"Hace unos días, un lector de la web me pedía que escribiese algo
sobre el papel que los gastos militares desempeñan en la vida económica.
Pensaba abordar el tema, pero un artículo reciente de Thomas Palley
creo que lo hace con mucho más conocimiento y brillantez, así que me
voy a limitar a resumir las principales ideas que desarrolla (el
artículo en inglés aquí).
Palley parte de considerar al complejo militar-industrial como un
sector empresarial más y cuya actividad se puede considerar como un
prototipo imitado ampliamente por otros. Sostiene que conocerlo «es
fundamental para comprender el capitalismo estadounidense contemporáneo,
la política internacional estadounidense y la deriva hacia la Segunda
Guerra Fría.»
Comienza Palley su artículo recordando las palabras del presidente
Eisenhower en su último discurso de 1961: «Su influencia total
–económica, política e incluso espiritual– se siente en cada ciudad,
cada cámara estatal, cada oficina del gobierno federal».
A pesar de que su magnitud e influencia no ha dejado de aumentar
desde entonces, dice Palley que ninguno de los muchos libros de texto de
macro y microeconomía de nivel intermedio y posgrado de su biblioteca
hacen mención a este sector.
La magnitud del sector es impresionante. En Estados Unidos (caso que
analiza Palley) el gasto en defensa en 2023 (1 billón de dólares) fue
mayor que el gasto federal en todas las demás áreas (800.000 millones). (...)
A
continuación, Palley resumen los principales enfoques desde los que la
economía convencional suele analizar el gasto en defensa:
a) Como un problema de elección en situación de escasez que responde
al conocido dilema que planteó Hitler: fabricar armas o producir
mantequilla. Es decir, hay que renunciar a una de esas opciones para
disponer de la otra, y la producción de armas dependería de los recursos
de un país, de las preferencias, y también del gasto militar de otros
países.
Muestra Palley que este planteamiento basado en las decisiones
racionales de cada país y en la competencia y no cooperación lleva a una
carrera armamentística que tiene un resultado subóptimo, es decir, por
debajo del correspondiente a la máxima eficiencia. Mientras que el
control del gasto basado en decisiones coordinadas puede mejorar la
situación de los países y evitar que todos empeoren.
El efecto es paradójico, el aumento del gasto por un país lleva a que
los demás tengan que aumentarlo, pero así disminuye constantemente su
poder y seguridad.
b) El enfoque macroeconómico del gasto militar del gobierno lo
reconoce como un factor que aumenta la demanda y la producción como
cualquier otro. Sin embargo, aunque el militar y el no militar producen
el mismo estímulo a la producción, en ausencia de necesidad militar, el
gasto civil aumenta el bienestar público, mientras que el gasto militar
no lo hace y, por el contrario, aumenta la probabilidad de conflictos.
c) Desde otro punto de vista, la economía convencional considera al
gasto militar como fuente de innovación y desarrollo técnico. Palley
muestra, sin embargo, que este tipo de gasto es también ineficiente como
motor de la política científica e industrial. Basar la innovación en el
desarrollo de armamentos, lógicamente da lugar a que sus resultados
deriven en aplicaciones y usos igualmente militarizados, al menos,
durante mucho tiempo. El gasto militar, dice Palley, produce
militarismo.
d) Los gastos en defensa son un bien público y debe producirlos el
gobierno (Un bien público es aquel cuyo consumo por parte de un sujeto
no permite excluir el de otro, de modo que no puede rentabilizarse a
través de intercambio de mercado, puesto que nadie pagaría un precio por
él, sabiendo que no se le puede excluir del consumo si no paga). Y,
además, porque se supone que el Estado es quien debe poseer el monopolio
de la violencia. Esto hace que al gasto militar le afecte el mismo tipo
de «patologías político-económicas» que pueden afectar a la actividad
gubernamental (burocracia, errores de decisión, corrupción…)
e) El sector militar funciona como un monopolio bilateral. El
gobierno es el único cliente y los vendedores suelen serlo también
porque la producción está muy especializada y concentrada. Por tanto,
los precios no serán los eficientes de competencia, sino resultado de
las estrategias y la negociación. Economistas de la llamada Escuela de
Chicago, la fuente del neoliberalismo académico contemporáneo,
demostraron que esta relación lleva a la llamada «captura del gobierno»
por parte de las empresas privadas, lo que da lugar a soluciones no
óptimas sino ineficientes y contraproducentes. Los vendedores de
armamento pueden llegar a tener el control efectivo (legal o
ilegalmente) sobre el comprador (el ministerio de Defensa) y sobre los
políticos que toman las decisiones sobre el presupuesto. Dice Palley: a
los almirantes y generales les gustan las grandes fuerzas armadas, lo
que les puede llevar a confabularse con los proveedores militares
privados para obtener mayores presupuestos, tergiversando lo que se
necesita ante los políticos y el público.
f) El sector militar industrial también puede considerarse como un
sistema de planificación. Dice Palley que hacer la guerra requiere
planificación en forma de acumulación de recursos militares efectivos,
porque los sistemas utilizados por el ejército son complejos y costosos,
y requieren un capital significativo.
Sin embargo, Palley sostiene que se trata de un sistema de
planificación desarticulado, que ha descarrilado al no haberse tenido en
cuenta las advertencias de Eisenhower y no implementar los controles
sociopolíticos necesarios.
