Mostrando entradas con la etiqueta e. Energías renovables: soluciones. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta e. Energías renovables: soluciones. Mostrar todas las entradas

4.5.26

La electrificación es la principal herramienta contra las nuevas tiranías, contra los que están empujando el mundo al caos. Estados Unidos se ha convertido en el principal proveedor de gas natural de España; cuyos precios han subido por el ataque criminal e ilegal de ese mismo país contra Irán... La transición energética es imperfecta. Está claro. Lo que también está claro es que es, en estos momentos, urgente e indispensable. Por justicia climática, también para forzar la desconexión del Estado autoritario más peligroso e impredecible del momento... la potencia renovable actualmente instalada -y las lluvias de este año- están logrando que el país pase de puntillas por la crisis energética desatada por la guerra en Irán... La potencia renovable española es un hecho. Ante las dudas legítimamente generadas por el apagón de hace un año, el almacenamiento con baterías está a punto de erigirse como una realidad. No solamente evitando emisiones; aplanando los picos de demanda para evitar sobretensiones, bajando el precio de la luz... se esperan 30 GW de baterías que podrían reducir el coste de las horas más caras para consumir electricidad a más de la mitad... Toda esta energía se puede utilizar, además de para romper lazos con Estados Unidos al margen de posicionamientos grandilocuentes, para vivir mejor... Las renovables producen para nosotres luz barata, sí, que se pierde en su camino hasta el consumidor final entre impuestos, peajes, las tretas del mercado libre y una tarifa regulada cada vez más difícil de entender. Australia, gracias a su inmensa producción renovable, está empezando a ofrecer horas de luz gratis en las horas de mayor generación... se manda un mensaje clave en tiempos de negacionismo asesino: esto es para la gente... El Estado español sigue resistiéndose a pasar a un enfoque proactivo en el asunto, acudiendo casa por casa a proponer el cambio -y el ahorro-... el proyecto EPIU de Getafe identifica hogares vulnerables mediante big data y acude a instalar directamente las placas para el autoconsumo colectivo de todo el edificio

"La electrificación es la principal herramienta contra las nuevas tiranías, contra los que están empujando el mundo al caos. Estados Unidos se ha convertido en el principal proveedor de gas natural de España; cuyos precios han subido por el ataque criminal e ilegal de ese mismo país contra Irán, que ha respondido bloqueando el estrecho de Ormuz. Estados Unidos, además, ya era y sigue siendo uno de los principales proveedores de petróleo de nuestro país; otra materia prima cuyo coste se ha disparado tras la guerra.

La transición energética es imperfecta, genera conflictos y, en demasiadas ocasiones, se transita junto a aliados indeseables. Está claro. Lo que también está claro es que es, en estos momentos, urgente e indispensable. No solamente por justicia climática, también para forzar la desconexión del Estado autoritario más peligroso e impredecible del momento, con permiso de otra ficción colonialista que sigue practicando impunemente el genocidio. A los que están de gira en estos momentos contra la “falsa transición energética” me gustaría preguntarles, en caso de que quisieran escuchar, sobre cuál es la alternativa que proponen que no caiga en vaguedades, confianza ciega en una futura movilización popular que está a punto de estallar pero que nunca cae del árbol o desconocimiento interesado sobre las capacidades y la relación de fuerzas actual.

La potencia renovable española es un hecho. Ante las dudas legítimamente generadas por el apagón de hace un año, el almacenamiento con baterías está a punto de erigirse como una realidad. No solamente evitando emisiones; aplanando los picos de demanda para evitar sobretensiones, bajando el precio de la luz y, con suerte, mandando definitivamente al retiro a las caras e ineficientes centrales nucleares. Mientras la propaganda grita, se esperan 30 GW de baterías que podrían reducir el coste de las horas más caras para consumir electricidad a más de la mitad.

En cualquier caso, no es necesario mirar al futuro: la potencia renovable actualmente instalada -y las lluvias de este año- están logrando que el país pase de puntillas por la crisis energética desatada por la guerra en Irán. Y si no fuera por un probable exceso de celo por parte del operador del sistema para guardarse las espaldas en caso de un hipotético nuevo apagón, la situación sería aún más benigna: estamos quemando más gas del que sería necesario, y la eólica, la fotovoltaica y la hidroeléctrica funcionan. A todo trapo.

Toda esta energía se puede utilizar, además de para romper lazos con Estados Unidos al margen de posicionamientos grandilocuentes, para vivir mejor. Así lo asegura Greenpeace en su nuevo informe, en el que plantea que un modelo 100% renovable, basado no solo en la electrificación sino en la reducción de la demanda, en la eficiencia y en la suficiencia, es tanto deseable como posible.

Me alegra el esfuerzo, me consta que consciente, que ha hecho Greenpeace en sumar la propuesta a la denuncia. En los últimos años se han convertido en un agente político con un pie en la toma de decisiones mientras que siguen campeonando en lo que han hecho siempre bien: la performance de protesta, la irrupción en los titulares y la valentía para salirse del molde. Sin embargo, me ha decepcionado ligeramente la falta de aterrizaje de ese “vivir mejor” en un informe predominantemente macro. Es cierto que muchas de las recetas incluidas no por sabidas han perdido eficacia: rehabilitación masiva de los edificios, bombas de calor contra el terrorismo geopolítico estadounidense, ciudades compactas con sistemas de transporte público robusto para coger el coche, eléctrico y compartido, lo menos posible.

Pero sigo echando de menos la respuesta a la pregunta que no puedo evitar: ¿y qué más? La electrificación es necesaria y urgente, pero… ¿cómo nos va a cambiar la vida? Vamos a tener mucha más luz, y mucho más barata, pero… ¿para qué tanta luz?

El último plan del Gobierno contra la crisis energética puede presumir de varios aciertos, no tanto por la audacia del Ejecutivo sino por la insistencia de los grupos de presión e interesados desde hace años. Las condiciones para el autoconsumo compartido han mejorado, por ejemplo, aumentando el rango por el cual se pueden conectar las viviendas al punto de generación; y se han simplificado los trámites administrativos. Semanas antes, el Gobierno anunció una reclamada mejora de las ayudas al coche eléctrico; se pasa del plan Moves al plan Auto+ y las subvenciones son directamente aplicadas por el concesionario, sin tener que adelantar un dinero sin certezas de su vuelta.

Sin embargo, se vuelve a desperdiciar una nueva oportunidad para dar un golpe sobre el tablero, para que ese “vivir mejor” pase de vivir en el mundo abstracto de los deseos a irrumpir en la conversación del café. Las renovables producen para nosotres luz barata, sí, que se pierde en su camino hasta el consumidor final entre impuestos, peajes, las tretas del mercado libre y una tarifa regulada cada vez más difícil de entender. Australia, gracias a su inmensa producción renovable, está empezando a ofrecer horas de luz gratis en las horas de mayor generación. El objetivo es doble. Por un lado, se busca casar esa generación masiva con un aumento de la demanda y evitar desperdicios. Por otro lado, se manda un mensaje clave en tiempos de negacionismo asesino: esto es para la gente. Esta agenda es la agenda de vuestra factura.

Soy consciente de que la Comisión Europea, brazo político del neoliberalismo y guardiana de las esencias de la libre competencia, nos miraría escandalizada: también se escandalizaron cuando España propuso un tope al gas que acabó sirviendo para convertirse en la potencia europea que mejor capeó la crisis energética de 2022. También en los 40, en Estados Unidos, las compañías eléctricas se opusieron al “electricity for all” que arguía la empresa pública Tennessee Valley Authority (TVA), una de las patas del New Deal, que alumbró a coste bajo el sur del país. Convendría no dar la batalla perdida de antemano.

