adelante Javier Milei, cualquiera podría pronosticar que el apoyo inicial que tuvo se hubiera erosionado considerablemente. Sin embargo, si se dan por válidas las encuestas, y también la propia percepción del campo progresista (intelectuales, movimientos…), Milei sigue manteniendo el mismo respaldo que al principio. ¿Cómo explicar todo esto?

Por un lado, como dice el politólogo Sergio Morresi, cada sector que lo apoyó siente, por ahora, que está cumpliendo: controló la inflación, está reduciendo la plantilla del Estado… Por otro lado, y esto es mucho más importante, el proceso de derechización sociológica al que aludía Morresi, se traduce en que algunas de sus ideas-fuerza han logrado afianzarse en la mentalidad de amplios grupos sociales. La ‘batalla cultural’ a la que apelan Milei y su gente, no es más que la batalla de ideas (Fidel Castro) en la que izquierdas y derechas se disputan el sentido común, los valores hegemónicos y la centralidad política. Las percepciones en torno al Estado, al Mercado, a las clases sociales, a lo comunitario, etc. son de vital importancia en esta disputa.

Capitalismo neoliberal y clase trabajadora

Andrés Ruggeri, antropólogo y referente del campo de las empresas recuperadas, señala que hay cambios estructurales que se vienen dando desde décadas atrás y que explican los cambios sociológicos actuales. Afirma que el capitalismo neoliberal que se impone en el país desde la década de los 70 del siglo pasado ha transformado la clase trabajadora. Por un lado, indica que es significativo el crecimiento del trabajo informal, que ha pasado de representar un 30% de la fuerza laboral a aproximadamente el 50% del total. Esto ha provocado una fragmentación de la clase trabajadora y ha hecho crecer un tipo de trabajador/a muy vulnerable al discurso ultraliberal. Los/as jóvenes del capitalismo de plataforma son especialmente carne de cañón del discurso pro-mercado: “El mercado aparece como lugar de oportunidades, mientras que el Estado impide tu crecimiento, además de financiar a los vagos”.

El capitalismo neoliberal no solo rompe la unidad de clase, sino que produce un nuevo tipo de sociedad, en la que la pérdida de conciencia de clase avanza vertiginosamente. Según Ruggeri, en Argentina desde los años 40 la identidad peronista, aunque no fuera expresamente de izquierda, no era una identidad liberal, individualista, sino colectiva y sindical. Eso se ha ido fracturando cada vez más. El joven repartidor que trabaja 10 horas al día en una bicicleta, no tiene derechos laborales, ni vacaciones pagadas, ni seguro médico si se enferma, pero se cree su propio jefe, se cree libre, reflexiona Eva Verde, del Frente Popular Darío Santillán. Ese sujeto, paradójicamente, se ha convertido en el símbolo del votante de Milei.

Conflicto intra-clase

Si el relato de la explotación capitalista de diluye, se abre la puerta a la “guerra de pobres contra pobres”, como advierte Rodolfo Pastore, economista y profesor de la Universidad Nacional de Quilmes. El explotador capitalista desaparece de la ecuación y el enemigo del trabajador informal es el formal, porque disfruta de unos privilegios (que ya no son considerados derechos) inaceptables (vacaciones pagadas, etc.).

El discurso es aún más perverso, porque según Morresi, aflora “resentimiento” contra otras franjas de la clase trabajadora: resentimiento contra el empleado público, porque vive mejor que yo gracias a sus “privilegios”; contra el que recibe ayudas sociales, porque vive igual que yo sin trabajar. Milei instrumentaliza este resentimiento para justificar su programa de recorte de “privilegios” (sic), su receta distópica: “si no lo tengo yo, entonces, que no lo tenga nadie”.

Estado ausente

A todo lo anterior se suma una percepción cada vez más negativa en relación al Estado y lo público. Una de las banderas del kirchnerismo fue el “Estado presente” frente al “Estado ausente neoliberal” de los 90 (Ruggeri) y durante la primera década del proceso de cambio (2003-2013) trajo mejoras sociales indiscutibles. Sin embargo, de ahí en adelante, y sobre todo durante los Gobiernos de Macri y Fernández, se produce un deterioro sustancial del papel del Estado, además de las contradicciones que se venían arrastrando. Por eso, en la última década y, especialmente entre las generaciones más jóvenes que no vivieron la “década ganada”, existe un sentimiento colectivo de que lo público no funciona.

Morresi asegura que la insatisfacción con lo estatal es muy grande, sobre todo entre la gente pobre del interior del país: “Voy al hospital y no me atienden; la escuela de mis hijos está cerrada por huelgas o mal estado de la infraestructura; el transporte público no pasa y llego tarde al trabajo”. Este acumulado de insatisfacciones lleva a la siguiente reflexión: el Estado me tiene que dar salud, educación y servicios públicos y no me los da (o no me los da dignamente), pero me cobra como si me los diera. A esto hay que agregar, siguiendo a Pastore, que no solo es que el Estado no ha estado para garantizar derechos, sino que cuando ha estado, bastantes veces lo ha hecho de manera clientelar.

Núcleo de verdad

Pastore advierte que en este relato anti-estatal y ultra-liberal hay un núcleo de verdad, que tenemos que reconocer. Por eso tiene efecto. Sin embargo, también se produce una disociación con la realidad. La anécdota que cuenta la profesora Bottini, de la Universidad de Quilmes, es muy paradigmática. En una clase, ella reivindicó que había que defender los derechos adquiridos, y un estudiante de sectores populares le respondió: “Ningún derecho que vos querés defender tiene que ver con mi vida. En mi familia nadie tiene derechos”. Por una parte, tenía razón, pero por otra no, ya que estaba estudiando gratis en una universidad pública y no era consciente que estaba disfrutando de ese derecho.

Comunidad

Otro terreno en disputa, no solo discursivo sino también material, es el de lo comunitario. Además del discurso individualista anti-colectivista de Milei y las nuevas subjetividades proclives a interiorizarlo, hay que analizar qué sujetos se están disputando el control de los barrios populares. El reconocido intelectual Atilio Borón alerta del espacio vacío que dejaron la izquierda y la teología de la liberación y la inserción paralela de las iglesias evangélicas y del narco. Por un lado, las nuevas iglesias combinan un discurso emprendedurista y antifeminista y, por otro lado, el narco avanza cooptando para sus redes a jóvenes que estaban condenados a la precariedad. Desde el Frente Darío Santillán, alertan de la preocupante situación: “en América Latina, si desmantelas las políticas públicas avanza el narco”.

