"Dice el historiador granadino Miguel Ángel del Arco Blanco en el epílogo de La hambruna española (Crítica,
2025) que «lo que sucedió en la posguerra española no fue solo hambre,
sino una auténtica hambruna homologable a las acaecidas en Europa y en
el mundo. Pese a la negación de su existencia por parte del franquismo,
este libro prueba que tuvo lugar, la identifica, explica sus causas,
quiénes fueron sus víctimas y cuáles fueron sus consecuencias».
El libro tiene todo lo que debe tener uno de historia: documentación y
rigor, pero también pasión humanista. En él habla Del Arco, pero se
escucha también la voz de los hambrientos de 1939-1942 y 1946, un ciclo
atroz que segó las vidas de más de 200.000 españoles. El franquismo pudo
evitar esas muertes, pero no quiso. Charlamos por teléfono con el
autor.
Miguel Ángel: con tu libro, ha sido la primera vez que he
leído llamar “hambruna” al hambre española de los años cuarenta.
Argumentas muy convincentemente por qué hay que hacerlo así. Pero la
primera aportación novedosa del libro es esa: su mismo título, ponerle
nombre a lo que no lo tenía, una hambruna como la irlandesa, la bengalí o
la ucraniana.
Esa es la principal aportación del libro, sí: releer todo lo que pasó
en los años cuarenta e identificar y explicar que esto fue una hambruna
con unas características muy similares a las que vivió Europa en el
siglo XX o el XIX.
Una hambruna deliberada, que podía haberse evitado, pero el franquismo no quiso evitar.
Generada por manos humanas, sí; por decisiones políticas, igual que
las grandes hambrunas del siglo XX: la Gran Hambruna de Mao en China, el
Holodomor ucraniano, otras hambrunas que tuvieron lugar en la Unión
Soviética, la hambruna de los Países Bajos o antes la irlandesa. Siempre
hay condicionantes, pero las decisiones políticas fueron claves en
fomentarlas y, una vez que llegaron, en agravarlas.
Un ejemplo elocuente de las varias maneras con las que el
franquismo provocó el hambre es aquella pugna de entonces entre el
Auxilio Social de Mercedes Sanz-Bachiller y la Sección Femenina de Pilar
Primo de Rivera. El Auxilio Social, con ser una institución fascista,
tenía una mayor honestidad humanitaria: dar de comer a quien fuera y
como fuera. La SF, en cambio, condicionaba el reparto de alimento a
criterios políticos y de adoctrinamiento. Y acabó ganando la partida.
Mercedes Sanz-Bachiller, que evidentemente tenía una ideología
fascista, estaba más cercana al Auxilio de Invierno nazi y consideraba
que lo importante era asegurar el alimento para todos los españoles, a
cambio de nada, bajo un principio de justicia. Pero esa batalla, como
bien dices, la gana Pilar Primo de Rivera, que es una Falange mucho más
conservadora, menos revolucionaria, si me permites el término, y
que considera que el reparto de alimento es un gran instrumento para
adoctrinar y reeducar a los españoles.
Sus usuarios son fundamentalmente los vencidos y sus hijos. Y para
Pilar Primo de Rivera, lo importante no era darles comida, sino que
hubiera una serie de rituales alrededor: el rezo antes y después de
comer, los retratos de Franco y José Antonio y toda otra simbología en
las paredes, los himnos… Los vencidos no querían enviar a sus hijos al
Auxilio Social, porque eran conscientes de que era eso: un espacio de
adoctrinamiento. Aquellos que habían dado un golpe de Estado y habían
provocado la guerra civil, ahora utilizaban el alimento para reeducar a
sus hijos. Muchos acabaron enviándolos allí con muchísima pena, porque
estaba la vida de sus hijos en juego. En el libro recojo un poema
demoledor sobre esto.
Hay mucha poesía, en el libro. Es otra de sus virtudes. ¿A qué poema te refieres ahora?
A ese poema de Joan Margarit que se titula Casa de misericordia
y que recrea a una mujer a la que han fusilado a su marido y que tiene
que escribir una carta pidiendo por favor que acojan al niño en el
Auxilio Social. Es desgarrador y recrea perfectamente lo que tuvo que
ser aquello. No obstante, había diferencias. En el libro también comento
que el propio régimen reconocía que había comedores del Auxilio Social
donde comían vencidos e hijos de vencidos y comedores de Auxilio Social
adonde no iban hijos de vencidos, y en estos últimos se daba más comida;
o cómo los propios funcionarios decían: “Primero, que coman estos, y
luego los otros”. La victoria marcó al país profundamente.
