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20.8.26

El nuevo mapa de la industria del motor: España salva empleo y fábricas, mientras China esquiva aranceles... El sector del automóvil en España, que representa el 10% del PIB nacional, vive una transformación sin precedentes. Ante la protección arancelaria establecida por Bruselas, los gigantes asiáticos han encontrado en la infraestructura, los puertos y la red de proveedores de nuestro país el puente perfecto para esquivar las tasas. A través de acuerdos estratégicos y empresas conjuntas, cinco grandes proyectos muestran el desembarco de las marcas chinas en suelo español para obtener el sello ‘Made in Spain’... Y es que la industria de la automoción en España no es una más... Las factorías españolas de la industria automovilística salvaron las políticas de deslocalización. Lo hicieron por la cualificación de su personal, por las cadenas de valor que con los años se han desarrollado a su alrededor... en esas irrumpió en el mercado mundial el Gigante asiático. Y lo peor es que la ventaja competitiva ya no es la mano de obra barata. La mayor amenaza es su dominio tecnológico de las baterías, con la disposición de toda la cadena completa de suministro; y el nivel de robotización y automatización... La UE ha aprobado aranceles definitivos de hasta el 35,3% a los coches eléctricos importados de China, pero los fabricantes chinos han desplegado una estrategia para encontrar socios en otras geografías que les abran las puertas de los grandes mercados norteamericano y europeo, produciendo una parte del coche en suelo de terceros países. Y, en el continente europeo, España se ha convertido en el refugio de las firmas automovilísticas del Gigante asiático. En la puerta de entrada a Europa... Mientras el Ejecutivo español y las administraciones locales celebran la llegada de inversiones que salvan el empleo de las factorías y aseguran el futuro industrial, desde Bruselas se mira con recelo e incluso rechazo lo que consideran un coladero legal... La UE ya prepara un endurecimiento de los requisitos para conseguir el sello Made in Europe (Enrique Rodríguez)

"El nuevo mapa de la industria del motor: España salva empleo y fábricas, mientras China esquiva aranceles.

 El sector del automóvil en España, que representa el 10% del PIB nacional, vive una transformación sin precedentes. Ante la protección arancelaria establecida por Bruselas, los gigantes asiáticos han encontrado en la infraestructura, los puertos y la red de proveedores de nuestro país el puente perfecto para esquivar las tasas. A través de acuerdos estratégicos y empresas conjuntas, cinco grandes proyectos muestran el desembarco de las marcas chinas en suelo español para obtener el sello ‘Made in Spain’.

España se había convertido en el emplazamiento perfecto para las grandes industrias europeas del motor. Ahí estaban, y muchas de ellas están, las plantas de Renault en Valladolid, Palencia y Sevilla; las del Grupo Volkswagen en Martorell para la marca Seat y Landaben (Navarra) para Volkswagen; las de Stellantis en Vigo para Citroën, en Villaverde (la antigua fábrica de Barreiros en Madrid) para Citroën y antes también para Peugeot, y en Figueruelas (Zaragoza) para Opel y Lancia; Ford en Almussafes (Valencia); Mercedes-Benz en Vitoria; e Iveco en Barajas (Madrid) y Valladolid.

Otras dos llegaron a desmantelarse, pero están reviviendo. La de Nissan en la Zona Franca de Barcelona, hoy con nuevo ocupante; y la de Santana Motor en Linares (Jaén), que está comenzando a reactivarse con la producción de un modelo.

La industria de automoción española ha resistido la deslocalización

Y es que la industria de la automoción en España no es una más. El sector automovilístico representa en torno al 10% del PIB en España y genera cerca del 9% del empleo (directo e indirecto) nacional, de acuerdo con los datos de la Asociación Española de Fabricantes de Automóviles y Camiones (Anfac) y el Ministerio de Industria. Además, es un pilar fundamental de la balanza comercial española, ya que cerca del 90% de los vehículos, además de los componentes, fabricados en territorio nacional se vende fuera de nuestras fronteras. España es el segundo mayor fabricante de coches de Europa, solo por detrás de Alemania; y el octavo a nivel mundial.

Las factorías españolas de la industria automovilística salvaron las políticas de deslocalización hacia países de Europa del Este, del Norte de África o destinos asiáticos con mano de obra más económica. Lo hicieron por la cualificación de su personal, por las cadenas de valor que con los años se han desarrollado a su alrededor. Ahí está el ejemplo de la industria de los componentes, que factura más de 30.000 millones de euros al año, y que cuenta con gigantes nacionales como Antolín o Gestamp. También por las propias inversiones en I+D que las multinacionales de la automoción habían acometido ya en estas factorías, ejemplos de productividad y competitividad. Así como por las facilidades ofrecidas por el Gobierno central español, comunidades autónomas y ayuntamientos para la permanencia de estos grupos en nuestro suelo.

La irrupción de los gigantes chinos apoyados por el régimen de Pekín

Pero en esas irrumpió en el mercado mundial el Gigante asiático. Las marcas chinas comenzaron a fabricar y exportar masivamente vehículos competitivos en precio, empujadas por las ayudas y subvenciones del Gobierno comunista de Pekín. Y lo peor es que la ventaja competitiva ya no es la mano de obra barata. El salario de un operario industrial en zonas tecnológicas como Shenzhen o Shanghái es similar o incluso superior al de muchos países de Europa del Este. La mayor amenaza es el acceso a las materias primas, con el control del refinamiento del litio, cobalto y níquel; el dominio tecnológico de las baterías con la disposición de toda la cadena completa de suministro; y el nivel de robotización y automatización.

La industria europea del automóvil en crisis y una guerra de bloques expresada en forma de aranceles, en la que Estados Unidos y la Unión Europea (UE) quieren defenderse de la capacidad productiva de la potencia asiática y de lo que consideran una competencia en desigualdad de condiciones y una amenaza para sus industrias locales. La UE ha aprobado aranceles definitivos de hasta el 35,3% a los coches eléctricos importados de China para compensar las subvenciones ilegales de Pekín.

La estrategia de China para burlar los aranceles europeos

Pero el Ejecutivo y los fabricantes chinos han desplegado una estrategia para encontrar socios en otras geografías que les abran las puertas de los grandes mercados norteamericano y europeo, eludiendo las altas tasas a la importación ensamblando o produciendo una parte del coche en suelo de terceros países.

Y, en el continente europeo, España se ha convertido en el refugio de las firmas automovilísticas del Gigante asiático. En la puerta de entrada a Europa, aprovechando la red de plantas repartidas por la geografía nacional, la cadena de suministros existente, su fachada al Atlántico para el transporte marítimo, su red de infraestructuras y la cualificación de su personal, pero a menores costes aún que en otros países centroeuropeos.

Los pioneros: Ebro y Chery

La primera en hacerlo fue Chery, en 2024, de la mano de Ebro EV Motors. Ambas han creado una joint venture en la que el capital español tiene el 60% y la compañía asiática el 40% de dos filiales: Ebro SUV y Hub Tech Factory. Han ocupado las antiguas instalaciones de Nissan abandonadas en la Zona Franca barcelonesa y han puesto en marcha una fábrica con la homologación necesaria para que los coches de la marca china lleven el sello Made in Spain. Además, cuentan con otra planta de estampación en Montcada i Reixac, también en Barcelona. Además, Chery ha establecido su sede central para Europa y un centro de I+D en Cornellà de Llobregat (Barcelona).

A través de este acuerdo e infraestructuras se puede avanzar de un sistema de ensamblaje de vehículos semimontados (Disassembled Knock Down, DKD) hacia procesos de soldadura y pintura (Completely Knocked Down, CKD), lo que les permite cumplir las exigencias mínimas de valor añadido local de la normativa europea y eludir así los aranceles a la producción china. Aunque el corazón y el cerebro del coche seguirá siendo importado: tanto el bloque motor como los sistemas de transmisión y la electrónica principal llegarán ya ensamblados desde las plantas de Chery en China.

Así se producen desde hace más de año y medio los modelos de las marcas chinas Omoda y Jaecoo, además de los de la renacida española Ebro.

Otro de los proyectos también responde a ese guion de resurrección de antiguas factorías y marcas: las instalaciones de Santana Motors en Andalucía. La española ha alcanzado un acuerdo el gigante estatal chino Beijing Automotive Group (BAIC) para convertirse en su socio exclusivo de comercialización y montaje en Europa gracias a la antigua fábrica en Linares (Jaén).