¿Cómo hacerle frente?

A pesar del programa de shock mileista y de los citados cambios sociológicos, hay que destacar las movilizaciones populares que se han dado en todo este tiempo. Paula Klachko destaca las tres huelgas generales, la multitudinaria marcha en defensa de la universidad pública, las manifestaciones de marzo del día de la mujer trabajadora y de conmemoración de la dictadura y, la masiva movilización antifascista de febrero.

Sin embargo, no ha sido suficiente para erosionar al Gobierno. Además, gran parte de las/os entrevistadas/os manifiestan su preocupación por la disputa interna que se está dando actualmente dentro del peronismo entre Cristina F. Kirchner y su posible sucesor, el actual gobernador de la provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof. Por su parte, el movimiento popular, según Eva Verde, está en una etapa de resistencia y subsistencia, ya que la prioridad actual es dar de comer a la gente en los barrios (tras el desplome de los programas sociales) y apoyar psicológicamente para que la gente no se quiebre.

Fuego amigo

Paradójicamente, la mayor debilidad de Milei es él mismo, según Feierstein. Por un lado, se ha enfrentado a cierto sector de la clase dominante, concretamente al poderoso grupo mediático Clarín, posicionándose en contra de la compra de Telefónica por parte de Telecom (controlado por Clarín). Por otro lado, la estafa de las cripto-monedas ha provocado una mega-demanda de inversores en EE.UU. Feierstein cree que Milei “se puede autoametrallar los pies”, pero no significa que la salida venga por la izquierda.

Nueva época, nuevas recetas

En cuanto a la inevitable pregunta (¿qué hacer?) (Lenin), desde el sindicato ATE tienen claro que “no estamos en el 91 (al inicio del gobierno neoliberal de Menem), ni en el 2001” (a punto de estallar el Argentinazo). Es una nueva época y casi todas las personas entrevistadas coinciden en que no se puede vivir del pasado. Un pasado además que los más jóvenes no disfrutaron. Hace falta un proyecto de futuro, con nuevas estrategias. En el ámbito político-partidario, Gonzalo Armúa propone una renovación profunda, gente más joven, y sobre todo, “gente que se parezca más a nuestro pueblo”, ya que actualmente “la mayoría de los diputados no viajan en transporte público, sus hijos no van a la escuela pública, no utilizan el hospital público. Hay una brecha muy grande entre la sociedad y la política”. En cuanto a la política de base, Federico Díaz, sindicalista, tiene claro que hay dar prioridad de nuevo a trabajar en los barrios, involucrándose y construyendo desde lo colectivo. "

(Luismi Uharte, Un. País Vasco, Other News, 18/06/25)

3.4.25

Por qué Trump sigue ganando: La verdad que nadie admite, es que la ira, no solo la desigualdad, impulsa a los votantes blancos de clase trabajadora; los progresistas deben afrontar verdades incómodas para contrarrestarlas... ¿Qué ha hecho exactamente la élite liberal, democrática y culturalmente comprometida de Estados Unidos para provocar una ira tan profunda -incluso un odio declarado- en amplios sectores de la clase trabajadora y la clase media-baja, predominantemente blancas, que les ha llevado hacia un político como Donald Trump? Las acusaciones de corrupción contra la élite política de Washington y otros grupos percibidos como «elitistas» se convirtieron en temas centrales de la exitosa campaña de Trump... La corrupción, en opinión del público, va más allá del simple soborno... esto puede implicar aprovechar las conexiones personales para conseguir la admisión de los hijos en escuelas públicas populares o conseguir un empleo en el sector público a pesar de no ser el candidato más cualificado... la percepción de la corrupción como favoritismo indebido puede haber sido crucial para las victorias electorales de Donald Trump... La discriminación positiva, a sus ojos, representaba un favoritismo étnico más que una selección basada en el mérito... la mayoría de los estadounidenses blancos creen que la discriminación contra ellos mismos es un problema más importante que la discriminación a la que se enfrentan los estadounidenses negros ¿Cómo se ha generalizado esta percepción? En lugar de adoptar políticas universales que beneficien a amplios sectores de la sociedad, los demócratas han cultivado inadvertidamente entre los votantes blancos de clase trabajadora la imagen de que favorecen a los grupos minoritarios, un enfoque que muchos perciben como similar a la corrupción... Pensemos, por ejemplo, en un joven negro que solicita plaza en la universidad y cuyos padres son profesores, comparado con un joven blanco criado por una madre soltera que trabaja en la limpieza... En cambio, los programas universales rara vez se enfrentan a estos problemas (Bo Rothstein, Un. Gothenburg)

 "Las críticas a Donald Trump y a las acciones de su administración desde que asumió el cargo han sido, como mínimo, intensas. La agresividad de Trump hacia Volodymyr Zelensky, sus repetidas falsedades sobre quién instigó la guerra en Ucrania, el indulto a criminales violentos condenados por atacar el Congreso en enero de 2021, las afirmaciones de que como presidente está por encima de la ley, las amenazas dirigidas a Dinamarca y Canadá, y el desmantelamiento de políticas de ayuda estadounidenses de larga data son algunas de las acciones que han suscitado duras condenas. Estas críticas, y muchas más, están totalmente justificadas y son necesarias.

Sin embargo, hay una cuestión crucial que falta en la conversación general: ¿Qué ha hecho exactamente la élite liberal, democrática y culturalmente comprometida de Estados Unidos para provocar una ira tan profunda -incluso un odio declarado- en amplios sectores de la clase trabajadora y la clase media-baja, predominantemente blancas, que les ha llevado hacia un político como Donald Trump? Resulta asombroso considerar que no hace mucho Barack Obama se aseguró un segundo mandato presidencial en 2012, lo que sugiere que algo importante debe haber ocurrido en los años intermedios para provocar este dramático cambio en la política estadounidense.

