Artículo 129 de la Constitución española: Los poderes públicos... establecerán los medios que faciliten el acceso de los trabajadores a la propiedad de los medios de producción - Implantar la democracia económica en España es constitucional
"La electrificación es la principal herramienta contra las nuevas tiranías, contra los que están empujando el mundo al caos. Estados Unidos se ha convertido en el principal proveedor de gas natural de España;
cuyos precios han subido por el ataque criminal e ilegal de ese mismo
país contra Irán, que ha respondido bloqueando el estrecho de Ormuz.
Estados Unidos, además, ya era y sigue siendo uno de los principales
proveedores de petróleo de nuestro país; otra materia prima cuyo coste
se ha disparado tras la guerra.
La transición energética es imperfecta,
genera conflictos y, en demasiadas ocasiones, se transita junto a
aliados indeseables. Está claro. Lo que también está claro es que es, en
estos momentos, urgente e indispensable. No solamente por justicia
climática, también para forzar la desconexión del Estado autoritario más peligroso e impredecible
del momento, con permiso de otra ficción colonialista que sigue
practicando impunemente el genocidio. A los que están de gira en estos
momentos contra la “falsa transición energética” me gustaría
preguntarles, en caso de que quisieran escuchar, sobre cuál es la
alternativa que proponen que no caiga en vaguedades, confianza ciega en una futura movilización popular que está a punto de estallar pero que nunca cae del árbol o desconocimiento interesado sobre las capacidades y la relación de fuerzas actual.
La potencia renovable española es un hecho. Ante las dudas legítimamente generadas
por el apagón de hace un año, el almacenamiento con baterías está a
punto de erigirse como una realidad. No solamente evitando emisiones;
aplanando los picos de demanda para evitar sobretensiones, bajando el
precio de la luz y, con suerte, mandando definitivamente al retiro a las
caras e ineficientes centrales nucleares. Mientras
la propaganda grita, se esperan 30 GW de baterías que podrían reducir
el coste de las horas más caras para consumir electricidad a más de la mitad.
En
cualquier caso, no es necesario mirar al futuro: la potencia renovable
actualmente instalada -y las lluvias de este año- están logrando que el país pase de puntillas por la crisis energética desatada por la guerra en Irán.
Y si no fuera por un probable exceso de celo por parte del operador del
sistema para guardarse las espaldas en caso de un hipotético nuevo
apagón, la situación sería aún más benigna: estamos quemando más gas del
que sería necesario, y la eólica, la fotovoltaica y la hidroeléctrica
funcionan. A todo trapo.
Toda esta energía se puede utilizar, además de para romper lazos con Estados Unidos al margen de posicionamientos grandilocuentes, para vivir mejor. Así lo asegura Greenpeace en su nuevo informe,
en el que plantea que un modelo 100% renovable, basado no solo en la
electrificación sino en la reducción de la demanda, en la eficiencia y
en la suficiencia, es tanto deseable como posible.
Me
alegra el esfuerzo, me consta que consciente, que ha hecho Greenpeace
en sumar la propuesta a la denuncia. En los últimos años se han
convertido en un agente político con un pie en la toma de decisiones
mientras que siguen campeonando en lo que han hecho siempre bien: la
performance de protesta, la irrupción en los titulares y la valentía
para salirse del molde. Sin embargo, me ha decepcionado ligeramente la falta de aterrizaje de ese “vivir mejor” en un informe predominantemente macro.
Es cierto que muchas de las recetas incluidas no por sabidas han
perdido eficacia: rehabilitación masiva de los edificios, bombas de
calor contra el terrorismo geopolítico estadounidense, ciudades
compactas con sistemas de transporte público robusto para coger el
coche, eléctrico y compartido, lo menos posible.
Pero sigo echando de menos la respuesta a la pregunta que no puedo evitar: ¿y qué más? La electrificación es necesaria y urgente, pero… ¿cómo nos va a cambiar la vida? Vamos a tener mucha más luz, y mucho más barata, pero… ¿para qué tanta luz?
El
último plan del Gobierno contra la crisis energética puede presumir de
varios aciertos, no tanto por la audacia del Ejecutivo sino por la
insistencia de los grupos de presión e interesados desde hace años. Las condiciones para el autoconsumo compartido han mejorado,
por ejemplo, aumentando el rango por el cual se pueden conectar las
viviendas al punto de generación; y se han simplificado los trámites
administrativos. Semanas antes, el Gobierno anunció una reclamada mejora
de las ayudas al coche eléctrico; se pasa del plan Moves al plan Auto+ y
las subvenciones son directamente aplicadas por el concesionario, sin
tener que adelantar un dinero sin certezas de su vuelta.
Sin embargo, se vuelve a desperdiciar una nueva oportunidad para dar un golpe sobre el tablero, para que ese “vivir mejor” pase de vivir en el mundo abstracto de los deseos a irrumpir en la conversación del café.
Las renovables producen para nosotres luz barata, sí, que se pierde en
su camino hasta el consumidor final entre impuestos, peajes, las tretas
del mercado libre y una tarifa regulada cada vez más difícil de
entender. Australia, gracias a su inmensa producción renovable, está empezando a ofrecer horas de luz gratis
en las horas de mayor generación. El objetivo es doble. Por un lado, se
busca casar esa generación masiva con un aumento de la demanda y evitar
desperdicios. Por otro lado, se manda un mensaje clave en tiempos de
negacionismo asesino: esto es para la gente. Esta agenda es la agenda de vuestra factura.
Soy
consciente de que la Comisión Europea, brazo político del
neoliberalismo y guardiana de las esencias de la libre competencia, nos
miraría escandalizada: también se escandalizaron cuando España propuso
un tope al gas que acabó sirviendo para convertirse en la potencia europea que mejor capeó la crisis energética de 2022. También en los 40, en Estados Unidos, las compañías eléctricas se opusieron al “electricity for all”
que arguía la empresa pública Tennessee Valley Authority (TVA), una de
las patas del New Deal, que alumbró a coste bajo el sur del país. Convendría no dar la batalla perdida de antemano.
Las facilidades al autoconsumo son bien recibidas, pero el enfoque sigue siendo pasivo: ten tú la iniciativa, ciudadano, y ya te pagaremos si eso.
El Estado español sigue resistiéndose a pasar a un enfoque proactivo en
el asunto, acudiendo casa por casa a proponer el cambio -y el ahorro-.
Cualquiera que se pasee por cualquier barrio residencial de clase media
puede comprobar que las placas solares están triunfando en los tejados
de las viviendas unifamiliares. Excelente noticia, aunque solo sea por
lo aspiracional. Pero la asignatura del autoconsumo en barrios urbanos de menos renta, facilidades y espacio mental sigue cateada. No es imposible.
En Alemania,
por ejemplo, las Stadtwerke, empresas públicas y municipales de
energía, van bloque por bloque de las ciudades en las que operan
proponiendo, financiando y ejecutando la instalación de placas solares.