El resto de los casos se han anunciado en los últimos meses. Primero el de la llegada de Leapmotor a la planta de Stellantis en Figueruelas (Zaragoza), que ha evitado de esa forma el cierre definitivo. También a través de una empresa conjunta (joint venture) con la propietaria de marcas como Peugeot, Citroën, Fiat, Opel y Jeep, la compañía china fabricará vehículos eléctricos en suelo español. Además, se estudia la posibilidad de hacerlo lo mismo en la planta de Villaverde, en Madrid, cuyo futuro está amenazado.

El gran desembarco de SAIC en Ferrol

A principios de junio se daba a conocer la noticia de que otro gigante automovilístico chino, SAIC, propietario de marcas como MG, abrirá en Galicia en 2028 su primera fábrica de coches eléctricos e híbridos en Europa, que se ubicará en el Puerto Exterior de Ferrol (A Coruña). Con una inversión de 200 millones de euros, las obras comenzarán en 2027 y se calcula que la planta, con tres instalaciones, creará 1.300 empleos directos y 1.000 indirectos solo en la primera fase dando forma a un futuro nuevo polo industrial en la provincia. Ocupará los antiguos terrenos de la firma de tecnología y defensa española Amper. Su objetivo es producir 120.000 vehículos eléctricos al año.

Finalmente, el mes pasado se conocía que Ford y la china Geely sellaban una alianza estratégica mediante la cual el grupo propietario de Volvo, Lotus y Polestar compra una línea de producción de la fábrica de Ford en Almussafes (Valencia), una tercera parte de la planta y crean una joint venture para la producción de cinco modelos.

Y es posible que la llegada de productores chinos a nuestro país no se quede ahí. En las últimas semanas circulan también informaciones sobre BYD, el mayor fabricante del mundo de vehículos eléctricos e híbridos enchufables, que estaría analizando la posibilidad de levantar su segunda fábrica en el Sur de Europa en suelo español tras haber puesto en marcha su primera factoría en Hungría.

El debate geopolítico, económico e industrial europeo

Este desembarco, sin embargo, abre un complejo debate geopolítico en el seno de la Unión Europea y destapa las costuras de la estrategia comercial común en el Viejo Continente. Mientras el Ejecutivo español y las administraciones locales celebran la llegada de inversiones que salvan el empleo de las factorías y aseguran el futuro industrial, desde Bruselas se mira con recelo e incluso rechazo lo que consideran un coladero legal.

El vicepresidente de Estrategia Industrial de la Comisión Europea, Stéphane Séjourné, ha sido claro al calificar de «inaceptable» que se utilicen las factorías nacionales para esquivar los aranceles comunitarios a base de «ensamblar coches chinos con componentes y personal de origen chino». Una postura respaldada por el presidente de la patronal europea Business Europe, Fredrik Persson.

También por la asociación de fabricantes. La Asociación de Constructores Europeos de Automóviles (ACEA) y marcas rivales como el Grupo Volkswagen exigen reglas de juego equivalentes, recordando que las firmas locales compiten en desventaja frente a las potentes subvenciones estatales de Pekín.

Endurecimiento del sello ‘Made in Europe’ pero necesidad de oferta masiva de coches eléctricos

La UE ya prepara un endurecimiento de los requisitos para conseguir el sello Made in Europe, con la exigencia de que el valor añadido generado en la región suba al 55% (frente al 45% actual); y que, además, el 70% de los componentes del coche provengan de la cadena de valor europea. Además, de cara a 2027, las baterías tendrán que contar con un pasaporte digital que certifique que el 65% de sus celdas son de origen comunitario. Europa intenta así frenar la jugada maestra de Pekín que amenaza con herir de muerte a la industria automovilística europea.

Pero, a su vez, la presidenta de la Comisión, Ursula Von der Leyen, sabe que la prohibición de vender coches de combustión en Europa en el año 2035 hace obligatoria una enorme oferta de vehículos eléctricos económicos. Una necesidad que, hasta ahora, no ha logrado ser respondida por los fabricantes europeos.

Solo el tiempo determinará si la llegada de capital asiático supondrá una transferencia tecnológica real que fortalezca el tejido industrial español, o si nuestro país es solo el instrumento utilizado por Pekín para desactivar la política arancelaria europea."

(Enrique Rodríguez, Industry, 19/08/2026)

1.7.26

Eurointelligence: "Las empresas automovilísticas europeas se han incorporado tarde al mercado del coche eléctrico y ahora deben decidir cómo reaccionar: luchar o subirse a la ola china... Stellantis optó por aliarse con sus socios chinos e invitarlos a producir en sus plantas europeas... Leapmotor se hará cargo de la planta de Stellantis en Madrid y de una línea de producción en Zaragoza (España)... esto representa un cambio radical en el equilibrio de poder. No hace mucho, eran los chinos quienes se beneficiaban de la llegada de las automotrices europeas a China para producir allí y compartir su tecnología. Ahora son los chinos quienes llegan a Europa como líderes... Para Stellantis, la alianza es la mejor opción entre las alternativas disponibles. Invitar a empresas chinas a producir en Europa resuelve el problema del exceso de capacidad que tienen en el continente sin tener que tomar la difícil decisión de reducir personal o cerrar plantas... ¿Podría esta nueva empresa conjunta convertirse en una tendencia para las automotrices europeas? El grupo franco-italiano-estadounidense podría ser el primero en Europa en acoger a su socio chino, y es poco probable que sea el último. Volkswagen también parece dispuesta a abrir sus puertas a sus socios chinos... Al mismo tiempo, estas dos automotrices presionan a la Comisión Europea para que incluya una cláusula de preferencia europea para el sector automovilístico. El objetivo es garantizar un contenido local mínimo para los automóviles vendidos en Europa y así poder optar a subvenciones públicas"... o sea, que Pedro Sánchez tiene razón en aliarse con China, por mucho que enfade a Trump

"Stellantis abre las puertas a China...

La revolución del coche eléctrico chino es una realidad en Europa. Las empresas automovilísticas europeas se han incorporado tarde al mercado y ahora deben decidir cómo reaccionar: luchar o subirse a la ola. Stellantis optó por aliarse con sus socios chinos e invitarlos a producir en sus plantas europeas.

Leapmotor se hará cargo de la planta de Stellantis en Madrid y de una línea de producción en Zaragoza (España). Además, Dongfeng llegará pronto a Francia para compartir una planta con Citroën en Rennes.

Para Stellantis, la alianza es la mejor opción entre las alternativas disponibles. Invitar a empresas chinas a producir en Europa resuelve el problema del exceso de capacidad que tienen en el continente sin tener que tomar la difícil decisión de reducir personal o cerrar plantas. También tiene la ventaja de mantener la paz con los sindicatos y asegurar la buena voluntad de las autoridades locales, interesadas en preservar los puestos de trabajo.

Stellantis también ha implementado salvaguardias en sus empresas conjuntas con socios, asegurando así que mantengan el control sobre las operaciones y se beneficien de la transferencia de tecnología, en este caso de la empresa china a la europea.

Para algunos, esto representa un cambio radical en el equilibrio de poder. No hace mucho, eran los chinos quienes se beneficiaban de la llegada de las automotrices europeas a China para producir allí y compartir su tecnología. Ahora son los chinos quienes llegan a Europa como líderes.

¿Podría esta nueva empresa conjunta convertirse en una tendencia para las automotrices europeas? El grupo franco-italiano-estadounidense podría ser el primero en Europa en acoger a su socio chino, y es poco probable que sea el último. Volkswagen también parece dispuesta a abrir sus puertas a sus socios chinos.

Al mismo tiempo, estas dos automotrices presionan a la Comisión Europea para que incluya una cláusula de preferencia europea para el sector automovilístico. El objetivo es garantizar un contenido local mínimo para los automóviles vendidos en Europa y así poder optar a subvenciones públicas.

Esto beneficiaría a ambos socios de la empresa conjunta: para el socio europeo, significa obtener más supercréditos de CO2 incluso para plantas bien establecidas, y representa un incentivo adicional para que los fabricantes de automóviles chinos establezcan operaciones mediante empresas conjuntas.

¿Se rindió Stellantis demasiado pronto? Les Echos escribe que:

«Al compartir sus fábricas subutilizadas, estos fabricantes de automóviles reconocen implícitamente que su producción no volverá a sus niveles anteriores, incluso cuando el mercado europeo sigue siendo el único que no se ha recuperado completamente de la crisis sanitaria. Lo mismo ocurre con su cuota de mercado, que se está erosionando gradualmente por la entrada de nuevos competidores».