 La desigualdad y las dificultades económicas se han citado con frecuencia como explicaciones del ascenso de Trump. Sin embargo, esto no puede explicar totalmente su atractivo, ya que Obama consiguió la reelección sólo cuatro años después de la crisis financiera mundial. Del mismo modo, el racismo, aunque profundamente arraigado en la sociedad estadounidense, no es un fenómeno nuevo. La inmigración es otro factor que se cita a menudo, aunque Estados Unidos siempre ha sido una nación de inmigrantes. Aunque estos elementos han contribuido sin duda, debe haber otro factor crítico que ha permitido a Trump no sólo ganar, sino volver a ganar, incluso después de orquestar un ataque ilegal contra el Congreso estadounidense.

Para comprender plenamente este cambio, hay que volver a las elecciones presidenciales de 2016. Al principio de la campaña, la mayoría de los comentaristas informados no consideraban seriamente a Trump un candidato republicano viable. Carecía del apoyo de las principales figuras del partido, nunca había ocupado un cargo político y no tenía acceso a los importantes recursos financieros que suelen requerirse para una candidatura presidencial exitosa. Sin embargo, una persona que reconoció el potencial de Trump desde el principio fue Jim Clifton, entonces director de Gallup en Estados Unidos.

 Ya en enero de 2016, once meses antes de las elecciones, Clifton destacó un dato profundamente preocupante de las encuestas de Gallup: El 75% de los votantes de Estados Unidos estaba de acuerdo con la afirmación de que «la corrupción está generalizada en todo el gobierno de este país». Clifton describió esta percepción como una «gran nube negra» que se cierne sobre el progreso de Estados Unidos, sugiriendo que podría alimentar el ascenso de un candidato «no tradicional» como Trump. En retrospectiva, la percepción de Clifton fue notablemente acertada. Las acusaciones de corrupción contra la élite política de Washington y otros grupos percibidos como «elitistas» se convirtieron en temas centrales de la exitosa campaña de Trump en 2016, así como de su candidatura para 2024.

La corrupción, en opinión del público, va más allá del simple soborno. Muchos estadounidenses tienen una definición más amplia que incluye diversas formas de favoritismo, especialmente en el sector público. En el día a día, esto puede implicar aprovechar las conexiones personales para conseguir la admisión de los hijos en escuelas públicas populares o conseguir un empleo en el sector público a pesar de no ser el candidato más cualificado. Los estadounidenses tienen la creencia generalizada de que las decisiones públicas deben caracterizarse por la imparcialidad y la igualdad de trato.

Mi argumento es que la percepción de la corrupción como favoritismo indebido puede haber sido crucial para las victorias electorales de Donald Trump tanto en 2016 como en 2024. Esta opinión está respaldada por el aclamado libro de la socióloga Arlie Hochschild Strangers in Their Own Land: Anger and Mourning on the American Right (The New Press, 2016). Hochschild pasó cinco años con comunidades de clase trabajadora blanca en el sur de Estados Unidos y descubrió que muchas de estas personas creían que llevaban mucho tiempo esperando pacientemente en la cola del «sueño americano», esperando que mejoraran sus condiciones económicas. Sin embargo, se encontraban continuamente decepcionados, culpando de este estancamiento a diversos programas introducidos por los demócratas para apoyar específicamente a los grupos minoritarios. Según los informantes de Hochschild, las personas que reivindicaban su condición de minoría podían efectivamente «saltarse la cola». La discriminación positiva, a sus ojos, representaba un favoritismo étnico más que una selección basada en el mérito.

Las encuestas también han indicado que la mayoría de los estadounidenses blancos creen que la discriminación contra ellos mismos es un problema más importante que la discriminación a la que se enfrentan los estadounidenses negros. Aunque considero que esta percepción está desconectada de la realidad, no deja de influir en las decisiones de los votantes, ya que son las percepciones, y no las realidades objetivas, las que guían el comportamiento electoral.

¿Cómo se ha generalizado esta percepción? Un factor crítico es la gran dependencia de los demócratas, sobre todo de su facción de izquierdas, de la política de identidad. En la práctica, esto ha supuesto el establecimiento de programas específicos diseñados para beneficiar a diversos grupos minoritarios y, en ocasiones, a las mujeres. La investigación de Hochschild revela que los blancos de clase trabajadora suelen considerar estos programas como cuotas injustas para acceder a puestos de trabajo y oportunidades educativas deseables. En respuesta, muchas empresas, universidades e instituciones públicas han creado departamentos especializados dedicados a la Diversidad, la Equidad y la Inclusión (DEI). Es significativo que una de las primeras medidas de Trump al volver al cargo fuera desmantelar estas iniciativas de DEI en todo el gobierno federal estadounidense.

En lugar de adoptar políticas universales que beneficien a amplios sectores de la sociedad, los demócratas han cultivado inadvertidamente entre los votantes blancos de clase trabajadora la imagen de que favorecen a los grupos minoritarios, un enfoque que muchos perciben como similar a la corrupción. Los programas específicos suelen despertar sospechas de injusticia debido a la naturaleza compleja y subjetiva de la determinación de la elegibilidad -decidir quién reúne los requisitos para ser considerado «blanco», «negro» o algo intermedio- y la gestión de decisiones matizadas relativas al trato preferente.

Pensemos, por ejemplo, en un joven negro que solicita plaza en la universidad y cuyos padres son profesores, comparado con un joven blanco criado por una madre soltera que trabaja en la limpieza. Estos dilemas ponen de manifiesto las dificultades y los posibles problemas de legitimidad de las iniciativas específicas. En cambio, los programas universales rara vez se enfrentan a estos problemas, ya que no requieren importantes poderes discrecionales ni una gran burocracia. Además, contrariamente a la creencia común, los programas sociales universales tienden a ser altamente redistributivos. Las prestaciones proporcionadas suelen ser iguales o nominales, pero la fiscalidad sigue siendo progresiva o proporcional. En consecuencia, los que más ganan pagan más de lo que reciben, mientras que los trabajadores pobres obtienen más beneficios de los que aportan. Conocido como la paradoja de la redistribución, este fenómeno explica por qué los países que emplean programas universales suelen lograr una mayor redistribución que los que intentan explícitamente «gravar a los ricos y dar a los pobres». Además, los programas diseñados exclusivamente para los pobres suelen prestar servicios de menor calidad.