De vuelta a Australia, el Gobierno federal
creó el programa “Community Solar Banks”, cuyo funcionamiento es
curioso: la persona interesada compra una porción de una “granja solar”,
una instalación fotovoltaica que no tiene por qué ubicarse en su
vecindario, y el Estado le baja directamente su factura de la luz.
Incluso hay iniciativas locales aquí en España que podrían amplificarse:
el proyecto EPIU de Getafe identifica hogares vulnerables mediante big data y acude a instalar directamente las placas para el autoconsumo colectivo de todo el edificio.
En cuanto al vehículo eléctrico,
la mejora del sistema de subvención es notable. Pero queda muchísimo
camino por recorrer. De los veinte países que ofrecen incentivos a la
compra de automóviles eléctricos en Europa, doce superan a España en importe. ¿Por qué no se utiliza la recaudación tributaria por la generación eléctrica para suplir ese gap?
¿Y por qué no utilizamos tanta luz barata, como tenemos y vamos a
tener, para incentivar (forzar) a los Gobiernos municipales y
autonómicos a mejorar los servicios de transporte público electrointensivos, como el metro?
El Gobierno de Ayuso ya puso hace unos años el precio de la luz como
excusa para justificar el declive de frecuencias de los últimos años.
Los autobuses eléctricos gratuitos o a muy bajo coste no solucionarán,
desde luego, todos nuestros amplísimos problemas de movilidad urbana e
interurbana. Pero permiten algo incluso más valioso: cambiar el rumbo de la conversación.
Hay
varios obstáculos muy definidos: la coalición entre el capital fósil,
el poder político ultraderechista y la reacción de la manosfera, por
ejemplo. Los que prefieren proclamar que nada es posible para
salvaguardar sus posiciones, también. Pero la (auto)complacencia del progresismo electrooptimista,
a otro nivel, es otra de ellas. La luz barata para bajar nuestra
factura en un contexto en el que todo sube de precio o directamente te
expulsa es, desde luego, una buena noticia. La luz barata para cambiarnos la vida que vendrá sería aún mejor; con
pisos bien aislados sin tener que comernos la cabeza con la burocracia,
tejiendo redes y alianzas con la vecindad en la comunidad energética,
desplazándonos más rápido, a tiempo y sin asfixiar a nadie. Y si tiene
que quejarse la comunidad porque he tirado un cable desde el balcón para
cargar la moto, que se quejen. Todo gran cambio implica desorden."
Las renovables son la gran oportunidad para España. A corto plazo hay que superar el programa reforzado de ciclos combinados y, a medio plazo, hay que acelerar la electrificación con más inversión y una fiscalidad más favorable a la electricidad frente a las energías fósiles
"El ataque de Donald Trump contra Irán tendrá muchas consecuencias imprevistas e inesperadas. Una consecuencia en la que ni siquiera yo había pensado, pero que ya resulta evidente tras menos de una semana, es que Trump ha dado un nuevo y sólido argumento a favor de las energías renovables.
El argumento habitual para promover la energía solar y eólica es que el uso de energías renovables evita el daño medioambiental causado por la quema de combustibles fósiles. Este daño medioambiental incluye, entre otros, el cambio climático. Además, la contaminación atmosférica impone unos costes directos e inmediatos sorprendentemente elevados, ya que perjudica nuestra salud y reduce nuestra esperanza de vida.
Pero ahora sabemos que hay otra razón para que las naciones reduzcan su dependencia de los combustibles fósiles: la seguridad. En un mundo peligroso, es infinitamente más seguro depender del sol y el viento que de los combustibles fósiles, que deben transportarse a largas distancias desde naciones poco fiables, a menudo explotadoras y situadas en regiones que con frecuencia se convierten en zonas de guerra.
La situación actual en Oriente Medio es, en esencia, el peor escenario posible para el suministro energético mundial. Normalmente, alrededor del 20 % del suministro mundial de petróleo transita por el estrecho de Ormuz. También es una ruta crucial para el transporte de gas natural licuado y fertilizantes. Ese paso está ahora efectivamente cerrado y no hay buenas alternativas.
Donald Trump puede decir que reabrirá el estrecho. Pero, salvo que se produzca un cambio de régimen en Irán, es muy difícil imaginar cómo podría hacerlo. Los petroleros son objetivos extremadamente vulnerables, mientras que los drones, los misiles antibuque y las minas son baratos. Además, el régimen iraní seguramente todavía tiene miles de ellos en stock, listos para un ataque como este.
Irónicamente, el ejército estadounidense, que ha estado utilizando misiles Patriot extremadamente caros —y de suministro limitado— para derribar drones iraníes, ahora está negociando la compra de interceptores de drones mucho más baratos y recibirá formación sobre su uso de... Ucrania, que cuenta con cuatro años de experiencia en hacer frente a este tipo de amenazas. Pero el hardware y la experiencia ucranianos tardarán en llegar. Mientras tanto, los expertos de la industria petrolera predicen que la escasez de suministros de petróleo se agravará mucho más si el estrecho no se abre en unos días.
Aunque nos encontramos en medio de una crisis cada vez más grave, a muchos, incluido yo mismo, nos sorprende que los precios del petróleo no hayan subido aún más, aunque ayer volvieron a subir. Supongo que los especuladores siguen esperando que la interrupción termine rápidamente. Nadie sabe por qué. Sin embargo, los consumidores de todo el mundo ya están sintiendo los efectos. Si bien es sorprendente que los precios del crudo no hayan subido más, también lo es la rapidez con la que han aumentado los precios minoristas de la gasolina:
Europa es especialmente vulnerable. Europa está muy por delante de Estados Unidos en capacidad de energía renovable, pero sigue dependiendo del GNL importado para gran parte de sus necesidades de calefacción y generación de electricidad. Aunque solo importa una pequeña parte del Golfo Pérsico (Estados Unidos es su mayor proveedor de GNL), la guerra está suponiendo un duro golpe para las economías europeas: los países asiáticos, que se apresuran a sustituir sus importaciones de GNL de Oriente Medio, están haciendo subir los precios en todo el mundo.
Ahora bien, Trump odia las energías renovables, especialmente la energía eólica. Ha intentado destruir inversiones por valor de cientos de millones de dólares en turbinas eólicas marinas y ha tratado de bloquear también los proyectos terrestres, aunque en algunos casos los tribunales lo han impedido. También ha presionado a otros países para que vuelvan a los combustibles fósiles. El martes arremetió contra el Reino Unido, calificando a los británicos de «muy poco cooperativos» y atacándolos por tener «molinos de viento por todas partes que están arruinando el país». Pero Gran Bretaña estaría en una situación mucho peor ahora mismo si la energía eólica no suministrara alrededor del 30 % de su electricidad.
De hecho, los británicos y otros europeos deben estar deseando obtener una proporción aún mayor de su energía de fuentes renovables en lugar de gas natural, liberándose así de las cadenas de las delirantes ideas de Trump y de la guerra en Oriente Medio.
En un artículo publicado en el Financial Times, Alan Beattie sitúa la política energética en el contexto de la rivalidad geopolítica:
"Las ofertas de las superpotencias económicas rivales son ahora las siguientes. Estados Unidos te obliga a firmar acuerdos comerciales que prometen un futuro de combustibles fósiles cuyo precio está sujeto al aventurerismo tremendamente destructivo de Estados Unidos. China te ofrece vehículos eléctricos fiables y baratos y tecnología verde para generar energías renovables."