Las facilidades al autoconsumo son bien recibidas, pero el enfoque sigue siendo pasivo: ten tú la iniciativa, ciudadano, y ya te pagaremos si eso. El Estado español sigue resistiéndose a pasar a un enfoque proactivo en el asunto, acudiendo casa por casa a proponer el cambio -y el ahorro-. Cualquiera que se pasee por cualquier barrio residencial de clase media puede comprobar que las placas solares están triunfando en los tejados de las viviendas unifamiliares. Excelente noticia, aunque solo sea por lo aspiracional. Pero la asignatura del autoconsumo en barrios urbanos de menos renta, facilidades y espacio mental sigue cateada. No es imposible.

En Alemania, por ejemplo, las Stadtwerke, empresas públicas y municipales de energía, van bloque por bloque de las ciudades en las que operan proponiendo, financiando y ejecutando la instalación de placas solares. De vuelta a Australia, el Gobierno federal creó el programa “Community Solar Banks”, cuyo funcionamiento es curioso: la persona interesada compra una porción de una “granja solar”, una instalación fotovoltaica que no tiene por qué ubicarse en su vecindario, y el Estado le baja directamente su factura de la luz. Incluso hay iniciativas locales aquí en España que podrían amplificarse: el proyecto EPIU de Getafe identifica hogares vulnerables mediante big data y acude a instalar directamente las placas para el autoconsumo colectivo de todo el edificio.

En cuanto al vehículo eléctrico, la mejora del sistema de subvención es notable. Pero queda muchísimo camino por recorrer. De los veinte países que ofrecen incentivos a la compra de automóviles eléctricos en Europa, doce superan a España en importe. ¿Por qué no se utiliza la recaudación tributaria por la generación eléctrica para suplir ese gap? ¿Y por qué no utilizamos tanta luz barata, como tenemos y vamos a tener, para incentivar (forzar) a los Gobiernos municipales y autonómicos a mejorar los servicios de transporte público electrointensivos, como el metro? El Gobierno de Ayuso ya puso hace unos años el precio de la luz como excusa para justificar el declive de frecuencias de los últimos años. Los autobuses eléctricos gratuitos o a muy bajo coste no solucionarán, desde luego, todos nuestros amplísimos problemas de movilidad urbana e interurbana. Pero permiten algo incluso más valioso: cambiar el rumbo de la conversación.

Hay varios obstáculos muy definidos: la coalición entre el capital fósil, el poder político ultraderechista y la reacción de la manosfera, por ejemplo. Los que prefieren proclamar que nada es posible para salvaguardar sus posiciones, también. Pero la (auto)complacencia del progresismo electrooptimista, a otro nivel, es otra de ellas. La luz barata para bajar nuestra factura en un contexto en el que todo sube de precio o directamente te expulsa es, desde luego, una buena noticia. La luz barata para cambiarnos la vida que vendrá sería aún mejor; con pisos bien aislados sin tener que comernos la cabeza con la burocracia, tejiendo redes y alianzas con la vecindad en la comunidad energética, desplazándonos más rápido, a tiempo y sin asfixiar a nadie. Y si tiene que quejarse la comunidad porque he tirado un cable desde el balcón para cargar la moto, que se quejen. Todo gran cambio implica desorden."

(Contra el diluvio , blog , 01/05/26) 

7.3.26

Paul Krugman: El argumento habitual para promover la energía solar y eólica es que el uso de energías renovables evita el daño medioambiental causado por la quema de combustibles fósiles. Pero ahora sabemos que hay otra razón para que las naciones reduzcan su dependencia de los combustibles fósiles: la seguridad. En un mundo peligroso, es infinitamente más seguro depender del sol y el viento que de los combustibles fósiles, que deben transportarse a largas distancias desde naciones situadas en regiones que con frecuencia se convierten en zonas de guerra... Gran Bretaña estaría en una situación mucho peor ahora mismo si la energía eólica no suministrara alrededor del 30 % de su electricidad. De hecho, los británicos y otros europeos deben estar deseando obtener una proporción aún mayor de su energía de fuentes renovables en lugar de gas natural, liberándose así de las cadenas de las delirantes ideas de Trump y de la guerra en Oriente Medio... "Las ofertas de las superpotencias económicas rivales son ahora las siguientes. Estados Unidos te obliga a firmar acuerdos comerciales que prometen un futuro de combustibles fósiles cuyo precio está sujeto al aventurerismo tremendamente destructivo de Estados Unidos. China te ofrece vehículos eléctricos fiables y baratos y tecnología verde para generar energías renovables."... ¿Estás seguro de que Trump o un futuro presidente similar a Trump no cortará el suministro de energía a las naciones que le molesten? Yo no lo estoy... Así pues, la guerra de Estados Unidos contra Irán está dando argumentos de peso a los países de todo el mundo para que busquen la independencia energética... Donald Trump, ¿héroe de las energías renovables? ¿Quién lo hubiera dicho?

 "El ataque de Donald Trump contra Irán tendrá muchas consecuencias imprevistas e inesperadas. Una consecuencia en la que ni siquiera yo había pensado, pero que ya resulta evidente tras menos de una semana, es que Trump ha dado un nuevo y sólido argumento a favor de las energías renovables.

El argumento habitual para promover la energía solar y eólica es que el uso de energías renovables evita el daño medioambiental causado por la quema de combustibles fósiles. Este daño medioambiental incluye, entre otros, el cambio climático. Además, la contaminación atmosférica impone unos costes directos e inmediatos sorprendentemente elevados, ya que perjudica nuestra salud y reduce nuestra esperanza de vida.

Pero ahora sabemos que hay otra razón para que las naciones reduzcan su dependencia de los combustibles fósiles: la seguridad. En un mundo peligroso, es infinitamente más seguro depender del sol y el viento que de los combustibles fósiles, que deben transportarse a largas distancias desde naciones poco fiables, a menudo explotadoras y situadas en regiones que con frecuencia se convierten en zonas de guerra.

La situación actual en Oriente Medio es, en esencia, el peor escenario posible para el suministro energético mundial. Normalmente, alrededor del 20 % del suministro mundial de petróleo transita por el estrecho de Ormuz. También es una ruta crucial para el transporte de gas natural licuado y fertilizantes. Ese paso está ahora efectivamente cerrado y no hay buenas alternativas.

 Donald Trump puede decir que reabrirá el estrecho. Pero, salvo que se produzca un cambio de régimen en Irán, es muy difícil imaginar cómo podría hacerlo. Los petroleros son objetivos extremadamente vulnerables, mientras que los drones, los misiles antibuque y las minas son baratos. Además, el régimen iraní seguramente todavía tiene miles de ellos en stock, listos para un ataque como este.

Irónicamente, el ejército estadounidense, que ha estado utilizando misiles Patriot extremadamente caros —y de suministro limitado— para derribar drones iraníes, ahora está negociando la compra de interceptores de drones mucho más baratos y recibirá formación sobre su uso de... Ucrania, que cuenta con cuatro años de experiencia en hacer frente a este tipo de amenazas. Pero el hardware y la experiencia ucranianos tardarán en llegar. Mientras tanto, los expertos de la industria petrolera predicen que la escasez de suministros de petróleo se agravará mucho más si el estrecho no se abre en unos días.