Por lo tanto, el problema fundamental de la política de identidad no radica en la movilización -históricamente, los partidos socialdemócratas europeos se basaron en gran medida en la identidad de la clase trabajadora-, sino en la aplicación. La política de identidad fomenta la división al enfrentar a un grupo contra otro, socavando la confianza general y la solidaridad social. En el fondo, la política identitaria gira en torno al interés propio del grupo en bruto: «más para nosotros». También viola los valores liberales básicos de igualdad de trato y crea un terreno fértil para las sospechas de corrupción e injusticia. Aunque las protestas generalizadas contra la brutal violencia policial en Estados Unidos estaban totalmente justificadas, enmarcar estas protestas como «Black Lives Matter» (Las vidas de los negros importan) en lugar de «All Lives Matter Equally» (Todas las vidas importan por igual) puede haber reforzado inadvertidamente las percepciones de división étnica. Hay muchos otros ejemplos de errores políticos por motivos étnicos. 

El riesgo actual es que la crítica necesaria a la administración de Trump pueda oscurecer la necesidad igualmente crucial de autorreflexión crítica por parte de los grupos políticos que sufrieron la derrota electoral. Está claro que se cometieron errores si tantos votantes blancos de clase trabajadora y clase media-baja se sintieron obligados a apoyar a una figura abiertamente antiliberal como Donald Trump. Los progresistas europeos también deben prestar atención a esta lección; no aprender de la experiencia estadounidense podría llevar a Europa por un camino igualmente problemático."

( Un. Gothenburg, Social Europe, 02/04/25, traducción DEEPL)

20.5.21

La miseria moral del capitalismo... cortan las ayudas de subsistencia para no tener que subir el salario mínimo... Tennessee y Misuri han decidido cortar los seis diferentes tipos de ayuda que reciben del gobierno federal con la esperanza de abrir el apetito a nuevos trabajadores

 "(...) Algunos dueños de negocios se quejan de que no encuentran trabajadores y Estados republicanos como Tennessee y Misuri han decidido cortar los seis diferentes tipos de ayuda que reciben del gobierno federal con la esperanza de abrir el apetito a nuevos trabajadores. 

“Conversando con negocios en todo el Estado sabemos que están pasando tiempos difíciles no por la covid-19, sino por la escasez de trabajadores provocada por estas ayudas excesivas”, dijo el martes el gobernador de Misuri, Mike Parson, al anunciar el fin de las ayudas desde el 12 de junio.

 Peticiones similares han llegado de Texas. Glenn Hamer, presidente de una asociación privada compuesta por unos 200 comercios, ha pedido cerrar el grifo de ayudas. “Con las vacunas a la mano para quien las quiera, es hora de que el presidente y el Congreso se den cuenta de que esta política es un obstáculo para el empleo en Texas y en todo el país”, señaló Hamer en un comunicado. (...)"             (Luis Pablo Beauregard , El País, 18/05/21)

14.1.21

Los voluntarios del 4x4 lo dejan tras sufrir amenazas y destrozos por parte de algunos taxistas y conductores de Uber: "No podemos seguir"...

 "Llevan días colaborando en los traslados de sanitarios y enfermos a hospitales, y ayudando a las ONG a llevar provisiones a las zonas más vulnerables. Desde que Filomena irrumpió el viernes por la tarde, dejando Madrid (como otras muchas provincias) completamente aislada y cubierta por la nieve, su ayuda se ha hecho indispensable y se han colado en ese selecto grupo de ‘héroes’ que ha contribuido a evitar la paralización total.

 Los voluntarios con vehículos 4x4 dejan de funcionar este miércoles tras denunciar haber sufrido destrozos en varios de sus coches. “Han lanzado latas y botellas contra nuestros 4x4. Nos han roto cristales. No podemos permitirlo”, se quejaban varios de ellos en redes sociales. 

 Según detallan en un comunicado del grupo que integra a muchos de ellos, SOS 4x4, “el desgaste físico y material que sufrimos hace que no podamos seguir arriesgando la integridad de los voluntarios” que durante 72 horas “hemos ayudado en todo lo que hemos podido”. Aseguran tener 10 coches particulares averiados. “Es un coste que valdrá la pena con una sola vida salvada”, pero que obliga a parar su servicio.

“En las últimas horas, varios de nuestros vehículos han sufrido desperfectos. No por quedarse atascados en la carretera, sino por la acción de cobardes que nos han roto los cristales para impedir que sigamos aportando nuestra ayuda”. La mejora de la situación, a pesar de las heladas, también ha pesado a la hora de tomar la decisión.

 “El transporte público está funcionando al 70% de su capacidad. Los taxis cubren la mayoría de la ciudad, muchos de ellos con cadenas. Y las máquinas quitanieves han despejado gran parte de las calzadas principales cubiertas por la nieve”, reflexionan. Acusan a varios taxistas y conductores de VTC de estar detrás de estas acciones, aunque también algunos de ellos en Twitter reconocen que “no se puede generalizar”.  (...)

Un policía madrileño que en sus ratos libres ha colaborado con amigos en estas salidas como voluntarios reconoce no entender la iniciativa de los taxistas contra los vecinos que han hecho lo mismo. “Es el mundo al revés”, asegura mientras piensa en todos los desplazamientos que ha hecho estos días con su todoterreno.

Son seis colegas que han hecho uso de su grupo de WhatsApp de planes de fin de semana para coordinarse y rescatar a gente que se había quedado atrapada por el temporal en sus vehículos particulares. Un Toyota, un Nissan, un Jeep y un Subaru con la suspensión elevada y tracción a las cuatro ruedas han servido para sacar de su posición a decenas de personas desde el pasado sábado, el primer día que salieron a la ciudad en busca de vecinos a los que ayudar. “La fuerza del motor era suficiente para sacar los coches, no necesitábamos ni palas ni cadenas”, cuenta el agente a este diario. Los neumáticos que usan son de verano e invierno. 

