"No sé si es exacto que 2,8 millones de niños (uno de cada tres) viven en
España en riesgo de pobreza o exclusión social, tal como alertó la
semana pasada Save the Children, 8...)
Tampoco puedo confirmar si un 40% (¡casi la mitad!) de las familias
españolas han dejado de celebrar los cumpleaños de sus hijos porque no
tienen recursos para pagar una merienda de celebración, ni para hacerles
un regalo. Pero sé que si los datos de la oenegé internacional son
ciertos, nuestra sociedad está enferma de extrema gravedad y no tardará
en exteriorizar dramáticamente las convulsiones propias de la fiebre
extrema.
También puedo afirmar rotundamente que si la situación de
la infancia en España es tan excepcionalmente dramática, resulta una
irresponsabilidad que la denuncia no haya revolucionado inmediatamente
la sociedad y que las administraciones públicas y los gobiernos no hayan
corrido a declarar la alerta y a consensuar un calendario de medidas
excepcionales.
No tengo los instrumentos adecuados para corroborar
los datos, pero me temo que todo apunta a que la denuncia se ajusta a
la realidad: el dossier es completísimo y coincide con las voces de
alerta que llegan diariamente de los que trabajan al lado de los
sectores más débiles de la sociedad; y, hoy por hoy, ninguna autoridad
ha desmentido los datos. (...)
Esta foto desoladora de la infancia española es una más de las muchas
que nos llegan cada día de la España devastada por la crisis. Las
entidades sociales emiten constantemente nuevas imágenes y el
diagnóstico resultante es alarmante. De hecho, los datos son tan duros
que a menudo les damos la espalda, confiando en que resulten una
exageración. Lo más probable es que no lo sean. (...)
Necesitamos urgentemente que todas estas aproximaciones a la sociedad
se transformen en datos agregados y aceptados por todos. Resulta
imprescindible la actualización de los estudios sociológicos para
descubrir en la medida justa el impacto de la crisis en la sociedad. Y
hace falta que los técnicos, los políticos y los ciudadanos nos pongamos
de acuerdo con el fin de homologar el resultado, de manera que todos
podamos enmarcar en un lugar preeminente la foto exacta de lo que está
pasando.
No podemos seguir contemplando los efectos de la crisis
con información insuficiente y todavía derivada de metodologías y
muestras obsoletas. Tenemos datos de paro y empleo en los que nadie
confía, porque esconden realidades como la precariedad, la emigración,
los que se borran una vez acabada la prestación o quienes se eternizan
en cursos de formación para evitar la rueda de la frustración laboral.
Tenemos muchos cruces entre economía abierta y economía sumergida, que
hacen poco fiables muchas de las metodologías de análisis sobre la
capacidad económica de las familias. (...)
Se echa de menos muy especialmente un balance realista del asedio
orquestado contra los asalariados y las clases medias, los únicos que
han pagado y están pagando la crisis, a menudo a costa de caer
desclasados ellos mismos en un inesperado viaje inverso del ascensor
social.
Nadie puede predecir hasta cuándo los asalariados podrán seguir
sosteniendo en solitario el colchón social que atenúa los efectos de la
crisis sobre los más débiles: los datos de pobreza coinciden en el
tiempo con la confirmación de que la economía sumergida llega ya al 25%
del PIB español, de manera que la franja de los que pagan es cada vez
más pequeña y la carga impositiva cada vez más alta.
El bocadillo que
les están haciendo entre los poderosos que se escapan y los que trabajan
en negro es clamoroso y no se podrá sostener mucho más tiempo.
El
incremento de la pobreza radical y el estrangulamiento de los
asalariados son síntomas alarmantes de lo que nos espera y no encajan ni
con la actitud ni con el comportamiento de los que toman decisiones. Me
sorprende la incapacidad de los poderosos de asumir de una vez sus
obligaciones éticas y morales.
Y me sorprende también la falta de
imaginación y de atrevimiento de los partidos progresistas y de las
antiguas organizaciones de clase. Da la impresión de que unos gobiernan
para un país que a estas alturas nadie reconoce y otros siguen gritando
“no pasarán” cuando ya hace meses que han pasado y nos han anulado
derechos que tardamos muchos años en conquistar.
Resulta imperdonable no
haber decretado ya el estado de emergencia nacional, porque seguramente
el día que tengamos encima de la mesa la foto exacta del paisaje social
surgido de la crisis será tarde." (Paisaje después de la crisis, de Rafael Nadal en La Vanguardia, en Caffe Reggio, 07/02/2014)
No hay comentarios:
Publicar un comentario