Mostrando entradas con la etiqueta b. Neoliberalismo: final. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta b. Neoliberalismo: final. Mostrar todas las entradas

14.6.26

El Informe sobre Justicia Global es un plan a la vez ambicioso y moderado. Ambicioso al mostrar cómo se podría lograr la prosperidad global y resolver la crisis climática; pero es moderado, ya que, ¡no se podrá lograr hasta dentro de 75 años! Un tiempo muy largo para varios miles de millones de seres humanos y las especies del planeta... El objetivo es que la renta nacional mensual per cápita en todo el mundo converja hasta alcanzar los 5000 € en todos los países... Casi el 90 % de la población mundial duplicaría sus ingresos trabajando aproximadamente la mitad de horas. El calentamiento global se limitaría a 1,8 °C para 2100, en lugar de acelerarse hasta superar los 4 °C... Los fondos recaudados provendrían de un impuesto global sobre el patrimonio (que aumentaría del 0 % para quienes posean 10 veces la riqueza media mundial, hasta el 20 % anual para los multimillonarios) y de un impuesto global sobre la renta (que alcanzaría el 90 % en los tramos más altos), ambos dirigidos a alrededor del 1 % de la población mundial... ¿Qué gobierno del G7 en el mundo está dispuesto a adoptar tales políticas? Ninguno... Al contrario, los gobiernos han bajado los impuestos a los ricos y a las empresas y los han subido al resto... ¿Qué falta aquí? El capitalismo va a seguir existiendo. Los propietarios del capital —los bancos, las empresas energéticas, las empresas tecnológicas y de medios de comunicación, las grandes farmacéuticas y sus propietarios multimillonarios— no van a ser expropiados... la desigualdad no es el resultado de nuestras políticas, instituciones y estructuras de gobernanza, sino el resultado de la propiedad privada del capital y de unos gobiernos dedicados a mantener su poder y su riqueza. Si eso no cambia, la desigualdad de ingresos y riqueza a nivel mundial y nacional persistirá y seguirá empeorando, y el cambio climático alcanzará puntos de inflexión irreversibles (Michael Roberts)

"El pasado fin de semana, el World Inequality Lab (WIL) organizó la tercera edición de su Conferencia Mundial sobre la Desigualdad, celebrada en la Escuela de Economía de París.

El WIL aloja y mantiene la Base de Datos Mundial sobre Desigualdad, una base de datos de acceso libre sobre la desigualdad global. Probablemente los miembros más famosos del equipo del WIL sean sus directores, Thomas Piketty y Gabriel Zucman, el primero por su obra magna El capital en el siglo XXI y sus libros posteriores.

La conferencia contó con asistentes de 58 nacionalidades diferentes y se centró en la presentación del Informe sobre Justicia Global del WIL.  En el discurso de apertura se constató que aunque la desigualdad global ha disminuido drásticamente desde que Keynes planteó la posibilidad de resolver el "problema económico" de lograr prosperidad y ocio para todo el mundo, el problema económico persiste. El mundo sigue enfrentándose a "desigualdades crudas y crecientes y a una crisis medioambiental cada vez mayor" (nótese la ausencia de referencia a las crisis regulares y recurrentes de producción e inversión).  Pero el "problema económico" puede resolverse con "escenarios concretos y alcanzables", y el futuro puede no ser "una distopía tecnológica, sino una de prosperidad para todos: una utopía" (Piketty).

En el informe, los autores afirman "plantear una nueva visión para el progreso global en el siglo XXI: basar el desarrollo humano y la igualdad en la habitabilidad del planeta". Un plan en mi opinión, a la vez ambicioso y moderado. Es ambicioso al mostrar cómo se podría lograr la prosperidad global y resolver la crisis climática; pero también es moderado, ya que, según los autores, ¡no se podrá lograr hasta dentro de 75 años! Un  tiempo muy largo para varios miles de millones de seres humanos y las especies del planeta.

El informe establece algunos objetivos clave. El objetivo es que la renta nacional mensual per cápita en todo el mundo converja hasta alcanzar los 5000 € en todos los países, cerrando así una brecha de 16 veces.

Para lograrlo, la participación de la mitad más pobre de la riqueza mundial debe aumentar del 2 % al 30 %, mientras que la participación de la clase multimillonaria a nivel mundial debe reducirse del 6 % al 0,05 %. Casi el 90 % de la población mundial duplicaría sus ingresos trabajando aproximadamente la mitad de horas de las que trabaja hoy en día. El calentamiento global aumentaría desde su media actual de 1,5 °C por encima de los niveles preindustriales, pero se limitaría a 1,8 °C para 2100, en lugar de acelerarse hasta superar los 4 °C según las tendencias macroeconómicas y políticas de referencia previstas.  Así pues, el objetivo es: la igualdad global de ingresos, el fin del calentamiento global, una reducción de la jornada laboral para todos y todas, una mejora masiva de los sistemas educativos y sanitarios, la reforestación y el fin de la agricultura industrial.

¿Cómo se lograría esto? Se crearía un Fondo de Justicia Global que recaudará fondos suficientes para realizar un gasto anual equivalente, de media, al 10,3 % del PIB mundial durante el periodo 2026-2060 —un aumento enorme respecto al gasto actual de los organismos internacionales y los gobiernos, que apenas alcanza el 0,4 % del PIB al año—.

Parte de los fondos recaudados y de los ingresos posteriormente reinvertidos se destinarían a un Fondo Soberano Mundial equivalente al 60 % del PIB mundial. Los fondos recaudados provendrían de un impuesto global sobre el patrimonio (que aumentaría del 0 % para quienes posean 10 veces la riqueza media mundial, hasta el 20 % anual para los multimillonarios) y de un impuesto global sobre la renta (que alcanzaría el 90 % en los tramos más altos), ambos dirigidos a alrededor del 1 % de la población mundial. Básicamente, los ingresos de los multimillonarios se reducirían drásticamente mediante la fiscalidad y luego se redistribuirían. El impuesto global sobre el patrimonio significaría que la participación del 50 % más pobre en la distribución de la riqueza mundial pasaría del 2 % actual a alrededor del 30 % en 2100, un aumento de 15 veces, mientras que la participación en la riqueza de la clase multimillonaria mundial se reduciría del 6,4 % al 0,05 %, una disminución de más de cien veces. El Fondo de Justicia Global estaría controlado democráticamente por los gobiernos nacionales con un poder de voto proporcional a la población.

Los autores estiman que no sería posible una convergencia global hacia un nivel superior a los 5000 euros al mes y, al mismo tiempo, mantener el calentamiento global dentro de un presupuesto de carbono de 2 °C. Por lo tanto, se trata de una disyuntiva. El informe rechazó un escenario burdo de "decrecimiento", es decir, aquel en el que toda la población de los países ricos del Norte global sufre una pérdida de ingresos para ayudar a aumentar los ingresos de los del Sur global. Los autores consideran que pueden cuadrar ese círculo redistribuyendo la riqueza y los ingresos dentro de los países del Norte global, de los multimillonarios a la mayoría, y también reduciendo las horas de trabajo mediante el aumento de la productividad y una mayor inversión en educación y salud. Concluyen que "la suficiencia selectiva puede ser más eficaz que el decrecimiento agregado. Por ejemplo, un objetivo de PIB per capita de 60 000 euros, con un gran cambio en el consumo hacia sectores inmateriales, un cambio en los hábitos alimentarios y la reforestación implícita, conduce a un aumento de la temperatura de 1,8 °C en 2100, es decir, menos que los 1,9 °C asociados a un gran decrecimiento uniforme (15 000 euros para todo el mundo en 2100) pero sin suficiencia ni transformación estructural". Al mismo tiempo, la producción de combustibles fósiles se eliminaría gradualmente y se sustituiría por completo por energías renovables para reducir los daños del calentamiento global.

¿Qué podemos concluir de esto? ¿Son viables, económica y políticamente, estos objetivos de igualdad global y de limitar el calentamiento global por debajo de los 2 °C? Los economistas dominantes no han tardado en desacreditar el informe. Noah Smith, un conocido comentarista económico, calificó el informe de "descabellado y una completa tontería".  Según Smith, la afirmación del informe de que el calentamiento global alcanzará los 4 °C a finales de siglo está desfasada y es tremendamente exagerada, solo para que Piketty y sus amigos puedan justificar su "excesivo" impuesto sobre el patrimonio.

Smith continúa diciendo que el informe aboga por el "proyecto político inviable" del decrecimiento (lo cual no es cierto, como se ha explicado anteriormente) y prevé "una planificación económica global que haría palidecer al Gosplan". "Aún más ridículo es que Piketty prevea una autoridad fiscal global para llevar a cabo este plan demencial mediante una fiscalidad global".  Desde el punto de vista del capital y de los superricos, Smith tiene razón: para alcanzar incluso estos modestos objetivos (igualdad global y control climático para finales de siglo) se necesitaría una planificación global y cooperación internacional. Smith lo considera "una locura", pero no ofrece ninguna alternativa a la locura actual de seguir destruyendo el planeta y permitir que la pobreza y la desigualdad no dejen de aumentar.

Mi propia crítica al informe es que se basa en la distribución a posteriori, no en la predistribución, es decir, en la propiedad y el control colectivos del poder corporativo. Las respuestas políticas que ofrece el informe son: redistribuir los ingresos mediante una fiscalidad progresiva y transferencias sociales, más inversión pública en educación y salud y un sistema monetario global. ¿Qué falta aquí? No hay ninguna política para cambiar radicalmente la estructura socioeconómica de la economía mundial. En efecto, el capitalismo va a seguir existiendo. Los propietarios del capital —los bancos, las empresas energéticas, las empresas tecnológicas y de medios de comunicación, las grandes farmacéuticas y sus propietarios multimillonarios— no van a ser expropiados. En su lugar, simplemente debemos gravarles con fuertes impuestos y los gobiernos deben unirse para utilizar el dinero recaudado en invertir en necesidades sociales. Así pues, la política consiste en la redistribución de la desigualdad existente en los ingresos y la riqueza, no en la predistribución, es decir, en cambiar la estructura social que engendra estas desigualdades extremas, a saber, la propiedad privada de los medios de producción.

Una élite muy reducida posee los medios de producción y las finanzas, y así es como se apropia de la mayor parte, y más aún, de la riqueza y los ingresos. Y la concentración de la riqueza tiene que ver realmente con la propiedad del capital productivo, los medios de producción y las finanzas. Es el gran capital (financiero y empresarial) el que controla las decisiones de inversión, empleo y finanzas del mundo. Un núcleo dominante de 147 empresas, a través de participaciones entrelazadas en otras, controla conjuntamente el 40 % de la riqueza de la red global. Un total de 737 empresas controlan el 80 % del total.

Esta es la desigualdad que importa para el funcionamiento del capitalismo: el poder concentrado del capital. Y dado que la desigualdad de riqueza se deriva de la concentración de los medios de producción y las finanzas en manos de unos pocos, que esa estructura de propiedad permanece intacta, cualquier política redistributiva basada en el aumento de los impuestos sobre la riqueza y los ingresos siempre se quedará corta a la hora de resolver el "problema económico".

Llegados a este punto, a menudo se argumenta que la propiedad pública de las finanzas y de los sectores clave de las principales economías del mundo es imposible y utópica —nunca sucederá a menos que se produzca una revolución popular—, lo cual, a su vez, nunca sucederá.  Mi respuesta sería que la adopción de políticas supuestamente menos radicales, como la fiscalidad progresiva y/o un cambio radical en la inversión pública, o la cooperación global para romper la transferencia de valor e ingresos del Sur Global a la élite rica del Norte Global, son igual de "utópicas".   Y, de hecho, esa es la opinión de economistas procapitalistas como Noah Smith.

¿Qué gobierno del G7 en el mundo está dispuesto a adoptar tales políticas? Ninguno. ¿Cuánto se han acercado a adoptar alguna de las políticas del informe en los últimos diez o veinte años? Nada en absoluto. Al contrario, los gobiernos han bajado los impuestos a los ricos y a las empresas y los han subido al resto, mientras que la inversión pública en necesidades sociales ha disminuido.  ¿Existe alguna cooperación global para poner fin a la explotación por parte de las multinacionales y los bancos en el Sur Global o para acabar con la producción de combustibles fósiles y los jets privados?

Los autores del informe afirman: "La desigualdad es una elección política. Es el resultado de nuestras políticas, instituciones y estructuras de gobernanza".  Pero la desigualdad no es el resultado de nuestras políticas, instituciones y estructuras de gobernanza, sino el resultado de la propiedad privada del capital y de unos gobiernos dedicados a mantener su poder y su riqueza. Si eso no cambia, la desigualdad de ingresos y riqueza a nivel mundial y nacional persistirá y seguirá empeorando, y el cambio climático alcanzará puntos de inflexión irreversibles."