Esto sugeriría que existían mejores opciones, pero no se les dio el tiempo suficiente para que surgieran. Pero, ¿acaso no es toda decisión, en última instancia, una cuestión de espacio y tiempo? Las especulaciones son solo ilusiones, mientras que el camino a seguir ya lo han marcado los pioneros. Stellantis sienta las bases para muchos fabricantes de automóviles europeos que quizás aún no estén preparados para dar el paso.

Viene a la mente la llegada de los coches japoneses en la década de 1990. De entre todos los competidores que intentaron conquistar el mercado automovilístico europeo, solo Toyota logró mantener una cuota de mercado significativa. Sin embargo, esta vez es diferente. Ya no hablamos de coches con motor de combustión, sino de un vehículo eléctrico. Esto representa una revolución en sí misma: ya no se trata de una competencia por superar a los europeos en aquello en lo que son expertos, sino de una competencia en un producto donde los europeos se encuentran a la zaga."

  (Eurointelligence, 30/06/26) 

7.7.25

El tren del progreso vuelve a pasar por delante de nuestro país gracias a una electricidad cada vez más limpia y barata y la alta seguridad en las fuentes de abastecimiento energético (Carlos Martín Urriza)La OCDE recomienda trasladar a España parte de la industria intensiva europea... “es posible que la producción deba realizarse en lugares de la UE con menores costes energéticos”. La electricidad que genera España tiene un menor coste por la elevada penetración de las renovables, la red diversificada de proveedores de gas y el excedente de producción que no logra exportarse por su reducida interconexión con el resto del continente. Este conjunto de factores proporciona un escenario propicio para el desarrollo de actividades intensivas en consumo de energía, como son la siderurgia, la metalurgia, la producción de cemento y de vidrio, la química básica, el papel, la cerámica o el refino de petróleo... “Alemania debería permitir la migración de parte de su industria siderúrgica y química”. La alternativa, considera, es “subvencionar posiblemente a perpetuidad”. En su opinión, dicha migración permite escenarios mixtos en los que algunos nichos de producción podrían permanecer en Alemania, aunque el grueso de la actividad más intensiva en energía se trasladara (Cristina Dolz, El Confidencial) Cousas veredes... as cousas das renovables, as de Zapatero, pese ao 'impuesto al sol', o de Rajoy

Carlos Martín Urriza @carlosurriza

El tren del progreso vuelve a pasar por delante de nuestro país gracias a una electricidad cada vez más limpia y barata y la alta seguridad en las fuentes de abastecimiento energético

De elconfidencial.com

12:21 p. m. · 7 jul. 2025 669 Visualizaciones


 "La industria europea, la más intensiva en energía, se encuentra en una crisis de modelo.

 La guerra en Ucrania iniciada en 2022 y el fin del gas ruso barato dieron la puntilla a un problema de costes de producción y de competitividad que ya existía previamente. El cambio en el entorno que hacía viables a estas actividades en determinados países coincide con una hoja de ruta decidida para la descarbonización y hace surgir el planteamiento de que mantener ciertas industrias en su localización histórica no sea lo más eficiente.

Así lo señala la OCDE en su último estudio económico sobre la Unión Europea publicado esta semana: “Algunos países de la UE con altos precios de la energía desean mantener industrias con un uso intensivo, pero solo podrían ser competitivas en regiones con bajos precios, como el sur de España o el norte de Suecia”, advierte el organismo. Por lo que sugiere que “es posible que la producción deba realizarse en lugares de la UE con menores costes energéticos”.

La electricidad que genera España tiene un menor coste por la elevada penetración de las renovables, la red diversificada de proveedores de gas y el excedente de producción que no logra exportarse por su reducida interconexión con el resto del continente. Este conjunto de factores proporciona un escenario propicio para el desarrollo de actividades intensivas en consumo de energía, como son la siderurgia, la metalurgia, la producción de cemento y de vidrio, la química básica, el papel, la cerámica o el refino de petróleo.

La diferencia se aprecia en los precios de la electricidad y del gas para los consumidores industriales. En el segundo semestre de 2024, el último periodo disponible, la electricidad para uso no doméstico en España fue un 39,6% más barata que en Alemania, el motor industrial europeo, y el gas costó un 28,9% menos. La brecha en la electricidad es sostenida desde 2010, aunque aumentó a partir de 2023 y no solo por el cambio coyuntural del corte de suministro ruso, también existen factores estructurales.

Influye el cierre nuclear, que ha llevado a importar más electricidad de Francia para no elevar la quema de carbón, y que la generación con renovables es potencialmente inferior a la que pueden tener otros países de la UE. Este es, precisamente, uno de los puntos fuertes de España. Según ejemplifica un estudio del think tank Bruegel, un panel solar en España “puede generar el doble de electricidad que uno en Finlandia”, de la misma manera que un aerogenerador en Polonia produce más de una vez y media que uno en Italia.

Por lo tanto, “se necesitaría instalar y pagar considerablemente menos aerogeneradores y paneles solares si se ubicaran en las zonas más ventosas y soleadas, respectivamente” y se mejorara la integración de los mercados eléctricos comunitarios. Hasta que los lentos avances en el aumento de las interconexiones sean una realidad, la fórmula que sugiere la OCDE para evitar pérdida de tejido industrial en la unión y mantener la seguridad de suministro es la migración dentro de la UE, aunque las políticas no parecen orientadas a explorar estas vías.

El informe advierte de que el Clean Industrial Deal aprobado en junio por la Comisión Europea fomenta las ayudas de Estado y conlleva riesgos. “Las nuevas normas para sectores estratégicos podrían dar lugar a un marco de ayudas estatales menos estricto que no impediría a los países de la UE fiscalmente más fuertes proporcionar un apoyo excesivo”, señala la OCDE. Lo que llevaría, intuyen los autores, a utilizar el margen fiscal que les permiten sus umbrales de deuda y de déficit para tratar de mantener industrias intensivas a pesar de tener precios energéticos no competitivos.

La consolidación de un escenario de este tipo podría tener implicaciones sobre el mercado único traducidas en “costes para la economía de la UE en forma de menor productividad”, anticipa la OCDE. La razón es que las políticas industriales exclusivamente nacionales alrededor de las ayudas de estado “corren el riesgo de atar recursos en empresas no competitivas, perjudicando la competencia y obstaculizando el ajuste de la industria al cambio estructural”. Lo que llevaría a que el objetivo de descarbonización de la UE finalmente entre en conflicto con su objetivo de productividad. La OCDE no repara en la viabilidad social ni política que tendría esta sugerencia.

Según Bruegel, en el escenario actual “los países tienen fuertes incentivos para implementar políticas de empobrecimiento del vecino”. En esta línea afirma que subvencionar la electricidad para consumidores industriales domésticos con el fin de superar a las empresas ubicadas en otros Estados miembros “puede derivar en carreras de subsidios perjudiciales o cierres de fronteras, con consecuencias limitadas o incluso perjudiciales para la competitividad global de la industria de la UE”.

La industria pierde peso en la producción europea

El sector industrial en su conjunto ha perdido peso en la mayor parte de las economías de la UE en los últimos años. Si se compara con 2019, el mayor desplome lo presenta Irlanda, con un descenso de 4,9 puntos de participación sobre el VAB en 2024, coincidiendo con ser también uno de los países con la energía eléctrica más cara para consumidores no domésticos. Aunque Irlanda es un caso anómalo por la distorsión que introducen en la Contabilidad Nacional las multinacionales afincadas, el fenómeno se replica en otros países con elevado peso de la industria y precios eléctricos elevados.

Ejemplos de ello son Alemania, Eslovaquia, Polonia y Hungría. En España, la industria aguanta en torno al 14% del VAB y recuperó en 2024 su nivel de producción anterior a la pandemia, por lo que no se percibe todavía una ganancia clara de tamaño a pesar de su contexto de costes más competitivo, también en el ámbito laboral. Aunque sería necesario un análisis más centrado exclusivamente en las industrias electrointensivas.

La idea planteada por la OCDE tiene respaldo también en el mundo académico. Por ejemplo, Sander Tordoir, economista jefe del Centre For European Reform, sostuvo en la red social X que España es un destino “prometedor” para la migración de industrias europeas de alto consumo energético y sugirió que “Alemania debería permitir la migración de parte de su industria siderúrgica y química”. La alternativa, considera, es “subvencionar posiblemente a perpetuidad”.