[Buscamos el poema de Margarit en el libro al transcribir la
entrevista. Dice así: “El padre fusilado. / O, como dice el juez,
ejecutado. / La madre, ahora, la miseria, el hambre, / la instancia que
le escribe alguien a máquina: / Saludo al Vencedor, Segundo Año
Triunfal, / Solicito a Vuecencia poder dejar a mis hijos / en esta Casa
de Misericordia”.]
El libro desacredita los tres o cuatro mitos con los que el
franquismo trató de excusar el hambre y su responsabilidad en ella. Uno
de ellos es el ostracismo internacional. A la dictadura se le ofreció
ayuda cuantiosa que rechazó.
Es uno de los puntos del libro de los que más orgulloso estoy. Sí: el
franquismo puso la ideología por encima de la necesidad. Por un lado,
quería monopolizar la ayuda humanitaria que se diera, y entonces
desincentivó la de los cuáqueros, que acabaron yéndose del país. El
franquismo les hizo la vida imposible y acabaron yéndose. Eso me
sorprendió. La ayuda debían prestarla el Auxilio Social y Falange. Cada
vez que se conquistaba una ciudad durante la guerra, aparecían sus
chicas dando pan. La dictadura hacía lo mismo que está haciendo ahora
Netanyahu en Gaza: aquí entra la ayuda humanitaria que diga yo, y la
damos nosotros como queramos y donde queramos, para mover a la población
a un lado o al otro, o decidiendo que coman estos y que no coman los
otros.
A veces se condicionaba la aceptación de alguna oferta de
ayuda internacional a eso: me mandáis las cajas de alimentos, pero las
reparto yo, con mis Cara al sol y mis retratos de Franco. Pero es que otras ofertas directamente se rechazaron.
Hubo, por ejemplo, un intento de la Cruz Roja americana de enviar no
sé si veinte mil cajas de leche en polvo, te hablo de memoria. Media el
embajador en Washington, Cárdenas, y es curioso cómo Serrano Súñer lo
rechaza. Responde que gracias, pero que la situación de hambre en España
no es para tanto. ¡La gente se estaba muriendo de hambre, literalmente!
¿Qué pasaba? Que Serrano era un pronazi que quería que España entrara
en la guerra, y una ayuda de la Cruz Roja estadounidense resultaba
problemática en ese sentido. Puso el interés de los ciudadanos por
debajo del interés político del régimen.
Te ocupas en el libro de otra dimensión del franquismo en la
que hacemos poco énfasis: su profundísima corrupción. El dictador y el
régimen propagaron de sí mismos una imagen de austeridad y falta de
ánimo de lucro que cuesta poco trabajo demostrar que era falsa. Pero la
propagaron con tanto ahínco que ese mito sigue permeando incluso a gente
de izquierdas que, cuando piensa en la dictadura y habla de ella, se
fija sobre todo en su carácter represivo, y pocas veces en su carácter
corrupto. Eso también jugó un papel en la hambruna.
Bueno, es que ya está bien. Clama al cielo. No lo digo yo, lo dicen
los teóricos políticos, los economistas, los sociólogos… Las dictaduras
siempre son más corruptas que las democracias, porque no hay
transparencia, ni división de poderes, ni rendición de cuentas. La cosa
se cae por su propio peso. ¿Por ser españoles tenemos una historia
exclusiva? Para nada. Está demostradísimo que la cultura del franquismo
era el pelotazo. Tenemos escándalos desde los años cuarenta hasta poco
antes de la muerte de Franco, en la etapa del desarrollismo. Y en los
cuarenta se juega con el hambre del prójimo, sí.
En la corrupción del hambre está implicado desde el propio Franco,
cuando vende de estraperlo el café que le mandan de Brasil, hasta su
hermano, sus ministros… Cuando le dicen a Franco que el general Saliquet
tiene una fábrica de jabones clandestina, en la que usa grasas de
estraperlo, dice: “A mí dejarme en paz”. Esa permisividad era una forma
de comprar a los gobernadores civiles. El de Mallorca acabó siendo
cesado y hasta se tuvo que ir al exilio, de la que había montado. Los
alcaldes, los falangistas, todo el mundo está comprado, de arriba abajo.
Y todo el mundo apoya el régimen de Franco, que reparte el botín y les
permite que hagan su agosto.