 (Michael Roberts, Viento Sur, 13/06/26, fuente TheNextRecession , gráficos en el original)

31.3.26

Walden Bello: La crisis existencial de la economía convencional... la economía es una profesión que está dividida casi por la mitad según creencias políticas, pero con un lado apuntalado por la estructura de poder, lo que hace que sus puntos de vista sean influyentes pero muy cuestionables. Una mitad de los economistas "se preocupan por la eficiencia y creen en el poder de los mercados para promoverla, La otra mitad también cree en el poder del mercado, pero también se preocupa por la desigualdad y "está dispuesta a usar la redistribución para corregir las fallas del mercado, incluso a expensas de cierta pérdida de eficiencia". Más allá de estas diferencias, toda la profesión debe ser culpada por el problema central de la economía dominante, que es que la disciplina se ha "desvinculado de su base apropiada, que es el estudio del bienestar humano"... Cuando la problemática económica debería ser como Keynes, la definió: "...cómo combinar tres cosas: eficiencia económica, justicia social y libertad individual"... pero tanto economistas conservadores como liberales están fundamentalmente apegados al valor del crecimiento económico, a pesar de que el crecimiento económico se convertido en la causa central de la crisis climática

"De no haber leído Economics in America: An Immigrant Economist Explores the Land of Inequality (Princeton University Press 2023) de Angus Deaton, no habría sabido que uno de los golpes más devastadores a la profesión económica fue propinado por la película Inside Job, que ganó el Oscar al Mejor Documental en 2011. La película, dirigida por Charles Ferguson, intentó explicar la crisis financiera global de 2008 en términos populares, y lo logró, recaudando 7 millones de dólares frente a un presupuesto de 2 millones.

No está mal para un documental, pero muy mal para la economía, ya que algunas de sus figuras más destacadas fueron captadas en cámara negando su papel en la formulación de políticas que desencadenaron la crisis, continuando defendiendo la desregulación que provocó la crisis, pensando que no había nada malo en aceptar honorarios de consultoría de seis cifras de Wall Street y promover políticas que este favorecía, practicando amnesia selectiva o mintiendo descaradamente.

En una escena, Glenn Hubbard, ex presidente del Consejo de Asesores Económicos de George W. Bush y entonces decano de la Escuela de Negocios de la Universidad de Columbia, se molesta y amenaza con terminar la entrevista cuando se le pregunta si como investigador o formulador de políticas ha revelado sus múltiples vínculos con la industria financiera. Esta exhibición de rabietas no fue, sin embargo, tan mala como la respuesta de John Campbell, jefe del Departamento de Economía de la Universidad de Harvard, cuando se le hizo la misma pregunta; simplemente quedó sin palabras.

A diferencia del meteorito que mató a los dinosaurios, Inside Job no destruyó la economía, aunque según el relato de Angus Deaton, "la película hizo un gran daño a la imagen pública de los economistas, quienes fueron vistos como beneficiándose enormemente de una economía que afirmaban investigar de manera neutral y científica."

Una disciplina capturada por intereses especiales

Probablemente no haya nadie mejor calificado para discutir la crisis de la economía dominante que Deaton, uno de los principales expertos en economía de la salud y la desigualdad, ex presidente de la American Economic Association y ganador del Premio Nobel. Es tan representativo de la corriente principal como se puede ser, aunque de la variedad de centro-izquierda, probablemente debido a su formación en Cambridge, que aparentemente no solo produjo espías para la Unión Soviética sino también iconoclastas económicos como Keynes.

Deaton no se anda con rodeos. La profesión se atrajo la calamidad porque una gran cantidad de sus miembros han sido comprados por intereses poderosos para producir investigaciones y propuestas de políticas que los beneficien. Aunque Deaton lo expresaría de manera más mesurada y cortés, ese es esencialmente el tema que recorre este libro. Puede que haya algunos que realmente crean que el mercado sin restricciones es la mejor manera de asignar recursos, pero para la mayoría esa creencia se endulza con el apoyo financiero, en forma de subvenciones y consultorías, de poderosos intereses especiales.

Tomemos el caso del salario mínimo. Experimentos rigurosos realizados por varios investigadores respetados han producido resultados que a estas alturas no deberían generar oposición al hecho de que aumentar el salario mínimo no crea desempleo. Pero la mitad de la profesión todavía cree que sí lo hace, y no hay forma de sacudir esa creencia, cuyo principal financiador es la industria de comida rápida que ve la doctrina falsa como útil para mantener bajos los salarios de sus empleados que preparan hamburguesas.

La atención médica probablemente ha sido el principal campo de batalla sobre política social durante las últimas dos décadas en Estados Unidos, y nadie sabe más sobre la industria de la salud que Deaton, cuyo Premio Nobel se ganó en gran parte por sus estudios sobre la relación entre salud, pobreza y desigualdad. La Ley de Cuidado de Salud Asequible, también conocida como Obamacare, fue, en general, positiva ya que brindó cobertura de seguro a alrededor de 20 millones de personas anteriormente sin seguro, pero fue una victoria pírrica ya que la mejor solución para los costos médicos crecientes, la opción de pagador único o pública, ni siquiera se permitió discutir, y se permitió a las compañías de seguros continuar vendiendo pólizas engañosas a un público desprevenido.

La investigación y la experiencia de los países europeos demuestran claramente que un sistema nacional de salud de pagador único reduciría radicalmente los costos y también mantendría baja la desigualdad porque todos comparten los riesgos de la mala salud y "previenen que las cargas desiguales de la enfermedad se conviertan en desigualdades de ingresos". Entonces, ¿qué impide que se adopte lo que parece ser una solución racional? Una alianza impía entre las compañías de seguros, el establishment médico, la gran industria farmacéutica, políticos en el bolsillo de las empresas y, por supuesto, las legiones de economistas empleados directamente por ellos o pagados como consultores académicos.

En Estados Unidos hoy, la esperanza de vida está cayendo mientras los suicidios, la adicción a las drogas, el alcoholismo y las enfermedades cardíacas aumentan inexorablemente, contrario a las tendencias en otros países del Primer Mundo. Una cosa está clara. El sistema de salud privado terriblemente caro y masivamente ineficiente protegido políticamente no está equipado para lidiar con las "muertes de desesperación" y otras manifestaciones de la crisis de salud en el país más rico del mundo.

La crisis del sistema de salud es solo una de las tendencias que han convertido a Estados Unidos ya no en la tierra de promesa sino de desigualdad. Las brechas en ingresos, salud y bienestar han llegado a ser causadas cada vez más por oportunidades desiguales disponibles para aquellos con educación universitaria y aquellos sin ella. Como Michael Sandel, Deaton argumenta que la meritocracia, que solía verse como un antídoto contra los ingresos, la riqueza y los privilegios heredados, se ha convertido en cambio en una causa importante del aumento de la desigualdad. Aquellos que se han beneficiado de "aprobar el examen" creen que merecen sus privilegios porque los ganaron, mientras ven a aquellos que "reprobaron el examen" como teniendo solo a sí mismos a quien culpar.

Este aumento abrupto de la desigualdad debido a la meritocracia ha tenido consecuencias políticas desestabilizadoras, con aquellos sin títulos universitarios, a quienes Hillary Clinton llamó famosamente los "deplorables", convirtiéndose en la base enojada del Movimiento "Make America Great Again" de Donald Trump.

A pesar de sus consecuencias antidemocráticas, no ha habido falta de economistas que, ya sea por creencia en el mercado, antipatía hacia cualquier tipo de intervención gubernamental o siendo financiados por capitalistas ricos, pueden encontrarse argumentando que la desigualdad no es un problema, como Martin Feldstein, presidente del Consejo de Asesores Económicos de Ronald Reagan, y Greg Mankiw de Harvard.

Del mismo modo, todavía hay muchos economistas de renombre que niegan o minimizan el impacto del cambio climático, como Bjorn Lomborg, Thomas Schelling, Robert Fogel, Douglass North, Jagdish Bhagwati o Vernon Smith.

Una profesión dividida contra sí misma

En resumen, la economía es una profesión que está dividida casi por la mitad según creencias políticas, pero con un lado apuntalado por la estructura de poder, lo que hace que sus puntos de vista sean influyentes pero muy cuestionables. Una mitad de los economistas "se preocupan por la eficiencia y creen en el poder de los mercados para promoverla, y les preocupa que los intentos de interferir con el mercado comprometan la prosperidad actual o futura". La otra mitad, a la que pertenece Deaton, también se preocupa por la eficiencia y cree en el poder del mercado para promoverla, pero también se preocupa por la desigualdad "y está dispuesta a usar la redistribución para corregir las fallas del mercado, incluso a expensas de cierta pérdida de eficiencia".

Más allá de estas diferencias, toda la profesión debe ser culpada por el problema central de la economía dominante, que es que la disciplina se ha "desvinculado de su base apropiada, que es el estudio del bienestar humano". Tanto economistas conservadores como liberales continúan, en otras palabras, enmarcando la economía de la manera en que Lionel Robbins la definió, como la asignación de recursos escasos entre fines competitivos, lo que justificadamente le ha ganado a la disciplina la descripción de ser la ciencia lúgubre. Para ambas escuelas, la eficiencia sigue siendo la consideración principal. Más bien, la problemática económica debería ser, según Deaton, la forma en que su colega economista de Cambridge, Keynes, la definió: "...cómo combinar tres cosas: eficiencia económica, justicia social y libertad individual".

Pero hay otro problema importante, uno que, sorprendentemente, Deaton no ve como un problema, y es que tanto economistas conservadores como liberales están fundamentalmente apegados al valor del crecimiento económico porque "hace posible que todos estén materialmente mejor". Con el crecimiento económico habiendo se convertido en una causa central de la crisis climática, es difícil creer que una mente sensible como la de Deaton pase por alto su relevancia para la crisis de la profesión que por lo demás trata tan brillantemente en este libro. Pero supongo que todos tienen su punto ciego.

Se necesita: Un meteorito más grande

Han pasado unos 16 años desde que Inside Job apareció durante las profundidades de la Gran Recesión y las cosas han empeorado para la profesión. Deaton concluye que la narrativa de la economía dominante está "rota y ha estado rota durante varias décadas", y "ni los economistas conservadores ni los progresistas tienen una solución".

Salvar la economía no va a ser simplemente una cuestión de ajustes teóricos o de políticas sino una revisión total, incluyendo aprender a pensar como sociólogos (algo que yo, como sociólogo, respaldo de todo corazón) y "recuperar el territorio filosófico que solía ser central para la economía".

Deaton tiene razón sobre la escala de la tarea necesaria para hacer que la economía sea relevante para la sociedad contemporánea, pero está siendo optimista o ingenuo ya que todavía está en una minoría de economistas que pueden admitir que su disciplina está en crisis. Mirando hacia atrás al siglo pasado, mi sensación es que la Crisis Financiera Global no fue lo suficientemente fuerte como para hacer que la disciplina entre en razón y que nada menos que un meteorito mucho más grande, como la Gran Depresión de la década de 1930, es necesario para cortar la economía de su servidumbre al capital. 

Un amigo me preguntó si, aunque se ocupa principalmente de la difícil situación de la economía estadounidense, este libro valdría la pena incluir en la lista de lecturas de cursos de pregrado y posgrado en la Escuela de Economía de la Universidad de Filipinas.