Puede que sea un poco exagerado, pero tiene razón. Yo añadiría que el problema con las exigencias de Estados Unidos de que las naciones quemen, quemen y quemen no es solo el aventurerismo estadounidense. También es el hecho de que depender de Estados Unidos para el GNL, que es lo que supondría seguir el camino de Trump, es en sí mismo inseguro. ¿Estás seguro de que Trump o un futuro presidente similar a Trump no cortará el suministro de energía a las naciones que le molesten? Yo no lo estoy.
Así pues, la guerra de Estados Unidos contra Irán está dando argumentos de peso a los países de todo el mundo para que busquen la independencia energética. Y para aquellos países que no tienen grandes reservas de combustibles fósiles, eso significa energía eólica y solar (y, sí, nuclear).
Donald Trump, ¿héroe de las energías renovables? ¿Quién lo hubiera dicho?"
"La tierra que rodea el lago Naivasha, una cuenca de agua dulce poco profunda en la zona centro‑sur de Kenia, parece incapaz de quedarse quieta.
La ceniza del cercano monte Longonot,
que entró en erupción tan recientemente como en la década de 1860,
permanece en el suelo. Cuevas de obsidiana y torres de roca dentada se
alzan sobre el vapor que brota de grietas en la tierra y se eleva desde
pozas de agua hirviente, generadas por un magma que, en algunas zonas,
se encuentra a solo unos pocos kilómetros bajo la superficie.
Es un paisaje nacido de procesos geológicos violentos hace
unos 25 millones de años, cuando las placas tectónicas nubia y somalí
se separaron. Aquella fractura abrió una depresión en la corteza
terrestre de unos 6.400 kilómetros de longitud, desde África Oriental
hasta Oriente Medio, para formar lo que hoy conocemos como el Gran Valle del Rift.
Esta volatilidad confiere a la región un enorme potencial, gran parte del cual sigue sin explotarse. La zona, situada a pocas horas por carretera de Nairobi, alberga cinco centrales geotérmicas que aprovechan las nubes de vapor para generar alrededor de una cuarta parte de la
electricidad de Kenia. Pero parte de esa energía se escapa a la
atmósfera, y aún más permanece bajo tierra por falta de demanda.
Eso es lo que llevó a Octavia Carbon hasta aquí.
En junio, al norte del lago, en la pequeña pero estratégicamente situada localidad de Gilgil, la start-up comenzó a realizar una prueba de alto riesgo. Está aprovechando parte de ese excedente de energía para alimentar cuatro prototipos de una máquina que promete extraer dióxido de carbono del aire de un modo que, según la compañía, es eficiente, asequible y, lo que es crucial, escalable.
A corto plazo, el impacto será
reducido (la capacidad inicial de cada dispositivo es de apenas 60
toneladas anuales de CO₂), pero el objetivo inmediato es simplemente demostrar que la eliminación de carbono aquí es posible. La visión a largo plazo es mucho más ambiciosa: demostrar que la captura directa del aire (DAC, por sus siglas en inglés), como se conoce el proceso, puede ser una herramienta poderosa para ayudar al mundo a evitar que las temperaturas sigan aumentando hasta niveles cada vez más peligrosos.
“Creemos que estamos haciendo lo que podemos aquí en Kenia para abordar el cambio climático y liderar el impulso para posicionar a Kenia como un país a la vanguardia climática”, me dijo Specioser Mutheu, responsable de comunicación de Octavia, cuando visité el país el año pasado.
El Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático de las Naciones Unidas (IPCC,
por sus siglas en inglés) ha afirmado que, para evitar que el
calentamiento global supere los 1,5 °C por encima de los niveles
preindustriales (el umbral fijado en el Acuerdo de París), o incluso los
2 °C, que son más realistas pero aún difíciles de lograr, será necesario reducir de forma significativa las futuras emisiones de combustibles fósiles y extraer de la atmósfera miles de millones de toneladas de carbono ya emitidas.
Algunas voces sostienen que la DAC, que
emplea procesos mecánicos y químicos para extraer dióxido de carbono
del aire y almacenarlo en una forma estable (normalmente bajo tierra), es la mejor vía para lograrlo.
Es una tecnología con un enorme potencial, que ofrece la posibilidad de
que la capacidad humana de innovación nos saque del mismo problema que
el propio desarrollo contribuyó a crear.
El año pasado entró en funcionamiento en Islandiala mayor planta de DAC del mundo, Mammoth,
con una capacidad máxima prevista de hasta 36.000 toneladas de CO₂ al
año, aproximadamente el equivalente a las emisiones de 7.600 coches de
gasolina. La idea es que plantas de DAC como esta eliminen y almacenen carbono de forma permanente,
generando créditos de carbono que puedan adquirir empresas, gobiernos y
productores industriales locales, lo que contribuiría colectivamente a
evitar que el mundo sufra los efectos más peligrosos del cambio
climático.
Ahora, Octavia y un número creciente de
empresas, responsables políticos e inversores de África, EE UU y Europa
apuestan por que el entorno único de Kenia contenga las claves para
alcanzar ese ambicioso objetivo, y por eso están impulsando una visión
transformadora para convertir el Gran Valle del Rift en el“Gran Valle del Carbono”. Y esperan hacerlo de una manera que genere un beneficio económico real para Kenia y, al mismo tiempo, respete los derechos de los pueblos indígenas que
habitan estas tierras. Si lo logran, el proyecto no solo podría aportar
el impulso que la industria de DAC necesita, sino también ofrecer una
prueba de concepto para su despliegue en todo el Sur Global,
particularmente vulnerable a los estragos del cambio climático pese a
tener muy poca responsabilidad en él.
Pero la DAC también es una tecnología
controvertida, no demostrada a gran escala y extremadamente costosa de
operar. En mayo, un medio islandés publicó una investigación sobre Climeworks, la empresa que gestiona la planta Mammoth, en la que concluía que ni siquiera capturaba suficiente dióxido de carbono como para compensar sus propias emisiones, y mucho menos las de otras compañías.
Los críticos sostienen además que la electricidad que requiere la DAC podría emplearse mejor en
descarbonizar nuestros sistemas de transporte, calentar nuestros
hogares y alimentar otras industrias que aún dependen en gran medida de
los combustibles fósiles. Y añaden que confiar en la DAC puede dar a los
contaminadores una excusa para retrasar indefinidamente la transición a
las energías renovables. Para complicar aún más el panorama, la demanda menguante por parte de gobiernos y empresas (que
serían los principales compradores de DAC) ha llevado a algunos
expertos a preguntarse si esta industria siquiera logrará sobrevivir.
La eliminación de carbono es una
tecnología que parece estar siempre a punto de despegar, pero nunca lo
hace, afirma Fadhel Kaboub, economista tunecino y defensor de una
transición ecológica justa. “Requiere miles de millones de dólares de inversión y no está dando resultados,
ni los dará en un futuro próximo. ¿Por qué ponemos entonces el futuro
entero del planeta en manos de unas pocas personas y de una tecnología
que no funciona?”.
