"No hay plena conciencia ni conocimiento a nivel de la población de que
los recortes de gasto público, incluyendo de gasto público social, son
(además de totalmente innecesarios y contraproducentes para incrementar
la eficiencia económica del país y el bienestar de la población)
resultado del enorme poder de lo que se llamaba antes la clase
capitalista (y que en EEUU se llama la Corporate Class, es decir, la
clase de los propietarios y gestores de las grandes corporaciones
financieras, industriales y/o de servicios que dominan la economía del
país) sobre sus instituciones políticas y mediáticas.
Esta clase ha
adquirido unos beneficios extraordinarios como consecuencia de unas
políticas fiscales que les han permitido alcanzar unos niveles muy
elevados de riqueza, a costa de empobrecer al Estado, el cual, a fin de
cubrir los déficits públicos (resultantes de la merma de ingresos como
consecuencia de los beneficios fiscales a los miembros de tal Corporate
Class) están recortando y recortando el gasto público, incluyendo el
social. (...)
Pero veamos los datos, que los que
utilizan dicho término sistemáticamente ignoran. Uno de los países donde
la información fiscal es más detallada es EEUU.
El impuesto de sociedades (el impuesto
sobre los beneficios) era en EEUU, como promedio, en los años 60 y 70
del pasado siglo, el 52% de los beneficios. De cada dólar que las
grandes empresas conseguían como beneficios, 52 céntimos iban al
gobierno federal.
En realidad, los ingresos procedentes de este impuesto
representaban el 33% de todos los ingresos al Estado federal. Pero todo
esto cambió con la elección del Presidente Reagan, el gurú de los
neoliberales (economistas como Sala i Martín y los de Fedea). Este
Presidente bajó dicho impuesto al 35%, con lo cual los ingresos al
Estado federal procedentes de este tipo de impuesto bajaron a un 9% de
todos los ingresos al Estado federal.
Pero además de bajar los impuestos
a los beneficios, Reagan facilitó la desregulación de la movilidad de
capitales, es decir, facilitó que las grandes empresas desplazaran sus
actividades económicas a otros países, con lo cual las empresas dejaron
EEUU en busca de mano de obra barata y también en busca de paraísos
fiscales o países (como Irlanda) con impuestos de sociedades mucho más
bajos, como el 12%.
El resultado de todo ello es que las grandes
empresas, aunque nominalmente pagan el 35% (uno de los porcentajes más
altos de la OCDE, el club de países más ricos del mundo) de sus
beneficios en impuestos, en la práctica pagan mucho menos, y algunos de
ellos, mucho mucho menos. Entre ellas está Amazon (6%), Apple (14%),
General Electric (16%), Coca-Cola (16%), Sheraton Hotels (8%), Carnival
Cruise (0,6%), Google (17%), Boeing (7%) y un largo etcétera. (...)
Para compensar las bajadas, el mismo Presidente Reagan subió los
impuestos de todos los demás (es decir, del 99% restante de la
población) y lo hizo, no solo una, sino dos veces (ver James Livingston,
“If Companies Are People…”, The New York Times, 14.04.13).
Subió los
impuestos sobre la renta y muy en especial sobre la renta derivada del
trabajo –a costa de bajar los de la renta derivada del capital- y
también subió las cotizaciones a la Seguridad Social, incrementando en
la práctica la aportación de los trabajadores. El presidente Reagan fue
una bendición para la Corporate Class y una pesadilla para casi todos
los demás. (...)
Estas políticas no podían promoverse con
el argumento de que estaban beneficiando a los súper ricos. Aunque los
datos son claros y contundentes, la narrativa liberal no puede ser tan
clara y cruda. De ahí que deba vestirse de seda.
Es decir, se tiene que
presentar que estas políticas, aunque beneficien a los ricos (y la
evidencia es tan contundente que no pueden negarlo), benefician también a
todos los demás. ¿Cómo? Las respuestas son varias. Veámoslas una a una y
la evidencia de que la avalen o no la avalen.
1. Las desigualdades son
buenas porque el hecho de que los ricos tengan más dinero quiere decir
que ahorrarán más. Con ello habrá más capital para invertir y crear
empleo (lo de “crear empleo” siempre aparece en letras mayúsculas). La
evidencia existente, sin embargo, no avala este supuesto.