Mi respuesta: tiene tantas posibilidades de llegar allí como El Capital de Marx y Engels. – Rappler.com"

(Walden Bello  MEXC, 22/03/26)

13.10.25

Branko Milanovic: ¿Por qué fracasó el neoliberalismo, en sus componentes nacional e internacional? Cuando me reúno con mis amigos baby-boomers, que siguen mostrando un fervor casi intacto por el neoliberalismo, parecen los fugitivos ideológicos de un mundo que desapareció hace mucho tiempo. No son de Venus ni de Marte; son del Titanic... el neoliberalismo fue derrotado por la realidad. El mundo real simplemente se negó a comportarse como los liberales pensaban que debía hacerlo... hay tres razones: su universalismo, la arrogancia de sus partidarios (que siempre viene con el universalismo) y la mendacidad de sus gobiernos... Las condiciones locales son refractarias a las creencias fundadas en condiciones geográficas e históricas muy diferentes... Pero todos los universalistas (entre ellos también los comunistas) se niegan a aceptar esa derrota... Ahí es donde entra en juego la arrogancia intelectual. La derrota se considera debida a defectos morales de quienes no adoptaron los valores neoliberales... Para sus partidarios, nada que no sea su plena aceptación le califica a uno como una persona cuerda y moralmente recta. Si uno fracasaba, era porque merecía fracasar. Fieles a su universalismo, los neoliberales occidentales de clase media alta no trataban a los conciudadanos de forma diferente a los extranjeros... Por último, la mendacidad... la tendencia a utilizar el "orden mundial basado en normas" de forma selectiva, es decir, a seguir las anticuadas políticas de interés nacional sin reconocerlo, crearon entre muchos la percepción de un doble rasero... Una parte de esa mendacidad también estuvo presente en el ámbito nacional, cuando se dijo a la gente que se callara y no se quejara porque los datos estadísticos no les daban la razón y, por tanto, sus opiniones subjetivas eran erróneas y había que ignorarlas

 "¿Por qué fracasó el neoliberalismo, en sus componentes nacional e internacional? Me hago esta pregunta, con mucho más detalle del que puedo hacerlo aquí en un breve ensayo, en mi libro de próxima aparición The Great Global Transformation: National Market Liberalism in a Multipolar World. Me lo pregunto también por razones personales: algunos de mis mejores amigos son neoliberales. Fue un proyecto generacional de los baby-boomers occidentales que luego adoptaron otros, de Europa del Este como yo, y las élites latinoamericanas y africanas. Hoy en día, cuando me reúno con mis amigos baby-boomers, que siguen mostrando un fervor casi intacto por el neoliberalismo, parecen los fugitivos ideológicos de un mundo que desapareció hace mucho tiempo. No son de Venus ni de Marte; son del Titanic.

Cuando digo que el neoliberalismo ha sido derrotado no quiero decir que lo haya sido intelectualmente, en el sentido de que haya un proyecto alternativo listo para sustituirlo. No: al igual que el comunismo, el neoliberalismo fue derrotado por la realidad. El mundo real simplemente se negó a comportarse como los liberales pensaban que debía hacerlo.

 En primer lugar, hay que reconocer que el proyecto tenía muchos atractivos. Estaba vinculado ideológica y generacionalmente a la generación rebelde de los sesenta, por lo que su pedigrí era inconformista. Promovía la igualdad racial, de género y sexual. Por su énfasis en la globalización, hay que reconocerle el mérito de haber contribuido a la mayor reducción de la pobreza mundial de la historia y de haber ayudado a muchos países a encontrar el camino de la prosperidad. Incluso su denostado Consenso de Washington -aunque algunos de sus mandamientos se llevaron al extremo y otros se ignoraron- es fundamentalmente sólido y tiene mucho que recomendar. No menos importante es que proporciona un atajo fácilmente comprensible para la política económica. No se necesita más de una hora para explicárselo al más ignorante en materia económica.

Así que, volviendo a la pregunta original, ¿por qué el neoliberalismo no siguió siendo la ideología dominante? Creo que hay tres razones: su universalismo, la arrogancia de sus partidarios (que siempre viene con el universalismo) y la mendacidad de sus gobiernos.

 Que el neoliberalismo es universal o cosmopolita requiere, creo, poco convencimiento. La ideología liberal trata, en principio, a todos los individuos y a todas las naciones por igual. Esto es una ventaja: el liberalismo y el neoliberalismo pueden, también en principio, atraer a los grupos más diversos, independientemente de su historia, lengua o religión. Pero el universalismo es también su talón de Aquiles. La pretensión de que se aplica a todo el mundo entra pronto en conflicto con la constatación de que las condiciones locales son a menudo diferentes. Intentar doblegarlas para que se correspondan con los postulados del neoliberalismo fracasa. Las condiciones locales (y especialmente en cuestiones sociales que son producto de la historia y la religión) son refractarias a las creencias fundadas en condiciones geográficas e históricas muy diferentes. Así que en su encuentro con el mundo real, el neoliberalismo retrocede. El mundo real se impone.

 Pero todos los universalistas (entre ellos también los comunistas) se niegan a aceptar esa derrota. Como deben, porque toda derrota es signo de no universalismo. Ahí es donde entra en juego la arrogancia intelectual. La derrota se considera debida a defectos morales de quienes no adoptaron los valores neoliberales. Para sus partidarios, nada que no sea su plena aceptación le califica a uno como una persona cuerda y moralmente recta. Cualquiera que sea el nuevo contrato social que sus votantes hayan determinado que es válido, aunque sólo fuera hace una semana, debe aplicarse incondicionalmente en lo sucesivo. El juego moral combinado con el éxito económico del que gozaban muchos defensores del neoliberalismo debido a su edad, situación geográfica y educación, le dio tintes victorianos o incluso calvinistas: hacerse rico se consideraba no sólo un signo de éxito mundano, sino un indicio de superioridad moral. Como dijo Deng Xiaoping, "hacerse rico es glorioso". Este elemento moral implicaba falta de empatía con quienes no lograban encontrar su lugar adecuado dentro del nuevo orden. Si uno fracasaba, era porque merecía fracasar. Fieles a su universalismo, los neoliberales occidentales de clase media alta no trataban a los conciudadanos de forma diferente a los extranjeros. El fracaso local no era menos merecido que el fracaso en un lugar lejano. Esto contribuyó más que ninguna otra cosa a la derrota política de los neoliberales: simplemente ignoraron el hecho de que la mayor parte de la política es doméstica.

 La arrogancia que se deriva del éxito (y que se elevó a cotas inauditas tras la derrota del comunismo) se vio reforzada por el universalismo, una característica compartida por todas las ideologías y religiones que, por su propia construcción, se niegan a aceptar que las condiciones y prácticas locales importen. El sincretismo no estaba en el manual de los neoliberales.

Por último, la mendacidad. El incumplimiento, especialmente en las relaciones internacionales, incluso del autodefinido y autoproclamado "orden mundial basado en normas", y la tendencia a utilizar estas normas de forma selectiva, es decir, a seguir las anticuadas políticas de interés nacional sin reconocerlo, crearon entre muchos la percepción de un doble rasero. Los gobiernos neoliberales occidentales se negaron a reconocerlo y siguieron repitiendo sus mantras incluso cuando tales declaraciones estaban en flagrante contradicción con lo que estaban haciendo en realidad. En el ámbito internacional, acabaron en un callejón sin salida, manipulando palabras, reinventando conceptos, fabricando realidades, todo ello en el intento de enmascarar la verdad. Una parte de esa mendacidad también estuvo presente en el ámbito nacional, cuando se dijo a la gente que se callara y no se quejara porque los datos estadísticos no les daban la razón y, por tanto, sus opiniones subjetivas eran erróneas y había que ignorarlas.

 ¿Y ahora qué? Lo analizo en La gran transformación mundial. Creo que hay una cosa en la que la mayoría de la gente estaría de acuerdo: que los últimos cincuenta años han sido testigos de las debacles de dos ideologías universalistas: el comunismo y el neoliberalismo. Ambas fueron derrotadas por el mundo real. Las nuevas ideologías no serán universales: no pretenderán aplicarse a todo el mundo. Serán particularistas, de alcance limitado, tanto geográfica como políticamente, y orientadas al mantenimiento de la hegemonía allí donde gobiernen; no la plasmarán en principios universales. Por eso no tiene sentido hablar de ideologías globales de autoritarismo. Estas ideologías son locales y su objetivo es preservar el poder y el statu quo. Esto no las hace reacias a la vieja tentación imperialista. Pero esa tentación nunca puede extenderse al mundo en su conjunto ni los diversos autoritarismos pueden trabajar juntos para lograrlo. Además, como carecen de principios universales, es probable que choquen. La única forma de que los autoritarismos no se enfrenten entre sí es aceptar un conjunto muy limitado de principios, esencialmente los de no injerencia en los asuntos internos y ausencia de agresión, y dejarlo así. La proclamación por parte de Xi Jinping de cinco de esas estrechas normas en la reciente reunión de la Organización de Cooperación de Shanghai puede estar basada en un cálculo de este tipo." 

Branko Milanovic , blog, 08/10/25, traducción DEEPL, enlaces en el original)

7.10.25

Los mayores y más trascendentales errores de juicio, incluidos los nuestros, provienen de sesgos cognitivos. El peor de todos es el sesgo de confirmación, o el pensamiento ilusorio. Otro es el sesgo del modelo. En ninguna parte su impacto es más pertinente que en el mundo de la macroeconomía... En el mundo del Consenso de Washington los déficits o superávits de la cuenta corriente no importaban. No hay desventajas en el libre comercio y no hay necesidad de compensar a los perdedores porque no los había... Tuvimos la ocasión en una conferencia internacional de contrastar a los macroeconomistas occidentales con sus contrapartes orientales. Si no fuera por Donald Trump, el discurso occidental sería prácticamente el mismo que habría sido hace veinte años... dos autores de China y un colega de EE. UU. descargaron 3 millones de documentos de múltiples niveles de gobierno en China - central, provincial y municipal - para catalogar políticas industriales. Usaron un modelo de IA para clasificar y extraer la información. Esta es la dirección hacia la que va la investigación moderna... nos dejó tristes un macroeconomista occidental muy respetado que parecía no saber explicar lo que está sucediendo, y que expresó su más profundo pesar por las políticas arancelarias de Trump, y que suplicó a los colegas asiáticos que no tiraran por la borda el orden multilateral a causa de Trump... Un economista asiático respondió diciendo que la OMC es disfuncional más allá de toda reparación. Quieren crear sus propias instituciones. Así es como la fragmentación se propaga a través de un sistema roto... No estamos afirmando que todos estos nuevos enfoques sean dignos de elogio aquí, ni que todos los modos de nuevo pensamiento tengan éxito. Muchos fracasarán. Pero tienen una ventaja específica. Hasta ahora, no sufren del mismo grado de sesgo de confirmación y de modelo que ha afectado a la macroeconomía convencional, que todavía se aferra a un mundo de un sistema de comercio multilateral, un mundo que nos está dejando (Eurointelligence)

 "Cuando el pasado no se deja atrás

Una de las experiencias que hemos tenido durante una vida de comentarios políticos y económicos es que los mayores y más trascendentales errores de juicio, incluidos los nuestros, provienen de sesgos cognitivos. El peor de todos es el sesgo de confirmación, o el pensamiento ilusorio. Otro es el sesgo del modelo. En ninguna parte su impacto es más pertinente que en el mundo de la macroeconomía. Es lo que nos dio el consenso de Washington que favorece el sistema comercial global multilateral y la libre movilidad de capital y mano de obra entre países. En ese mundo, los déficits o superávits de la cuenta corriente no importaban. No hay desventajas en el libre comercio y no hay necesidad de compensar a los perdedores porque no los había.

Tuvimos la ocasión en una conferencia internacional durante el fin de semana de contrastar a los macroeconomistas occidentales con sus contrapartes orientales. Si no fuera por Donald Trump, el discurso occidental sería prácticamente el mismo que habría sido hace veinte años. El discurso asiático, en cambio, se está volviendo más orientado hacia la tecnología y los datos. En un estudio citado en la conferencia, dos autores de China y un colega de EE. UU. descargaron 3 millones de documentos de múltiples niveles de gobierno en China - central, provincial y municipal - para catalogar políticas industriales. Usaron un modelo de IA para clasificar y extraer la información. Esta es la dirección hacia la que va la investigación moderna. Todavía hay lugar para la teoría en este mundo, pero una en la que la teoría se esfuerza más por entender el mundo tal como es, no como debería ser. En una discusión sobre criptomonedas, notamos una negación generalizada entre los macroeconomistas presentes. Puedes identificar a un economista en declive cuando te dice durante 17 años que las criptomonedas son una burbuja.

Otro ejemplo, que nos dejó tristes, fue el de un macroeconomista occidental muy respetado que parecía no saber explicar lo que está sucediendo, y que expresó su más profundo pesar por las políticas arancelarias de la administración Trump. El economista suplicó a los colegas asiáticos presentes que no tiraran por la borda el orden multilateral a causa de Donald Trump. Un economista asiático respondió diciendo que la OMC no era un buen modelo para organizar el comercio intraasiático, si no fuera porque es disfuncional más allá de toda reparación. Quieren crear sus propias instituciones. Así es como la fragmentación se propaga a través de un sistema roto.

No estamos afirmando que todos estos nuevos enfoques sean dignos de elogio aquí, ni que todos los modos de nuevo pensamiento tengan éxito. Muchos fracasarán. Pero tienen una ventaja específica. Hasta ahora, no sufren del mismo grado de sesgo de confirmación y de modelo que ha afectado a la macroeconomía convencional. Deberían practicar lo que predican y dejar el pasado atrás. En cambio, todavía se aferran a un mundo de un sistema de comercio multilateral, un mundo que nos está dejando."  