A estas preocupaciones sobre la viabilidad
y la sensatez de la DAC se suma una larga historia de desconfianza por
parte del pueblo masái, que ha considerado el Gran Valle del Rift su
hogar durante generaciones, pero que ha sido desplazado en oleadas por
empresas energéticas que llegaron para explotar las reservas geotérmicas
de la región. Y muchos de quienes aún permanecen ni siquiera tienen acceso a la electricidad generada por estas plantas.
Es un panorama inmensamente complejo de gestionar. Pero si el proyecto logra salir adelante, Benjamin Sovacool,
investigador en políticas energéticas y director del
Boston University Institute for Global Sustainability, ve un enorme potencial para los países históricamente marginados de las políticas climáticas y de la inversión en energía verde.
Aunque es escéptico sobre la DAC como solución climática a corto plazo,
señala que estas naciones podrían beneficiarse mucho de lo que podría
convertirse en una industria de varios billones de dólares.
“De todas las tecnologías de las que
disponemos para combatir el cambio climático, la idea de revertirlo
succionando CO₂ del aire y almacenándolo es realmente atractiva. Es algo
que incluso una persona corriente puede entender”, dice Sovacool. “Si
somos capaces de implementar la DAC a gran escala, podría ser la próxima
gran transición energética”.
Pero antes, claro está, el Gran Valle del Carbonotiene que demostrar que realmente puede funcionar.
Desafiando la dinámica de poder
El “Gran Valle del Carbono” es a la vez
una visión amplia para la región y una empresa creada para llevar esa
visión a la realidad.
Bilha Ndirangu, ingeniera eléctrica
graduada del MIT que creció en Nairobi (Kenia), lleva años preocupada
por los efectos del cambio climático en su país. Pero no quiere que
Kenia sea solo una víctima del aumento de las temperaturas, me cuenta; aspira a que se convierta en una fuente de soluciones climáticas. Así, en 2021, Ndirangu cofundó Jacob’s Ladder Africa, una organización sin ánimo de lucro cuyo objetivo es preparar a trabajadores africanos para las industrias verdes.
También comenzó a colaborar con el
empresario keniano James Irungu Mwangi, director ejecutivo
de Africa Climate Ventures, una firma de inversión centrada en crear y
acelerar empresas climáticamente inteligentes. Mwangi llevaba tiempo
trabajando en una idea alineada con la convicción que ambos compartían
sobre el potencial de la enorme capacidad geotérmica del país: el plan
consistía en encontrar compradores para el excedente de energía geotérmica de Kenia y así impulsar el desarrollo de aún más energía renovable.
Una industria intensiva en energía y con impacto climático positivo
destacaba claramente: la captura directa del aire de dióxido de carbono.
El Gran Valle del Rift era la clave de
esta visión. La idea era que podría proporcionar la energía barata
necesaria para alimentar una DAC asequible a gran escala y, al mismo
tiempo, ofrecer la geología ideal para almacenar carbono de forma eficaz
en el subsuelo profundo tras extraerlo del aire. Y con casi un 90% de la red eléctrica del país ya alimentada por energías renovables, la DAC no estaría desviando electricidad de otras industrias que la necesitan. Al contrario: atraer plantas DAC a Kenia podría brindar el impulso necesario para que los proveedores de energía ampliaran su infraestructura y extendieranla red eléctrica, conectando idealmente al 25% de la población que aún carece de electricidad y reduciendo episodios en los que es necesario racionar la energía.
“Este impulso por las energías renovables y la descarbonización de las industrias nos brinda una oportunidad que solo se presenta una vez en la vida”, me asegura Ndirangu.
Así, en 2023, ambos fundaron Great Carbon Valley, una empresa de desarrollo de proyectos cuya misión es atraer compañías de DAC a la región, junto con otras industrias intensivas en energía que buscan electricidad renovable.
La iniciativa ya ha logrado atraer a empresas de alto perfil,
como la start-up belga de DAC Sirona Technologies, la
compañía DAC francesa Yama, y Climeworks, la empresa suiza que
opera Mammoth y otra planta de DAC en Islandia (y que apareció en la lista de 10 Tecnologías emergentes de MIT Technology Review en 2022 y en la lista de Empresas tecnológicas climáticas a tener en cuenta en 2023). Todas ellas planean lanzar proyectos piloto en Kenia en
los próximos años, y Climeworks ha anunciado sus planes para completar
su planta keniana de DAC en 2028. GCV también se ha asociado con Cella,
una empresa estadounidense de almacenamiento de carbono que colabora con
Octavia, y está facilitando los permisos para la empresa
islandesa Carbfix, que se encarga de inyectar el carbono procedente de
las instalaciones DAC de Climeworks.
“El cambio climático afecta de forma desproporcionada a esta parte del mundo, pero también está cambiando las reglas del juego en todo el planeta”,
me explica Corey Pattison, director ejecutivo y cofundador de Cella, al
hablar sobre el atractivo del concepto desarrollado
por Mwangi y Ndirangu. “Esto también es una oportunidad para ser
emprendedores y creativos en nuestra manera de pensar, porque lugares
como Kenia cuentan con todos estos activos”.
El país no solo puede ofrecer energía
renovable barata y abundante: quienes defienden la DAC en Kenia confían
en que su población joven y formada aporte los ingenieros y científicos
necesarios para desarrollar esta infraestructura. A su vez, este sector podría abrir oportunidades para los aproximadamente 6 millones de jóvenes que están desempleados o infraempleados.
“No es una industria puntual”,
afirma Ndirangu, subrayando su convicción de que el empleo surgirá de la
industrialización verde. Se necesitarán ingenieros para supervisar las instalaciones deDAC, y la demanda adicional de energía renovable generará empleo en el sector energético y en servicios asociados, como el agua y la hostelería.
“Estás desarrollando toda una gama de infraestructuras para hacer posible esta industria”, añade. “Esa infraestructura no solo beneficia al sector: también beneficia al país”.
La oportunidad de resolver un “problema del mundo real”
En junio del año pasado, subí por un
camino de tierra hasta la sede de Octavia Carbon, junto a la
Eastern Bypass Road de Nairobi (Kenia), en los confines orientales de la
ciudad.
El equipo que conocí durante la visita irradiaba el tipo de optimismo desbordante
que es habitual en las start-ups en fases tempranas. “La gente solía
escribir artículos académicos afirmando que ningún ser humano podría
correr un maratón en menos de dos horas”, me dijo aquel día el director
ejecutivo de Octavia, Martin Freimüller. El maratonista keniano
Eliud Kipchoge superó esa barrera en una carrera en 2019. Un mural suyo ocupa un lugar destacado en la pared, junto con su lema: “No human is limited”.
“Es imposible… hasta que Kenia lo logra”, añadió Freimüller.
