"(...) Para hacernos una imagen correcta de la salud económica de un país, hay
que empezar por mirar la salud de sus ciudadanos. Si son felices y
prósperos, tendrán vidas sanas y más largas. Y en este aspecto, Estados
Unidos es el país desarrollado con el peor desempeño.
La expectativa de
vida de los estadounidenses (que ya era relativamente baja) se redujo en
cada uno de los dos primeros años de la presidencia de Trump, y en
2017, la tasa de mortalidad en la mediana edad alcanzó su nivel máximo
desde la Segunda Guerra Mundial. No sorprende, porque ningún presidente
hizo tanto para aumentar la cifra de estadounidenses que no tienen
seguro de salud. Millones se han quedado sin cobertura, y en sólo dos
años la proporción de estadounidenses sin seguro médico creció del 10,9% al 13,7%.
Una razón de la disminución de la expectativa de vida en Estados Unidos es lo que Anne Case y el premio Nobel de economía Angus Deaton
denominan “muertes por desesperación”, causadas por el alcohol, la
sobredosis de drogas y el suicidio. En 2017 (el año más reciente para el
que hay datos confiables), esas muertes fueron casi cuatro veces más que en 1999.
La
única vez que vi algo parecido a estos retrocesos sanitarios (quitando
guerras o epidemias) fue cuando siendo economista principal del Banco
Mundial hallé que los datos de mortalidad y morbilidad confirmaban lo
que sugerían nuestros indicadores económicos en relación con el triste
estado de la economía rusa postsoviética. (...)
Tal vez Trump sea un buen presidente para el 1% más rico (y sobre todo,
para el 0,1% más rico), pero no lo ha sido para nadie más. De
implementarse en su totalidad, la rebaja impositiva de 2017 generará aumentos de impuestos para la mayoría de los hogares en los quintiles de ingresos segundo, tercero y cuarto.Puesto
que los recortes impositivos benefician sobre todo a los ultrarricos y a
las corporaciones, no debería sorprender a nadie que entre 2017 y 2018
(también los años más recientes con datos confiables) la mediana del
ingreso disponible de las familias estadounidenses se haya mantenido prácticamente igual.
Los hogares más ricos también se llevan la parte del león del crecimiento del PIB. La mediana de la remuneración semanal
real está apenas 2,6% por encima del nivel que tenía al inicio del
gobierno de Trump, y ese aumento no compensa largos períodos anteriores
de estancamiento salarial. Por ejemplo, la mediana salarial de un
estadounidense varón que trabaja a tiempo completo (y trabajar a tiempo
completo ya es tener suerte) sigue siendo más de 3% inferior al valor de hace 40 años.(...)
Y pese a las cacareadas promesas de Trump de repatriar empleos fabriles a
Estados Unidos, la creación de puestos de trabajo en ese sector es
menor a la que hubo con su predecesor, Barack Obama, al afianzarse la
recuperación post‑2008, y sigue siendo muy inferior a lo que era antes
de la crisis. Incluso el mínimo en 50 años de la tasa de desempleo
enmascara una fragilidad económica. La tasa de empleo para
hombres y mujeres en edad de trabajar, a pesar de haber aumentado, lo
hizo menos que durante la recuperación de tiempos de Obama, y todavía es
considerablemente inferior a la de otros países desarrollados.
Y la tasa de creación de empleo también es marcadamente menor a la de Obama.De
nuevo, la baja tasa de empleo no sorprende (en particular, porque sin
salud no se puede trabajar). Además, las personas que cobran
prestaciones por discapacidad, las que están en prisión (la proporción de población carcelaria en Estados Unidos creció a más del séxtuplo desde 1970, y hoy hay unos dos millones de personas
tras las rejas) y las que se desalentaron al punto de dejar de buscar
empleo activamente no cuentan como “desempleadas”; pero por supuesto,
tampoco están empleadas.(...)
Así que además de fallar en asignaturas esenciales como defender la
democracia y proteger el planeta, Trump también se merece un
“desaprobado” en economía." (
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