(Eurointelligence, 06/10/25, traducción Quillbot)

10.9.25

La segunda economía más grande de Europa ha vuelto a sumirse en la parálisis política... Los franceses no quieren más remedios neoliberales (Bayrou preveía 44.000 millones en recortes), pero no cuentan con una mayoría parlamentaria que los respalde, y Macron no tiene nada más que ofrecer; algo tiene que ceder... Macron ha intentado imponer el neoliberalismo a la población a una velocidad sin precedentes... El pueblo francés, desde la extrema derecha hasta la extrema izquierda, ha dejado muy claro que no considera las políticas neoliberales como una solución ni a problemas económicos como el desempleo ni a situaciones financieras como los déficits públicos y la deuda nacional... esta es la razón por la que el sentimiento predominante en Francia es que no solo los gobiernos de Macron no pueden sostenerse en el clima político actual, sino que el propio Macron está acabado y debe irse

 "La segunda economía más grande de Europa ha vuelto a sumirse en la parálisis política, después de que el gobierno francés haya sido derrocado por otra moción de censura. Esta vez, la moción de censura fue contra el primer ministro François Bayrou y sus propuestas para reducir el déficit público del país, proyectado en un 5,4% en 2025, a un 4,6% en 2026 —y situarlo dentro del 3% europeo para 2029—, mediante medidas muy impopulares que habrían incluido una "congelación" del gasto público, más de 5.300 millones de euros en recortes a las autoridades locales y 5.000 millones de euros en recortes al presupuesto sanitario del país, aunque con planes en marcha para aumentar significativamente el gasto en defensa en los próximos años. El presupuesto de Bayrou para 2026 preveía un total de alrededor de 44.000 millones de euros (51.300 millones de dólares) en recortes, aumentos de impuestos e incluso la supresión de dos días festivos, lo que provocó en Francia tantas protestas como el propio presupuesto de austeridad.

En esencia, Francia ha perdido a su tercer primer ministro en 12 meses, ya que los partidos políticos, desde la extrema derecha de la Agrupación Nacional (RN) hasta la extrema izquierda de La Francia Insumisa (LFI), se niegan a respaldar las draconianas propuestas presupuestarias como medio para abordar los problemas financieros del país. La caída del gobierno de Bayrou no fue una sorpresa, y algunos incluso habíamos predicho que correría la misma suerte que el gobierno que le precedió, el de Michel Barnier. De hecho, no hay otro país en Europa con luchas antineoliberales tan continuas como Francia. La oposición a la normalización de la realidad socioeconómica neoliberal ha estado en constante movimiento desde mediados de la década de 1990, cuando el presidente Jacques Chirac lanzó un ataque directo contra los principios fundamentales del Estado de bienestar.

Sin embargo, desde que asumió la presidencia en 2017, Emmanuel Macron y sus diferentes gobiernos (Francia tiene un sistema semipresidencial) han intentado imponer el neoliberalismo a la población a una velocidad sin precedentes. Como era de esperar, en una reciente encuesta de IFOP realizada para Le Journal du Dimanche, el presidente francés Emmanuel Macron y su ahora destituido primer ministro François Bayrou emergieron como el dúo de líderes más impopular en la historia de la Quinta República.

El 25 de agosto, Bayrou, quien quería ser conocido como "el señor Antideuda", sorprendió incluso a sus aliados políticos al anunciar que pediría una votación en la Asamblea Nacional para sus propuestas presupuestarias neoliberales con el fin de rescatar a Francia de sus maltrechas finanzas. Fue una granada política que nadie esperaba. Además, Bayrou lo hizo a pesar de ser plenamente consciente de que, con toda probabilidad, no iba a poder evitar el colapso de su gobierno. De hecho, parece haber predicho el resultado de la moción de confianza del lunes 8 de septiembre, cuando dijo en una entrevista de radio pocos días antes, con un tono bastante filosófico y típicamente francés, que "hay desastres peores en la vida que la caída del gobierno".

 La razón más obvia por la que Bayrou arriesgó con una moción de confianza sobre sus planes para reducir el déficit público de Francia es que había calculado mal desde el principio las preocupaciones del pueblo francés sobre los déficits y la deuda. Había emprendido una campaña de relaciones públicas para convencer al público de que el futuro de Francia estaba en juego debido a la preocupante situación financiera del país. Utilizó imágenes alarmantes, invocando la crisis de la deuda griega de principios de la década de 2010 como advertencia de lo que podría ocurrirle a Francia, y habló con una aparente seriedad sobre la posibilidad de un colapso del mercado si el gobierno francés no actuaba con audacia y rapidez. En su discurso ante la Asamblea Nacional antes de la votación de confianza, Bayrou dijo que la excesiva carga de deuda de Francia es "una amenaza para la vida".

Sin embargo, típico de las actitudes neoliberales y las políticas egoístas, Bayrou no se dio cuenta en ningún momento de que, si bien los ciudadanos franceses promedio no eran insensibles a la realidad de un país con un déficit presupuestario del 5,8% del PIB y una deuda nacional del 114% del PIB, consideraban socialmente inaceptables las medidas económicas neoliberales propuestas para abordar sus problemas financieros. Podría decirse que, desde su punto de vista, si la organización de la economía según los principios del capitalismo neoliberal es la causa de los problemas financieros de Francia, entonces el neoliberalismo ciertamente no podría ser la solución. De hecho, una encuesta de IFOP realizada en julio reveló que el 57% de los encuestados creía que era necesario un plan para reducir el déficit público y la deuda nacional del país, pero solo el 26% consideraba que las medidas eran "justas".

De hecho, tanto Bayrou como Macron no lograron comprender que es el neoliberalismo en sí mismo lo que ha impulsado el auge tanto de la RN como del Nuevo Frente Popular (NFP), una coalición de partidos de izquierda que obtuvo el mayor número de escaños en las elecciones parlamentarias anticipadas celebradas en julio de 2024, aunque la extrema derecha y la extrema izquierda son mundos aparte en términos de los valores sociales y políticos generales que abrazan y defienden.

Sin embargo, existe una razón adicional, y probablemente más importante, por la que Bayrou apostó por una moción de confianza sobre su propuesta presupuestaria neoliberal, a pesar de saber que las probabilidades de éxito estaban en su contra. Esperaba que su decisión obligara a los legisladores de la Asamblea Nacional a reconsiderar la posibilidad de derrocar su gobierno, reflexionando sobre las consecuencias inminentes derivadas de las acciones planeadas por el movimiento de protesta popular organizado en torno al lema "Bloquemos todo" ("Bloquons tout"), programado para el 10 de septiembre. Los organizadores del movimiento esperan paralizar completamente el país (lo cual, casualmente, es lo que Estados Unidos necesita a la luz de las acciones autocráticas del presidente Donald Trump, que están convirtiendo al país en una dictadura tercermundista), pero el clima imperante en la política y la sociedad francesas es tal que incluso los partidos políticos principales han ofrecido su apoyo a este paro nacional que, aparentemente, tendrá lugar incluso con el colapso del gobierno de Bayrou.

 Lo ames o lo odies, hay que reconocer que la política francesa nunca es aburrida. Más importante aún, los movimientos de protesta en el país —que comenzaron al menos con la oposición francesa a la guerra de Argelia, luego con los sucesos de mayo del 68 y más recientemente con las protestas de los chalecos amarillos y ahora con el nuevo movimiento de protesta denominado "Bloquearlo todo"— deberían servir de enorme inspiración para las luchas populares contra la explotación, la opresión y las injusticias sociales en todo el mundo.

Queda por ver cuál será la siguiente jugada del presidente francés Emmanuel Macron tras el colapso del gobierno de Bayrou. No obstante, sería políticamente ingenuo por su parte pensar que un nuevo gobierno tendrá mejor suerte en el futuro si insiste en impulsar medidas neoliberales como solución a los problemas financieros del país. El pueblo francés, desde la extrema derecha hasta la extrema izquierda, ha dejado muy claro que no considera las políticas neoliberales como una solución ni a problemas económicos como el desempleo ni a situaciones financieras como los déficits públicos y la deuda nacional.

De hecho, incluso el centro-derecha francés, que en los últimos años se ha unido en torno a Emmanuel Macron y su visión neoliberal, ha sido en general muy cauto con respecto al modelo económico angloamericano, con su ataque al gobierno y su veneración del mercado. Sin duda, esta es la razón por la que el sentimiento predominante en Francia es que no solo los gobiernos de Macron no pueden sostenerse en el clima político actual, sino que el propio Macron está acabado y debe irse."

(C.J. Polychroniou , Brave New Europe, 09/09/25, enlaces en el original, fuente Common Dreams )

21.5.25

Esteban Hernández: “Nuestras élites están en la negación de la realidad”... para entender qué ha ocurrido deberían empezar por constatar el fracaso para las clases medias y populares, pero también para los mismos Estados, que ha supuesto la era global... la globalización no fué más que un modo de empobrecimiento para las clases trabajadoras y las medias, y una forma de impulsar la financiarización... La tecnocracia ha desaparecido como instrumento principal de gobierno... ese cambio se ha producido mediante una deriva autoritaria. No tiene por qué ser así... a nuestras clases dominantes les cuesta entender la importancia del Estado... en todos los países para los que la globalización resultó provechosa, el Estado jugó un papel muy importante, ya fueran China o Corea del Sur, Alemania o EEUU. Todos ellos, menos China, desaprovecharon las ventajas que la época les brindó, pero la acción estatal, por una vía o por otra, fue muy importante para conseguirlas

 "Esteban Hernández es uno de los analistas que explican con mayor claridad los conflictos socioculturales del momento presente. Destacó con por su afilado El fin de la clase media (2014) y desde entonces a mantenido un alto nivel, muchas veces a contracorriente de las modas intelectuales y siempre por encima de la gresca entre progresistas y conservadores. Ahora pública El nuevo espíritu del mundo. Política y geopolítica en la era de Trump, un potente ensayo donde analiza la situación global tras el triunfo global del movimiento 'maga' (‘Hagamos América grande otra vez’). En una esfera meditática tan sesgada como la española, donde parece que esté prohibida cualquier postura que no sea insultar al trumpismo, es más neceario que nunca un análisis empírico y sereno sobre los conflictos actuales.

Pregunta. El día después de la victoria de Trump, Francis Fukuyama escribió en el Financial Times que Estados Unidos había votado por una sociedad iliberal y que el mundo entraba en una etapa iliberal, ya consolidada en otros países de referencia. En España, en cambio, parece haber una resistencia tremenda a reconocer esto.

 Respuesta. En España no hay partidos ni movimientos que estén a favor de terminar con el neoliberalismo, ni a izquierda ni a derecha: hay opciones que tratan de continuar con el statu quo, más o menos modificado. Lo que Fukuyama subraya, y es natural tratándose del hombre que decretó el fin de la historia, es que el tiempo en el que esa clase de ideas era el dominante ya ha pasado, y se resiste a ello. La carencia que pasará factura a España es la insistencia de nuestras élites de permanecer en el mundo del pasado. Entramos en un mundo en el que las capacidades estratégicas de los Estados, su fortalecimiento productivo, el aprovechamiento de sus fortalezas y el nivel de cohesión interna van a ser decisivos. España no está en eso. Y tendría que estarlo, porque nos convendría en muchos planos, también de cara a nuestra influencia en la Unión Europea. 

P. Uno de los perfiles más inquietantes del libro es Peter Thiel, un magnate tecnológico con una visión fría, científica y elitista. ¿En qué sentido encarna la visión de la nueva derecha trumpista? 

R. Es curioso cómo los pensadores con influencia en la administración Trump, los ideólogos, no provienen del ámbito académico, y ni siquiera del intelectual, sino de la tecnología. La visión de Thiel, de Alex Karp, su socio en Palantir, de Marc Andreessen o de Palmer Luckey es relevante para entender por qué actúa la administración Trump como lo hace. Thiel es probablemente quien mejor describe la mentalidad del nuevo establishment estadounidense. Combina un punto metafísico con un aspecto claramente securitario (es el fundador de Palantir), pero también con una mentalidad a lo Yellowstone y sus precuelas: “Cuando tienes algo bueno, siempre hay otro que pretenderá quitártelo”. Su fuente de inspiración es René Girard, y el deseo mimético que describía el francés es esencial en su forma de entender el mundo.

P. El progresismo retrata con frecuencia a las nuevas derechas como bárbaros ignorantes, pero en muchos casos son personas cultas y apoyadas en la filosofía, sociología, tradiciones. ¿Ha perdido el progresismo gran parte de la capacidad para analizar a sus rivales y es ese uno de los motivos de su derrota global?