 El policía no entiende que haya gente que les recrimine algo que están haciendo solo por ayudar. “No buscamos reconocimiento alguno, faltaría más, y encima hacen esto”, reconoce con cierta indignación. No es el único policía que ha sacado su espíritu de servicio fuera de su horario laboral. “Es increíble que después de poner nuestro esfuerzo, tiempo y medios, la gente lo agradezca así”, asegura de los policías voluntarios.

Este último se ha unido a otros tres compañeros que también disponen de 4x4 para salir a ayudar, llevar comida a albergues, trasladar enfermos al hospital para revisiones o urgencias y sacar coches atascados por la tormenta. “Ni que estuviéramos quitando trabajo a nadie. Nosotros lo dejamos claro. Traslados a zonas donde el transporte público o turismos no puedan acceder”, subraya, recordando que apenas está durmiendo durante estos días para colaborar en las tareas de rescate conforme le permiten sus propias fuerzas y medios."                   (Paloma Esteban , R. Ruiz Ballesteros , El Confidencial, 12/01/21) 

20.11.20

La clase trabajadora norteamericana está hoy claramente dividida por el racismo... la falta de protección social del obrero blanco es la mayor causa de su racismo... el obrero blanco en paro, sin ninguna protección social, no ve ningún beneficio por el pago de sus impuestos, y cree estos solo benefician a las minorías, y no a las personas como él...

 "(...) La división de las clases populares en EEUU: el racismo y su importancia en la reproducción de tal división

Además de debilitada debido a la inexistencia de partidos que sirvan a sus intereses, la clase trabajadora está hoy claramente dividida. Y contribuyendo a esta división está la política racista seguida por el presidente Trump en respuesta a la creciente importancia de la rebelión de la población negra (y, en menor medida, la latina, excepto la del sureste de EEUU) frente al dominio blanco en las estructuras de poder. 

 Esta rebelión ha jugado un papel importante en la movilización para parar a Trump, prototipo del personaje racista (sin ambigüedades ni disimulos) y, también, machista grosero. De ahí que la gran mayoría de negros (y de latinos, excepto en Florida) y de mujeres apoyaran a Biden. En este sentido, es importante destacar que la figura central de las elecciones fue en todo momento Trump, pues los votos de Biden no fueron necesariamente de apoyo a Biden (el político liberal y representante de la clase política bastante desprestigiada en EEUU), sino en contra de Trump.

 Sin ánimo de minimizar la enorme importancia del movimiento Black Lives Matter y la gran simpatía y apoyo que ha despertado a lo largo y ancho del territorio en EEUU, hay que aclarar que la importancia del tema racial no se debe a un incremento (inexistente) del racismo, sino a la utilización del racismo precisamente para dividir a la población, incluyendo a la clase trabajadora. La inseguridad y falta de estabilidad y protección social del obrero blanco es la mayor causa de su racismo. 

 Hay que ser conscientes de que, resultado del dominio conservador-liberal en el Estado federal, el Estado del Bienestar está muy poco desarrollado y en su mayoría (excepto la Seguridad Social) está privatizado. No hay una universalización de los derechos laborales y sociales. El acceso a los servicios sanitarios no es un derecho, de manera que el 38% de enfermos terminales afirman estar preocupados por cómo ellas y ellos y/o sus familiares pagarán sus facturas médicas. 

Desafortunadamente, la propuesta sumamente popular del candidato Sanders de universalizar este derecho no la hizo suya Biden (que tampoco hizo suyo el Green New Deal), manteniendo un Estado del Bienestar de tipo asistencial, es decir, "para los pobres", que la mayoría de la población blanca cree erróneamente son mayoritariamente negros (la mayoría de pobres en EEUU son obreros blancos que viven en zonas rurales). 

De ahí que el obrero blanco en paro, sin ninguna protección social, no vea ningún beneficio por el pago de sus impuestos, y cree estos solo benefician a las minorías, y no a las personas como él.  (...)"

  (Vicenç Navarro, Catedrático Emérito de Ciencias Políticas y Políticas Públicas, Universitat Pompeu Fabra, Profesor de Public and Social Policy en The Johns Hopkins University, Público, 11/11/20)

26.10.20

La estrategia del 'reality': coges a unas personas, las encierras, las pones a competir, combaten entre ellas... el sistema enfrenta a los veteranos contra los novatos, los jóvenes contra los viejos, los negros contra los blancos, para mantenernos a todos en nuestro lugar. Es el tipode funcionamiento de las compañías e instituciones actuales. Que hay que cambiar en lugar de culpar a las personas...

 "Generar indignación es una estrategia que funciona. Basta con emitir una tesis contundente que oponga una parte de la población a otra para que, entre refutaciones y adhesiones, la idea comience a circular. Puede ser el caso de la 'generación tapón', en la que incide un reciente libro de Josep Sala i Cullell, que ahonda en este tipo de polémicas agotadoras, ya que llueve sobre mojado.

Las peleas del patio de vecinos

Una de las críticas que con más frecuencia se han formulado a la izquierda actual, y desde luego me he sumado a esa línea, es su escasa capacidad para entender el conjunto, lo que venía llamándose el sistema, para, en su lugar, provocar enfrentamientos estériles entre grupos de población, cuyo resultado obvio era asentar las transformaciones que el mismo sistema estaba llevando a cabo.

 Buena parte de las últimas cuitas políticas, banales y hostiles, pero finalmente relevantes, se han tejido gracias a este tipo de argumentos que nos entretenían con las peleas entre los vecinos del primero y los del quinto mientras el edificio se deterioraba por el peso de los vicios estructurales.

Pero daba igual, porque teníamos algo de qué discutir. Este progresismo chorra fue rápidamente seguido por una derecha igual de lamentable, que nos enfrascaba en discusiones estériles pero entretenidas. La polarización consiste sobre todo en esto, en enfrentar a gente que forma parte de lo mismo de manera que luchen por el poder, el reconocimiento y los recursos disponibles, que son pocos, en lugar de intentar cambiar el marco para que salga beneficiado el mayor número de personas posible.

Ahora tenemos una nueva cuita cultural, los viejos nos roban. Como siempre que surgen estas historias, la tesis se apoya en una parte que es real. Las generaciones anteriores han vivido mejor que las nuestras, al menos una parte de su vida. 