Después de hacer estas consideraciones a partir del análisis
económico convencional, Palley se centra en considerar que el gasto
militar es el resultado siempre de una decisión política y analiza que,
sin embargo, la posición de los actores involucrados (burócratas del
gobierno, militares, vendedores y público o votantes) no están en
situación de simetría. Palley sostiene, por tanto, que, para entender el
funcionamiento del sector, hace falta un enfoque de economía política.
El objetivo final del sector militar industrial es aumentar la
demanda de servicios de guerra y la forma de conseguirlo es la política
de captura del gobierno y las alianzas con los decisores políticos, a
través de pagos opacos, puertas giratorias, empleando a generadores de
opinión, utilizando los medios de comunicación, financiando estudios
favorables y equipos de pensamiento, promoviendo la cultura del
militarismo, y, en suma, estableciendo como dominantes las narrativas
sobre seguridad nacional y geopolítica que llevan a demandar cada vez
más gasto militar (guerra contra el terrorismo, choque de
civilizaciones…).
Más adelante, Palley analiza una cuestión interesante: se puede
conseguir que aumente la demanda de gasto militar si se reduce su coste.
Señala que uno de los medios para conseguirlo es cambiar el tipo de
guerra y, en concreto, hacerla «por poderes» o fuera del propio
territorio. Es decir, que un país (básicamente Estados Unidos) logre que
otros hagan la guerra por él; se apropia de las ganancias económicas
que genera sin sufrir los costes. Es lo que típicamente está ocurriendo
ahora en Ucrania y antes en otros muchos lugares. O, por otro lado,
promoviendo el uso de armas de forma permanente, pero con menor
intensidad, para que, en lugar de detener los conflictos, se hagan
duraderos y numerosos, aunque con consecuencias a veces imprevistas o no
deseadas. Y otro ejemplo algo más singular para lograr que se tenga una
percepción de un coste más bajo de la guerra es, simplemente,
ocultándolo: Estados Unidos prohibió en 1991 que los medios de
comunicación informen de la llegada de soldados muertos en el campo de
batalla.
La última parte del artículo de Palley se dedica a presentar al
sector militar industrial como una variedad de capitalismo, entendido
como una forma de organización institucional de tres lados (el ejército y
su burocracia, la industria militar y el sector público) que amenaza la
democracia. En él se incluyen, además, diversos complejos: el
estrictamente militar, el industrial, el financiero, el de las grandes
petroleras y el tecnológico. y a los que, en mi opinión, se podría
añadir el mediático. Es, por tanto, un complejo de complejos, o complejo
de diversas industrias de creación política. Esto último quiere decir
que la política no está ajena a la economía del sector militar
industrial, sino que está dentro de él y que sus decisiones económicas
están informadas políticamente.
Y señala Palley que una característica esencial de este sector es que
resulta inconsistente con la teoría económica dominante y, en
particular, con la idea de mercados competitivos que proporcionan
soluciones de máxima eficiencia.
Además, este sector no es uno más, sino que ha llegado a dominar al
conjunto de la economía por su impacto, porque afecta decisivamente al
patrón y a la tasa de crecimiento, a la dirección del desarrollo
tecnológico, porque afecta y desplaza a las actividades del sector civil
sobre las que actúa el gasto del gobierno, distorsionando, por tanto,
la acción de este último y, finalmente, porque incita al militarismo y a
la guerra. En algunos casos, cuando implica la producción y uso de
armas nucleares, amenaza la existencia de la propia humanidad.
Utiliza Palley una analogía con los ordenadores para explicar el
lugar que ocupa el sector militar industrial en el capitalismo
contemporáneo. En su opinión, constituye el hardware, mientras que las
diferentes modalidades ideológicas desde las que se utiliza serían el
software.
Palley señala que no hay que vincularlo sólo con el «neoliberalismo
idealizado» que rechaza el gobierno y recela del aumento del gasto
público que requiere el sector, sino con el «neoliberalismo del mundo
real». Este, dice, es un programa político corporativo que «tiene como
objetivo debilitar a los trabajadores, aumentar el poder de las empresas
y aumentar la participación en las ganancias a expensas de los
salarios» y esto es algo que busca y alimenta el sector militar
industrial. Y el auge del militarismo global ha sido también coherente
con el aumento del comercio, de la inversión extranjera real, los
intercambios transfronterizos, las inversiones de cartera financiera y
préstamos financieros, la deslocalización y subcontratación extranjera
de producción y el establecimiento de largas cadenas de suministro
internacionales.
Finalmente, Palley advierte de la influencia que la creciente
militarización de las economías tiene sobre la aparición de lo que llama
el «protofascismo» de nuestros días. Tanto por el incremento de los
valores autoritarios, de vigilancia y control que lleva consigo, como
por la creación de grupos sociales desposeídos por las políticas
neoliberales que impulsa.
Thomas Palley resumiendo: «El complejo militar industrial tiene un
impacto enorme en la economía y la política. Tuerce la composición de
actividad hacia el gasto militar; distorsiona el carácter del progreso
técnico, tiene un corrosivo efecto social a través de su captura de la
política y el gobierno; distorsiona la comprensión de la sociedad sobre
geopolítica y seguridad nacional como parte de la creciente demanda de
servicios de guerra; promueve militarismo y aumenta la probabilidad de
guerras; y promueve la deriva protofascista." (Juan Torres López, blog, 06/07/24)