"La extrema derecha está sabiendo explotar, en Europa, las
contradicciones del neoliberalismo globalizador de las últimas décadas.
Lo cuestiona dentro de sus márgenes, y aporta un discurso unificador con
el que está logrando afianzar un espectro social muy diverso; es
crítica con los sistemas electorales, pero es homologable en ellos y, en
numerosos países europeos, ha sido aceptada por conservadores,
democristianos y socialdemócratas como potencial socia de Gobierno.
Uno de los rasgos definitorios de esta nueva ultraderecha es la
exaltación de la xenofobia, el miedo al extranjero pobre y al diferente;
un nacional-populismo que aborda una lectura esquemática y maniquea de
la realidad, de fácil circulación, en la que predomina la figura de uno o
más chivos expiatorios, y que ha señalado a inmigrantes y refugiados
como una amenaza para la identidad nacional, una fuente de inseguridad
ciudadana o un nido de terrorismo islámico.
Al conectar la imagen de
«crisis social» que representa el supuesto aumento de la inmigración con
el ascenso de la delincuencia, la extrema derecha apela a continuas
medidas de control y seguridad, presentándose como la gran defensora de
la unidad y el orden. Es decir, estas formaciones defienden una política
de «mano dura» como reacción punitiva frente a las «emergencias» que
ellas mismas construyen.
En el ámbito social, se traducen en la lucha
encarnizada del penúltimo contra el último, el enfrentamiento de los que
tienen poco con los que no tienen nada, los que han llegado antes con
los que han llegado después, para movilizar el resentimiento de quienes
han sido abandonados. Se estimula, así, la competencia entre los
trabajadores a la hora de acceder a recursos cada vez más escasos, el
trabajo, la vivienda, la sanidad o la educación, en un clima de recesión
económica y de recortes furibundos.
Y en este contexto, es fácil
presentar a los inmigrantes, además, como «parásitos» que vienen a robar
nuestra riqueza o a acaparar las pocas prestaciones sociales que nos
quedan en un Estado de bienestar menguante.
La extrema derecha explota el miedo al extraño, al diferente,
exalta la primacía de los nativos frente a la «invasión» extranjera, y
se presenta como la única opción política que defiende los intereses de
los ciudadanos «nacionales»: es el «vota francés» del fn/an; «los
austriacos primero» del fPö; el «hagamos que América sea grande otra
vez» de Trump.
Y así, ante una precarización corregida y aumentada, a la
que ella misma contribuye, nos ofrece, contradictoriamente, el elemento
simbólico que lo aglutina todo: la esperanza de estabilidad y de
seguridad que proporciona la nación, el Estado, la tradición o la
reafirmación de una cultura propia.
En definitiva, la extrema derecha
presenta el fantasma de la invasión migratoria como un peligro tanto
para las expectativas de trabajo y el acceso a las políticas sociales,
como para la mismísima identidad cultural. Y con esta fórmula logra
alcanzar consensos muy amplios entre sectores muy heterogéneos apelando
por igual a la escasez y al discurso de la identidad, es decir, no
desvinculando, sino unificando los intereses de clase y los procesos
identitarios.
Es precisamente aquí donde reside buena parte de la clave
de su éxito: la «primacía nacional» no solo se aplica en el terreno
laboral y económico, sino que se amplía al terreno cultural mediante la
defensa de una comunidad de lengua, cultura y tradición, dejando siempre
implícito el elemento racial. Si estas extremas derechas son tan
racistas y xenófobas, como antifeministas y machistas, es porque atacan
todo aquello que supuestamente «divide» la unidad de un mítico nosotros
nacional.
Por eso puede decirse que el ascenso de la extrema derecha representa
una revolución conformista que no solo obedece a factores ideológicos,
sino que también tiene una raíz vivencial y un anclaje empírico
evidente: la experiencia de desarraigo, la desintegración social y la
violencia institucionalizada que han sufrido las mayorías sociales,
combinada con una situación real de escasez de recursos y su
concentración en pocas manos.
Si hoy es posible responder a este fenómeno no es negando esta
experiencia, sino canalizándola hacia una contestación de signo
radicalmente opuesto. (...) "
(María Eugenia Rodríguez Palop , Profesora de filosofía del derecho en la Universidad Carlos III, Econonuestra, Público, 25/02/19)
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