En realidad,
las tasas de inversión y crecimiento económico en EEUU fue mayor en la
época 1960-1980 que en la de 1980-2000. De hecho, uno de los periodos
con menor ahorro, menor inversión y menor crecimiento económico fue
durante el periodo 2001-2003, cuando el Presidente Bush redujo de una
manera muy acentuada los impuestos del capital y de las rentas
superiores.
Mientras, el incremento de las rentas del capital se tradujo
primordialmente en actividades especulativas que configuraron las
sucesivas burbujas, siendo la más importante la inmobiliaria.
Por otra
parte, estos recortes de impuestos significaron un enorme agujero en los
ingresos al Estado, determinando el incremento del déficit estructural
del Estado federal. Cuando apareció la crisis, al final de su mandato,
tal déficit se intentó reducir a base de recortar el gasto público,
incluyendo el social.
2. La eficiencia económica
requiere un aumento de las desigualdades a fin de estimular e incentivar
el aumento de la productividad. Esta postura que alcanzó niveles de
dogma en la sabiduría convencional, ha perdido su credibilidad.
Incluso
el Fondo Monetario Internacional ha terminado aceptando que el elevado
nivel de desigualdades interfiere en la eficiencia económica,
obstaculizando el estímulo económico basado en la demanda doméstica,
impulsada por una mayor capacidad adquisitiva de la mayoría de la
ciudadanía, resultado de medidas redistributivas que transfieran fondos
de las clases pudientes con escaso consumo y elevada especulación hacia
las clases populares, cuyas elevadas necesidades determinan un inmediato
consumo en las áreas de la economía productiva.
En realidad, la
evidencia muestra que la mejor manera de estimular la economía no es
bajando los impuestos (que por regla general beneficia a las rentas
superiores), sino subiendo los impuestos de estos sectores pudientes y,
con los fondos obtenidos, crear empleo entre los grupos sociales con
menor empleo.
3. No hay que subir los impuestos a los “súper ricos”, pues
ellos ya gastan gran cantidad de recursos en pagar impuestos. Este
argumento lo hacen economistas liberales que, por regla general,
muestran en gráficos como el 1% de renta superior (los súper ricos) ya
paga el 20% de todos los impuestos.
Hacerles pagar más es un “expolio”
–así lo dicen en sus programas televisivos- donde “dan lecciones de
economía”. Lo que estos autores no dicen es que este 1% posee el 40% de
toda la riqueza del país y más del 20% de toda la renta. Que paguen solo
el 20% de todos los impuestos muestra claramente la regresividad de
las políticas fiscales, pues si estas fueran progresivas, los súper
ricos pagarían mucho más que el 20% de los impuestos. (...)
Una de las áreas donde hay más opacidad
en España es en quién paga impuestos y cuánto paga. Uno de los
indicadores de la baja calidad de la democracia en España es
precisamente la falta de información fiscal. Ahora bien, existen más que
indicios de que lo que he estado describiendo sobre EEUU es incluso más
acentuado en España.
Así, el impuesto sobre los beneficios de las
grandes empresas es de los más bajos de la OCDE y mucho más bajo que en
EEUU. Es un 30% en lugar de un 35% (. Pero, como también ocurre en EEUU,
la tasa real, a diferencia de la nominal, es incluso tan baja como la
de EEUU (un 10%).
Otra semejanza es que los gobiernos
españoles, incluyendo el del Sr. Zapatero, han bajado los impuestos
creando un déficit estructural que se ha intentado corregir a base de
recortes. Por ejemplo, la bajada de impuestos del 2006 contribuyó al
déficit de casi 27.000 millones de euros de 2008, que más tarde se
intentó reducir a base de recortes.
Se congelaron las pensiones para
conseguir 1.500 millones de euros, cuando podrían haberse conseguido más
recursos (2.500 millones) recuperando el impuesto de patrimonio o el
impuesto de sucesiones (más de 2.500 millones).
Algo semejante ocurrió
con el gobierno Rajoy, que ha recortado 6.000 millones de euros en
sanidad, cuando podría haber conseguido más dinero anulando la bajada
del impuesto a las grandes empresas que facturan más de 150 millones de
euros al año, consiguiendo 5.200 millones de euros." (Artículo publicado por Vicenç Navarro en la revista digital SISTEMA, 6 de junio de 2013, en vnavarro.org, 07/06/2013)
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