Aunque no es un socio oficial de la iniciativa Great Carbon Valley de Ndirangu, Octavia está alineada con la visión más amplia,
me dijo Freimüller. La empresa comenzó su andadura en 2022,
cuando Freimüller, un consultor de desarrollo austríaco, conoció a
Duncan Kariuki, graduado en ingeniería por la Universidad de Nairobi,
en OpenAir Collective, un foro en línea dedicado a la eliminación de
carbono. Kariuki presentó a Freimüller a sus compañeros de clase
Fiona Mugambi y Mike Bwondera, y los cuatro empezaron a trabajar en un
prototipo de DAC, primero en un espacio de laboratorio prestado por la
universidad y, más tarde, en un apartamento. No pasó mucho tiempo antes
de que los vecinos se quejaran del ruido y, en menos de seis meses,
trasladaron la operación a su actual almacén.
Ese mismo año anunciaron su primer prototipo,
cariñosamente llamado Thursday, en referencia al día en que se presentó
en un evento de Nairobi Climate Network. Pronto, Octavia estaba mostrando su tecnología a visitantes de alto perfil, entre ellos el rey Carlos III y Meg Whitman, la embajadora del presidente Joe Biden en Kenia.
Tres años después, el equipo cuenta con más de 40 ingenieros y ha construido su 12.ª unidad de DAC:
un cilindro metálico aproximadamente del tamaño de una lavadora grande,
que contiene un filtro químico basado en una amina, un compuesto
orgánico derivado del amoníaco. (Octavia declinó ofrecer más detalles
sobre la disposición interna del filtro dentro de la máquina, ya que la
empresa está a la espera de la aprobación de una patente para el diseño).
Hannah Wanjau, ingeniera de la empresa, me explicó cómo funciona el sistema:
unos ventiladores aspiran aire del exterior a través del filtro,
haciendo que el dióxido de carbono (que es ácido) reaccione con la amina
básica y forme una sal de carbonato. Cuando esta mezcla se calienta
en al vacío a una temperatura de entre 80 y 100 °C, el CO₂ se libera en
forma de gas y se recoge en una cámara especial, mientras que la amina
puede reutilizarse en el siguiente ciclo de captura.
El método de absorción con aminas se ha
empleado en otras plantas de DAC en el mundo, incluidas las operadas
por Climeworks, pero el proyecto de Octavia destaca en varios aspectos clave. Wanjau explicó que la tecnología está adaptada al clima local: la empresa ha ajustado tanto el tiempo de absorción como la temperatura de liberación del CO₂, lo que podría convertirla en un modelo para otros países tropicales.
Y luego está la fuente de energía:
el dispositivo funciona con más de un 80% de energía térmica, que en el
terreno consistirá en el excedente de energía geotérmica que las
centrales no convierten en electricidad. Esa energía suele liberarse a
la atmósfera, pero aquí se canalizará hacia las máquinas de Octavia. Además, eldiseño modular del dispositivo permite que quepa en un contenedor de transporte, permitiendo a la empresa desplegar decenas de unidades cuando exista demanda, me comentó Mutheu.
Esta tecnología se está probando sobre el terreno en Gilgil (Kenia),
donde, según Mutheu, la empresa “continúa capturando y acondicionando
CO₂ como parte de nuestras operaciones y ciclos de prueba en curso”.
(Rechazó proporcionar datos o resultados concretos por el momento).
Una vez capturado, el CO₂ se calentará y
se presurizará. Después se bombeará a una instalación cercana operada
por Cella, donde se inyectará el gas en fisuras subterráneas. La geología especial de la región ofrece de nuevo una ventaja:
gran parte de la roca subterránea es basalto, un mineral volcánico rico
en iones de calcio y magnesio. Estos reaccionan con el dióxido de
carbono para formar minerales como calcita, dolomita y magnesita, fijando así los átomos de carbono en forma sólida.
Este proceso es más duradero que otras formas de almacenamiento de carbono,
lo que lo hace potencialmente más atractivo para los compradores de
créditos de carbono, afirma Pattison, director ejecutivo de Cella.
Métodos de mitigación no geológica (como los programas de sustitución de
cocinas domésticas o las soluciones basadas en la naturaleza, como la plantación de árboles) se han visto recientemente afectados por revelaciones de fraude o exageración. El
dinero para el proyecto piloto de Cella, que verá la inyección de 200
toneladas de CO₂ este año, procede principalmente del compromiso de mercado anticipado Frontier, mediante el cual un grupo de empresas, incluidas Stripe, Google, Shopify, Meta y otras, ha prometido colectivamente gastar 1.000 millones de dólares (unos 913,8 millones de euros) en eliminación de carbono para 2030.
Estos proyectos ya han abierto nuevas posibilidades para jóvenes kenianos como Wanjau.
Me contó que no había muchas oportunidades para que aspirantes a
ingenieras mecánicas como ella pudieran diseñar y probar sus propios
dispositivos; muchos de sus compañeros trabajaban en empresas de
construcción o petróleo, o estaban desempleados. Pero casi
inmediatamente después de graduarse, Wanjau comenzó a trabajar en
Octavia.
“Me alegra estar intentando resolver un
problema que es un asunto del mundo real”, me dijo. “No muchas personas
en África tienen la oportunidad de hacer eso”.
Una subida cuesta arriba
A pesar del enorme entusiasmo de socios e inversores, el proyecto Great Carbon Valley enfrenta múltiples desafíos antes de que la visión de Ndirangu y Mwangi pueda hacerse realidad.
Desde sus inicios, la iniciativa ha tenido que lidiar con “esta percepción de que hacer proyectos en África es arriesgado”, explica Ndirangu. De las decenas de instalaciones de DAC planificadas o existentes hoy,
solo un puñado se encuentra en el Sur Global. De hecho, Octavia se ha
descrito a sí misma como la primera planta de DAC ubicada en esta
región. “Incluso vender Kenia como destino para la DAC fue todo un
desafío”, afirma.
Por ello, Ndirangu destacó la experiencia de Kenia en el desarrollo de recursos geotérmicos, así como su talento local en ingeniería y los menores costes laborales. GCV también se ha ofrecido a colaborar con el gobierno keniano para ayudar a las empresas a obtener los permisos necesarios y comenzar a construir lo antes posible.
Ndirangu afirma que ya ha visto “un
apetito real” entre los productores de energía que quieren ampliar la
infraestructura de energías renovables, pero al mismo tiempo esperan pruebas de que habrá demanda.
Imagina que, una vez que esa energía adicional esté disponible, muchas
otras industrias, desde centros de datos hasta productores de acero
verde, amoníaco verde o combustibles de aviación
sostenibles, considerarán establecerse en Kenia, atrayendo más de una
docena de proyectos al valle en los próximos años.
Pero acontecimientos recientes podrían frenar esa demanda (que algunos expertos ya temían insuficiente). Los gobiernos de todo el mundo están retrocediendo en sus compromisos climáticos, especialmente en EE UU. La
administración Trump ha recortado drásticamente la financiación
destinada al desarrollo relacionado con el cambio climático y las
energías renovables. El Departamento de Energía parece dispuesto a cancelar una
subvención de 50 millones de dólares (unos 45,7 millones de
euros) destinada a una planta de DAC propuesta en Luisiana (EE UU), que
habría sido operada parcialmente por Climeworks. Y en mayo, poco después
de ese anuncio, la empresa comunicó que recortaba un 22% de su plantilla.