Aunque nos encontramos en medio de una crisis cada vez más grave, a muchos, incluido yo mismo, nos sorprende que los precios del petróleo no hayan subido aún más, aunque ayer volvieron a subir. Supongo que los especuladores siguen esperando que la interrupción termine rápidamente. Nadie sabe por qué. Sin embargo, los consumidores de todo el mundo ya están sintiendo los efectos. Si bien es sorprendente que los precios del crudo no hayan subido más, también lo es la rapidez con la que han aumentado los precios minoristas de la gasolina:

 Europa es especialmente vulnerable. Europa está muy por delante de Estados Unidos en capacidad de energía renovable, pero sigue dependiendo del GNL importado para gran parte de sus necesidades de calefacción y generación de electricidad. Aunque solo importa una pequeña parte del Golfo Pérsico (Estados Unidos es su mayor proveedor de GNL), la guerra está suponiendo un duro golpe para las economías europeas: los países asiáticos, que se apresuran a sustituir sus importaciones de GNL de Oriente Medio, están haciendo subir los precios en todo el mundo.

Ahora bien, Trump odia las energías renovables, especialmente la energía eólica. Ha intentado destruir inversiones por valor de cientos de millones de dólares en turbinas eólicas marinas y ha tratado de bloquear también los proyectos terrestres, aunque en algunos casos los tribunales lo han impedido. También ha presionado a otros países para que vuelvan a los combustibles fósiles. El martes arremetió contra el Reino Unido, calificando a los británicos de «muy poco cooperativos» y atacándolos por tener «molinos de viento por todas partes que están arruinando el país». Pero Gran Bretaña estaría en una situación mucho peor ahora mismo si la energía eólica no suministrara alrededor del 30 % de su electricidad.

De hecho, los británicos y otros europeos deben estar deseando obtener una proporción aún mayor de su energía de fuentes renovables en lugar de gas natural, liberándose así de las cadenas de las delirantes ideas de Trump y de la guerra en Oriente Medio.

 En un artículo publicado en el Financial Times, Alan Beattie sitúa la política energética en el contexto de la rivalidad geopolítica:

"Las ofertas de las superpotencias económicas rivales son ahora las siguientes. Estados Unidos te obliga a firmar acuerdos comerciales que prometen un futuro de combustibles fósiles cuyo precio está sujeto al aventurerismo tremendamente destructivo de Estados Unidos. China te ofrece vehículos eléctricos fiables y baratos y tecnología verde para generar energías renovables."

Puede que sea un poco exagerado, pero tiene razón. Yo añadiría que el problema con las exigencias de Estados Unidos de que las naciones quemen, quemen y quemen no es solo el aventurerismo estadounidense. También es el hecho de que depender de Estados Unidos para el GNL, que es lo que supondría seguir el camino de Trump, es en sí mismo inseguro. ¿Estás seguro de que Trump o un futuro presidente similar a Trump no cortará el suministro de energía a las naciones que le molesten? Yo no lo estoy.

Así pues, la guerra de Estados Unidos contra Irán está dando argumentos de peso a los países de todo el mundo para que busquen la independencia energética. Y para aquellos países que no tienen grandes reservas de combustibles fósiles, eso significa energía eólica y solar (y, sí, nuclear).

Donald Trump, ¿héroe de las energías renovables? ¿Quién lo hubiera dicho?"

(Paul Krugman , blog, 06/03/26, traducción DEEPL, enlaces en el original)

16.2.26

Captura de carbono directamente del aire: la apuesta geotérmica del Gran Valle del Carbono de Kenia para combatir el cambio climático... unos ventiladores aspiran aire del exterior a través del filtro, haciendo que el dióxido de carbono (que es ácido) reaccione con la amina básica y forme una sal de carbonato. Cuando esta mezcla se calienta en al vacío a una temperatura de entre 80 y 100 °C, el CO₂ se libera en forma de gas y se recoge en una cámara especial... el dispositivo funciona con más de un 80% de energía geotérmica (Diana Kruzman, MIT)

 "La tierra que rodea el lago Naivasha, una cuenca de agua dulce poco profunda en la zona centro‑sur de Kenia, parece incapaz de quedarse quieta. 

La ceniza del cercano monte Longonot, que entró en erupción tan recientemente como en la década de 1860, permanece en el suelo. Cuevas de obsidiana y torres de roca dentada se alzan sobre el vapor que brota de grietas en la tierra y se eleva desde pozas de agua hirviente, generadas por un magma que, en algunas zonas, se encuentra a solo unos pocos kilómetros bajo la superficie. 

Es un paisaje nacido de procesos geológicos violentos hace unos 25 millones de años, cuando las placas tectónicas nubia y somalí se separaron. Aquella fractura abrió una depresión en la corteza terrestre de unos 6.400 kilómetros de longitud, desde África Oriental hasta Oriente Medio, para formar lo que hoy conocemos como el Gran Valle del Rift. 

Esta volatilidad confiere a la región un enorme potencial, gran parte del cual sigue sin explotarse. La zona, situada a pocas horas por carretera de Nairobi, alberga cinco centrales geotérmicas que aprovechan las nubes de vapor para generar alrededor de una cuarta parte de la electricidad de Kenia. Pero parte de esa energía se escapa a la atmósfera, y aún más permanece bajo tierra por falta de demanda. 

Eso es lo que llevó a Octavia Carbon hasta aquí. 

En junio, al norte del lago, en la pequeña pero estratégicamente situada localidad de Gilgil, la start-up comenzó a realizar una prueba de alto riesgo. Está aprovechando parte de ese excedente de energía para alimentar cuatro prototipos de una máquina que promete extraer dióxido de carbono del aire de un modo que, según la compañía, es eficiente, asequible y, lo que es crucial, escalable.  

A corto plazo, el impacto será reducido (la capacidad inicial de cada dispositivo es de apenas 60 toneladas anuales de CO₂), pero el objetivo inmediato es simplemente demostrar que la eliminación de carbono aquí es posible. La visión a largo plazo es mucho más ambiciosa: demostrar que la captura directa del aire (DAC, por sus siglas en inglés), como se conoce el proceso, puede ser una herramienta poderosa para ayudar al mundo a evitar que las temperaturas sigan aumentando hasta niveles cada vez más peligrosos. 

“Creemos que estamos haciendo lo que podemos aquí en Kenia para abordar el cambio climático y liderar el impulso para posicionar a Kenia como un país a la vanguardia climática”, me dijo Specioser Mutheu, responsable de comunicación de Octavia, cuando visité el país el año pasado. 

El Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático de las Naciones Unidas (IPCC, por sus siglas en inglés) ha afirmado que, para evitar que el calentamiento global supere los 1,5 °C por encima de los niveles preindustriales (el umbral fijado en el Acuerdo de París), o incluso los 2 °C, que son más realistas pero aún difíciles de lograr, será necesario reducir de forma significativa las futuras emisiones de combustibles fósiles y extraer de la atmósfera miles de millones de toneladas de carbono ya emitidas. 

Algunas voces sostienen que la DAC, que emplea procesos mecánicos y químicos para extraer dióxido de carbono del aire y almacenarlo en una forma estable (normalmente bajo tierra), es la mejor vía para lograrlo. Es una tecnología con un enorme potencial, que ofrece la posibilidad de que la capacidad humana de innovación nos saque del mismo problema que el propio desarrollo contribuyó a crear. 

El año pasado entró en funcionamiento en Islandia la mayor planta de DAC del mundo, Mammoth, con una capacidad máxima prevista de hasta 36.000 toneladas de CO₂ al año, aproximadamente el equivalente a las emisiones de 7.600 coches de gasolina. La idea es que plantas de DAC como esta eliminen y almacenen carbono de forma permanente, generando créditos de carbono que puedan adquirir empresas, gobiernos y productores industriales locales, lo que contribuiría colectivamente a evitar que el mundo sufra los efectos más peligrosos del cambio climático. 

