"(...) En las primeras semanas de la invasión rusa, Kiev era el epicentro del terror psicológico. Tras el vaciado de quienes huyeron para poner a salvo a sus criaturas, aquellos que permanecieron portaban un rictus de turbación: allí permanecían mientras sabían que, en cualquier momento, el presente se podría convertir en pasado sin memoria. Adiós hogar, adiós proyectos, adiós familia, adiós amigos.
Tuvieron que aprender en un instante a vivir al día. Y eso solo se aprende en generaciones. Así que el resultado era un viscoso y estruendoso pavor a lo que, semanas después, se confirmaría en Bucha –como antesala a los testimonios que nos llegan de Járkov, del Donbás o de Mariúpol–.
Un terror que, envuelto en las sirenas antiaéreas, amortiguaba los silencios: los silencios de quienes no tenían qué decir porque su cabeza era una olla a presión; los silencios de quienes temían que sus palabras sirvieran de excusa en algún momento para finiquitarlos; los silencios de quienes, una vez ocurrido lo imposible, no encontraban sentido a verbalizar lo, posiblemente, irremediable. (...)
Y solo hay algo que dé más miedo que esta antelación del dolor que no hay diluvio universal que logre apagar: aceptar que toda esta pena ha provocado una ola de solidaridad internacional porque sus protagonistas son blancos, europeos y de cultura cristiana. Y ante ese espejo, ante ese matrix, lo que resulta casi tan insoportable es el racismo y la crueldad de nuestra sociedad." (Patricia Simón, La Marea, 21 abril 2022)
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