Porque hay que entender cuáles eran las condiciones laborales en la España de los 50 y 60, las penurias y dificultades que la mayor parte de la gente tuvo que afrontar, las condiciones lamentables que soportaron y la cantidad de sacrificios que tuvieron que realizar hasta alcanzar cierta estabilidad, para entender el mapa completo. Hagamos abstracción, eso sí, de que estas son las generaciones que han muerto en residencias durante el coronavirus.

Las pensiones son un problema

Pero es cierto que estas generaciones pudieron tener un piso en propiedad que se pagaba en diez años, que fue más fácil su acceso a un trabajo estable, ya fuera en la función pública, en empresas estatales, en grandes compañías o en pequeños negocios, que pudieron enviar a sus hijos a la universidad porque tenían recursos y ayudas para ello, y que se han jubilado en condiciones que nosotros no tendremos nunca. Pero quizá fuera más sensato pelear por conseguir que esas condiciones perduren o que se mejoren en lugar de atizar el resentimiento contra ellos. Porque si el problema es que los mayores cobran pensiones de mil euros y una casa en propiedad quizá la solución no sea rebajar sus pensiones a la mitad y quitarles la casa.

Otra de las cuestiones interesantes de este tipo de polarización es que suele funcionar, en parte porque un grupo se siente atacado y otro se ve reflejado. Es probable que mucha gente, y no solo los jóvenes, sino personas en la treintena larga o en la cuarentena, vean limitadas sus posibilidades, vivan en la frustración y encuentren una diana fácil a la que culpar. Piensan en los enormes méritos que atesoran sin que se les reconozca lo suficiente, o en las insuficientes condiciones salariales, o en el recorrido corto que entrevén, y encuentran alguien a quien responsabilizar.

 En fin, esto se parece mucho a lo que ese tipo de gente critica del populismo, soluciones fáciles. Los viejos, además, se han convertido en un comodín: son los culpables del Brexit y de Trump, los que no se adaptan a la digitalización, los que tienen ideas reaccionarias. Pero además de todo esto, nos dicen, son los que tienen el poder en sus manos.

Las élites españolas

Es cierto también que en las últimas décadas la circulación entre las élites españolas, pero también de muchos otros países, ha sido escasa. En fin, así suelen funcionar las cosas: quienes llegan al poder tratan de conservarlo el máximo de tiempo posible. 

En el caso español, lo han conseguido en buena medida gracias a una estrategia generalizada, también fuera: la gente que asciende llega hasta cierto tope, justo antes de alcanzar la parte de arriba del todo; en ese momento, se les despide o se les desplaza lateralmente. Les ha pasado a generaciones anteriores a la de Josep Sala, le está pasando a la suya y le ocurrirá probablemente a las siguientes.

A esto se lo puede nombrar de muchas formas, el sistema, el capitalismo, el deseo de poder, pero no “los viejos”. Forma parte de un estado de cosas, de un tipo de funcionamiento de las compañías y de las instituciones contemporáneas, y si no te gusta, que es probable que no, harías bien en intentar cambiarlo en lugar de culpar a un conjunto de personas, muchas de las cuales han sido despedidas para que sus puestos sean ocupados por gente con menor edad y menor salario. En todas partes cuecen habas, por utilizar una vieja expresión.

Esto, en el fondo, no es más que la estrategia del 'reality'. Coges a unas cuantas personas, las metes en un espacio cerrado, las pones a competir, combaten entre ellas, y el espectador mira a través de las pantallas y toma partido por unos u otros. Es fácil, además, implicarse emocionalmente, porque hay participantes más capullos y menos, y simpatizar con unos y rechazar a otros es lo usual. 

Pero, enfrascados en esas cuitas, raramente se cae en la cuenta de que todo está organizado para que ocurra así. Por citar el ejemplo actual, se eligen parejas con una personalidad determinada, que se sabe que darán juego, y se ponen todos los mimbres para que las tensiones explotes. La gente se pelea en el programa, se discute sobre ellos en tertulias ad hoc, los espectadores lo comentan por redes y el resultado es que alguien hace dinero con todo ese ruido. 

Estas cuitas políticas funcionan igual: hay declaraciones encendidas, hostilidad, posicionamiento a favor o en contra, pero hasta que llegue la siguiente polémica. Paul Schrader, director y guionista, ofrecía una visión sobre quién hace caja en su película ‘Blue Collar’: “Enfrentan a los veteranos contra los novatos, los jóvenes contra los viejos, los negros contra los blancos, para mantenernos a todos en nuestro lugar”. Pues ya está."                (Esteban Hernández, El Confidencial, 21/10/20)

27.1.20

Los multimillonarios de Davos le dicen a la clase media cómo debe vivir... dicen que el causante del cambio climático es la gente común por comer carne, tener coche diésel y viajar en avión... así que son las que deben pagar la transición ecológica

"(...)  Cuando las diferentes medidas se desarrollen, aflorarán contradicciones que tendrán un precio político y su motor será un sentimiento claramente ligado a la posición social. En general, suelen considerarse como decisivos los factores ligados a la ideología, al territorio o a la edad, por lo que las clases han quedado relegadas a un segundo plano como fenómeno explicativo, pero las tensiones entre ellas serán cruciales, también en su vertiente cultural.

 Para entender bien este sentimiento, así como sus derivas políticas, ha de constatarse primero cómo funciona. Su punto de partida es la responsabilización individual de los problemas estructurales o, dicho de otro modo, la culpabilización de la gente común. 

Esto fue típico del mundo neoliberal: en una economía que tendía a la deslocalización y a la externalización, así como a la fragilización laboral, se subrayaba regularmente que si a la gente le iba mal, era por su nulo deseo de adaptación, por la pobre capacidad de sacrificio y por una abulia adquirida tras décadas en que los problemas los arreglaba el Estado. Por eso no había trabajo o se pagaba menos: eran personas que no producían valor.  (...)

En los últimos años, este marco mental se volvió frecuente también en el entorno progresista. Un ejemplo muy significativo es el del cambio climático: tras años y años subrayando los peligros a los que nos aboca, se concluyó que los causantes últimos son esas personas que comen carne, tienen un coche diésel, no reciclan, viajan en vuelos baratos y no aíslan bien sus viviendas.