En su opinión, dicha migración permite escenarios mixtos en los que algunos nichos de producción podrían permanecer en Alemania, aunque el grueso de la actividad más intensiva en energía se trasladara. Pone el ejemplo de la sueca SSAB, productora de acero para tanques, que con una “buena línea de negocio” ayuda a “mantener a flote una capacidad central de la siderurgia alemana”.

La industria europea, la más intensiva en energía, se encuentra en una crisis de modelo. La guerra en Ucrania iniciada en 2022 y el fin del gas ruso barato dieron la puntilla a un problema de costes de producción y de competitividad que ya existía previamente. El cambio en el entorno que hacía viables a estas actividades en determinados países coincide con una hoja de ruta decidida para la descarbonización y hace surgir el planteamiento de que mantener ciertas industrias en su localización histórica no sea lo más eficiente."    

(Cristina Dolz , El Confidencial, 06/07/25)

23.5.25

La estrategia de Trump es elevar los aranceles para que las empresas que en su día se relocalizaron fuera de Estados Unidos regresen, y también para generar tejido industrial adicional en la economía estadounidense... pero las industrias no van a volver por patriotismo a su país de origen. Lo harán sólo si allí encuentran mejores condiciones tanto a nivel nacional como de acceso a los mercados globales para obtener la mayor rentabilidad posible. Y el problema que tiene Estados Unidos para reindustrializar su economía es que recobrar esas condiciones es muy difícil, por no decir que imposible, al menos a corto y medio plazo... Reindustrializar una economía como la de Estados Unidos requiere un volumen de inversiones muchísimo mayor del que se está anunciando a cuenta gotas... y para reindustrializar una economía del siglo XXI que desee ser competitiva se necesita mano de obra muy cualificada que Estados Unidos ha perdido... Para financiar las inmensas inversiones públicas que se necesitan habría que aumentar la recaudación fiscal y Trump se ha propuesto lo contrario... Otra cosa es, sin embargo, que se logre volver a localizar allí a empresas de suministro estratégico, en enclaves precisos. Pero ese objetivo más singularizado es mucho más fácil de conseguir por la vía de ayudas y subvenciones, que ya inició Biden que por aranceles... Lo que de verdad busca Estados Unidos es romper el régimen del comercio internacional basado en reglas y negociación multilateral porque está dejando de ser la potencia económica indiscutible de antaño; crear otras condiciones para poder mantener al dólar como moneda de referencia; y garantizar el poderío militar imperial que necesitan sus grandes empresas como apoyo y cobertura en los mercados y como negocio... A tenor de cómo bastantes países han empezando a negociar y las cláusulas que aceptan, podría decirse que Trump no ha cometido ninguna locura... Trump apunta a la reconfiguración del comercio y el sistema monetario internacionales y del espacio geoestratégico global (Juan Torres López)

 "Los economistas de todo el mundo, los políticos e incluso la gente normal que analiza lo que está ocurriendo en Estados Unidos, desde que Donald Trump asumió como presidente para su segundo mandato, están doblemente divididos.

Por un lado, discuten si lo que está haciendo el mandatario es una locura sin fundamento o si, por el contrario, responde a alguna estrategia inteligente o profunda. Por otro, se preguntan si la guerra arancelaria que ha desatado Trump puede realmente conseguir reindustrializar la economía estadounidense, o si es una mera excusa para lograr otro objetivo.

La primera cuestión la he abordado en mis artículos anteriores El peligro de las medidas económicas de Trump del que pocos hablan y “¿Y si lo de Trump no es una simple locura personal?”. En este me propongo reflexionar sobre la segunda opción: ¿acaso oculta Trump, detrás de las bravuconerías mediáticas, un plan maestro para devolver a EE.UU. la industrialización perdida?

Desindustrialización profunda

Es cierto que la economía de Estados Unidos ha sufrido una enorme desindustrialización en las últimas décadas. Algunos pocos datos lo demuestran claramente.

– El empleo en el sector manufacturero pasó de 19,5 millones de personas en 1979 a 12,6 millones en 2024.

 El peso del sector en el PIB ha caído del 20,3% al 11% del PIB en el mismo periodo.

 Las plantas con más de 5.000 empleados pasaron de ser 192 en 1977 a solo 49 en 2007. Mientras, los establecimientos manufactureros con más de 500 personas disminuyeron de 4535 en 2000 a 3316 en 2022. Y, en total, se han perdido más de 91.000 plantas desde 1997.

La estrategia apuntada por Trump es elevar los aranceles para que las empresas que en su día se relocalizaron fuera de Estados Unidos regresen, y también para generar tejido industrial adicional en la economía estadounidense. Así lo afirma explícitamente, e incluso se hace gala de ello, la página web de la Casa Blanca: «Desde que el presidente Donald J. Trump asumió el cargo, su compromiso inquebrantable con la revitalización de la industria estadounidense ha incentivado billones de dólares en inversiones en la manufactura, la producción y la innovación en Estados Unidos, y la lista sigue creciendo».

Sin embargo, los datos que allí se presentan para respaldar esa afirmación son anuncios de nuevas inversiones, mientras que el éxito que se asegura va a lograrse contrasta con lo alcanzado por el mismo Trump en su primer mandato, de 2017 a 2021. Según cifras oficiales de la Oficina de Estadísticas Laborales, las ganancias de empleo industrial no representaron una mejora con respecto a años anteriores de esa década y tampoco permitieron recuperar el empleo perdido en la década anterior.

Una desindustrialización deseada

Cuando se habla de reindustrialización, y de la posibilidad de llevarla a cabo en Estados Unidos (o en realidad, en cualquier otro país), hay que tener en cuenta algo clave. Las empresas industriales se localizaron en otros países buscando el máximo beneficio: regímenes de bajos salarios, escasa regulación y apenas derechos laborales. Nadie las forzó. La globalización les servía para ese propósito y las grandes empresas industriales de Estados Unidos la impulsaron para obtener las ganancias más elevadas de la historia.

Por esa misma razón no van a volver por patriotismo a su país de origen. Lo harán sólo si allí encuentran mejores condiciones tanto a nivel nacional como de acceso a los mercados globales para obtener la mayor rentabilidad posible. Y el problema que tiene Estados Unidos para reindustrializar su economía es que recobrar esas condiciones es muy difícil, por no decir que imposible, al menos a corto y medio plazo.

Una reindustrizalización que precisa salarios y gasto público que no se está dispuesto a soportar

Es cierto que algunas grandes empresas estadounidenses, están prometiendo ahora grandes inversiones en su país. Apple, por ejemplo, ha anunciado que invertirá 500.000 millones de dólares y, según el presidente Trump, TSMC (Taiwan Semiconductor Manufacturing Company) gastará 100.000 millones en Estados Unidos (otros anuncios de inversión confirmados son de bastante menor envergadura).

Son cifras importantes e inversiones significativas, sin duda, pero no dejan de ser simbólicas. Reindustrializar una economía como la de Estados Unidos requiere un volumen de inversiones muchísimo mayor del que se está anunciando a cuenta gotas, y seguramente por la presión que la presidencia puede estar generando sobre sus directivos.

Sólo para infraestructuras civiles, la Sociedad Estadounidense de Ingenieros Civiles estima que se necesita una inversión de 7,4 billones de dólares hasta 2033, y, según un informe de la consultora  EY,  4,1 billones hasta 2050 para tecnología e infraestructura energética.

Aunque hay más, pues lo que se requiere no sólo son muchos billones de dólares en inversiones diversificadas y bastante tiempo por delante.

Los analistas Andrew Grantham y Avery Shenfeld han calculado que, para obtener una producción industrial que equilibre la balanza comercial de Estados Unidos, se necesitaría disponer de 3,5 millones de empleos adicionales. Teniendo en cuenta que el mercado laboral del país ya está saturado, lograr ese incremento en la oferta de empleos necesitaría aumentar el flujo inmigratorio y, además y al mismo tiempo, elevar sustancialmente los salarios, lo cual lógicamente reduciría los márgenes con los que ya se han acostumbrado a operar las grandes empresas industriales.

Y, en cualquier caso, ni siquiera ahí acabarían las dificultades. Para reindustrializar una economía del siglo XXI que desee ser competitiva se necesita mano de obra muy cualificada que Estados Unidos ha perdido.

