"(...) Fábricas de Alcoa en Gijón y A Coruña, de Cemex en Gádor y Lloseta, la planta de Siemens-Gamesa en Miranda de Ebro, La Naval en Sestao,
la factoría de Gallina Blanca en Sant Joan Despí, nueve centrales
térmicas en Galicia, Asturias, Aragón o Castilla y León… el
desmantelamiento industrial y los anuncios de cierres preocupan. Dejan
atrás una herida profunda en la economía, a menudo en pueblos que
dependen exclusivamente de una empresa o de un sector.
La huella se
marca en las estadísticas: el Índice de Producción Industrial se
desplomó en diciembre un 6,2%, una caída que no se veía desde hacía seis
años. En el trimestre el bajón fue del 3%, mayor que el de Francia,
Reino Unido o Alemania.
La variación mensual de los pedidos en la industria
entre noviembre y diciembre fue del -13,8%, 26 puntos menos que en el
mes anterior según datos del INE de esta semana. También cayó el índice
que mide el negocio en la industria (-2,5% en diciembre), aunque en el
conjunto de 2018 aumentó un 3,9%.
La estadística construye una sombría premonición,
pero por ahora los analistas y las empresas piden calma. Puede ser un
pequeño temblor y no un gran terremoto. El PIB industrial pesa un 16% en
la tarta del dinero español: 193.877 millones el año pasado, y emplea a
2,7 millones de personas.
Exceptuando los últimos datos, las fábricas
no han dejado de crecer y de crear empleo desde 2013. Empleo, por otra
parte, de buena calidad. Pero hay quien alerta de que el país se escora
más que nunca hacia una economía basada en los servicios, principalmente
turísticos, mal pagados.
“La pregunta que se tiene que hacer la gente es ¿por qué alguien querría
invertir en Europa? Tenemos que hacer que la industria sea rentable
para ofrecer empleos de calidad, no esclavos”, reflexiona Andrés
Barceló, director de UNESID, Asociación Española de las Industrias Siderúrgicas.
“La industria genera un tejido social y económico, no solo ofrece
mejores salarios, sino desarrollo profesional. ¿Qué alternativa hay a
eso? ¿Quedarnos como una sociedad de museos y hoteles?”, añade. Carlos
Reinoso, director de la patronal de fabricantes de papel y cartón
Aspapel, reclama “medidas de política nacional”, para que el sector gane
peso.
“La industria es la que crea empleo de calidad, fija población,
hace a la economía menos vulnerable”. Pero lejos de eso la realidad,
según el observatorio de Funcas, es que el país soporta “un pobre
ecosistema innovador, bajo nivel de sofisticación de los negocios y
obstáculos a la transferencia tecnológica”.
El sector público, pide
Funcas, “debe dejar de atender múltiples demandas individuales e
inconexas, y pasar a definir objetivos claros de interés común”.
En ese diagnóstico coinciden la decena larga de consultados. También Ángel Martín, sindicalista y secretario general de Industria en CC OO:
“Cuando una empresa cierra, todo el mundo se echa las manos a la cabeza
y se pone a trabajar cuando posiblemente ya no hay remedio, porque la
decisión de la multinacional probablemente es irreversible”. Habla del
modelo energético, de la descarbonización y de la necesidad de más y
mejor formación.
“Es el momento de definir qué modelo industrial
queremos. En España se implantan empresas en función del bajo coste de
un marco más o menos atrayente, pero no tenemos capacidad para construir
sectores de futuro. No queremos conformarnos con ser una industria
manufacturera periférica en Europa”. Pide un papel activo al Gobierno:
“Esto no se arregla con ayudas, sino con participación del Estado para
reforzar la política industrial. Aquí nadie pone el grito en el cielo
porque Francia tenga un papel en Renault o porque Alemania juegue un
papel en Airbus”.