Ahora, Octavia y un número creciente de empresas, responsables políticos e inversores de África, EE UU y Europa apuestan por que el entorno único de Kenia contenga las claves para alcanzar ese ambicioso objetivo, y por eso están impulsando una visión transformadora para convertir el Gran Valle del Rift en el “Gran Valle del Carbono”. Y esperan hacerlo de una manera que genere un beneficio económico real para Kenia y, al mismo tiempo, respete los derechos de los pueblos indígenas que habitan estas tierras. Si lo logran, el proyecto no solo podría aportar el impulso que la industria de DAC necesita, sino también ofrecer una prueba de concepto para su despliegue en todo el Sur Global, particularmente vulnerable a los estragos del cambio climático pese a tener muy poca responsabilidad en él. 

Pero la DAC también es una tecnología controvertida, no demostrada a gran escala y extremadamente costosa de operar. En mayo, un medio islandés publicó una investigación sobre Climeworks, la empresa que gestiona la planta Mammoth, en la que concluía que ni siquiera capturaba suficiente dióxido de carbono como para compensar sus propias emisiones, y mucho menos las de otras compañías. 

Los críticos sostienen además que la electricidad que requiere la DAC podría emplearse mejor en descarbonizar nuestros sistemas de transporte, calentar nuestros hogares y alimentar otras industrias que aún dependen en gran medida de los combustibles fósiles. Y añaden que confiar en la DAC puede dar a los contaminadores una excusa para retrasar indefinidamente la transición a las energías renovables. Para complicar aún más el panorama, la demanda menguante por parte de gobiernos y empresas (que serían los principales compradores de DAC) ha llevado a algunos expertos a preguntarse si esta industria siquiera logrará sobrevivir. 

La eliminación de carbono es una tecnología que parece estar siempre a punto de despegar, pero nunca lo hace, afirma Fadhel Kaboub, economista tunecino y defensor de una transición ecológica justa. “Requiere miles de millones de dólares de inversión y no está dando resultados, ni los dará en un futuro próximo. ¿Por qué ponemos entonces el futuro entero del planeta en manos de unas pocas personas y de una tecnología que no funciona?”. 

A estas preocupaciones sobre la viabilidad y la sensatez de la DAC se suma una larga historia de desconfianza por parte del pueblo masái, que ha considerado el Gran Valle del Rift su hogar durante generaciones, pero que ha sido desplazado en oleadas por empresas energéticas que llegaron para explotar las reservas geotérmicas de la región. Y muchos de quienes aún permanecen ni siquiera tienen acceso a la electricidad generada por estas plantas 

Es un panorama inmensamente complejo de gestionar. Pero si el proyecto logra salir adelante, Benjamin Sovacool, investigador en políticas energéticas y director del Boston University Institute for Global Sustainability, ve un enorme potencial para los países históricamente marginados de las políticas climáticas y de la inversión en energía verde. Aunque es escéptico sobre la DAC como solución climática a corto plazo, señala que estas naciones podrían beneficiarse mucho de lo que podría convertirse en una industria de varios billones de dólares. 

“De todas las tecnologías de las que disponemos para combatir el cambio climático, la idea de revertirlo succionando CO₂ del aire y almacenándolo es realmente atractiva. Es algo que incluso una persona corriente puede entender”, dice Sovacool. “Si somos capaces de implementar la DAC a gran escala, podría ser la próxima gran transición energética”. 

Pero antes, claro está, el Gran Valle del Carbono tiene que demostrar que realmente puede funcionar. 

Desafiando la dinámica de poder 

El “Gran Valle del Carbono” es a la vez una visión amplia para la región y una empresa creada para llevar esa visión a la realidad. 

Bilha Ndirangu, ingeniera eléctrica graduada del MIT que creció en Nairobi (Kenia), lleva años preocupada por los efectos del cambio climático en su país. Pero no quiere que Kenia sea solo una víctima del aumento de las temperaturas, me cuenta; aspira a que se convierta en una fuente de soluciones climáticas. Así, en 2021, Ndirangu cofundó Jacob’s Ladder Africa, una organización sin ánimo de lucro cuyo objetivo es preparar a trabajadores africanos para las industrias verdes. 

También comenzó a colaborar con el empresario keniano James Irungu Mwangi, director ejecutivo de Africa Climate Ventures, una firma de inversión centrada en crear y acelerar empresas climáticamente inteligentes. Mwangi llevaba tiempo trabajando en una idea alineada con la convicción que ambos compartían sobre el potencial de la enorme capacidad geotérmica del país: el plan consistía en encontrar compradores para el excedente de energía geotérmica de Kenia y así impulsar el desarrollo de aún más energía renovable. Una industria intensiva en energía y con impacto climático positivo destacaba claramente: la captura directa del aire de dióxido de carbono. 

El Gran Valle del Rift era la clave de esta visión. La idea era que podría proporcionar la energía barata necesaria para alimentar una DAC asequible a gran escala y, al mismo tiempo, ofrecer la geología ideal para almacenar carbono de forma eficaz en el subsuelo profundo tras extraerlo del aire. Y con casi un 90% de la red eléctrica del país ya alimentada por energías renovables, la DAC no estaría desviando electricidad de otras industrias que la necesitan. Al contrario: atraer plantas DAC a Kenia podría brindar el impulso necesario para que los proveedores de energía ampliaran su infraestructura y extendieran la red eléctrica, conectando idealmente al 25% de la población que aún carece de electricidad y reduciendo episodios en los que es necesario racionar la energía. 

“Este impulso por las energías renovables y la descarbonización de las industrias nos brinda una oportunidad que solo se presenta una vez en la vida”, me asegura Ndirangu.  

Así, en 2023, ambos fundaron Great Carbon Valley, una empresa de desarrollo de proyectos cuya misión es atraer compañías de DAC a la región, junto con otras industrias intensivas en energía que buscan electricidad renovable. 

La iniciativa ya ha logrado atraer a empresas de alto perfil, como la start-up belga de DAC Sirona Technologies, la compañía DAC francesa Yama, y Climeworks, la empresa suiza que opera Mammoth y otra planta de DAC en Islandia (y que apareció en la lista de 10 Tecnologías emergentes de MIT Technology Review en 2022 y en la lista de Empresas tecnológicas climáticas a tener en cuenta en 2023). Todas ellas planean lanzar proyectos piloto en Kenia en los próximos años, y Climeworks ha anunciado sus planes para completar su planta keniana de DAC en 2028. GCV también se ha asociado con Cella, una empresa estadounidense de almacenamiento de carbono que colabora con Octavia, y está facilitando los permisos para la empresa islandesa Carbfix, que se encarga de inyectar el carbono procedente de las instalaciones DAC de Climeworks. 

 El cambio climático afecta de forma desproporcionada a esta parte del mundo, pero también está cambiando las reglas del juego en todo el planeta”, me explica Corey Pattison, director ejecutivo y cofundador de Cella, al hablar sobre el atractivo del concepto desarrollado por Mwangi y Ndirangu. “Esto también es una oportunidad para ser emprendedores y creativos en nuestra manera de pensar, porque lugares como Kenia cuentan con todos estos activos”. 

El país no solo puede ofrecer energía renovable barata y abundante: quienes defienden la DAC en Kenia confían en que su población joven y formada aporte los ingenieros y científicos necesarios para desarrollar esta infraestructura. A su vez, este sector podría abrir oportunidades para los aproximadamente 6 millones de jóvenes que están desempleados o infraempleados. 