El CEO de Apple, Tim Cook, lo señaló en un acto público: «En Estados Unidos, podrías tener una reunión con los ingenieros de herramientas, y no estoy seguro de que pudiéramos llenar esta sala. En China, sin embargo, podrías llenar varios campos de fútbol».

El caso del famoso iPhone es paradigmático, precisamente, porque no sólo con Trump sino desde Obama suele ponerse como ejemplo de lo que se desea que Estados Unidos vuelva a fabricar.

Con los salarios actuales, se calcula que el costo laboral de ensamblar y probar ese teléfono móvil en Estados Unidos sería de 200 dólares por unidad, frente a los 40 dólares en China. La inversión de medio billón de dólares de Apple parece gigantesca, pero su efecto real puede comprobarse si se tiene en cuenta que se necesitaría una inversión de 30.000 millones de dólares en tres años para trasladar sólo el 10% de su cadena de suministro a Estados Unidos.

Tal y como se ha dicho, se puede conseguir que el iPhonese fabrique en Nueva Jersey, Texas u otro estado, siempre que los consumidores estadounidenses estén dispuestos a pagarlo a 3.500 dólares.

Para financiar las inmensas inversiones públicas que se necesitan habría que aumentar la recaudación fiscal y lo que se ha propuesto Trump con la gran reforma fiscal que ya se discute en el Congreso es justamente lo contrario, reducirla para bajar los impuestos a los más ricos y a las grandes corporaciones. Y subir salarios no es tampoco lo que está en la estrategia de las grandes empresas industriales. Al revés, están tratando de relocalizarse en economías con costes laborales aún más bajos.

En resumen, las dificultades para que la economía de Estados Unidos se reindustrialice son tan extraordinarias a corto y medio plazo que parecen realmente inalcanzables.

El gato encerrado

Otra cosa es, sin embargo, que se logre volver a localizar allí a empresas de suministro estratégico, en enclaves precisos. Pero ese objetivo más singularizado es mucho más fácil de conseguir por la vía de ayudas y subvenciones, que ya inició Biden, que por aranceles. Y mucho menos cuando estos pueden ocasionar un deterioro generalizado de la economía si se plantean con carácter generalizado y como una auténtica guerra comercial contra todas las naciones del globo, prácticamente sin excepción.

Si esto es así, cabe pensar que la estrategia de guerra comercial emprendida por Trump no busca realmente ser efectiva como instrumento de política de reindustrialización. Siempre se ha dicho que, para hacer una tortilla, hay que romper primero los huevos, pero lo que haría Trump si mantuviese su estrategia arancelaria de forma permanente sería destrozar la vajilla y toda la cocina. No creo, pues, que la estrategia de fondo sea la que se está anunciando.

Estados Unidos perdió hace décadas la batalla de la industria manufacturera, y la perdió porque el poder económico que gobierna y decide las estrategias apostó por un modelo de economía centrado en las finanzas y el capital tecnológico, unidos ambos a la industria militar, a cambio de importar bienes baratos que paga con los dólares que demanda media humanidad. Y su problema actual no es que desee cambiar de estrategia, sino que está obligado a modificar la fuente con que la financia.

La guerra arancelaria que ha desatado Trump es una excusa, un señuelo que le sirve para ganar posiciones y lograr otros objetivos. O, más claramente hablando, una trampa. El presidente del Consejo de Asesores Económicos de Trump, Stephen Miran, explicó hace meses lo que, en realidad, se persigue: enseñar el palo de los aranceles para ofrecer luego la zanahoria y lograr apoyo al plan estadounidense de reforzamiento del dólar como moneda de referencia y el paraguas de la protección militar.

Lo que de verdad busca Estados Unidos es romper el régimen del comercio internacional basado en reglas y negociación multilateral porque está dejando de ser la potencia económica indiscutible de antaño; crear otras condiciones para poder mantener al dólar como moneda de referencia; y garantizar el poderío militar imperial que necesitan sus grandes empresas como apoyo y cobertura en los mercados y como negocio. A cambio, eso sí, está perdiendo una buena parte del llamado «poder blando» que tan útil le ha sido durante décadas. A tenor de cómo bastantes países han empezando a negociar y las cláusulas que aceptan, podría decirse que Trump no ha cometido ninguna locura. Contemplando la respuesta mesurada y sensata de China y la reacción de los mercados financieros ante la incertidumbre y el temor a enfrentarse a los problemas pendientes con su improvisación y arbitrariedad, se explica que el presidente de Estados Unidos haya tenido que pisar el freno y poner la marcha atrás. Se aventuran tiempos de dificultades, complicaciones y conflictos para todos.

En conclusión: es un error mirar tan sólo el dedo de los aranceles de Trump y no a dónde apunta: la reconfiguración del  comercio y el sistema monetario internacionales y del espacio geoestratégico global. Hay que seguir analizando."         (Juan Torres López, blog, 21/05/25)

11.4.25

Los liberales rescatan la autarquía... Las autoridades de EEUU han estrenado un nuevo paradigma económico que consiste en devolvernos a las catacumbas del siglo XIX en materia de comercio internacional... La extraña mezcla entre la oligarquía extractiva, que ahora es la que sostiene al Ejecutivo de Trump, el proletariado industrial venido a menos y los agricultores subvencionados han descubierto que la mejor forma de alcanzar el éxtasis es sustituir todas las importaciones y consumir solo lo que se produce dentro de sus fronteras... El sueño que tuvo la CEPAL en los años 80, la sustitución de importaciones, nunca verá la luz en EEUU porque a medio plazo es casi imposible que vuelvan todas las empresas que se fueron, o que empresas de otros países se instalen en un país gobernado por un ser como Trump... Lo que sí parece claro es que Trump ha asestado un golpe de muerte a la OMC, Organización Mundial del Comercio, y se ha erigido en el árbitro de todas las disputas comerciales y quien bendice la cotización de cada divisa, algo inaudito para un supuesto liberal... La imposición de aranceles para combatir el déficit comercial, junto a las veleidades autárquicas son sueños húmedos que los anarco liberales han sabido vender a las clases sociales que más han sufrido con la globalización. Dejarles sin vino, aceitunas, aceite español o coches alemanes nunca solventarán el problema de pobreza y falta de inversión pública que sufren los ciudadanos de EEUU desde hace décadas. Frente a esto, solo queda luchar contra la financiarización de la economía y lograr que el dólar deje de ser la moneda de referencia e intercambio en mercados tan relevantes como el crudo... En este contexto es cierto que se abren nuevas posibilidades para la UE en materia comercial, pero también financiera. No hay que olvidar que cada año salen de la UE 300.000 millones de euros hacia EEUU, lo que les permite financiar su déficit corriente y alimenta su inversión. Es momento de ofrecer una rentabilidad económica y financiera a este capital para que se quede en la UE... Cada año salen de la UE 300.000 millones de euros hacia EEUU, lo que les permite financiar su déficit corriente y alimenta su inversión. Es momento de ofrecer una rentabilidad económica y financiera a este capital para que se quede en la UE y se invierta en sectores claves, como la educación, empleo, transporte y ciencia... (Alejandro Inurrieta)

 "Cada año salen de la UE 300.000 millones de euros hacia EEUU, lo que les permite financiar su déficit corriente y alimenta su inversión. Es momento de ofrecer una rentabilidad económica y financiera a este capital para que se quede en la UE y se invierta en sectores claves, como la educación, empleo, transporte y ciencia

Las autoridades de EEUU han estrenado un nuevo paradigma económico que consiste en devolvernos a las catacumbas del siglo XIX en materia de comercio internacional. La extraña mezcla entre la oligarquía extractiva, que ahora es la que sostiene al Ejecutivo de Trump, el proletariado industrial venido a menos y los agricultores subvencionados han descubierto que la mejor forma de alcanzar el éxtasis es sustituir todas las importaciones y consumir solo lo que se produce dentro de sus fronteras.  

La fórmula ideada para llevar a cabo este disparate económico es comenzar a gravar con aranceles las importaciones de prácticamente todo el mundo, salvo, sorprendentemente de Rusia o Corea del Norte. La amenaza de colonización económica por parte de los pérfidos europeos o asiáticos resulta una tomadura de pelo en una economía que sostiene un déficit comercial al 2,8%, con ingentes entradas de capital, lo que da idea de la confianza que tiene el resto del mundo en la divisa estadounidense y en su economía en general.