Al mismo tiempo, muchas empresas que probablemente habrían sido compradoras de créditos de carbono, y que hace apenas unos años habían prometido voluntariamente reducir o eliminar sus emisiones, están retirando silenciosamente esos compromisos. A largo plazo, advierten los expertos, existe un límite en la cantidad de eliminación de carbono que las compañías comprarán de manera voluntaria. Sostienen que, en última instancia, deberán ser los gobiernos quienes lo financien o exigir a los contaminadores que lo hagan.
A todos estos retos se suman los costes. Los críticos aseguran que las inversiones en DAC son una pérdida de tiempo y dinero en
comparación con otras formas de reducción de carbono. A mediados de
diciembre, los créditos de eliminación de carbono en el Sistema de
Comercio de Emisiones de la Unión Europea (uno de los mayores mercados
de carbono del mundo) tenían un precio de alrededor de 84 dólares por
tonelada (unos 76,8 euros). El precio medio por crédito de DAC, en comparación, ronda los 450 dólares (unos 411,8 euros). Procesos
naturales como la reforestación absorben millones de toneladas de
carbono cada año y son mucho más baratos (aunque los programas para
convertirlos en créditos de carbono tienen sus propias controversias).
En última instancia, la DAC sigue operando a pequeña escala, eliminando apenas unas 10.000 toneladas métricas de CO₂ al año.
Incluso si los proveedores de DAC logran superar estos obstáculos, siguen apareciendo cuestiones espinosas dentro de Kenia. Grupos como Power Shift Africa, un think tank con sede en Nairobi (Kenia) que aboga por la acción climática en el continente, han calificado los créditos de carbono como “permisos para contaminar” y los han culpado de retrasar la electrificación.
“El objetivo último de [la eliminación de
carbono] es poder decir, al final, que podemos seguir emitiendo y
simplemente recapturar esas emisiones con esta tecnología”,
afirma Kaboub, el economista tunecino que ha trabajado
con Power Shift Africa. “Así que no hace falta poner fin a los
combustibles fósiles, y por eso recibe tanto apoyo de países y empresas petroleras”.
Otro problema que identifica no se limita a la DAC, sino que se extiende a la forma en que Kenia y otras naciones africanas están persiguiendo su meta de industrialización verde.
Aunque el presidente keniano William Ruto ha atraído inversión
financiera internacional para convertir Kenia en un centro de energía
verde, las políticas de su administración han incrementado la deuda externa del país,
que en 2024 equivalía aproximadamente al 30% de su PIB. El desarrollo
geotérmico en Kenia a menudo se ha financiado con préstamos de
instituciones internacionales u otros gobiernos. A medida que la deuda
ha aumentado, el país ha aplicado medidas de austeridad nacional que han
desencadenado protestas mortales.
Kenia puede tener ventajas sobre otros
países, y es probable que los costes de la DAC disminuyan con el tiempo.
Pero algunos expertos, como Benjamin Sovacool, de Boston University, no están convencidos de que Great Carbon Valley (o cualquier iniciativa de DAC) pueda mitigar de forma significativa el cambio climático. Las investigaciones de Sovacool han
descubierto que, en el mejor de los casos, la DAC estará lista para
desplegarse a la escala necesaria hacia mediados de siglo, demasiado tarde para funcionar como una solución climática viable. Y eso suponiendo que pueda superar costes adicionales, como las pérdidas asociadas a la corrupción en el sector energético, que Sovacool y otros han documentado como un problema generalizado en Kenia.
Sin embargo, otras personas dentro de la industria de la eliminación de carbono se muestran más optimistas respecto
a las perspectivas generales de la DAC y confían especialmente en que
Kenia pueda resolver algunos de los desafíos que la tecnología ha
encontrado en otros lugares. El coste “no es lo más importante”, afirma
Erin Burns, directora ejecutiva de Carbon180, una organización sin ánimo
de lucro que aboga por la eliminación y reutilización del dióxido de
carbono. “Hay muchas cosas por las que pagamos”. Señala que gobiernos
de Japón, Singapur, Canadá, Australia, la Unión Europea y otros lugares
están estudiando el desarrollo de mercados de cumplimiento para el
carbono, incluso aunque EE UU esté estancado en este ámbito.
Cree que Great Carbon Valley está bien posicionado para
beneficiarse de estos avances. “Es grande. Es visionario”, afirma
Burns. “Hay que tener un poco de ambición. No se trata de desplegar una
tecnología que ya esté extendida. Y eso conlleva un enorme potencial para grandes oportunidadesy ganancias enormes”.
Vuelta a la tierra
Más que cualquier factor externo, el futuro de Great Carbon Valley está quizá más íntimamente entrelazado con la tierra inquieta sobre la que se está construyendo y con la comunidad que ha vivido aquí durante siglos.
Para el pueblo masái, pastores nómadas que
habitan extensas zonas de África Oriental, incluida Kenia, este
territorio alrededor del lago Naivasha es “ol-karia”, que significa “ocre”, en referencia a la arcilla rojo intenso que abunda en la región.
Al sur del lago se encuentra el Parque Nacional Hell’s Gate, una reserva natural de 26 millas cuadradas donde los cinco complejos geotérmicos de la región (y un sexto en construcción) funcionan sobre numerosos respiraderos de vapor.
La primera planta geotérmica de la zona entró en servicio en 1981,
desarrollada por KenGen, una empresa eléctrica de mayoría estatal;
recibió el nombre de Olkaria.
Pero durante décadas la mayoría de los masái no han tenido acceso a esa electricidad. Y muchos han sido expulsados de sus tierras en
oleadas de desalojos. En 2014, la construcción de un complejo
geotérmico de KenGen expulsó a más de 2.000 personas y dio lugar a varias denuncias legales. Al mismo tiempo, habitantes cercanos a otro complejo geotérmico de propiedad privada situado 50 millas al norte de Naivasha se han quejado de ruido y contaminación del aire; en marzo, un tribunal keniano revocó la licencia de operación de una de las tres plantas del proyecto.
Ni Octavia ni Cella utilizan energía procedente de estos dos productores geotérmicos, pero activistas han advertido de que podrían resurgir daños ambientales y sociales similares si crece la demanda de nueva infraestructura geotérmica en Kenia, una demanda que podría verse impulsada por la DAC.
Ndirangu asegura que cree que algunas de las denuncias sobre desplazamiento están “exageradas”, pero reconoce igualmente la necesidad de una participación comunitaria más sólida, al igual que Octavia. A largo plazo, afirma que planea ofrecer formación laboral a
los residentes que viven cerca de las zonas afectadas e integrarlos en
la industria, aunque también subraya que dichos planes deben ser
realistas. “No quieres crear la expectativa equivocada de que
contratarás a todo el mundo de la comunidad”, señala.