“No es una industria puntual”, afirma Ndirangu, subrayando su convicción de que el empleo surgirá de la industrialización verde. Se necesitarán ingenieros para supervisar las instalaciones de DAC, y la demanda adicional de energía renovable generará empleo en el sector energético y en servicios asociados, como el agua y la hostelería. 

“Estás desarrollando toda una gama de infraestructuras para hacer posible esta industria”, añade. “Esa infraestructura no solo beneficia al sector: también beneficia al país”. 

La oportunidad de resolver un “problema del mundo real” 

En junio del año pasado, subí por un camino de tierra hasta la sede de Octavia Carbon, junto a la Eastern Bypass Road de Nairobi (Kenia), en los confines orientales de la ciudad. 

El equipo que conocí durante la visita irradiaba el tipo de optimismo desbordante que es habitual en las start-ups en fases tempranas. “La gente solía escribir artículos académicos afirmando que ningún ser humano podría correr un maratón en menos de dos horas”, me dijo aquel día el director ejecutivo de Octavia, Martin Freimüller. El maratonista keniano Eliud Kipchoge superó esa barrera en una carrera en 2019. Un mural suyo ocupa un lugar destacado en la pared, junto con su lema: “No human is limited. 

“Es imposible… hasta que Kenia lo logra”, añadió Freimüller. 

Aunque no es un socio oficial de la iniciativa Great Carbon Valley de Ndirangu, Octavia está alineada con la visión más amplia, me dijo Freimüller. La empresa comenzó su andadura en 2022, cuando Freimüller, un consultor de desarrollo austríaco, conoció a Duncan Kariuki, graduado en ingeniería por la Universidad de Nairobi, en OpenAir Collective, un foro en línea dedicado a la eliminación de carbono. Kariuki presentó a Freimüller a sus compañeros de clase Fiona Mugambi y Mike Bwondera, y los cuatro empezaron a trabajar en un prototipo de DAC, primero en un espacio de laboratorio prestado por la universidad y, más tarde, en un apartamento. No pasó mucho tiempo antes de que los vecinos se quejaran del ruido y, en menos de seis meses, trasladaron la operación a su actual almacén. 

Ese mismo año anunciaron su primer prototipo, cariñosamente llamado Thursday, en referencia al día en que se presentó en un evento de Nairobi Climate Network. Pronto, Octavia estaba mostrando su tecnología a visitantes de alto perfil, entre ellos el rey Carlos III y Meg Whitman, la embajadora del presidente Joe Biden en Kenia. 

Tres años después, el equipo cuenta con más de 40 ingenieros y ha construido su 12.ª unidad de DAC: un cilindro metálico aproximadamente del tamaño de una lavadora grande, que contiene un filtro químico basado en una amina, un compuesto orgánico derivado del amoníaco. (Octavia declinó ofrecer más detalles sobre la disposición interna del filtro dentro de la máquina, ya que la empresa está a la espera de la aprobación de una patente para el diseño). 

 Hannah Wanjau, ingeniera de la empresa, me explicó cómo funciona el sistema: unos ventiladores aspiran aire del exterior a través del filtro, haciendo que el dióxido de carbono (que es ácido) reaccione con la amina básica y forme una sal de carbonato. Cuando esta mezcla se calienta en al vacío a una temperatura de entre 80 y 100 °C, el CO₂ se libera en forma de gas y se recoge en una cámara especial, mientras que la amina puede reutilizarse en el siguiente ciclo de captura. 

El método de absorción con aminas se ha empleado en otras plantas de DAC en el mundo, incluidas las operadas por Climeworks, pero el proyecto de Octavia destaca en varios aspectos clave. Wanjau explicó que la tecnología está adaptada al clima local: la empresa ha ajustado tanto el tiempo de absorción como la temperatura de liberación del CO₂, lo que podría convertirla en un modelo para otros países tropicales. 

Y luego está la fuente de energía: el dispositivo funciona con más de un 80% de energía térmica, que en el terreno consistirá en el excedente de energía geotérmica que las centrales no convierten en electricidad. Esa energía suele liberarse a la atmósfera, pero aquí se canalizará hacia las máquinas de Octavia. Además, el diseño modular del dispositivo permite que quepa en un contenedor de transporte, permitiendo a la empresa desplegar decenas de unidades cuando exista demanda, me comentó Mutheu. 

Esta tecnología se está probando sobre el terreno en Gilgil (Kenia), donde, según Mutheu, la empresa “continúa capturando y acondicionando CO₂ como parte de nuestras operaciones y ciclos de prueba en curso”. (Rechazó proporcionar datos o resultados concretos por el momento). 

Una vez capturado, el CO₂ se calentará y se presurizará. Después se bombeará a una instalación cercana operada por Cella, donde se inyectará el gas en fisuras subterráneas. La geología especial de la región ofrece de nuevo una ventaja: gran parte de la roca subterránea es basalto, un mineral volcánico rico en iones de calcio y magnesio. Estos reaccionan con el dióxido de carbono para formar minerales como calcita, dolomita y magnesita, fijando así los átomos de carbono en forma sólida. 

Este proceso es más duradero que otras formas de almacenamiento de carbono, lo que lo hace potencialmente más atractivo para los compradores de créditos de carbono, afirma Pattison, director ejecutivo de Cella. Métodos de mitigación no geológica (como los programas de sustitución de cocinas domésticas o las soluciones basadas en la naturaleza, como la plantación de árboles) se han visto recientemente afectados por revelaciones de fraude o exageración. El dinero para el proyecto piloto de Cella, que verá la inyección de 200 toneladas de CO₂ este año, procede principalmente del compromiso de mercado anticipado Frontier, mediante el cual un grupo de empresas, incluidas Stripe, Google, Shopify, Meta y otras, ha prometido colectivamente gastar 1.000 millones de dólares (unos 913,8 millones de euros) en eliminación de carbono para 2030. 

Estos proyectos ya han abierto nuevas posibilidades para jóvenes kenianos como Wanjau. Me contó que no había muchas oportunidades para que aspirantes a ingenieras mecánicas como ella pudieran diseñar y probar sus propios dispositivos; muchos de sus compañeros trabajaban en empresas de construcción o petróleo, o estaban desempleados. Pero casi inmediatamente después de graduarse, Wanjau comenzó a trabajar en Octavia. 

“Me alegra estar intentando resolver un problema que es un asunto del mundo real”, me dijo. “No muchas personas en África tienen la oportunidad de hacer eso”. 

Una subida cuesta arriba 

A pesar del enorme entusiasmo de socios e inversores, el proyecto Great Carbon Valley enfrenta múltiples desafíos antes de que la visión de Ndirangu y Mwangi pueda hacerse realidad. 

Desde sus inicios, la iniciativa ha tenido que lidiar con “esta percepción de que hacer proyectos en África es arriesgado”, explica Ndirangu. De las decenas de instalaciones de DAC planificadas o existentes hoy, solo un puñado se encuentra en el Sur Global. De hecho, Octavia se ha descrito a sí misma como la primera planta de DAC ubicada en esta región. “Incluso vender Kenia como destino para la DAC fue todo un desafío”, afirma. 

Por ello, Ndirangu destacó la experiencia de Kenia en el desarrollo de recursos geotérmicos, así como su talento local en ingeniería y los menores costes laborales. GCV también se ha ofrecido a colaborar con el gobierno keniano para ayudar a las empresas a obtener los permisos necesarios y comenzar a construir lo antes posible. 