Estas medidas se toman en un contexto de fortaleza del empleo en EEUU, casi en pleno empleo, y con un crecimiento de alrededor del 3%. Solo la inflación ha perseverado por encima de los estándares, algo que ha ocurrido en el resto del mundo, por una serie de acontecimientos exógenos que nada tiene que ver con la magnitud del desequilibrio comercial, que ya es endémico en EEUU. 

El principal problema del sector exterior en EEUU tiene que ver con la fortaleza del dólar que responde a una situación de poder de la divisa verde como moneda refugio, por un lado,  y como moneda de intercambio en el mercado de petróleo. Así mismo, la pulsión compradora de las familias en EEUU, junto a un cambio en los gustos del consumidor,  ha generado una elevada propensión a la importación, dado que EEUU es muy ineficiente en la producción de múltiples bienes, lo que sin duda ha posibilitado la invasión de productos procedentes de Asia, pero también de la UE. La progresiva deslocalización de la industria, especialmente del automóvil o tecnológica, responde a la búsqueda de mercados con costes de materia prima y laborales más bajos, que ha disparado la desigualdad y la explotación de mano de obra en países como la India, Bangladesh o Taiwan. La posible solución a la vuelta de estas empresas a EEUU sería que trabajen los menores de 14 años, algo que se ha propuesto desde Florida. 

Este órdago a la globalización, curiosamente desde una administración republicana, conservadora y ultraliberal en lo económico, podría tener sentido ya que sus efectos colaterales, en formas de explotación, desigualdad y extracción de rentas de los países más pobres, son manifiestos, pero las soluciones propuestas son grotescas y, sobre todo, contrarias a lo que se busca. La incógnita que le faltó a Trump en el despliegue de su tablón de anuncios fue la ecuación financiera y de financiación. Gran parte de esos dólares que se dejan en otros países vuelven a EEUU en forma de inversión de capitales, lo que les permite desde hace décadas invertir una cantidad muy superior a su ahorro interno, dado que sus activos financieros son mucho más rentables que los del resto del mundo, especialmente los europeos. Ello ha llevado sistemáticamente a una apreciación del dólar, lo que ha perjudicado el desempeño comercial de las empresas de EEUU.   

Este desconocimiento tan palmario de la situación económica internacional está detrás de la fórmula estrambótica que se ha inventado para calcular el nivel de aranceles a cada parte del mundo. Por un lado, penaliza a países muy pobres como Lesoto, porque exporta muchos diamantes, o a un archipiélago francés en Terranova que inunda de marisco las mesas de las familias y restaurantes en la Sexta Avenida. Al final, ha parido una cifra a todas luces falsa, como es asegurar que el nivel de aranceles de la UE es del 39%, únicamente por el cociente entre el déficit comercial dividido por el nivel de importaciones, algo que ni los peores alumnos de cualquier grado en Economía se atreverían a escribir, lo cual da idea de la magnitud de la estulticia y falta de conocimiento de la actual Administración norteamericana. 

Los efectos de esta guerra comercial se podrán ver en pocos meses y probablemente se traducirán en más inflación y mayor desempleo en EEUU, junto con una ralentización del crecimiento hasta desembocar en una recesión técnica a lo largo de 2025. El sueño que tuvo la CEPAL en los años 80, la sustitución de importaciones, nunca verá la luz en EEUU porque a medio plazo es casi imposible que vuelvan todas las empresas que se fueron, o que empresas de otros países se instalen en un país gobernado por un ser como Trump. La incertidumbre sobre la inversión y la seguridad jurídica es clave para la  instalación de nuevas industrias. 

Lo que sí parece claro es que Trump ha asestado un golpe de muerte a la OMC, Organización Mundial del Comercio, y se ha erigido en el árbitro de todas las disputas comerciales y quien bendice la cotización de cada divisa, algo inaudito para un supuesto liberal y sus seguidores más ultras. 

En este contexto es cierto que se abren nuevas posibilidades para la UE en materia comercial, pero también financiera. No hay que olvidar que cada año salen de la UE 300.000 millones de euros hacia EEUU, lo que les permite financiar su déficit corriente y alimenta su inversión. Es momento de ofrecer una rentabilidad económica y financiera a este capital para que se quede en la UE y se invierta en sectores claves, como la educación, empleo, transporte y ciencia. Y al mismo tiempo puede surgir un debate real y riguroso sobre lo que ha supuesto la globalización, fundamentalmente financiera, particularmente en  sectores clave como la agricultura, la vivienda, o la educación. La explotación laboral, la sustracción de materias primas de países muy pobres y la falta de escrúpulos a la hora de favorecer el monopolio tecnológico de muchas de las empresas de EEUU, algo de lo que Trump no dice nada, son elementos que sí deberían ser tenidos en cuenta a la hora de corregir los desmanes de la globalización. 

En resumen, las soflamas autárquicas de EEUU no casan con las ventajas comparativas de las que ha gozado para alcanzar el nivel de vida tan alto que ha logrado en estos años. La fortaleza del dólar ha generado, por un lado, un desequilibrio comercial, pero ha permitido atraer capital en cantidades suficientes para sufragar el déficit corriente y favorecer la inversión interna. La imposición de aranceles para combatir el déficit comercial, junto a las veleidades autárquicas son sueños húmedos que los anarco liberales han sabido vender a las clases sociales que más han sufrido con la globalización. Dejarles sin vino, aceitunas, aceite español o coches alemanes nunca solventarán el problema de pobreza y falta de inversión pública que sufren los ciudadanos de EEUU desde hace décadas. Frente a esto, solo queda luchar contra la financiarización de la economía y lograr que el dólar deje de ser la moneda de referencia e intercambio en mercados tan relevantes como el crudo. "

( Alejandro Inurrieta , eldiario.es, 05/04/25)

El objetivo de Trump es claro. Quiere restaurar la base manufacturera de Estados Unidos dentro del país. Gran parte de las importaciones a Estados Unidos procedentes de países como China, Vietnam, Europa, Canadá, México, etc. proceden de empresas estadounidenses con sede en esos países que revenden a Estados Unidos a un coste menor... Su objetivo estratégico final es debilitar, estrangular y lograr un «cambio de régimen» en China y tomar el control hegemónico total de América Latina y el Pacífico. Para ello, deben contar con una fuerza militar fuerte y abrumadora... Trump considera que imponer aranceles para obligar a las empresas manufactureras estadounidenses a volver a casa y a las empresas extranjeras a invertir en Estados Unidos en lugar de exportar a él es una mejor manera... ¿Funcionará? Estados semivasallos del imperialismo estadounidense probablemente intentarán ceder a las condiciones de Trump: Corea del Sur y Japón ya lo están intentando, y el Reino Unido también. Pero eso no será suficiente para cambiar las cosas... no va a funcionar, especialmente solo a través de subidas de aranceles... Eso ya no es posible. La globalización ha hecho que la cadena de valor de la fabricación sea ahora global, con componentes y materias primas repartidos por todo el mundo... Si Trump quiere restaurar la industria manufacturera estadounidense, el sector necesita una inversión masiva en el país y es poco probable que las empresas estadounidenses, que ya experimentan una rentabilidad relativamente baja fuera de las Siete Magníficas, accedan, excepto en el caso de material militar pagado en contratos gubernamentales... A pesar del inevitable fracaso de los aranceles como solución para reindustrializar Estados Unidos, Trump parece decidido a seguir adelante con su estrategia proteccionista. Esto solo puede desencadenar una nueva recesión tanto en EE. UU. como en las principales economías... Los precios en las tiendas estadounidenses pronto subirán bruscamente debido a los bienes de consumo importados de Asia, incluidos el cuero y la ropa... La caída de los mercados bursátiles y de bonos presagia la gran caída de la producción y el empleo en EE. UU. y otros lugares (se estima que la tasa de crecimiento real del PIB de China, actualmente del 5 % anual, podría reducirse en 2 puntos porcentuales; en otros países será aún peor). Y una caída de la «economía real» provocará una nueva caída de los activos financieros... Trump y su equipo MAGA creen que todas estas conmociones son un precio que vale la pena pagar para restaurar la hegemonía manufacturera de EE. UU. Una vez que se asiente el polvo, Estados Unidos volverá a ser grande, argumentan... Pero esto es una ilusión (Michael Roberts)

 "La caída de Trump

Hoy, el presidente Donald Trump ha implementado su nueva gama de aranceles sobre las importaciones estadounidenses, denominados aranceles recíprocos. Además de los anunciados el miércoles pasado (Día de la Liberación), Trump ha incluido un gravamen adicional sobre las importaciones chinas en represalia por la decisión de China de imponer un arancel del 34 % a las importaciones estadounidenses, que a su vez fue una represalia contra la subida del 34 % de Trump sobre las importaciones chinas propuesta la semana pasada. Así que las importaciones estadounidenses procedentes de China tienen ahora un arancel del 104 %, lo que equivale a duplicarlo. Y mientras escribo, China ha anunciado una nueva subida del 50 % de las importaciones estadounidenses, lo que eleva los aranceles chinos sobre las exportaciones estadounidenses al 84 % en esta guerra de represalias.