R. Sin duda, el progresismo se ha contentado con una lectura banal y degradada no solo de las propuestas de Trump, sino, y esto es mucho más relevante, de todos los elementos que llevaron a la victoria al republicano. Es normal: para entender qué ha ocurrido deberían empezar por constatar el fracaso para las clases medias y populares, pero también para los mismos Estados, que ha supuesto la era global. Es decir, deberían comenzar por certificar que los valores que el neoliberalismo y el socioliberalismo han defendido durante mucho tiempo han causado los problemas actuales, y eso les resulta muy difícil.

No obstante, hay que constatar un cambio. Tanto en la derecha como en la izquierda, hay dos focos de nuevos pensadores interesantes, que tienen algo real que decir, y están en la órbita estadounidense y en la francesa. Lo llamativo es que ninguno de ellos, ni progresistas ni conservadores, pertenece al establishment. Lo que estamos viendo es el agotamiento de las élites culturales actuales y el surgimiento de nuevas ideas a las que estas se resisten con uñas y dientes. Esa batalla cultural sí me resulta interesante.

P. Explica que parte del éxito de Donald Trump está en combinar dos ofertas políticas en principio incompatibles: el neoliberalismo de Musk y el catolicismo de J.D. Vance, centrado en el Bien Común. Parecía que iba a predominar la primera pero parece que hoy ya no está tan claro. ¿Cómo cree que van a combinarse en estos próximos cuatro años?

 R. Es difícil hacer pronósticos en tiempos de cambios tan rápidos, y acertar más aún. Pero hay una contradicción evidente que Trump tendrá que solventar en algún instante. Están las élites estadounidenses que le apoyan y las clases medias y populares que le han llevado a la Casa Blanca. Los intereses de ambas divergen. Trump decepcionará a alguna de ellas. Llevamos muchas décadas en las que las clases medias y las trabajadoras se han visto defraudadas y lo lógico es que vuelva a ocurrir. Pero quién sabe.

P. Hay una parte interesante sobre J.D.Vance, donde usted señala que el vicepresidente trata a Europa como las élites de la UE tratan a los países mediterráneos del sur, los llamados PIIGS, en el sentido de culparles de sus propias disfunciones, de las que a veces son más víctimas que responsables. Sin embargo, otros analistas detectan en Vance un respeto profundo por Europa, desde su catolicismo hasta la inspiración que toma de la revolución conservadora de Viktor Orban. ¿Puede ser que admire la cultura de siglos del continente y desprecie a sus élites burócratas?

R. Hay varios factores importantes en la posición de Vance. Por una parte, considera a las élites europeas como pertenecientes a la misma categoría que las del partido demócrata de su país; es normal, por tanto, que las trate con cierto desdén. En segunda instancia, hay una pelea evidente en Europa entre opciones políticas que quieren mantener las estructuras actuales de la UE, y quizá reforzarlas, y otras que pretenden alejarse del núcleo francoalemán, conseguir más margen de maniobra para sus Estados y acercarse a EEUU. Es lógico que Vance defienda a las segundas. Por último, el vicepresidente estadounidense representa a una opción política que pretende transformar la mentalidad occidental y llevarla hacia un nuevo lugar, lo que produce choques directos con las ideologías dominantes en Europa.  

P. Su libro recoge la intución de que "escribir desde España es hacerlo con tinta que se borrará poco después de trazar las letras desde el papel", aunque también tiene la ventaja de que analizar la situación desde la parte perdedora de Europa da una visión más clara. ¿Qué se ve más claro desde Madrid que desde –digamos– Nueva York? 

R. Es como ver un partido desde el último anfiteatro de un estadio. Hay detalles que te pierdes, pero los movimientos generales se aprecian con mucha claridad. Ser un espectador alejado no es la mejor posición, pero brinda perspectiva.

P. Usted suele hablar de España como de un país perdedor.  ¿Ve usted un plan de nuestras élites para dejar de serlo? ¿Prestan atención a los análisis políticos que puedan ayudar a un cambio?

R. Nuestras élites están en la negación de la realidad. Cuesta asimilar los cambios, que son profundos, y complicados de aceptar para quienes han gozado de posiciones de privilegio. Hay que constatar la mutación que han ocurrido entre las clases dirigentes de los países más relevantes internacionalmente. La tecnocracia ha desaparecido como instrumento principal de gobierno. Hay tecnócratas, pero están supeditados al poder político. Ese es también el giro trumpista en EEUU. Solo hay un entorno en el que la tecnocracia continúa teniendo un gran peso, como es la Unión Europea y sus principales países, pero incluso en ellos, la política está ganando presencia. En general, ese cambio se ha producido mediante una deriva autoritaria. No tiene por qué ser así.  

En cuanto a España, no hemos tomado nota del momento, y ni las élites ni los políticos poseen un plan de salida para el país. Suele ocurrir: en instantes de cambio, cada parte busca una solución para sí misma y lo particular predomina sobre lo general. Pero esa fase suele ser transitoria, y conviene constatarlo.

P. El ensayo aporta reflexiones sobre el gran pensador Carl Schmitt, en el sentido de que el filósofo y jurista alemán no defendía tesis nazis sino más bien de extremo centro. Abogaba por un Estado fuerte centrado en limpiar la nación de cuerpos extraños, una especie de liberalismo autoritario. ¿A nuestras clases dominantes les cuesta comprender los beneficios de un Estado fuerte, incluso cuando defiende sus intereses?

 R. Más allá de las discusiones sobre si Schmitt era o no filonazi, en las que no entro, presto atención a un discurso que pronuncia ante las élites alemanas muy poco tiempo antes de la llegada de Hitler al poder. Lo que resulta muy significativo de las recomendaciones que da a la clase dirigente y a los empresarios germanos en esa charla es que reflejan muy bien nuestra época. Es como si hubieran triunfado 90 años después.

En cuanto a nuestras clases dominantes, les cuesta entender la importancia del Estado por dos razones distintas. Para la parte progresista, tomarlo en serio implicaría que la tecnocracia tuviera menos peso, lo que choca frontalmente con sus posiciones de los últimos años. Para la derecha, supondría abandonar el neoliberalismo, y es algo que no están dispuestos a sacrificar; su opción preferida es, todavía hoy, la de un liberalismo económico más acentuado.

La paradoja es que en todos los países para los que la globalización resultó provechosa, el Estado jugó un papel muy importante, ya fueran China o Corea del Sur, Alemania o EEUU. Todos ellos, menos China, desaprovecharon las ventajas que la época les brindó, pero la acción estatal, por una vía o por otra, fue muy importante para conseguirlas.   

P. Habla de “la estafa contemporánea de las guerras culturales”, donde conservadores y progresistas defienden “un programa que saben que no van a cumplir”. ¿Para usted carece de sentido confiar en cualquiera de las dos opciones? ¿Nos encontramos ante una simple lucha de oligarcas que no tiene en cuenta a su pueblo?

R. Las posiciones woke y antiwoke están políticamente agotadas. Pueden estar todavía presentes en el discurso público, pero ya no mueve un voto más. Se trata de esos asuntos sobre los que todo el mundo tiene ya una idea hecha y en los que ha definido su posición. Lo interesante son las contradicciones que encierran esas posturas culturalistas: los conservadores no pueden promover de manera eficaz los valores que promulgan si siguen apostando por una economía muy individualista que hace del dinero y el éxito el centro de la sociedad; son valores completamente enfrentados. Y los valores que defienden los progresistas tampoco pueden ser realizados en sociedades de recursos menguantes. De modo que las guerras culturales no son más que la compensación de una impotencia. Se insiste en ellas porque así se mete bajo la alfombra la falta de acción política real.

 P. Cierra explicando que “el momento presente de Estados Unidos es un momento shakesperiano. Su reacción responde a la pérdida de hegemonía”.¿Es el trumpismo un digno intento de remontada o –como sostiene la izquierda- una especie de patochada, de “la segunda vez, como farsa” que diría el Karl Marx historiador?

R. El trumpismo es una necesidad estadounidense: es una respuesta a su problema de pérdida de hegemonía. Y hay que señalar, como hacía Varoufakis, que Trump está poniendo el acento en problemas esenciales para Occidente. Otra cosa es que el camino de salida que ha dictado sea positivo o negativo.

P. Usted comenzó a entrar en el debate público apoyando la Tasa Tobin a las transacciones financieras, en ambientes cercanos a la revista mensual progresista Le Monde Diplomatique. Se trata de un segmento político que hoy parece hecho fosfatina, circunscrito a unos cuantos barrios académicos de clase alta. ¿Por qué esa élite progresista, que en algunos casos aportaba iniciativas estimulantes, ha terminado barrida por la historia, en parte por fenómenos con la fuerza social del trumpismo?

Fue la época de la antiglobalización, la que prendió con las movilizaciones de Seattle. En España, aquello estuvo muy mediatizado por unas izquierdas que no entendían bien de qué iba, o que no querían entenderlo, porque todas transitaban por diversos grados de liberalismo. En cualquier caso, los que creíamos entonces que la globalización no era más que un modo de empobrecimiento para las clases trabajadoras y las medias, y una forma de impulsar la financiarización, hemos constatado años después que lo que temíamos era cierto. Como las izquierdas españolas de las últimas décadas nunca han comprendido cómo funcionaba el sistema y se contentaron con sus propias certezas, es natural que, cuando llega el tiempo época de los cambios, partan en desventaja."      (Víctor Lenore, Vox Populi, 19/05/25)

17.4.25

Las acciones de Trump no fueron ni improvisadas ni caprichosas. La «solución arancelaria» había sido preparada por su equipo durante años... detrás se esconde una dura realidad, la fuerza laboral estadounidense ha sido devastada... con una crisis de confianza en la capacidad de la ‘manufactura estadounidense’ para recuperar siquiera un atisbo de su antiguo esplendor... Trump está organizando una revolución para invertir esta realidad, para acabar con la anomia estadounidense, trayendo de vuelta la industria estadounidense... a pesar de las penurias y el sufrimiento causados por el ‘giro’ estadounidense, también representa una enorme oportunidad: la posibilidad de cambiar a un paradigma social alternativo, más allá del financiarismo neoliberal... también Putin afirmó que Rusia había aceptado el desafío planteado por el orden financiero anglosajón de la “economía abierta”... "Las sanciones y restricciones son la realidad actual, junto con una nueva espiral de rivalidad económica ya desatada”... Estos retos no son el “problema”; son la oportunidad, argumentó Putin: daremos prioridad a la fabricación nacional y al desarrollo de industrias tecnológicas. El viejo modelo se ha acabado. La producción de petróleo y gas será simplemente el complemento de una “economía real” en gran medida autosuficiente... Este es un claro paradigma económico alternativo frente a un orden mundial en desintegración (Alastair Crooke)

 "El shock de Trump –su descentralización de EEUU del rol de eje del ‘orden’ de posguerra, a través del dólar– ha desatado una profunda división entre, por un lado, quienes obtuvieron enormes beneficios del statu quo; y, por otro, la facción MAGA (Make America’s Greatest Again), que llegó a ver ese statu quo como hostil, incluso una amenaza existencial para los intereses estadounidenses. Las partes han caído en una polarización agria y llena de acusaciones.

Es una de las ironías del momento que el presidente Trump y los republicanos de derechas hayan insistido en denigrar -como una “maldición de los recursos”- los beneficios del estatus de Moneda de Reserva que aportó a EEUU la oleada de ahorro mundial entrante que le permitió disfrutar del privilegio único de imprimir dinero, sin consecuencias negativas: ¡al menos hasta ahora! Parece que, en última instancia, los niveles de deuda importan incluso al Leviatán.

El vicepresidente Vance compara ahora la moneda de reserva con un “parásito” que ha devorado la sustancia de su “huésped”» (la economía estadounidense) imponiendo un dólar sobrevalorado.

Para que quede claro, Trump creía que no tenía elección: o bien subvertía el paradigma existente, a costa de un considerable dolor para muchos de los que dependen del sistema financiarizado, o bien permitía que los acontecimientos avanzaran hacia el inevitable colapso económico de EEUU. Incluso aquellos que entendían el dilema al que se enfrentaba EEUU se quedaron algo sorprendidos por su descarada “imposición de aranceles al mundo”.

Las acciones de Trump (como muchos afirman) no fueron ni impulsivas ni caprichosas. La “solución arancelaria” había sido preparada de antemano por su equipo durante los últimos años y formaba parte de un marco más complejo, que integraba los efectos de los aranceles sobre el alivio de la deuda y los ingresos con un programa para obligar a la manufactura en vías de desaparición a repatriar fábricas a Estados Unidos.