Amartya Sen ya lo demostró hace tiempo estudiando la hambruna
bengalí: el problema de la hambruna no es que no haya comida; es que la
hay, pero la gente no puede acceder a ella. En España, la inflación era
tan grande, los precios del mercado negro eran tan altos, que mucha
gente no podía acceder a alimentos que sí había. Con un jornal de
jornalero de seis pesetas al día, alimentar a tu familia era complicado
si el pan oficial valía dos pesetas, pero ni siquiera lo encontrabas, y
lo tenías que comprar de estraperlo a cuatro o cinco veces más el precio
original. Imagínate lo que era eso. Mucha gente se murió de hambre
porque no podía pagar esos precios.
Tener a la gente hambrienta también servía para aplacar el
descontento. Las autoridades franquistas de Álava llegaron a decir
literalmente: “Si estos desgraciados comieran, el
número de protestas aumentaría, pero de momento los estómagos vacíos
mantienen a la gente callada”. Los hambrientos pueden hacer una
revolución; los famélicos, no.
Lo dice al final de sus memorias un preso republicano al que cito en
el libro, Eduardo de Guzmán. El pasó por el campo de Los Almendros, en
Alicante, después de haber pasado por el de Albatera. Era un periodista
anarquista, muy formado, muy consciente políticamente. Reflexiona que el
hambre deshumaniza, convierte a las personas en bestias, y dice: la
revolución de los hambrientos se acaba en la panadería de la esquina.
Demoledor.
Una cosa que yo quería con el libro también era tirar abajo los muros
de las cárceles y los campos de concentración. Esa gente sufrió la
hambruna especialmente. El caso de Miguel Hernández es especialmente
significativo. A mí me llamó mucho la atención cómo la represión, la
violencia física, se cruzaba con el hambre. También lo cuento ahí:
cuando Miguel Hernández –una víctima más de la hambruna, que al estar
debilitado primero tiene tifus y luego la tuberculosis que lo mata;
todas las caras de la hambruna pasan por este hombre cuya hambre se
reflejó también en su poesía–, cuando Miguel Hernández, digo, muere, su
familia no lo puede velar. Lo llevan al cementerio, pero no lo pueden
velar, porque en el cementerio, en 1942, todavía estaban fusilando
gente. Las dos violencias coinciden en el tiempo.
Yo no sabía, y lo he leído en tu libro, que a Miguel
Hernández el régimen le ofreció muchas veces una reducción de condena o
incluso ser liberado si escribía poemas a favor del franquismo. El
régimen no quería otro García Lorca, otro mártir, y pensaba que incluso
podía aprovechar el talento de este otro poeta a su favor. Miguel
Hernández siempre dijo que no. En su hambre mandaba él.
Sí. Es una cosa que, ¡fuf!, pone los pelos de punta. Los momentos más
especiales para mí al escribir este libro fueron esos; descubrir todo
eso. Cómo empezaron a visitarlo amigos como Cossío o Almarcha, que
incluso al borde de la muerte le ofrecieron ser trasladado al sanatorio
de tuberculosos, y cómo él se mantuvo en sus trece, con esa integridad.
Es otro caso en el que ves que lo que pasaba con esta gente era una
decisión completamente deliberada.
Otro de los mitos del franquismo sobre el hambre que
desacreditas es el de la “herencia recibida” de “los rojos”. La
destrucción causada por la guerra –una guerra que, en todo caso, no
empezaron los rojos– no fue tanta como se cree.
No, no fue tanta. Eso requeriría solo un libro. Yo he bebido del
trabajo de muchísimos historiadores; no me lo estoy inventando. Ya se ha
demostrado que tanto la industria, como la agricultura, como incluso la
marina mercante, no sufrieron tanto. Cuando cae el Frente Norte, los
republicanos no destruyen la industria del País Vasco y Asturias, ni los
franquistas la han bombardeado. Lo mismo pasa en Cataluña: cuando se
van los republicanos, no destruyen tejido industrial. Por lo tanto, esa
no es una explicación del hambre.
En cuanto a la agricultura, el bando franquista no pasó hambre. De
hecho, hay muchas provincias que fueron las más castigadas por el hambre
–Cádiz, Huelva, las extremeñas…– que durante la guerra estuvieron en
manos franquistas. Así que no es razonable echarle la culpa a los
republicanos. La destrucción afectó sobre todo a la vivienda, y los que
más la pagaron fueron las clases bajas, claro.
Lo que yo digo es que la guerra no puede ser obviada, pero que el
factor principal es posbélico. Son esos hombres y mujeres que se van al
exilio, que son castigados, que acaban en campos de concentración y
cárceles, etcétera, etcétera, y que dejan de producir, por ejemplo.