Ndirangu afirma que ya ha visto “un apetito real” entre los productores de energía que quieren ampliar la infraestructura de energías renovables, pero al mismo tiempo esperan pruebas de que habrá demanda. Imagina que, una vez que esa energía adicional esté disponible, muchas otras industrias, desde centros de datos hasta productores de acero verde, amoníaco verde o combustibles de aviación sostenibles, considerarán establecerse en Kenia, atrayendo más de una docena de proyectos al valle en los próximos años. 

Pero acontecimientos recientes podrían frenar esa demanda (que algunos expertos ya temían insuficiente). Los gobiernos de todo el mundo están retrocediendo en sus compromisos climáticos, especialmente en EE UU. La administración Trump ha recortado drásticamente la financiación destinada al desarrollo relacionado con el cambio climático y las energías renovables. El Departamento de Energía parece dispuesto a cancelar una subvención de 50 millones de dólares (unos 45,7 millones de euros) destinada a una planta de DAC propuesta en Luisiana (EE UU), que habría sido operada parcialmente por Climeworks. Y en mayo, poco después de ese anuncio, la empresa comunicó que recortaba un 22% de su plantilla. 

Al mismo tiempo, muchas empresas que probablemente habrían sido compradoras de créditos de carbono, y que hace apenas unos años habían prometido voluntariamente reducir o eliminar sus emisiones, están retirando silenciosamente esos compromisos. A largo plazo, advierten los expertos, existe un límite en la cantidad de eliminación de carbono que las compañías comprarán de manera voluntaria. Sostienen que, en última instancia, deberán ser los gobiernos quienes lo financien o exigir a los contaminadores que lo hagan. 

A todos estos retos se suman los costes. Los críticos aseguran que las inversiones en DAC son una pérdida de tiempo y dinero en comparación con otras formas de reducción de carbono. A mediados de diciembre, los créditos de eliminación de carbono en el Sistema de Comercio de Emisiones de la Unión Europea (uno de los mayores mercados de carbono del mundo) tenían un precio de alrededor de 84 dólares por tonelada (unos 76,8 euros). El precio medio por crédito de DAC, en comparación, ronda los 450 dólares (unos 411,8 euros). Procesos naturales como la reforestación absorben millones de toneladas de carbono cada año y son mucho más baratos (aunque los programas para convertirlos en créditos de carbono tienen sus propias controversias). En última instancia, la DAC sigue operando a pequeña escala, eliminando apenas unas 10.000 toneladas métricas de CO₂ al año. 

Incluso si los proveedores de DAC logran superar estos obstáculos, siguen apareciendo cuestiones espinosas dentro de Kenia. Grupos como Power Shift Africa, un think tank con sede en Nairobi (Kenia) que aboga por la acción climática en el continente, han calificado los créditos de carbono como “permisos para contaminar” y los han culpado de retrasar la electrificación. 

“El objetivo último de [la eliminación de carbono] es poder decir, al final, que podemos seguir emitiendo y simplemente recapturar esas emisiones con esta tecnología”, afirma Kaboub, el economista tunecino que ha trabajado con Power Shift Africa. “Así que no hace falta poner fin a los combustibles fósiles, y por eso recibe tanto apoyo de países y empresas petroleras”. 

Otro problema que identifica no se limita a la DAC, sino que se extiende a la forma en que Kenia y otras naciones africanas están persiguiendo su meta de industrialización verde. Aunque el presidente keniano William Ruto ha atraído inversión financiera internacional para convertir Kenia en un centro de energía verde, las políticas de su administración han incrementado la deuda externa del país, que en 2024 equivalía aproximadamente al 30% de su PIB. El desarrollo geotérmico en Kenia a menudo se ha financiado con préstamos de instituciones internacionales u otros gobiernos. A medida que la deuda ha aumentado, el país ha aplicado medidas de austeridad nacional que han desencadenado protestas mortales. 

Kenia puede tener ventajas sobre otros países, y es probable que los costes de la DAC disminuyan con el tiempo. Pero algunos expertos, como Benjamin Sovacool, de Boston University, no están convencidos de que Great Carbon Valley (o cualquier iniciativa de DAC) pueda mitigar de forma significativa el cambio climático. Las investigaciones de Sovacool han descubierto que, en el mejor de los casos, la DAC estará lista para desplegarse a la escala necesaria hacia mediados de siglo, demasiado tarde para funcionar como una solución climática viable. Y eso suponiendo que pueda superar costes adicionales, como las pérdidas asociadas a la corrupción en el sector energético, que Sovacool y otros han documentado como un problema generalizado en Kenia.

Sin embargo, otras personas dentro de la industria de la eliminación de carbono se muestran más optimistas respecto a las perspectivas generales de la DAC y confían especialmente en que Kenia pueda resolver algunos de los desafíos que la tecnología ha encontrado en otros lugares. El coste “no es lo más importante”, afirma Erin Burns, directora ejecutiva de Carbon180, una organización sin ánimo de lucro que aboga por la eliminación y reutilización del dióxido de carbono. “Hay muchas cosas por las que pagamos”. Señala que gobiernos de Japón, Singapur, Canadá, Australia, la Unión Europea y otros lugares están estudiando el desarrollo de mercados de cumplimiento para el carbono, incluso aunque EE UU esté estancado en este ámbito. 

Cree que Great Carbon Valley está bien posicionado para beneficiarse de estos avances. “Es grande. Es visionario”, afirma Burns. “Hay que tener un poco de ambición. No se trata de desplegar una tecnología que ya esté extendida. Y eso conlleva un enorme potencial para grandes oportunidades y ganancias enormes”. 

Vuelta a la tierra 

Más que cualquier factor externo, el futuro de Great Carbon Valley está quizá más íntimamente entrelazado con la tierra inquieta sobre la que se está construyendo y con la comunidad que ha vivido aquí durante siglos. 

Para el pueblo masái, pastores nómadas que habitan extensas zonas de África Oriental, incluida Kenia, este territorio alrededor del lago Naivasha es ol-karia, que significa “ocre”, en referencia a la arcilla rojo intenso que abunda en la región. 

Al sur del lago se encuentra el Parque Nacional Hell’s Gate, una reserva natural de 26 millas cuadradas donde los cinco complejos geotérmicos de la región (y un sexto en construcción) funcionan sobre numerosos respiraderos de vapor. La primera planta geotérmica de la zona entró en servicio en 1981, desarrollada por KenGen, una empresa eléctrica de mayoría estatal; recibió el nombre de Olkaria. 

Pero durante décadas la mayoría de los masái no han tenido acceso a esa electricidad. Y muchos han sido expulsados de sus tierras en oleadas de desalojos. En 2014, la construcción de un complejo geotérmico de KenGen expulsó a más de 2.000 personas y dio lugar a varias denuncias legales. Al mismo tiempo, habitantes cercanos a otro complejo geotérmico de propiedad privada situado 50 millas al norte de Naivasha se han quejado de ruido y contaminación del aire; en marzo, un tribunal keniano revocó la licencia de operación de una de las tres plantas del proyecto. 

Ni Octavia ni Cella utilizan energía procedente de estos dos productores geotérmicos, pero activistas han advertido de que podrían resurgir daños ambientales y sociales similares si crece la demanda de nueva infraestructura geotérmica en Kenia, una demanda que podría verse impulsada por la DAC. 

Ndirangu asegura que cree que algunas de las denuncias sobre desplazamiento están “exageradas”, pero reconoce igualmente la necesidad de una participación comunitaria más sólida, al igual que Octavia. A largo plazo, afirma que planea ofrecer formación laboral a los residentes que viven cerca de las zonas afectadas e integrarlos en la industria, aunque también subraya que dichos planes deben ser realistas. “No quieres crear la expectativa equivocada de que contratarás a todo el mundo de la comunidad”, señala. 