La de Trump es una apuesta que puede tener éxito o no: corre el riesgo de provocar una crisis financiera más grave, ya que los mercados financieros están sobreendeudados y son frágiles.

Pero lo que está claro es que la involución de Estados Unidos que seguirá a sus brutales amenazas y humillaciones a los líderes mundiales, acabará provocando un retroceso tanto en las relaciones con Estados Unidos como en la disposición mundial a seguir manteniendo activos estadounidenses (como los bonos del Tesoro). El desafío de China a Trump también establecerá un “tono” para aquellos que no tienen la “influencia” de China.

¿Por qué, entonces, debería Trump asumir semejante riesgo? Porque, detrás de las audaces acciones de Trump, como señala Simplicius, se esconde una dura realidad a la que se enfrentan muchos partidarios de MAGA:

Es indiscutible que la fuerza laboral estadounidense ha sido devastada por una triple amenaza: la inmigración masiva, la anomia generalizada de los trabajadores –resultado del declive cultural– y, en particular, la alienación masiva y la exclusión del derecho al voto de los hombres de mentalidad conservadora. Estos factores han contribuido poderosamente a la actual crisis de confianza en la capacidad de la ‘manufactura estadounidense’ para recuperar siquiera un atisbo de su antiguo esplendor, sin importar cuánto Trump golpee al maltrecho ‘Orden Mundial’.

Trump está organizando una revolución para invertir esta realidad, para acabar con la anomia estadounidense, trayendo de vuelta (como Trump espera) la industria estadounidense.

Hay una corriente de la opinión pública occidental – “ciertamente no limitada a los intelectuales”, ni sólo a los estadounidenses- que se desespera por la “falta de voluntad” de su país, o su incapacidad para hacer lo que hay que hacer -su volubilidad y su “crisis de competencia”. Estas personas desean un liderazgo que se perciba como más duro y decisivo, desean crueldad y poder ilimitado.

Un partidario de Trump muy valorado lo expresa de forma bastante brutal:

"Ahora nos encontramos en un punto de inflexión muy importante. Si vamos a enfrentarnos a la "Gran debilidad" con China, no podemos permitirnos lealtades divididas… Es hora de ser desagradables, brutal y duramente desagradables. Las sensibilidades delicadas deben eliminarse como una pluma en un huracán”.

No sorprende que, en el contexto general del nihilismo occidental, pueda arraigar una mentalidad que admira el poder y las soluciones tecnocráticas despiadadas, casi la crueldad porque sí. Tomen nota: nos espera un futuro turbulento.

El descalabro económico de Occidente se ha complicado con las declaraciones a menudo contradictorias de Trump. Puede que forme parte de su repertorio; sin embargo, sus desordenadas maneras evocan el pensamiento de que nada es fiable, nada es constante.

Según informes de “personas enteradas de la Casa Blanca”, Trump ha perdido toda inhibición a la hora de actuar con audacia: “Está en el colmo de que ya no le importa nada”, dijo al Washington Post un funcionario de la Casa Blanca familiarizado con los pensamientos de Trump:

¿Malas noticias? No le importa una mierda. Hará lo que tenga que hacer. Hará lo que prometió hacer en campaña.

"Cuando una parte de la población de un país se desespera por la “falta de voluntad” o la incapacidad de “hacer lo que hay que hacer”, argumenta Aureliano, empieza, de vez en cuando, a identificarse emocionalmente con “otro país”, que se considera más fuerte y decidido. En este momento concreto, “la imagen” de ser “una especie de superhéroe nietzscheano, más allá de toda consideración del bien y del mal”… “ha recaído sobre Israel”, al menos para un sector influyente de los responsables políticos estadounidenses y europeos. Aureliano continúa:

Israel, cuya combinación de una sociedad superficialmente occidental con audacia, crueldad y total desprecio por el derecho internacional y la vida humana, ha entusiasmado a muchos y se ha convertido en un modelo a imitar. El apoyo occidental a Israel en Gaza tiene mucho más sentido si se tiene en cuenta que los políticos occidentales y parte de la clase intelectual admiran en secreto la crueldad y brutalidad de la guerra israelí.

Sin embargo, a pesar de las penurias y el sufrimiento causados por el ‘giro’ estadounidense, también representa una enorme oportunidad: la posibilidad de cambiar a un paradigma social alternativo, más allá del financiarismo neoliberal. Hasta ahora, esta posibilidad había quedado excluida por la insistencia de las élites en el TINA (There Is No Alternative). Ahora la puerta se ha abierto de par en par.

Karl Polyani, en su libro La Gran Transformación (publicado hace unos 80 años), argumentaba que las enormes transformaciones económicas y sociales de las que había sido testigo durante su vida (el final del siglo de “paz relativa” en Europa de 1815 a 1914 y la subsiguiente caída en la crisis económica, el fascismo y la guerra, aún en curso en el momento de la publicación del libro), tenían una única causa superior:

Antes del siglo XIX, sostenía Polyani, la “forma de ser” del hombre (la economía como componente orgánico de la sociedad) siempre había estado “integrada” en la sociedad y subordinada a la política, las costumbres, la religión y las relaciones sociales locales; es decir, subordinada a una cultura de civilización. La vida no se trataba como algo separado, no se reducía a detalles distintos, sino que se consideraba como partes de un todo orgánico, es decir, la Vida misma.

El nihilismo posmoderno (que desembocó en el neoliberalismo desenfrenado de los años ochenta) trastocó esta lógica. Como tal, constituyó una ruptura ontológica con gran parte de la historia. No sólo separó artificialmente la ‘economía’ de la ‘forma de ser’ política y ética, sino que la economía abierta de libre mercado (en la formulación de Adam Smith) exigía la subordinación de la sociedad a la lógica abstracta del mercado autorregulado. Para Polanyi, esto “significaba nada menos que la gestión de la comunidad como un apéndice del mercado”, y nada más.

La respuesta, claramente, era volver a hacer de la sociedad la parte dominante de una comunidad netamente humana; es decir, darle su significado a través de una cultura viva. En este sentido, Polanyi también hizo hincapié en el carácter territorial de la soberanía: el Estado-nación como condición previa soberana para el ejercicio de la política democrática.

Polanyi argumentaría que, en ausencia de un retorno a la Vida misma como eje central de la política, era inevitable una reacción violenta. ¿Es tal reacción la que estamos presenciando hoy?

En una conferencia de industriales y empresarios rusos celebrada el 18 de marzo de 2025, Putin se refirió específicamente a una solución alternativa de “Economía Nacional” para Rusia. Putin destacó tanto el asedio impuesto al Estado como la respuesta rusa, un modelo que probablemente adoptará gran parte del mundo.

Es un modo de pensamiento económico que ya practica también una China que se anticipó al bombardeo arancelario de Trump.

El discurso de Putin -metafóricamente hablando- es la contrapartida económica de su intervención en el Foro de Seguridad de Múnich en 2007, en la que aceptó el desafío militar que planteaba la “OTAN colectiva”. El mes pasado, sin embargo, fue más allá: Putin afirmó claramente que Rusia había aceptado el desafío planteado por el orden financiero anglosajón de la “economía abierta”.

En cierto modo, el discurso de Putin no era nada realmente nuevo: representaba un cambio del modelo de “economía abierta” al de “economía nacional”.

La “Escuela de Economía Nacional” (del siglo XIX) sostenía que el análisis de Adam Smith, muy centrado en el individualismo y el cosmopolitismo, pasaba por alto el papel crucial de la economía nacional.

El resultado de un libre comercio generalizado no habría sido una república universal, sino, por el contrario, una subyugación universal de las naciones menos avanzadas por parte de las potencias manufactureras y comerciales predominantes.

Los partidarios de una economía nacional se opusieron a la economía abierta de Smith abogando por una “economía cerrada” que permitiera a las industrias nacientes crecer y llegar a ser competitivas en la escena mundial.

"No se hagan ilusiones: no hay nada más allá de esta realidad”, advirtió Putin a los industriales rusos reunidos en marzo de 2025. “Dejen a un lado las ilusiones”, dijo a los delegados:

"Las sanciones y restricciones son la realidad actual, junto con una nueva espiral de rivalidad económica ya desatada”.

"Las sanciones no son medidas temporales ni selectivas; constituyen un mecanismo de presión sistémico y estratégico contra nuestra nación. Independientemente de los acontecimientos mundiales o de los cambios en el orden internacional, nuestros competidores intentarán constantemente restringir a Rusia y debilitar sus capacidades económicas y tecnológicas".

"No hay que esperar una libertad total de comercio, pagos y transferencias de capital. No hay que confiar en los mecanismos occidentales para proteger los derechos de los inversores y empresarios… No me refiero a los sistemas jurídicos: ¡simplemente no existen! Sólo existen por sí mismos. Ése es el truco. Entiéndanlo".

Nuestros desafíos [rusos] existen, “sí”, dijo Putin;

“pero los suyos también son numerosos. El dominio occidental se está desvaneciendo. Y los nuevos centros de crecimiento mundial se están afianzando...”.

Estos retos no son el “problema”; son la oportunidad, argumentó Putin: daremos prioridad a la fabricación nacional y al desarrollo de industrias tecnológicas. El viejo modelo se ha acabado.

La producción de petróleo y gas será simplemente el complemento de una “economía real” en gran medida autosuficiente y de circulación interna, sin la energía como motor.

Estamos abiertos a la inversión occidental, pero sólo en nuestras condiciones, y el pequeño sector “abierto” de nuestra economía real, por lo demás cerrada y autosuficiente, seguirá comerciando, por supuesto, con nuestros socios del BRICS.

Rusia está volviendo al modelo de economía nacional, dio a entender Putin.

Esto nos hace resistentes a las sanciones y los aranceles, dijo. Rusia también es resistente a los incentivos, al ser autosuficiente en energía y materias primas”, añadió Putin. Este es un claro paradigma económico alternativo frente a un orden mundial en desintegración."

(Alastair Crooke, Jaque al neoliberalismo, 17/04/25, fuente Strategic Culture )

3.4.25

Varoufakis: Los comentaristas deberían saber que no se puede pretender que el shock que Trump está dando ahora no tiene «precedentes»... El shock de Nixon fue más devastador que el de hoy, especialmente para los europeos. Y precisamente debido a la devastación económica causada, sus arquitectos lograron su principal objetivo a largo plazo: garantizar que la hegemonía estadounidense creciera... lo que es bueno para los gobernantes de Estados Unidos no es necesariamente bueno para la mayoría de los estadounidenses o, de hecho, para el mundo... Nixon y Volcker desmantelaron el régimen de tipos de cambio, completado con subidas de tipos de interés mucho más devastadoras de lo que pueden ser hoy los aranceles de Trump... Trump no es el primero en dañar a propósito a los aliados de Estados Unidos para renovar y prolongar la hegemonía estadounidense. Ni el primero que estaba dispuesto a perjudicar a Wall Street a corto plazo en el proceso de fortalecer la acumulación de capital estadounidense a largo plazo. Nixon había hecho todo eso medio siglo antes... El choque de Nixon dio origen a los favoritos de la clase dirigente liberal actual: el neoliberalismo, la financiarización y la globalización. «La ironía es que el mundo por el que hoy se lamenta el establishment liberal occidental nació como resultado del shock de Nixon»... El shodk de Trump un arma que inflige más dolor a los capitalistas europeos y asiáticos que a los estadounidenses. Su resultado dependerá de si tiene poder de permanencia, para lo que probablemente necesitará apoyo bipartidista... Sin embargo, que la globalización retroceda no significa que la autarquía sea posible. El Shock Trump nos empuja hacia un planeta dividido en dos partes, una de ellas formada por países vasallos que han cedido al Plan Trump y una segunda en la que se permite que el experimento de los BRICS siga su curso... nuestra generación tiene la maldición de encontrarse en la cúspide de una transformación histórica... Si Nixon remodeló el mundo una vez, dejándolo más desagradable y desequilibrado, Trump puede sin duda hacerlo de nuevo

 "«Mi filosofía, señor Presidente, es que todos los extranjeros quieren jodernos y es nuestro trabajo joderlos primero». Con estas palabras, el Secretario del Tesoro estadounidense convenció al Presidente para que diera una sacudida colosal a la economía mundial. En palabras de uno de los hombres del Presidente, el objetivo era desencadenar «una desintegración controlada de la economía mundial».

No, esas palabras no fueron pronunciadas por miembros del equipo del presidente Trump antes de su derroche arancelario del «Día de la Liberación». Aunque el «los extranjeros nos quieren joder» ciertamente tiene un sonido trumpiano, fue pronunciado en el verano de 1971 por el entonces secretario del Tesoro John Connally, quien logró convencer a su presidente para que desencadenara el infame Shock de Nixon un par de días después.