Lógicamente, esas son también las personas que más deben pagar para costear la transición ecológica. Es un asunto moral, ya que si se niegan a cambiar sus hábitos, deberán sufrir una mayor carga: si no quieren ser responsables por las buenas, lo serán por las malas.

Qué quiere decir esto en realidad lo explica Mariana Mazzucato en su conclusión sobre Davos: una reunión de “multimillonarios que dicen a los millonarios cómo debe vivir la clase media”. En otras palabras, la gente que hace dinero con las industrias contaminantes, pero también con las renovables, y que pronuncia discursos rimbombantes sobre el cambio climático al mismo tiempo que viaja en 'jets' privados, exhorta a las clases medias y las populares de Occidente a que cambien de hábitos, sean más responsables y pongan el dinero para pagar la factura.

En esa tesitura, las clases medias y medias altas urbanas recogen el mensaje y apuestan por una vida más ecológica, moderna y sostenible, ya que tienen los recursos para ello, y tildan a quienes se resisten, en general clases medias bajas y clases populares, de obsoletos, atrasados y reaccionarios. Convierten así un problema estructural en un discurso moral, lo que permite que el reparto del poder y de los recursos siga fluyendo hacia arriba.

 Un segundo ejemplo aparece con la subida del salario mínimo interprofesional, que ha encontrado gran resistencia entre las pymes. En un escenario en el que la pequeña empresa tiene dificultades de subsistencia, el aumento de los salarios y de las cotizaciones es percibido como una piedra más en su camino, máxime cuando la acción política, en lugar de ampliar las posibilidades de mercado de estas empresas, las reduce.

El final de todo esto lo señala Rufián, que afirmaba este jueves en Twitter que “quienes dicen que cobrar un SMI de 950 euros es excesivo son quienes dicen que cobrar uno de 6.000 euros es clase media”. Es significativo que critique por insolidarios a quienes ganan 6.000 euros al mes mientras que apoya un Gobierno que no va a afrontar una reforma impositiva para que el 1% más rico (ni tampoco el 10%) pague impuestos. Es decir, si con el cambio climático las clases medias se enfrentan a las populares mientras los millonarios salen indemnes, en este caso se enfrenta a las populares con las medias altas, y los verdaderamente ricos salen indemnes.

De modo que, por un lado y por otro, se construye un sentimiento de injusticia, de ser los penalizados, los que acaban pagando la fiesta, que deriva fácilmente en la sensación de ser estafados.

Esta culpabilización individual que no toca los problemas estructurales acaba generando así efectos políticos, que son resueltos de forma diferente desde las distintas opciones ideológicas. Las derechas, en especial las nuevas, proyectan este sentimiento hacia el exterior: son los de fuera, los países que se llevan las fábricas, los inmigrantes, Bruselas, China, los responsables; los progresistas, hacia el interior: son las viejas élites, las viejas ideologías, los temerosos por las nuevas costumbres, los que se niegan a evolucionar, el verdadero obstáculo.

Y todo esto para que ni uno ni otro piensen en términos estructurales, y asuman que el modo de funcionamiento de nuestro sistema está causando problemas, y que requiere soluciones en ese plano.(...)"                  (Esteban Hernández, El Confidencial, 24/01/20)

7.10.19

Con el telón de fondo de los miles de ahogados en la travesía del Mediterráneo, los centros de internamiento en Europa y los campos de concentración en Libia, la Europa bastión de los derechos humanos se convierte en chiste macabro....

"La gestión europea de la crisis de los migrantes ha entrado ya de pleno derecho en la colección de los sucesos infames de la historia continental. Con el telón de fondo de los miles de ahogados en la travesía del Mediterráneo, los centros de internamiento en Europa y los campos de concentración en Libia, la Europa bastión de los derechos humanos se convierte en chiste macabro. 

La crisis de migrantes de 2015 convirtió todo el perímetro exterior de la Unión Europea en territorio cerrado. Desde entonces, se han restablecido, además, los controles en muchas fronteras nacionales del interior de la UE: todas las de Francia y algunas de Austria, Eslovenia, Dinamarca, Suecia, Alemania y Noruega, entre otras.

A más corto plazo, la inestabilidad en Libia es un acicate para que los migrantes de Oriente Medio y África allá concentrados –entre 700.000 y un millón–, así como los propios libios, protagonicen una nueva ola masiva hacia la UE. Hasta ahora la indignación de la opinión pública liberal, o de parte de ella, no ha impedido el avance del discurso antimigración, ni el desplazamiento de las fuerzas políticas de centro hacia posiciones más o menos confesas de derecha radical y no parece que eso vaya a cambiar.

Todo esto no es más que un anticipo de lo que se nos viene encima. Tendremos 140 millones de nuevos desplazados en América Latina, Asia y África entre hoy y mediados de siglo, estima el Banco Mundial, según el cual, cada año ya se contabilizan 25 millones de migrantes climáticos, una categoría ahora difusa y estrechamente imbricada con los fenómenos de éxodo rural. (...)

El 10% de los mexicanos de entre 15 y 65 años, decía, podrían dirigirse al norte empujados por el incremento de temperaturas, sequías e inundaciones. “Aunque el número exacto de personas en movimiento a mediados de siglo sea incierto, la escala y alcance superará ampliamente todo lo visto hasta ahora”, resumían los autores de otro informe. Así que el más que previsible agravamiento del problema, convertirá en anecdótico lo que hemos visto hasta ahora.

En ese contexto, la caridad de los “brazos abiertos”, por meritoria y necesaria que sea la labor de esas organizaciones, no es una base firme. Si somos serios, el énfasis debería ponerse en la exigencia de una política antiimperialista y anticrematística coherente desde los gobiernos nacionales. Y eso por la misma razón por la que la respuesta al avance de la desigualdad y de la pobreza en nuestros países no es la creación de comedores para indigentes, sino una política social y fiscal determinada menos favorable a los ricos. 