Ese es parte del problema para activistas masái como Agnes Koilel, una profesora que vive cerca del campo geotérmico de Olkaria (Kenia). A pesar de promesas anteriores de empleo en las plantas de energía, los trabajos que se ofrecen suelen ser puestos de menor salario, como limpieza o seguridad. ”Los masái no están tan empleados como la gente cree”, afirma.  

La DAC es una industria pequeña, y no puede hacerlo todo. Pero si llega a ser tan grande como esperan Ndirangu, Freimüller y otros defensores de Great Carbon Valley, creando empleo e impulsando la industrialización verde de Kenia, comunidades como la de Koilel estarán entre las más directamente afectadas, igual que lo están por el cambio climático. 

Cuando le pregunté a Koilel qué pensaba del desarrollo de la DAC cerca de su hogar, me dijo que nunca había oído hablar de la idea de Great Carbon Valley ni de la eliminación de carbono en general. No estaba necesariamente en contra del desarrollo de energía geotérmica por principio, ni se oponía a ninguna de las industrias que podrían impulsar su expansión. Solo quiere ver algunos beneficios, como un centro de salud para su comunidad. Quiere revertir los desalojos que han expulsado a sus vecinos de sus tierras. Y quiere electricidad: el mismo tipo de electricidad que alimentaría los ventiladores y las bombas de los futuros centros de DAC. 

“La energía se genera en estas comunidades”, dijo Koilel. “Pero ellas mismas no tienen esa luz”.                                   ( , MIT, 16/02/26) 

23.11.25

Conclusión de The Economist sobre el clima: Sin el hardware chino (parques solares, baterías y coches eléctricos), el mundo no alcanzará sus objetivos climáticos... Mientras el actual gobierno de EE. UU. rechaza la tecnología renovable, la industria en Europa retrocede y se recortan los planes verdes, la lucha climática se decidirá en el Sur Global... y allí serán las soluciones renovables chinas las que marquen la diferencia... EE. UU. y Europa no están dispuestos, o no son capaces de liderar la transición energética mundial... en cambio, China puede producir casi un teravatio de capacidad renovable al año, el equivalente a más de 300 grandes centrales nucleares. Esa escala no es casualidad, sino el resultado de un “volante de inercia”: enorme demanda interna, producción cada vez más eficiente, precios a la baja, aún más demanda. Mientras tanto se están retirando las subvenciones que pusieron en marcha el “volante de inercia”. El resultado es energía barata y abundante, además generada en el propio país... Según The Economist, China se ha convertido en el laboratorio del mundo en materia de tecnología verde... Para muchos gobiernos del Sur hay un criterio que cuenta: seguridad de suministro a bajo precio. Las celdas solares tienen allí una baza adicional: una vez instaladas nadie puede «cerrar el grifo». Eso reduce el poder de chantaje geopolítico que siempre ha acompañado al petróleo y al gas, y sienta las bases de una soberanía energética propia... Por eso el Financial Times llama a China el primer «electro-Estado» del mundo: la tecnología verde como palanca para conquistar los mercados mundiales (Marc Vandepitte)

 "La influyente revista económica The Economist llega a una conclusión llamativa: mientras EE. UU. titubea y Europa duda, China avanza a toda velocidad hacia el futuro verde con parques solares, baterías y coches eléctricos. Si la cumbre del clima en Belém demuestra algo, es esto: sin hardware chino el mundo no alcanzará sus objetivos climáticos.

El mundo se enfrenta a una transición energética sin precedentes. Mientras el actual gobierno de EE. UU. rechaza la tecnología renovable, la industria en Europa retrocede y se recortan los planes verdes. Por eso la lucha climática se decidirá en el Sur Global y allí serán las soluciones renovables chinas las que marquen la diferencia.

Esa es la llamativa conclusión que extrae The Economist en un informe especial sobre el clima con motivo de la cumbre de Belém. The Economist es una de las revistas de negocios más influyentes del mundo. La revista dista mucho de ser «amiga» de China, pero constata con pesar que EE. UU. y Europa no están dispuestos o no son capaces de liderar la transición energética mundial.

Y esa es precisamente la pregunta en torno a la cual gira esta cumbre climática.

La revolución de los vehículos eléctricos

Otros medios dominantes están en la misma sintonía. Así, por ejemplo, De Standaard en Bélgica describe cómo Wan Gang, el ministro de Ciencia y Tecnología, lanzó en 2009 una estrategia que empujó a la atrasada industria automovilística china hacia la era eléctrica. Con normas de emisiones, infraestructura de recarga y miles de millones en apoyos se creó un mercado interno en el que conducir eléctrico pudiera convertirse en la norma.

Wan vio pronto cómo la dependencia del petróleo, la contaminación del aire y la hegemonía tecnológica de EE. UU. hacían vulnerable a China. La solución fue una política industrial de largo aliento en la que el Estado orienta y la industria escala.

Esa política fue especialmente exitosa y catapultó a China a la cima mundial en este sector. El año pasado se vendieron en China 6,4 millones de coches eléctricos, tres veces más que en Europa y cinco veces más que en EE. UU. Más del 60% de todos los vehículos eléctricos (VE) salen ahora de fábricas chinas y más del 70 por ciento de las baterías también se producen allí.

La antaño objeto de burlas BYD superó a Tesla. El gigante de las baterías CATL lució una celda que promete 500 kilómetros de autonomía tras cinco minutos de carga.

El bajo precio de los coches eléctricos chinos no se debe solo a la tecnología, sino también a la organización: fuerte competencia, automatización y verticalización – desde la materia prima hasta el embarque – abaratan los costes. Hoy dos de cada tres modelos chinos de VE ya son más baratos que sus homólogos fósiles, incluso sin subvenciones, señala De Standaard.

Laboratorio de tecnología verde

The Economist abre aún más el objetivo. A finales del año pasado China contaba con 887 gigavatios de capacidad solar, casi el doble que Europa y EE. UU. juntos. Solo en 2024 se destinaron 22 millones de toneladas de acero a viento y sol, suficiente para construir casi cada día laborable un Golden Gate Bridge.

China puede producir casi un teravatio de capacidad renovable al año, el equivalente a más de 300 grandes centrales nucleares. Esa escala no es casualidad, sino el resultado de un “volante de inercia”: enorme demanda interna, producción cada vez más eficiente, precios a la baja, aún más demanda. Mientras tanto se están retirando las subvenciones que pusieron en marcha el “volante de inercia”.

El resultado es energía barata y abundante, además generada en el propio país, lo cual es muy importante estratégicamente porque reduce – y a la larga incluso elimina – la dependencia del petróleo extranjero, por ejemplo.

Los paneles solares son el ejemplo de manual. EE. UU. los inventó, pero hoy China concentra el noventa por ciento de la capacidad mundial e instala más paneles que el resto del mundo junto. Mientras Europa y EE. UU. lidian con la fragmentación y las entradas de alto coste, China implantó clústeres donde tiene lugar todo el proceso.

En la energía eólica la ventaja es menor, pero aun así impresionante. Solo en 2021 China instaló más capacidad eólica marina que el resto del mundo en los cinco años anteriores. Los cuatro mayores fabricantes de aerogeneradores son hoy chinos.

También en bombas de calor crece la ventaja. En 2024 las empresas chinas produjeron más de la mitad de las bombas de calor del mundo y una parte considerable se destinó al mercado de exportación.

Según The Economist, China se ha convertido en el laboratorio del mundo en materia de tecnología verde. El año pasado se invirtieron en China 676.000 millones de dólares en este ámbito, lo que supone el 38 % del total mundial y más del doble de la cantidad invertida en EE. UU.