Los comentaristas deberían saber que no se puede pretender que el shock que Trump está dando ahora no tiene «precedentes» y que está destinado a fracasar como todos los ataques «temerarios» al orden imperante. El shock de Nixon fue más devastador que el de hoy, especialmente para los europeos. Y precisamente debido a la devastación económica causada, sus arquitectos lograron su principal objetivo a largo plazo: garantizar que la hegemonía estadounidense creciera junto con los déficits gemelos (comercial y presupuestario del gobierno) de Estados Unidos.

 El éxito del shock de Nixon no garantiza en modo alguno el éxito de la versión de Trump, pero nos recuerda que lo que es bueno para los gobernantes de Estados Unidos no es necesariamente bueno para la mayoría de los estadounidenses o, de hecho, para el mundo. Uno de los asesores más inteligentes de Nixon, que ayudó a convencer a Connally de la necesidad de un shock, articuló este punto con brillante claridad:

«Es tentador considerar al mercado como un árbitro imparcial. Pero sopesando los requisitos de un sistema internacional estable y la conveniencia de conservar la libertad de acción para la política nacional, varios países, entre ellos Estados Unidos, optaron por esto último.»
Luego, con una frase adicional, socavó todos los supuestos sobre los que Europa Occidental y Japón habían erigido sus milagros económicos de posguerra: «Una desintegración controlada de la economía mundial es un objetivo legítimo para los años ochenta».

Y 10 meses después de pronunciar esta conferencia, el hombre en cuestión, Paul Volcker, ascendió a la Presidencia de la Reserva Federal. Pronto, los tipos de interés estadounidenses se duplicaron, luego se triplicaron. La desintegración controlada de la economía mundial, que había comenzado cuando el presidente Nixon fue convencido por Connally y Volcker para desmantelar el régimen de tipos de cambio hasta entonces estable, se completaba ahora con subidas de los tipos de interés mucho más devastadoras de lo que pueden ser hoy los aranceles de Trump.

 «La ironía es que el mundo por el que hoy se lamenta el establishment liberal occidental surgió como resultado del shock de Nixon».

La pregunta fundamental del equipo de Nixon era: ¿cómo podía Estados Unidos seguir siendo hegemónico una vez que se convirtiera en un país deficitario? ¿Había alguna alternativa a apretarse el cinturón que supusiera el riesgo de una recesión y redujera el poderío militar de Estados Unidos? La única alternativa, supusieron, era hacer justo lo contrario de apretarse el cinturón: aumentar el déficit comercial estadounidense y hacer que los capitalistas extranjeros pagaran por ello. (Esta fue la estrategia «Que se jodan antes de que nos jodan» que Connally convenció a Nixon de adoptar).

Su audaz estrategia para hacer que los extranjeros pagaran los déficits gemelos de EEUU se basaba en crear circuitos de capital mediante los cuales los dólares extranjeros pudieran repatriarse y luego reciclarse. Eso significaba liberar a Wall Street de todas las restricciones que le imponían el New Deal, la Economía de Guerra y el sistema de Bretton Woods. Tras cuatro décadas controlando a los banqueros para que no provocaran otro 1929, el equipo de Nixon los liberó. Pero hacerlo requería una nueva teoría económica envuelta en una ideología política adecuada.

Bajo la cobertura ideológica y pseudocientífica del neoliberalismo, los banqueros se encontraron con miles de millones de dólares extranjeros con los que jugar en un entorno desregulado: la financiarización. Cuanto más dependía este nuevo sistema mundial de los déficits estadounidenses que generaban la demanda necesaria para las exportaciones europeas y asiáticas, mayor era el volumen de comercio necesario para estabilizar este sistema globalizado desequilibrado a propósito. Y así nació la globalización.

Muchos se refieren a este mundo -en el que creció la Generación X- como la era neoliberal, otros lo asocian con la globalización, algunos lo identifican con la financiarización. Todo es lo mismo: el mundo que engendró el Shock de Nixon y que el crack financiero de 2008 sacudió hasta sus cimientos. Tras los rescates de 2009, aunque la hegemonía estadounidense continuó sin cesar, perdió gran parte de su dinamismo. Hoy en día, el Shock de Nixon se ha agotado, al menos desde la perspectiva de los trumpistas que quieren dar a la hegemonía estadounidense un segundo (¿o tercer?) soplo. Este es todo el punto del Shock Trump y su plan maestro, incluyendo movimientos tácticos como alistar cripto a su causa.

 Pero hay diferencias entre las dos crisis. Aunque ambas pretendían devaluar sustancialmente el dólar, al tiempo que reforzaban su estatus de moneda de reserva mundial, los medios eran diferentes. El choque de Nixon se basó en dejar que los mercados monetarios devaluaran los tipos de cambio del dólar, añadiendo más dolor a los aliados de Estados Unidos a través de la explosión del precio del petróleo, que perjudicó a Europa y Japón significativamente más que a los productores estadounidenses. Trump podría estar tomando una (pequeña) hoja del libro de Nixon con respecto a los precios del petróleo, pero está tratando de hacer que sus aranceles hagan por él lo que la Reserva Federal dirigida por Volcker utilizó para las tasas de interés: como un arma que inflige más dolor a los capitalistas europeos y asiáticos que a los estadounidenses.

El resultado del choque de Trump dependerá de si tiene poder de permanencia, para lo que probablemente necesitará apoyo bipartidista. Después de todo, el equivalente de Nixon funcionó porque el presidente Carter nombró a Volcker para la Reserva Federal y le permitió continuar el proyecto de Nixon sin obstáculos; antes de que el presidente Reagan lo turboalimentara aún más con la ayuda de Alan Greenspan, a quien nombró en 1987 para suceder a Volcker. ¿Sigue siendo capaz el sistema político estadounidense de alcanzar ese grado de bipartidismo? Parece improbable, pero, de nuevo, ¿quién habría imaginado que Biden abrazaría los aranceles de Trump a China e intensificaría la Nueva Guerra Fría que inició su predecesor?

 A todas las generaciones les gusta pensar que están en la cúspide de una transformación histórica. Pero la nuestra tiene la maldición de encontrarse en esa cúspide. Así que, en lugar de centrarnos demasiado en el carácter del hombre que ocupa la Casa Blanca, haríamos bien en recordar que el Shock Nixon fue mucho más importante que Nixon. Si Nixon remodeló el mundo una vez, dejándolo más desagradable y desequilibrado, Trump puede sin duda hacerlo de nuevo."                   ( , blog, 03/04/25, traducción DEEPL)

9.1.25

Branko Milanovic: Cómo la corriente dominante abandonó los principios económicos universales (pero olvidó mencionarlo)... las semillas del ascenso de Trump fueron en realidad sembradas por las políticas neoliberales que han ido perdiendo apoyo popular... Los objetivos ya no son la libre circulación de mercancías porque los aranceles la impiden; la circulación de tecnología está limitada por las llamadas preocupaciones de seguridad; la circulación de capital está reducida porque a los chinos (y más recientemente a los japoneses, como en el caso del acero estadounidense) a menudo no se les permite comprar empresas estadounidenses; la circulación de mano de obra ha sido severamente restringida. Entonces, esto Implica la vuelta a políticas mercantilistas en las que priman los intereses de cada país. También significa el abandono de cualquier perspectiva cosmopolita e internacionalista en la que las normas sean, al menos en principio, universales... Este no es un mundo de globalización, sino de regionalismos parcelados e incluso nacionalismos

 "Mi reciente Substack sobre la elección de Donald Trump y su asunción de poderes presidenciales ha atraído bastante atención, así como críticas entre personas que malinterpretaron el artículo como una alabanza a favor de Donald Trump. Estoy muy satisfecho de que el artículo atrajera la atención de Martin Wolf, del Financial Times, que es uno de los analistas más respetados de las políticas económicas nacionales e internacionales. Puede encontrar su crítica y mi breve respuesta en la parte inferior (en la sección de comentarios) del artículo original aquí. En mi respuesta quería argumentar que los economistas de la corriente dominante habían abandonado los principios fundamentales de la globalización neoliberal mucho antes del 20 de enero. Este último es sólo un acontecimiento simbólico: ese día terminará efectivamente la era de la globalización neoliberal que ha comenzado (en este episodio de la globalización) con la caída del Muro de Berlín. Sin embargo, la mayoría de sus elementos han sido desmantelados mucho antes y por personas que nunca reconocieron abiertamente haberlo hecho.

 Sé que a muchos economistas neoliberales de la corriente dominante les gusta tratar la aparición de Donald Trump como un acto de Dios. Lo tratan como un terremoto o una tormenta repentina cuyo origen nadie puede desentrañar. Sin embargo, se ha argumentado (y creo que es obvio) que las semillas de su ascenso fueron en realidad sembradas por las políticas neoliberales que han ido perdiendo apoyo popular. No es casualidad que 77 millones de personas hayan votado a Trump ni que en la actualidad se estén produciendo movimientos similares que desestabilizan políticamente a grandes países occidentales como Alemania y Francia. Este aspecto interno y el papel del neoliberalismo en el aumento de la desigualdad, la reducción de la movilidad social, el aumento de la morbilidad y la mortalidad entre las clases medias en EEUU, la disociación de los intereses de los ricos del resto de la sociedad, han sido ampliamente documentados tanto en la literatura económica como en la politológica. No quiero extenderme sobre ello.

 Me gustaría, por el contrario, centrarme en el abandono de los principios neoliberales en el ámbito internacional. Esto es especialmente relevante para el Financial Times, considerado por la llamada comunidad internacional del desarrollo como el periódico de referencia. El Financial Times tiene una perspectiva internacional de la que carece, por ejemplo, el Wall Street Journal. Pero el Financial Times ha estado engañando a sus lectores haciéndoles creer, o sin darse cuenta, que la mayor parte del establishment neoliberal ha abandonado en realidad los principios de la globalización que esa misma gente ha estado defendiendo antes, durante unos 20 años o más. En mi opinión, el Financial Times no lo ha hecho debido a su estridente política antichina y a su obsesión por el éxito de China. Ahora bien, esa obsesión por el éxito de China o más bien aversión por su éxito (o deseo de su fracaso) sólo tiene sentido si se mira a China desde un ángulo estrictamente político o estratégico. Allí China puede ser un gran competidor, rival o incluso enemigo de Occidente. Pero no tiene ningún sentido si se observa el éxito de China desde un punto de vista internacionalista o cosmopolita, que es, en principio, lo que se supone que hacen los economistas del desarrollo. Desde ese punto de vista, el éxito de cualquier país en desarrollo, ya sea China, Nigeria, Indonesia, Chad, Paraguay o Malí, debe ser aplaudido. Esta es la primera incoherencia.

 También está la incoherencia por la que se interpreta que el éxito chino se debe en parte al robo de tecnología a Occidente. Ahí puedo dar fe, después de haber trabajado durante más de 20 años en el Banco Mundial, de que la queja permanente que he oído ha sido que los países pobres son «desgraciadamente» incapaces de utilizar con éxito la tecnología de las naciones más desarrolladas debido a su corrupción o a su falta de educación. No es que Occidente no estuviera dispuesto a compartirla con ellos. Por eso, cuando un país como China demostró por fin que sí podía copiar la tecnología occidental, utilizar su tamaño como moneda de cambio y mejorar la tecnología extranjera, desde una perspectiva cosmopolita a la que presumiblemente se dedica el Financial Times, ese éxito debería haber sido saludado y acogido con satisfacción. Por el contrario, fue ridiculizado y presentado como un robo. Las organizaciones internacionales deberían, de hecho, aconsejar a Etiopía y Tanzania cómo replicar la copia china de tecnologías occidentales en lugar de tratarlo como un acto de ilegalidad. Esta es la segunda incoherencia.

La tercera, en cierto modo una incoherencia múltiple, es que los aspectos internacionales de la globalización neoliberal han sido abandonados por las personas que solían defenderla. Los trataré uno por uno.

 Los aranceles. Desde el mismo establecimiento del sistema de Bretton Woods y desde los principios básicos de la globalización, los aranceles se consideran a veces un mal necesario, pero en principio el instrumento que debe desalentarse y utilizarse lo menos posible. Esta ha sido la política seguida sistemáticamente tanto por los países desarrollados como por los países en desarrollo desde principios de los años ochenta. Así pues, los recientes aumentos de los tipos arancelarios en Estados Unidos y Europa suponen una desviación de uno de los principios fundamentales de la globalización. El aumento de los aranceles contra las importaciones chinas comenzó bajo la primera administración de Donald Trump, pero muy rápidamente fue asumido por Joe Biden y por su administración. Además, amplió la política de protección arancelaria contra los productos chinos e incluso en algunos casos amenazó con prohibir totalmente las importaciones de algunos productos como los vehículos eléctricos.