¿Adónde va todo esto? Bueno, significa una caída de la producción en Estados Unidos y en la mayoría de las grandes economías, y significa un resurgimiento de la inflación, sobre todo en Estados Unidos. Esto es una locura, ¿no? Bueno, como dije en febrero pasado cuando todo esto empezó, hay método en esta locura. Trump y sus acólitos están convencidos de que Estados Unidos ha sido despojado de su poder económico y de su estatus hegemónico en el mundo por otras grandes economías que le han robado su base manufacturera y luego han impuesto todo tipo de bloqueos a la capacidad de las empresas estadounidenses (en particular las empresas manufactureras estadounidenses) para mandar. Para Trump, esto se expresa en el déficit general en el comercio de bienes que Estados Unidos mantiene con el resto del mundo.

No le preocupa, al parecer, el comercio de servicios, en el que Estados Unidos tiene superávit. Lo que le preocupa es el comercio de manufacturas y productos básicos. El objetivo es cerrar este déficit imponiendo aranceles a las importaciones de bienes estadounidenses. Utilizando una fórmula burda para cada país (el tamaño del déficit comercial de bienes de EE. UU. con cada país dividido por el tamaño de las importaciones de EE. UU. de ese país, y luego dividido por dos), el equipo de Trump llegó a las subidas de aranceles para cada país. Esta fórmula no tiene sentido por varias razones: En primer lugar, excluye el comercio de servicios, en el que Estados Unidos tiene superávit con muchos países; en segundo lugar, se ha impuesto un arancel del 10 % incluso a países con los que Estados Unidos tiene un superávit de mercancías; en tercer lugar, no guarda relación con ninguna barrera arancelaria o no arancelaria real que un país tenga sobre las exportaciones estadounidenses; y en cuarto lugar, ignora las barreras arancelarias y no arancelarias (que son muchas) que Estados Unidos tiene sobre las exportaciones de otros países.

Estas barreras «no arancelarias» también pueden entrar en juego. Navarro, el enviado comercial de Trump para el MAGA, lo dejó claro: «A aquellos líderes mundiales que, tras décadas de engaños, se ofrecen de repente a reducir los aranceles, que sepan esto: eso es solo el principio», citando una larga lista de prácticas desleales que, según dijo, incluían la manipulación de divisas, licencias «opacas», normas de productos «discriminatorias», procedimientos aduaneros «onerosos», localización de datos y la llamada «guerra legal» de impuestos y regulaciones que afectan a las empresas tecnológicas estadounidenses.

El objetivo de Trump es claro. Quiere restaurar la base manufacturera de Estados Unidos dentro del país. Gran parte de las importaciones a Estados Unidos procedentes de países como China, Vietnam, Europa, Canadá, México, etc. proceden de empresas estadounidenses con sede en esos países que revenden a Estados Unidos a un coste menor que si tuvieran su sede en Estados Unidos. Durante los últimos 40 años de «globalización», las empresas multinacionales de EE. UU., Europa y Japón trasladaron sus operaciones de fabricación al Sur Global para aprovechar la mano de obra barata, la ausencia de sindicatos o regulaciones y el uso de la última tecnología. Pero lo que ha sucedido es que, como resultado, los países asiáticos han industrializado drásticamente sus economías y, por lo tanto, han ganado cuota de mercado en la fabricación y las exportaciones, dejando a EE. UU. a la zaga en marketing, finanzas y servicios.

¿Importa eso? Trump y su equipo creen que sí. Su objetivo estratégico final es debilitar, estrangular y lograr un «cambio de régimen» en China y tomar el control hegemónico total de América Latina y el Pacífico. Para ello, deben contar con una fuerza militar fuerte y abrumadora. Trump ha anunciado un presupuesto militar récord de 1 billón de dólares al año. Pero los fabricantes de armas estadounidenses no pueden cumplir con ese presupuesto. Por lo tanto, la fabricación estadounidense debe restablecerse en el país. Biden estaba dispuesto a hacerlo a través de una «política industrial» que subvencionara a las empresas tecnológicas y a la infraestructura de fabricación. Pero eso significaba un enorme aumento del gasto público que elevaba el déficit fiscal a niveles récord. Trump considera que imponer aranceles para obligar a las empresas manufactureras estadounidenses a volver a casa y a las empresas extranjeras a invertir en Estados Unidos en lugar de exportar a él es una mejor manera. Cree que puede aumentar la fabricación, gastar más en armas, reducir los impuestos a las empresas y recortar el gasto civil del gobierno y mantener el dólar estable, todo ello con subidas de aranceles.

¿Funcionará? Parece que algunos analistas, incluso de izquierdas, creen que sí. Es cierto que muchos Estados semivasallos del imperialismo estadounidense probablemente intentarán ceder a las condiciones de Trump: Corea del Sur y Japón ya lo están intentando, y el Reino Unido también. Pero eso no será suficiente para cambiar las cosas. Quienes piensan que Trump puede tener éxito argumentan que, en el pasado, cuando Estados Unidos optó por cambiar el equilibrio de las fuerzas económicas mundiales a su favor, funcionó.

Nixon sacó a Estados Unidos del patrón oro en 1971 y estableció el dólar como moneda hegemónica con el privilegio «exorbitante» de ser el único emisor de esta moneda, para pagar sus importaciones y sus inversiones de capital en el extranjero. Pero eso no impidió que Estados Unidos perdiera cuota de mercado en la industria manufacturera durante la década de 1970.

Y luego, en 1979, el entonces gobernador de la Reserva Federal, Paul Volcker, subió los tipos de interés al 19 % para controlar la inflación, lo que provocó una profunda recesión tanto en Estados Unidos como en todo el mundo. El dólar subió tanto que la industria manufacturera estadounidense comenzó a trasladar sus sedes al extranjero: fue el comienzo del periodo neoliberal. En 1985, Estados Unidos consiguió que otras naciones comerciales acordaran fortalecer sus monedas frente al dólar a través del llamado acuerdo del Plaza. Esto acabó destruyendo el liderazgo industrial de Japón construido en los años 60 y 70, pero no funcionó para restaurar la fabricación estadounidense en el país.

Tampoco va a funcionar esta vez, especialmente solo a través de subidas de aranceles. La industria manufacturera estadounidense solo puede competir en los mercados mundiales porque cuenta con tecnología superior y, por lo tanto, puede reducir drásticamente los costes laborales en la producción. Aunque Estados Unidos sigue teniendo el segundo sector manufacturero más grande del mundo, con un 13 % de la producción mundial (después de China, con un 35 %), el empleo en la industria manufacturera estadounidense ha caído drásticamente desde el final de la edad de oro en la década de 1960, principalmente porque la rentabilidad de la industria manufacturera estadounidense disminuyó y la tecnología reemplazó a la mano de obra, no debido a la liberalización del comercio. De hecho, el equipo de Trump está hablando de aumentar la capacidad de fabricación en el país a través de robots e inteligencia artificial, lo que generaría pocos puestos de trabajo adicionales en el sector. Hasta aquí la afirmación de Trump de que estaba «orgulloso de ser el presidente de los trabajadores, no de los subcontratistas; el presidente que defiende a la clase media, no a Wall Street».

La realidad es que Trump no puede hacer retroceder el tiempo para convertir a Estados Unidos en la principal economía manufacturera del mundo. Eso ya no es posible. La globalización ha hecho que la cadena de valor de la fabricación sea ahora global, con componentes y materias primas repartidos por todo el mundo. Como señaló el Wall Street Journal: «Incluso si las exportaciones de productos fabricados en Estados Unidos aumentaran lo suficiente como para cerrar el déficit comercial —un acontecimiento extremadamente improbable— y si el empleo creciera proporcionalmente, nuestra cuota de mano de obra manufacturera solo subiría del 8 % al 9 %. No es precisamente transformador».