El resto del mundo depende en gran medida de las cadenas de suministro chinas para paneles solares y baterías.

Buenas razones

China tiene sólidas razones para priorizar la política climática: megalópolis como Shanghái están en la costa y corren riesgo de inundaciones por la subida del nivel del mar; el norte seco sufre escasez de agua; y los fenómenos meteorológicos extremos ya están causando daños.

Según la revista médica The Lancet, la cantidad de personas muertas por calor en China en 2022 fue 3,5 veces superior a la media histórica. En el verano de 2023 las inundaciones destruyeron gran parte de la cosecha china de trigo.

La inversión en energía verde, además, es interesante económicamente. China reduce su intensidad energética interna y, al mismo tiempo, exporta su transición. Hoy el país gana más con la exportación de tecnología limpia que EE. UU. con la exportación de energía fósil.

Solo en agosto circularon por el mundo 20.000 millones de dólares en tecnología limpia. La mitad de los coches eléctricos exportados terminó en países en desarrollo. En muchos de esos mercados China ya alcanza una cuota de alrededor del 75%, constata De Standaard.

Esta tendencia continuará, sencillamente porque las fuentes renovables son baratas.

En el Sur Global el proyecto chino de inversión a gran escala «la Franja y la Ruta» está pasando de centrales de carbón y megapuertos a proyectos solares y eólicos. Los paneles y baterías baratas convierten los tejados de países como Pakistán en minicentrales.

Para muchos gobiernos del Sur hay un criterio que cuenta: seguridad de suministro a bajo precio. Las celdas solares tienen allí una baza adicional: una vez instaladas nadie puede «cerrar el grifo». Eso reduce el poder de chantaje geopolítico que siempre ha acompañado al petróleo y al gas, y sienta las bases de una soberanía energética propia.

Esa exportación hace por China exactamente lo necesario: reduce las emisiones mundiales y disminuye sus propios riesgos climáticos, mientras alimenta la industria y el comercio. Según el centro de estudios CREA, las inversiones en energía verde fueron en 2023 el mayor motor del crecimiento económico en China. Por primera vez los incentivos económicos y climáticos del mayor fabricante del mundo coinciden en gran medida.

Por eso el Financial Times llama a China el primer «electro-Estado» del mundo: la tecnología verde como palanca para conquistar los mercados mundiales. La búsqueda intensiva de Pekín de la autosuficiencia energética podría incluso darle ventaja en la guerra comercial con EE. UU.

En el buen camino

No todo es color de rosa. China no se aparta del carbón tan rápido como desearían los activistas medioambientales o como algunos analistas consideran necesario para cumplir el objetivo de 2060. El 60% de la mezcla energética sigue procediendo de esta fuente con mayor intensidad de carbono. Tras la invasión rusa de Ucrania se aprobó una media de dos nuevas centrales por semana y funcionarán durante décadas.

Aun así, algo se mueve. De Standaard señala que China logró cubrir en la primera mitad de este año su demanda adicional de electricidad íntegramente con fuentes renovables y que el consumo fósil estaba disminuyendo en términos absolutos. La fase más contaminante del desarrollo de China probablemente haya quedado atrás.

Según el periódico, el grado de electrificación de la economía ya supera allí el 30%, frente a poco más del 20% en EE. UU. China anuncia una reducción moderada de emisiones para 2035 y supera más a menudo sus propios objetivos de lo que los incumple, según el diario.

China va muy por delante de los objetivos de 2030 para energías renovables. La meta de 1.200 GW de eólica y solar ya se ha alcanzado este año y las emisiones parecen estar alcanzando su pico desde marzo de 2024.

Cómo China se convirtió en el líder verde mundial

No fue casualidad: el salto de China en la transición energética es fruto de una visión a largo plazo y de su vertiginoso crecimiento económico de las últimas décadas. El país combinó inversiones sociales, apertura inteligente y una planificación estricta con incentivos de mercado. El resultado fue una economía que a la vez tiene escala, velocidad y dirección.

Primero, el fundamento social. Desde el inicio fluyó mucho dinero hacia la educación, la salud y la seguridad social, lo que produjo trabajadores sanos y formados. Y, algo importante, los salarios siguieron a la productividad. Así se preservó la paz social y además surgió un gran y dinámico mercado interno.

Sobre eso vino un turbo: infraestructura y tecnología. Se construyó rápidamente una red de ferrocarriles, carreteras, puertos y energía. Al mismo tiempo, China invirtió de forma masiva en investigación y desarrollo. El país saltó a la cima en publicaciones científicas y patentes, y gradúa cada año un múltiplo de estudiantes STEM. Ese salto de conocimiento alimenta industrias de alto valor añadido.

La apertura también jugó su papel, pero siempre en sus propios términos. Los inversores extranjeros eran bienvenidos, siempre que contribuyeran a objetivos nacionales: transferencia tecnológica, suministro local, empleos. El comercio se convirtió en un medio, no en un fin. La Nueva Ruta de la Seda encaja en esa misma lógica: abrir mercados y, a la vez, anclar capacidades chinas.

El núcleo de la dirección sigue siendo estatal. Los planes quinquenales marcan el rumbo, los bancos estatales empujan capital hacia sectores estratégicos, de la energía a la producción de chips. Cuando el gobierno da prioridad, pensemos en la energía solar, la movilización de productores sigue rápidamente. Así pudo China convertirse en poco tiempo en líder mundial en tecnología de paneles solares y cadena de producción.

A la vez, China está sorprendentemente descentralizada. Los gobiernos locales gestionan la mayor parte del gasto y compiten entre sí. Provincias y ciudades experimentan; si les va bien, otros copian. Las empresas compiten en el mercado, dentro y fuera del país. Esa doble competencia – entre regiones y entre empresas – mantiene el sistema ágil.

El funcionamiento del mercado no es tabú, sino un instrumento. Mientras el mercado sirva a los objetivos sociales y estratégicos, se le da espacio. Si choca con esos objetivos, el Estado interviene. Así China evita las ineficiencias de una centralización pura, pero también la falta de rumbo de un «libre» mercado sin dirección.

Fue crucial que China viera pronto que la economía mundial se iba a orientar hacia la ecologización. El giro hacia energías renovables, movilidad eléctrica y eficiencia energética fue prioritario en la agenda. Gracias a ello, además de su ventaja de escala, China dispone de reducción de costos y liderazgo tecnológico en sectores verdes, mientras reduce a la vez su dependencia de combustibles fósiles importados.

¿Y Europa?

Europa no tiene por qué copiar este modelo, pero sí puede aprender mucho de él. Además, nuestro continente se enfrenta a una elección importante: ¿optamos por un respaldo fósil demasiado caro de EE. UU. o por el hardware verde chino?

La producción de paneles solares se ha trasladado en gran medida a China, las reservas fósiles son limitadas y el apoyo político a paquetes de transición costosos muestra grietas. Los intentos de construir campeones propios fuertes de energía verde avanzan con dificultad. De Standaard señala en ese sentido que la quiebra del fabricante de baterías Northvolt es una señal de alarma.

Sea como fuere, Europa no puede alcanzar sus objetivos climáticos sin China. Quizá pueda seguir el consejo de The Economist: “Aun cuando el cambio climático no sea tu prioridad, deberías entusiasmarte ante la perspectiva de una energía limpia barata y abundante y la promesa que conlleva de mejorar la vida de miles de millones de personas en países en desarrollo. El mundo necesita lo que China tiene para ofrecer. Debería aceptarlo.”

( Marc Vandepitte , Rebelión, 22/11/25, traducción del autor, fuente DeWereldMorgen)