Ese es parte del problema para activistas
masái como Agnes Koilel, una profesora que vive cerca del campo
geotérmico de Olkaria (Kenia). A pesar de promesas anteriores de empleo
en las plantas de energía, los trabajos que se ofrecen suelen ser puestos de menor salario, como limpieza o seguridad. ”Los masái no están tan empleados como la gente cree”, afirma.
La DAC es una industria pequeña, y no
puede hacerlo todo. Pero si llega a ser tan grande como
esperan Ndirangu, Freimüller y otros
defensores de Great Carbon Valley, creando empleo e impulsando la
industrialización verde de Kenia, comunidades como la de Koilel estarán entre las más directamente afectadas, igual que lo están por el cambio climático.
Cuando le pregunté a Koilel qué pensaba del
desarrollo de la DAC cerca de su hogar, me dijo que nunca había oído
hablar de la idea de Great Carbon Valley ni de la eliminación de carbono
en general. No estaba necesariamente en contra del desarrollo de energía geotérmica por principio, ni se oponía a ninguna de las industrias que podrían impulsar su expansión. Solo quiere ver algunos beneficios, como un centro de salud para su comunidad. Quiere revertir los desalojos que han expulsado a sus vecinos de sus tierras. Y quiere electricidad: el mismo tipo de electricidad que alimentaría los ventiladores y las bombas de los futuros centros de DAC.
“La energía se genera en estas comunidades”, dijo Koilel. “Pero ellas mismas no tienen esa luz”.(Diana Kruzman , MIT, 16/02/26)
"La influyente revista económica The Economist llega a una
conclusión llamativa: mientras EE. UU. titubea y Europa duda, China
avanza a toda velocidad hacia el futuro verde con parques solares,
baterías y coches eléctricos. Si la cumbre del clima en Belém demuestra
algo, es esto: sin hardware chino el mundo no alcanzará sus objetivos
climáticos.
El mundo se enfrenta a una transición energética
sin precedentes. Mientras el actual gobierno de EE. UU. rechaza la
tecnología renovable, la industria en Europa retrocede y se recortan
los planes verdes. Por eso la lucha climática se decidirá en el Sur
Global y allí serán las soluciones renovables chinas las que
marquen la diferencia.
Esa
es la llamativa conclusión que extrae The
Economist en un
informe especial sobre el
clima con motivo de la cumbre de Belém. The
Economist es una de las revistas de
negocios más influyentes del mundo. La revista dista mucho de ser
«amiga» de China, pero constata con pesar que EE. UU. y
Europa no están dispuestos o no son capaces de liderar la transición
energética mundial.
Y
esa es precisamente la pregunta en torno a la cual gira esta cumbre
climática.
La revolución
de los vehículos eléctricos
Otros
medios dominantes están en la misma sintonía. Así, por ejemplo, De
Standaard en Bélgica describe
cómo Wan Gang, el ministro de Ciencia y Tecnología, lanzó en 2009
una estrategia que empujó a la atrasada industria automovilística
china hacia la era eléctrica. Con normas de emisiones,
infraestructura de recarga y miles de millones en apoyos se creó un
mercado interno en el que conducir eléctrico pudiera convertirse en
la norma.
Wan
vio pronto cómo la dependencia del petróleo, la contaminación del
aire y la hegemonía tecnológica de EE. UU. hacían vulnerable a
China. La solución fue una política industrial de largo aliento en
la que el Estado orienta y la industria escala.
Esa
política fue especialmente exitosa y catapultó a China a la cima
mundial en este sector. El año pasado se vendieron en China 6,4
millones de coches eléctricos, tres veces más que en Europa y cinco
veces más que en EE. UU. Más del 60% de todos los vehículos
eléctricos (VE) salen ahora de fábricas chinas y más del 70 por
ciento de las baterías también se producen allí.
La
antaño objeto de burlas BYD superó a Tesla. El gigante de las
baterías CATL lució una celda que promete 500 kilómetros de
autonomía tras cinco minutos de carga.
El
bajo precio de los coches eléctricos chinos no se debe solo a la
tecnología, sino también a la organización: fuerte competencia,
automatización y verticalización – desde la materia prima hasta el
embarque – abaratan los costes. Hoy dos de cada tres modelos chinos
de VE ya son más baratos que sus homólogos fósiles, incluso sin
subvenciones, señala De Standaard.
Laboratorio de tecnología
verde
The
Economist abre aún más el objetivo. A
finales del año pasado China contaba con 887 gigavatios de capacidad
solar, casi el doble que Europa y EE. UU. juntos. Solo en 2024 se
destinaron 22 millones de toneladas de acero a viento y sol,
suficiente para construir casi cada día laborable un Golden
Gate Bridge.
China
puede producir casi un teravatio de capacidad renovable al año, el
equivalente a más de 300 grandes centrales nucleares. Esa escala no
es casualidad, sino el resultado de un “volante de
inercia”: enorme demanda interna,
producción cada vez más eficiente, precios a la baja, aún más
demanda. Mientras
tanto se están retirando las
subvenciones que pusieron en marcha el “volante de
inercia”.
El
resultado es energía barata y abundante, además generada en el
propio país, lo cual
es muy importante estratégicamente porque reduce – y a la larga
incluso elimina – la dependencia del petróleo extranjero, por
ejemplo.
Los
paneles solares son el ejemplo de manual. EE. UU. los inventó, pero
hoy China concentra el noventa
por ciento de la capacidad
mundial e instala más paneles que el resto del mundo junto. Mientras
Europa y EE. UU. lidian con la fragmentación y las entradas de alto
coste, China implantó clústeres donde tiene lugar todo el proceso.
En
la energía eólica la ventaja es menor, pero aun así impresionante.
Solo en 2021 China instaló más capacidad
eólica marina que el resto
del mundo en los cinco años anteriores. Los cuatro mayores
fabricantes de aerogeneradores son hoy chinos.
También
en bombas de calor crece la ventaja. En 2024 las empresas chinas
produjeron más
de la mitad de las bombas de
calor del mundo y una parte considerable se destinó al mercado de
exportación.
Según
The Economist,
China se ha convertido en el
laboratorio del mundo en
materia de tecnología verde. El año pasado se invirtieron en China
676.000 millones de dólares en este ámbito, lo que supone el 38 %
del total mundial y más del doble de la cantidad invertida en EE.
UU.
El
resto del mundo depende
en gran medida de las
cadenas de suministro chinas para paneles solares y baterías.
Buenas razones
China
tiene sólidas
razones para priorizar la
política climática: megalópolis como Shanghái están en la costa
y corren riesgo de inundaciones por la subida del nivel del mar; el
norte seco sufre escasez de agua; y los fenómenos meteorológicos
extremos ya están causando daños.
Según
la revista médica The Lancet,
la cantidad de personas
muertas por calor
en China en 2022 fue 3,5
veces superior a la media
histórica. En el verano de 2023 las inundaciones destruyeron gran
parte de la cosecha china de trigo.
La
inversión en energía verde, además, es interesante económicamente.
China reduce su intensidad energética interna y, al mismo tiempo,
exporta su transición. Hoy el país gana más con la exportación de
tecnología limpia que EE. UU. con la exportación de energía fósil.