También hay otra cosa: el bando republicano sí pasó hambre, sobre todo
desde el año 38. No hubo hambruna, pero sí hambre, y eso preparó los
cuerpos para que, cuando la hambruna llegara, fueran más vulnerables. La
guerra es importante para explicar la hambruna, pero con la guerra solo
no se explica todo lo sucedido durante más de una década, en un país
cuya economía no levanta cabeza. Si lo comparas con otros países, ves
que en Francia y Alemania, después de la segunda guerra mundial –que sí
lo arrasó todo–, la industria ya funciona a pleno rendimiento al segundo
año.
El libro también está lleno de historias personales, extraída
de esa memoria oral que guardó el recuerdo de aquella hambruna
silenciada. Todos –al menos todos los que tenemos un árbol genealógico
poblado de pobres y vencidos– hemos escuchado alguna de esas historias.
En mi familia se cuenta que mi bisabuela compraba un pan para sus cinco
hijos, se lo daba y solo comía lo que ellos dejaban: si eran nada más
que unas pocas migas, esas pocas migas era lo que comía. Y que un día
uno de los niños se comió un pan entero que encontró desatendido, y
aunque había dejado sin comer a sus padres y sus hermanos, su madre no
fue capaz de reñirle. Venimos de ahí.
Esa memoria ha estado flotando en distintas generaciones. Lo ves en
la literatura, el cine, las novelas, la poesía… Y también en todos esos
testimonios. Yo he entrevistado como a veinte personas, y cuentan cómo
el hambre se convirtió en algo esencial, y cómo las mujeres fueron
claves para sacar a la familia adelante y conseguir suficiente para
comer. Todos aquellos platos imposibles, inventados, todas esas maneras
de llamar de una forma normal a algo que no era normal, para poder
comérselo. Los derivados, los animales que no formaban parte de la dieta
y de repente tuvieron que formar parte.
«Dar gato por liebre» es una expresión que viene de esa época.
Eso es. Y mira, aquí ves también dos cosas. La historia siempre es
compleja. Ves cómo las sociedades, a veces, saltan por los aires; cómo
el hambre deshumaniza y cómo a veces hay incluso robos dentro de la
propia familia, o entre amigos. La situación tuvo que ser extrema. Pero
también surge la solidaridad. Escuché muchas historias de padres que
comían después de los hijos, o lo contrario: el padre era el primero que
comía, porque era el que traía el salario y tenía que estar fuerte, y
los demás se repartían lo que quedaba.
Las madres siempre se sacrificaban: ese es un patrón constante, lo
ves una y otra vez. O los presos: encontré un caso de unos presos padre e
hijo, que el padre renunció a comer en favor del hijo, porque no había
suficiente, y cuando el padre se debilitó y el hijo quiso hacerlo al
revés, renunciar a comer él para que comiera el padre, ya no pudo,
porque la situación del padre había degenerado ya demasiado, y se
murió.
Todas esas cosas son alucinantes y demuestran que también hay
solidaridad. Entre familiares o dentro de las comunidades; la gente que
pasaba por las casas a pedir comida y se la daban, o la gente que
compartía o que fiaba para que se pudiese comer. Esas historias de
superación personal y comunitaria merecían ser contadas. Muchos
españoles estuvieron a la altura, y si no lo hubieran estado, habría
habido muchas más víctimas. Esa historia que me cuentas encaja como un
guante en todo esto.
La hambruna se acabó. Pero dejó una estela. Siempre he
pensado que, detrás de ese mito popular entrañable de la abuela que te
atiborra de comida, que a todos nos arranca una sonrisa, había algo muy
siniestro. Esa abuela pasó hambre y se le quedó para siempre, grabada en
la cabeza, la idea de que, cuando se puede comer, tienes que comer todo
lo que puedas, porque nunca sabes si mañana podrás.
Es que es curioso, ¿no? Siempre hemos tenido ese latiguillo, y en el
fondo pensábamos “qué pesada la abuela”. No nos dábamos cuenta de lo que
había detrás, que era un sufrimiento y una superación y en el fondo un
amor a nosotros. Yo recuerdo a mi madre llenando la despensa con cosas
que no necesitaba. O el gesto este que rescata Almudena Grandes en una
novelilla que se llama Los besos en el pan, que yo compré
esperando algo sobre la posguerra, pero que en realidad son historias de
la crisis de 2007. La introducción es una auténtica maravilla y cuenta
lo de los besos en el pan cuando se caía al suelo. Mi abuela lo hacía.
Lo cogía del suelo, le daba un beso y te lo daba, como diciendo: “Ya
está bendecido”. No se podía tirar absolutamente nada. "
(Entrevista a Miguel Ángel del Arco, Pablo Batalla Cueto , La Marea, 18/09/25)