Si Trump quiere restaurar la industria manufacturera estadounidense, el sector necesita una inversión masiva en el país y es poco probable que las empresas estadounidenses, que ya experimentan una rentabilidad relativamente baja fuera de las Siete Magníficas, accedan, excepto en el caso de material militar pagado en contratos gubernamentales. La reacción del antiguo asesor de Trump, Elon Musk, ante las subidas de aranceles es sintomática de la reacción de las grandes empresas estadounidenses: Musk atacó a Navarro, llamándole «imbécil» «más tonto que un saco de ladrillos» después de que Navarro sugiriera que la oposición del jefe de Tesla a los aranceles era egoísta (lo cual, de hecho, es).

A pesar del inevitable fracaso de los aranceles como solución para reindustrializar Estados Unidos, Trump parece decidido a seguir adelante con su estrategia proteccionista. Esto solo puede desencadenar una nueva recesión tanto en EE. UU. como en las principales economías. Es un desencadenante porque las principales economías ya se habían ralentizado, incluso EE. UU.

El índice de actividad manufacturera (PMI) lleva más de dos años en territorio de contracción, mientras que los ingresos ajustados a la inflación de los estadounidenses no han aumentado tras la pandemia (solo un 1 % en los últimos cinco años, según la medición de los ingresos semanales medios reales). El modelo GDP Now de la Reserva Federal de Atlanta, muy seguido, prevé que el crecimiento económico de EE. UU. en el primer trimestre que finaliza en marzo se contraiga un 1,4 %, con una desaceleración de las ventas nacionales hasta solo un 0,4 % anualizado. JPMorgan ha recortado su previsión de PIB para 2025 del +1,3 % al -0,3 %, y se prevé que el desempleo aumente hasta el 5,3 %.

La Reserva Federal de EE. UU. también está perdiendo la «guerra contra la inflación». El objetivo de la Reserva Federal es una inflación de precios del gasto en consumo personal (PCE) de EE. UU. del 2 % anual. En febrero, el PCE se mantuvo en el 2,5 % y el PCE subyacente (excluidos los precios de los alimentos y la energía) aumentó hasta el 2,8 % anual. Como señalé el pasado mes de febrero, en las principales economías se percibe un creciente olor a estanflación, es decir, un crecimiento bajo o nulo junto con una creciente inflación de precios. Y el impacto de las subidas de los aranceles de importación de Trump aún no se ha dejado sentir.

De hecho, la Reserva Federal de EE. UU. se encuentra ahora en un serio dilema: ¿debe mantener estables los tipos de interés para intentar controlar la inflación o bajarlos para intentar evitar una recesión? Los precios en las tiendas estadounidenses pronto subirán bruscamente debido a los bienes de consumo importados de Asia, incluidos el cuero y la ropa. Es probable que los teléfonos inteligentes, las computadoras portátiles y las consolas de videojuegos se vuelvan más caros para los consumidores estadounidenses, sobre todo porque muchos de los aranceles más altos de Trump se centran en países como Vietnam y Taiwán. Los precios del arroz aumentarán un 10,3 % en los próximos meses, según el Yale Budget Lab. El grupo de expertos también prevé un aumento del 4 % en el precio de las verduras, frutas y frutos secos, muchos de los cuales se importan de México y Canadá. En general, el Yale Budget Lab estima que los hogares estadounidenses gastarán una media de 3800 dólares más cada año a partir de 2026 como resultado de la inflación inducida por los aranceles.

Y en la calle, como la llama Trump, las empresas estadounidenses están incumpliendo los préstamos basura al ritmo más rápido en cuatro años, mientras luchan por refinanciar una ola de préstamos baratos que siguió a la pandemia de Covid. Debido a que los préstamos apalancados (préstamos bancarios de alto rendimiento que se han vendido a otros inversores) tienen tipos de interés variables, muchas de esas empresas se endeudaron cuando los tipos eran ultrabajos durante la pandemia y desde entonces han sufrido los elevados costes de los préstamos en los últimos años. Ahora sus beneficios se verán aún más afectados por los aranceles mientras los tipos de interés se mantengan altos.

Por lo general, cuando se avecina una recesión, los precios de los bonos del Estado suben, ya que los inversores buscan un «refugio seguro» ante una caída de la bolsa. Pero esta vez, los precios de los bonos y el tipo de cambio del dólar también están cayendo, a medida que se imponen los temores a una subida de la inflación y las preocupaciones sobre la seguridad de mantener activos en dólares. La caída de los mercados bursátiles y de bonos presagia la gran caída de la producción y el empleo en EE. UU. y otros lugares (se estima que la tasa de crecimiento real del PIB de China, actualmente del 5 % anual, podría reducirse en 2 puntos porcentuales; en otros países será aún peor). Y una caída de la «economía real» provocará una nueva caída de los activos financieros.

Trump y su equipo MAGA creen que todas estas conmociones son un precio que vale la pena pagar para restaurar la hegemonía manufacturera de EE. UU. Una vez que se asiente el polvo, Estados Unidos volverá a ser grande, argumentan. La destrucción del comercio mundial tendrá un resultado «creativo» (al menos para Estados Unidos). Pero esto es una ilusión. La hegemonía del imperialismo estadounidense se ha ido debilitando desde Nixon en 1971 o Volcker en 1985. La recesión de Trump solo confirmará esa tendencia."

(

10.4.25

El delirio arancelario contra China sólo puede conducir al desastre. Antes de la escalada de 50 por ciento, los fabricantes estimaban que los aranceles encarecerán en al menos 37 por ciento la ropa y calzado, 30 por ciento los videojuegos, 27 por ciento los teléfonos celulares, 22 por ciento los materiales de construcción y 10 por ciento los equipos de diagnóstico médico... China provee al mundo casi 30 por ciento de los ingredientes crudos utilizados en la fabricación de medicamentos esenciales, un tercio de las mascarillas desechables y casi todos los guantes de plástico empleados en el sector sanitario... Estados Unidos ya es el país con los costos de atención médica más elevados... En cuanto a la posibilidad de suplir las importaciones con producción nacional, vale señalar que en Estados Unidos se necesitan hasta 10 años –y nunca menos de cinco– para construir una nueva planta farmacéutica... Como ilustra el ejemplo anterior, abrir una guerra comercial contra la mayor potencia industrial del planeta es arriesgado; hacerlo sin ningún tipo de preparación es pura estulticia (Editorial de La Jornada)

 "El gobierno de Donald Trump continúa a toda máquina la destrucción de la economía y el tejido social estadunidense. Ante el rechazo de Pekín a aceptar en silencio la imposición de aranceles de 54 por ciento (34 establecido la semana pasada sobre el 20 vigente con anterioridad) a sus exportaciones hacia Estados Unidos, el magnate dobló la apuesta con una tarifa adicional que elevará hasta 104 por ciento el recargo a las mercancías chinas. Mañana entrarán en vigor los aranceles de 34 por ciento a algunos productos estadunidenses establecidos por la potencia asiática en respuesta al embate trumpiano, y también se espera que la administración de Xi Jinping fije su postura frente a la nueva andanada. (...)

 El delirio arancelario contra China sólo puede conducir al desastre. Antes de la escalada de 50 por ciento, los fabricantes estimaban que los aranceles encarecerán en al menos 37 por ciento la ropa y calzado, 30 por ciento los videojuegos, 27 por ciento los teléfonos celulares, 22 por ciento los materiales de construcción y 10 por ciento los equipos de diagnóstico médico, por mencionar sólo algunos rubros en que se verán afectados los consumidores estadunidenses. El último de los enlistados es muy significativo en tanto que Estados Unidos ya es el país con los costos de atención médica más elevados y también se verá sometido a alzas por otros conceptos: China provee al mundo casi 30 por ciento de los ingredientes crudos utilizados en la fabricación de medicamentos esenciales, un tercio de las mascarillas desechables y casi todos los guantes de plástico empleados en el sector sanitario. En cuanto a la posibilidad de suplir las importaciones con producción nacional, vale señalar que en Estados Unidos se necesitan hasta 10 años –y nunca menos de cinco– para construir una nueva planta farmacéutica y hacerla cumplir con los requisitos regulatorios. Como ilustra el ejemplo anterior, abrir una guerra comercial contra la mayor potencia industrial del planeta es arriesgado; hacerlo sin ningún tipo de preparación es pura estulticia."

 (Editorial de La Jornada, diario mexicano, 09/04/25)