En Alcoa conocen bien ese apagón callado de los
motores. “A Coruña ha ido perdiendo industria… ahora quedamos nosotros
como empresa más emblemática”, lamenta Juan Carlos López, presidente del
comité. “Lo nuestro se ve con mucha preocupación, la edad media de la
plantilla está en 40 años, es un drama”, refuerza. La multinacional de
aluminio primario ha llegado a un acuerdo para mantener durante seis
meses a 300 trabajadores de los 623 que quiere echar mientras busca un
comprador para sus plantas.
¿Qué posibilidades hay de que eso suceda?
“Ninguna”, contesta José Manuel Gómez de la Uz, el presidente del comité
de Avilés. “Sin estatuto de electrointensivos, ninguna. Hay que ser
realistas, en España es imposible producir de forma rentable por el
precio industrial de la electricidad. Aunque tengas la fábrica más
moderna del mundo, la energía se come el 40% de los costes. Alemania
tiene eso muy claro y hace que su industria sea competitiva.
El cambio
del anterior gobierno nos llevó por delante, porque Álvaro Nadal
[Ministro de Energía con el PP] estaba buscando alguna salida. Ahora que
parece que estamos buscando una base para que la industria intensiva
pueda vivir… Llegan las elecciones y puede quedar todo congelado, no se
acuerda nadie de nosotros”.
La madre de todas las batallas ahora se llama
“estatuto del consumidor electrointensivo”, un esquema que el Gobierno
debe desarrollar siguiendo el Real Decreto Ley aprobado el pasado 7 de
diciembre para que se recojan los derechos y las obligaciones de las
grandes empresas (que consumen el 11% de toda la electricidad del país) a
cambio de reducir su factura a través de rebajas en las tarifas que
pagan por peajes de transporte y distribución, financiación de las
energías renovables o por el impuesto eléctrico. (...)
Las fuerzas del mercado presionan en direcciones inesperadas y el futuro
no es como se prometía. Manuel Muñiz, decano de la Escuela de Asuntos
Globales y Públicos del IE, recuerda que los procesos de innovación, que
supuestamente iban a crear “un mundo mucho más plano donde te podrías
conectar desde distintos sitios y conectarte al mercado”, no funcionan.
“La realidad es justo la contraria.
La digitalización está produciendo
clarísimos clústers en lugares concretos. Clústers de generación,
retención de talento y de transferencia de conocimiento a las
industrias”. Desde Cambridge, Massachusetts, hasta el polo tecnológico
de Hong Kong. “Una explicación es que el conocimiento tiene un
componente de prácticas concretas en la industria, y su intercambio solo
tiene valor en espacios interdisciplinares donde la gente interactúa,
lo que significa que no viaja bien. Las fuerzas del mercado nos llevan a
un mundo de polos de innovación.
España, en ese contexto, está
perdiendo la carrera frente a las megalópolis”. Como mucho, considera
Muñiz, el país podría desarrollar cinco, seis o siete clústers donde
haya capacidades: “Veo claramente el de industria de las
infraestructuras, el turismo, agroalimentario, financiero…”. Pero es una
carrera donde el reloj no se para y los errores salen caros. (...)
Rubén Sánchez, exempleado de Vestas. “No soy de León, vine a trabajar
aposta. Cuando hice la entrevista para entrar me dijeron que, como
mínimo, iban a estar 20 años. Me compré una casa a siete kilómetros de
aquí, me hipotequé”. Rubén fue uno de los que más se implicó en el
campamento improvisado ante la fábrica de la eólica durante las
protestas que se iniciaron el verano pasado. “Dentro de la planta había
50 millones de euros solo en valor de máquinas.
Teníamos que evitar que
se las llevasen. Montamos la caja de resistencia siguiendo los consejos
de gente que había montado las protestas en Coca-Cola y muchos
compañeros se quedó a vivir aquí, toda la comarca nos apoyó muchísimo”.
Su futuro es una página en blanco: tiene 21 meses de paro y no ha
encontrado trabajo." (María Fernández, El País, 22/02/19)
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