Estados Unidos y los países de la UE son los mayores emisores-contaminadores históricos y los primeros responsables de intervenciones militares desastrosas. La ola de violencia y emigración hacia Estados Unidos que se conoce en Centroamérica es resultado directo de las violencias de los años ochenta en aquella región bajo la batuta de Washington. ¿Quién se acuerda hoy al hablar de las maras y de los éxodos hacia el Norte?

Humanamente encomiable y obligada, la acción en el Mediterráneo es pura caridad si no va acompañada de la denuncia de las acciones y políticas de la UE que degradan la vida en los países de origen de los migrantes: las intervenciones militares, los tratados comerciales, el apoyo a los regímenes poscoloniales complacientes y la pasividad medioambiental. 

Limitarse a la postura de “brazos abiertos” es perder la batalla de antemano, enajenándose a los sectores populares que son los que lidian con la competencia laboral y la convivencia intercultural de los recién llegados en una batalla de pobreza contra la miseria en nuestros países, que raramente se juega en los barrios y medios sociales de la izquierda política profesional y que abre una cómoda autopista a los populistas de las derechas.

 La misión de toda fuerza política de izquierda que no tenga vocación de marginal y estéril gesticulación es alcanzar el poder. Entregar su base social y electoral, que objetivamente es mayoría social, al adversario, es todo lo contrario de ese propósito sin el cual no hay cambio posible. Hay que prepararse para los embates del mundo que viene. El de una emigración masiva producto del imperialismo belicista y de la catástrofe climática es uno de ellos. Y quedarse en los brazos abiertos, al vaivén de la puntual emoción mediática y del oportunismo coyuntural, como hemos visto este verano, es perder definitivamente."               (Rafael Poch, CTXT, 11/09/19)

28.2.19

La extrema derecha está sabiendo explotar, en Europa, las contradicciones del neoliberalismo globalizador de las últimas décadas... en el ámbito social, se traduce en la lucha del penúltimo contra el último, el enfrentamiento de los que tienen poco con los que no tienen nada, para movilizar el resentimiento de quienes han sido abandonados... tiene una raíz vivencial y un anclaje empírico evidente: la experiencia de desarraigo, la desintegración social y la violencia institucionalizada que han sufrido las mayorías sociales...

"La extrema derecha está sabiendo explotar, en Europa, las contradicciones del neoliberalismo globalizador de las últimas décadas. Lo cuestiona dentro de sus márgenes, y aporta un discurso unificador con el que está logrando afianzar un espectro social muy diverso; es crítica con los sistemas electorales, pero es homologable en ellos y, en numerosos países europeos, ha sido aceptada por conservadores, democristianos y socialdemócratas como potencial socia de Gobierno.

Uno de los rasgos definitorios de esta nueva ultraderecha es la exaltación de la xenofobia, el miedo al extranjero pobre y al diferente; un nacional-populismo que aborda una lectura esquemática y maniquea de la realidad, de fácil circulación, en la que predomina la figura de uno o más chivos expiatorios, y que ha señalado a inmigrantes y refugiados como una amenaza para la identidad nacional, una fuente de inseguridad ciudadana o un nido de terrorismo islámico. 

Al conectar la imagen de «crisis social» que representa el supuesto aumento de la inmigración con el ascenso de la delincuencia, la extrema derecha apela a continuas medidas de control y seguridad, presentándose como la gran defensora de la unidad y el orden. Es decir, estas formaciones defienden una política de «mano dura» como reacción punitiva frente a las «emergencias» que ellas mismas construyen. 

En el ámbito social, se traducen en la lucha encarnizada del penúltimo contra el último, el enfrentamiento de los que tienen poco con los que no tienen nada, los que han llegado antes con los que han llegado después, para movilizar el resentimiento de quienes han sido abandonados. Se estimula, así, la competencia entre los trabajadores a la hora de acceder a recursos cada vez más escasos, el trabajo, la vivienda, la sanidad o la educación, en un clima de recesión económica y de recortes furibundos. 

Y en este contexto, es fácil presentar a los inmigrantes, además, como «parásitos» que vienen a robar nuestra riqueza o a acaparar las pocas prestaciones sociales que nos quedan en un Estado de bienestar menguante.

La extrema derecha explota el miedo al extraño, al diferente, exalta la primacía de los nativos frente a la «invasión» extranjera, y se presenta como la única opción política que defiende los intereses de los ciudadanos «nacionales»: es el «vota francés» del fn/an; «los austriacos primero» del fPö; el «hagamos que América sea grande otra vez» de Trump. 

Y así, ante una precarización corregida y aumentada, a la que ella misma contribuye, nos ofrece, contradictoriamente, el elemento simbólico que lo aglutina todo: la esperanza de estabilidad y de seguridad que proporciona la nación, el Estado, la tradición o la reafirmación de una cultura propia. 

En definitiva, la extrema derecha presenta el fantasma de la invasión migratoria como un peligro tanto para las expectativas de trabajo y el acceso a las políticas sociales, como para la mismísima identidad cultural. Y con esta fórmula logra alcanzar consensos muy amplios entre sectores muy heterogéneos apelando por igual a la escasez y al discurso de la identidad, es decir, no desvinculando, sino unificando los intereses de clase y los procesos identitarios. 

Es precisamente aquí donde reside buena parte de la clave de su éxito: la «primacía nacional» no solo se aplica en el terreno laboral y económico, sino que se amplía al terreno cultural mediante la defensa de una comunidad de lengua, cultura y tradición, dejando siempre implícito el elemento racial. Si estas extremas derechas son tan racistas y xenófobas, como antifeministas y machistas, es porque atacan todo aquello que supuestamente «divide» la unidad de un mítico nosotros nacional.

Por eso puede decirse que el ascenso de la extrema derecha representa una revolución conformista que no solo obedece a factores ideológicos, sino que también tiene una raíz vivencial y un anclaje empírico evidente: la experiencia de desarraigo, la desintegración social y la violencia institucionalizada que han sufrido las mayorías sociales, combinada con una situación real de escasez de recursos y su concentración en pocas manos.

Si hoy es posible responder a este fenómeno no es negando esta experiencia, sino canalizándola hacia una contestación de signo radicalmente opuesto.  (...) "           

 (María Eugenia Rodríguez Palop , Profesora de filosofía del derecho en la Universidad Carlos III, Econonuestra, Público, 25/02/19)