Solo
en agosto circularon por el mundo 20.000 millones de dólares en
tecnología limpia. La mitad de los coches eléctricos exportados
terminó en países en desarrollo. En muchos de esos mercados China
ya alcanza una cuota de alrededor del 75%, constata De
Standaard.
Esta
tendencia continuará, sencillamente porque las fuentes renovables
son baratas.
En
el Sur Global el proyecto chino de inversión a gran escala «la
Franja y la Ruta» está pasando de centrales de carbón y
megapuertos a proyectos solares y eólicos. Los paneles y baterías
baratas convierten los tejados de países como
Pakistán en minicentrales.
Para
muchos gobiernos del Sur hay
un criterio que cuenta:
seguridad de suministro a bajo precio. Las celdas solares tienen allí
una baza adicional: una vez instaladas nadie puede «cerrar el
grifo». Eso reduce el poder de chantaje geopolítico que siempre
ha acompañado al petróleo y al gas, y sienta las bases de una
soberanía energética propia.
Esa
exportación hace por China exactamente lo necesario: reduce las
emisiones mundiales y disminuye sus propios riesgos climáticos,
mientras alimenta la industria y el comercio. Según el
centro de estudios CREA, las
inversiones en energía verde fueron en 2023 el mayor motor del
crecimiento económico en China. Por primera vez los incentivos
económicos y climáticos del mayor fabricante del mundo coinciden en
gran medida.
Por
eso el Financial Timesllama
a China el primer «electro-Estado»
del mundo: la tecnología verde como palanca para conquistar los
mercados mundiales. La búsqueda intensiva de Pekín de la
autosuficiencia energética podría incluso darle ventaja en la
guerra comercial con EE. UU.
En el buen
camino
No
todo es color de rosa. China no se aparta del
carbón tan rápido como
desearían los activistas medioambientales o como algunos analistas
consideran necesario para cumplir el objetivo de 2060. El 60% de la
mezcla energética sigue procediendo de esta fuente con mayor
intensidad de carbono. Tras la invasión rusa de Ucrania se aprobó
una media de dos nuevas centrales por
semana y funcionarán durante décadas.
Aun
así, algo se mueve. De Standaard
señala que China logró cubrir en la primera mitad de este año su
demanda adicional de electricidad íntegramente con fuentes
renovables y que el consumo fósil estaba disminuyendo en términos
absolutos. La fase más contaminante del desarrollo de China
probablemente haya quedado atrás.
Según
el periódico, el grado de electrificación de la economía ya supera
allí el 30%,
frente a poco más del 20%
en EE. UU. China anuncia una reducción moderada de emisiones para
2035 y supera más a menudo sus propios objetivos de lo que los
incumple, según el diario.
China
va
muy por delante de los
objetivos de 2030 para energías renovables. La meta de 1.200 GW de
eólica y solar ya se ha alcanzado este año y las emisiones parecen
estar alcanzando su pico desde marzo de 2024.
Cómo China se convirtió
en el líder
verde mundial
No
fue casualidad: el salto de China en la transición energética es
fruto de una visión a largo plazo y de su
vertiginoso crecimiento económico
de las últimas décadas. El país combinó inversiones sociales,
apertura inteligente y una planificación estricta con incentivos de
mercado. El resultado fue una economía que a la vez tiene escala,
velocidad y dirección.
Primero,
el fundamento social. Desde el inicio fluyó mucho dinero hacia la
educación, la salud y la seguridad social, lo
que produjo trabajadores sanos y formados.
Y, algo
importante, los
salarios siguieron a la productividad. Así se preservó la paz
social y además surgió un gran y dinámico mercado interno.
Sobre
eso vino un turbo: infraestructura y tecnología. Se construyó
rápidamente una red de ferrocarriles, carreteras, puertos y energía.
Al mismo tiempo, China invirtió de forma masiva en investigación y
desarrollo. El país saltó a la cima en publicaciones científicas y
patentes, y gradúa cada año un múltiplo de estudiantes STEM. Ese
salto de conocimiento alimenta industrias de alto valor añadido.
La
apertura también jugó su papel, pero siempre en sus propios
términos. Los inversores extranjeros eran bienvenidos, siempre que
contribuyeran a objetivos nacionales: transferencia tecnológica,
suministro local, empleos. El comercio se convirtió en un medio, no
en un fin. La Nueva Ruta de la Seda encaja en esa misma lógica:
abrir mercados y, a la vez, anclar capacidades chinas.
El
núcleo de la dirección sigue siendo estatal. Los planes
quinquenales marcan el rumbo, los bancos estatales empujan capital
hacia sectores estratégicos, de la energía a la producción de
chips.
Cuando el gobierno da prioridad, pensemos en la energía solar, la
movilización de productores sigue rápidamente. Así pudo China
convertirse en poco tiempo en líder mundial en tecnología de
paneles solares y cadena de producción.
A
la vez, China está sorprendentemente descentralizada. Los gobiernos
locales gestionan la mayor parte del gasto y compiten entre sí.
Provincias y ciudades experimentan; si les va bien, otros copian. Las
empresas compiten en el mercado, dentro y fuera del país. Esa doble
competencia – entre regiones y entre empresas – mantiene el sistema
ágil.
El
funcionamiento del mercado no es tabú, sino un instrumento. Mientras
el mercado sirva a los objetivos sociales y estratégicos, se le da
espacio. Si choca con esos objetivos, el Estado interviene. Así
China evita las ineficiencias de una centralización pura, pero
también la falta de rumbo de un «libre» mercado sin
dirección.
Fue
crucial que China viera pronto que la economía mundial se iba
a orientar hacia la ecologización. El giro
hacia energías renovables, movilidad eléctrica y eficiencia
energética fue prioritario en
la agenda. Gracias a ello, además de su ventaja de escala, China
dispone de reducción de costos y liderazgo tecnológico en sectores
verdes, mientras reduce a la vez su dependencia de combustibles
fósiles importados.
¿Y Europa?
Europa
no tiene por qué copiar este modelo, pero sí puede aprender mucho
de él. Además, nuestro continente se
enfrenta a una
elección importante: ¿optamos por un respaldo fósil demasiado caro
de EE. UU. o por el hardware
verde chino?
La
producción de paneles solares se ha trasladado en gran medida a
China, las reservas fósiles son limitadas y el apoyo político a
paquetes de transición costosos muestra grietas. Los intentos de
construir campeones propios fuertes de energía verde avanzan con
dificultad. De Standaard
señala en ese sentido que
la quiebra del fabricante de baterías Northvolt es
una señal de alarma.
Sea
como fuere, Europa no puede alcanzar sus objetivos climáticos sin
China. Quizá pueda seguir el
consejo de The
Economist: “Aun cuando el cambio
climático no sea tu prioridad, deberías entusiasmarte ante la
perspectiva de una energía limpia barata y abundante y la promesa
que conlleva de mejorar la vida de miles de millones de personas en
países en desarrollo. El mundo necesita lo que China tiene para
ofrecer. Debería aceptarlo.”