 Bloques comerciales. También ha sido un planteamiento constante de los globalizadores argumentar en contra de los bloques comerciales. No hace falta remontarse al Camino de servidumbre de Hayek para descubrir que los bloques comerciales se asocian generalmente con regímenes militaristas o autárquicos que intentan crear zonas de influencia económica. Pero más recientemente esa política en particular ha encontrado el favor de la clase dirigente neoliberal, incluida la propia editora asociada y columnista del Financial Times, Rana Faroohar, que publicó un influyente libro, ampliamente criticado, basado en varios de sus escritos y discursos anteriores. En él argumenta a favor de devolver a Estados Unidos los puestos de trabajo que aparentemente se perdieron en China y a favor del llamado friend-shoring (ver mi opinión aquí). Friend-shoring es simplemente una palabra diferente para la creación de bloques comerciales políticamente motivados. Es una política que en realidad no se atreve a decir su verdadero nombre porque es la misma política que siguieron en los años treinta el Reino Unido con las Preferencias de la Commonwealth, la Alemania nazi con la zona centroeuropea de Grosse Deutschland o Japón con la zona de Coprosperidad. Son antitéticas a cualquier idea normal de lo que debe significar la globalización.

Las políticas industriales, como los aranceles, sólo se consideran aceptables en circunstancias extremas. Nunca han sido aplaudidas por los defensores de la globalización porque conducen a una subvención injusta de la producción nacional y desvían los incentivos de lo que habrían sido en un mundo competitivo. Pero esa política también ha encontrado recientemente el favor de los principales economistas neoliberales e incluso del Financial Times. El debate se centra ahora en cómo debe aplicarse esa política y parece que hay un reconocimiento general de que Biden ha dado un gran paso adelante al institucionalizarla mediante la Ley Antiinflacionista. El problema de nuevo con esta política es que es incompatible con la idea de globalización y despolitización de la toma de decisiones económicas. Como mencionaré en la parte final, deja a la comunidad del desarrollo en la confusión, porque si la política industrial es buena para Estados Unidos o para Europa, la pregunta es ¿por qué habría de desaconsejarse en Egipto o en Nigeria?

La coerción económica tampoco es aceptada por los economistas liberales. Sin embargo, Estados Unidos y Europa la utilizan cada vez más. Trump la empleó bastante y aumentó el número de sanciones a regímenes políticos que no le gustaban, como Cuba y Venezuela. Estos regímenes de sanciones continuaron bajo Biden: EEUU tiene actualmente 38 regímenes de sanciones diferentes que de una u otra forma afectan a más de cincuenta países. Se ampliaron mucho con las guerras de Ucrania y Palestina, y la incautación de activos rusos, y de forma bastante incomprensible, con el castigo impuesto a los oligarcas rusos por no tener suficiente poder político para detener la guerra de Putin. En cualquier caso, el uso de la coerción económica también es antitético a la idea de la globalización neoliberal.

La libre circulación de trabajadores es, en principio, un objetivo de la globalización. Nunca se ha logrado por razones políticas, pero al menos ha permanecido en la agenda y ha sido un objetivo al que se aspiraba. Desde un punto de vista puramente global, no hay ninguna razón para que el mercado de trabajo no se internacionalice y no abarque todo el planeta del mismo modo que lo hace el mercado de capitales. Pero soy consciente de que las razones políticas dictan que las cosas sean de otro modo. Sin embargo, recientemente se ha desechado incluso el objetivo aspiracional de la libre circulación de trabajadores. No sólo Trump ha construido el muro contra México. El muro se siguió construyendo bajo Biden. Del mismo modo, las deportaciones de extranjeros indocumentados continuaron bajo Biden como de hecho han estado presentes bajo Obama. Esto no es algo que Trump haya inventado por su cuenta: la política anti-inmigración en los EE.UU. se ha agudizado gradualmente en los últimos 10 a 15 años. Lo mismo ocurre, e incluso de forma más dramática, en la Unión Europea. Teóricamente se enorgullece del multiculturalismo y la multietnicidad, mientras que al mismo tiempo está erigiendo fronteras físicas en las regiones limítrofes y ha aumentado las patrullas antimigrantes en el Mediterráneo. Es en su propio interés que el número de muertes debido a tales cercas y patrullas nunca se revela y sólo se puede adivinar. Pero asciende a varios miles al año.

Entonces, ¿qué podemos pensar cuando intentamos observar el panorama general? Llegamos a la conclusión de que todos los ingredientes esenciales de la globalización neoliberal han sido abandonados por los economistas de la corriente dominante y por la administración demócrata en EE.UU., como lo serán aún más por Trump. Es en ese sentido que la asunción del poder de Trump el 20 de enero representa una fecha simbólica para el rechazo final de estos principios. Los objetivos ya no son la libre circulación de mercancías porque los aranceles la impiden; la circulación de tecnología está limitada por las llamadas preocupaciones de seguridad; la circulación de capital está reducida porque a los chinos (y más recientemente a los japoneses, como en el caso del acero estadounidense) a menudo no se les permite comprar empresas estadounidenses; la circulación de mano de obra ha sido severamente restringida. Entonces, ¿qué ingredientes esenciales de la globalización neoliberal se han dejado intactos?

No se trata aquí de discutir si el abandono de estos principios es bueno o no para Estados Unidos, Europa, China o el mundo. Se trata simplemente de demostrar que no ha sido Trump el único agente del cambio, sino que estos principios han estado en suspenso durante al menos una década o quizá década y media. El Financial Times ha engañado a sus lectores al no decir claramente que su promoción de los bloques comerciales y la revisión de otros principios clave significa en realidad el abandono de la globalización neoliberal como proyecto. Esto sucede por (1) la competencia geoestratégica con China y porque (2) tales políticas neoliberales han sido perjudiciales a nivel interno para las clases medias occidentales.

Un problema importante en el que rara vez se repara (y el Financial Times debería haberlo hecho) es que renunciar a estos principios deja al sistema de Bretton Woods en la ruina. Como mencioné en uno de mis artículos anteriores, hubo dos marcos esenciales del sistema internacional: en 1944 y después, aunque no tan formalmente como en 1944, a principios de los años ochenta con la introducción del Consenso de Washington a escala mundial en los países formalmente comunistas, así como en India, África y América Latina. Pero aunque el Consenso de Washington fue, y puede ser legítimamente, criticado tenía al menos cierta coherencia. El actual abandono de los principios de la globalización neoliberal deja todo el campo del desarrollo internacional sumido en el caos porque no está nada claro qué tipo de políticas deben sugerirse o imponerse al resto del mundo. No se puede imaginar cómo una misión del Banco Mundial en Egipto podría defender la reducción de los aranceles o de las subvenciones mientras que, al mismo tiempo, el país más importante, no sólo económicamente sino en términos de ideología económica sugerida o impuesta, Estados Unidos, está aumentando sus aranceles y subvenciones."

( Branko Milanovic , blog, 08/01/25, traducción DEEPL, enlaces en el original)

8.1.25

Branko Milanović: El 20 de enero de 2025 marca el fin simbólico del neoliberalismo mundial. Sus dos componentes han desaparecido. El globalismo se ha convertido en nacionalismo, el neoliberalismo ha pasado a aplicarse únicamente a la esfera económica... Sólo quedan los bajos tipos impositivos, la desregulación y el culto al beneficio... Casi nunca los testigos de acontecimientos históricos son conscientes de que están observando o participando en un acontecimiento que cambia la historia... Pero el 20 de enero de 2025 asistiremos a uno de esos acontecimientos... Hemos llegado al final del globalismo y del neoliberalismo hayekiano... Pocas veces una ideología ha sido tan mendaz: llamaba a la igualdad mientras generaba aumentos de desigualdad sin precedentes históricos; llamaba a la democracia mientras sembraba la anarquía, la discordia y el caos; hablaba contra las clases dominantes mientras creaba una nueva aristocracia de la riqueza y el poder; llamaba a las reglas mientras las rompía todas; financiaba un sistema de mendacidad escolarizada que intentaba erigir medias mentiras como verdades ¿Qué viene después? El cesarismo global: rinde tributo a las clases bajas, recoge sus votos, paga las facturas pendientes de sus tarjetas de crédito, pero les da trabajos mal pagados y les ignora como participantes activos en la política salvo en intervalos de cuatro años... Elon Musk pide la creación de una élite global, desvinculada del nacionalismo ideológica, sentimental y psicológicamente, pero que lo utilice con fines políticos para apaciguar a las clases bajas... Dentro de unos años, veremos su lógica

 "Casi nunca los testigos de acontecimientos históricos son conscientes de que están observando o participando en un acontecimiento que cambia la historia. A menudo, los propios protagonistas de los acontecimientos históricos tampoco son conscientes de ellos. Pero el 20 de enero de 2025 asistiremos a uno de esos acontecimientos mientras la mayoría de las personas, incluidos los actores principales, no sabrán lo que están haciendo, inconscientes de que son fundamentalmente las herramientas de la historia.

El 20 de enero de 2025 marca el fin simbólico del neoliberalismo mundial. Sus dos componentes han desaparecido. El globalismo se ha convertido en nacionalismo, el neoliberalismo ha pasado a aplicarse únicamente a la esfera económica. Sus componentes sociales -igualdad racial y de género, libre circulación de trabajadores, multiculturalismo- han muerto. Sólo quedan los bajos tipos impositivos, la desregulación y el culto al beneficio.

Escribí sobre lo que creo que es la visión del mundo de Donald J. Trump: beneficios, neomercantilismo, nacionalismo estadounidense no imperialista. Cada uno de estos elementos individuales puede definirse fácilmente y ninguno de ellos es nuevo o desconocido. Pero, como suele ocurrir con los puntos de inflexión históricos, sólo cuando se juntan estas visiones del mundo definen una nueva ideología. Aún no conocemos su nombre. Lo que sí se sabe es que representa una ruptura con la ideología que gobernó desde los años ochenta, y seguramente desde principios de los noventa, hasta hoy.

 El propio Trump fue un beneficiario del neoliberalismo global. Por sus preferencias, edad y nacionalidad, participó plenamente en él y se benefició de él. Por razones que probablemente tienen más que ver con la vanidad que con la ideología, decidió desafiarlo. No esperaba tener éxito.

Sin embargo, ocho años después, tras la primera victoria presidencial totalmente inesperada, y cuatro años en el desierto asediado por las langostas de los juicios, el acoso permanente de los medios de comunicación, dos intentos de asesinato, revelaciones de libros que lo cuentan todo, jueces, investigaciones, falsos amigos, «lluvias doradas» y acusaciones de traición, ha vuelto con 77 millones de votos y una victoria tanto popular como en el colegio electoral.

 Nadie, incluido él mismo, sabe adónde llevará a Estados Unidos, al Occidente político y al mundo esta amalgama de ideas que ha reunido. Dentro de unos años, veremos su lógica. Puede que Elon Musk sea quien mejor las represente. Pide la creación de una élite global, desvinculada del nacionalismo ideológica, sentimental y psicológicamente, pero que lo utilice con fines políticos para apaciguar a las clases bajas. Es el cesarismo global: rinde tributo a las clases bajas, recoge sus votos, paga las facturas pendientes de sus tarjetas de crédito, pero les da trabajos mal pagados y les ignora como participantes activos en la política salvo en intervalos de cuatro años. Hace lo mismo que los demócratas y republicanos tradicionales de centro, pero como su cinismo es nuevo, es menos obvio, menos resentido y más creído.

 Por su desnudez y frescura, es una ruptura con la ideología que reinó durante cuarenta años: el gobierno raído de los plutócratas que pretendían ser luchadores contra la pobreza. El neoliberalismo no era una ideología de sangre y tierra, pero consiguió matar a muchos. Abandona la escena con un aroma de falsedad y deshonestidad. Pocas veces una ideología ha sido tan mendaz: llamaba a la igualdad mientras generaba aumentos de desigualdad sin precedentes históricos; llamaba a la democracia mientras sembraba la anarquía, la discordia y el caos; hablaba contra las clases dominantes mientras creaba una nueva aristocracia de la riqueza y el poder; llamaba a las reglas mientras las rompía todas; financiaba un sistema de mendacidad escolarizada que intentaba erigir medias mentiras como verdades.

Termina el 20 de enero."

(Branko Milanović, Brave New Europe, 07/01/25, traducción DEEPL, fuente Branko Milanović’s substack)