13.2.14

¿Y si la crisis en España acabara en nada?

"(...) Si miramos las cosas más de cerca, sin embargo, creo que es fácil sobreestimar los efectos institucionales de esta crisis a medio/largo plazo.

 Es más, creo que es incluso posible defender la idea que la crisis, lejos de cambiar las cosas, ha muchos de los viejos equilibrios intactos, e incluso ha reforzado algunos de ellos. Los políticos pueden haber cambiado, pero muchos de los problemas permanecen. (...)

El sistema político español, como el resto de sus parientes europeos, es en cierto modo una expresión del aspecto de la sociedad en el que vive. Es un reflejo de un equilibrio social; un conjunto de reglas de juego aceptadas por todos.

 Si algo hemos visto de este equilibrio en los seis años de crisis, sin embargo, es que no parece haber una coalición reformista suficiente en ninguno de los dos grandes partidos como para forzar cambios, y de forma más preocupante, no parece haber tampoco una coalición electoral.

Basta echar un vistazo a las reformas políticas y económicas de los últimos años para ver que en el fondo no ha habido demasiados cambios relevantes. Dejando de lado el nivel de gasto público y los impuestos (algo relevante, pero que realmente no afecta demasiado la estructura institucional del país) ni el PP ni el PSOE se han planteado seriamente cambiar el funcionamiento de la administración, la ley electoral, el sistema judicial, la estructura interna del partido o el sistema autonómico.

 El PP, de hecho, ha cambiado el aparato regulatorio del estado y las autoridades de competencia,  politizándolas aún más, y ha desmontado las reformas de sus antecesores en TVE. El armazón que colocó a unos y otros en Moncloa sigue prácticamente intacto.

De forma quizás más preocupante, ni el PP ni el PSOE han podido o querido aprobar reformas económicas con visos de cambiar la estructura económica del país. Cualquier reforma (desde el mercado laboral a la eliminación de los notarios y la liberalización del sector del taxi) tiene siempre, de forma inevitable, ganadores y perdedores; alguien sale favorecido, alguien sale perdiendo.

 Las buenas reformas, las famosas reformas estructurales que pide Bruselas, tienen la virtud de generar muchos más ganadores que perdedores a medio-largo plazo. Liberalizar el mercado de las telecomunicaciones perjudicó  a Telefónica y sus accionistas en primera instancia, pero las ventajas para los consumidores en precios bajos y mejor servicio fueron mucho mayores. 

Una reforma laboral que ayude a los outsiders puede generar un mercado laboral mucho más simétrico a largo plazo, dando a todo el mundo mucha mayor capacidad de negociación, pero se enfrentará a las reticencias del resto. En esta crisis los dos grandes partidos han decidido concentrarse en defender los intereses de las coaliciones sociales que les llevaron al gobierno, proteger los sectores económicos que eran fuertes antes de la crisis, y realmente dejar bastante intactas las bases del modelo económico y social de antes de la crisis.

Lo más desesperante de este escenario, me temo, es que a pesar del enorme agujero social dejado por la gran recesión, de todas las protestas, gritos, padeceres y sufrimiento, de todo el ruido y furia, la crisis va camino de acabar esencialmente en nada.(...)

 Hace una temporada escribía sobre el riesgo de tener una recuperación económica sin haber aprobado ninguna de las reformas que la economía necesita. En el sistema político, sin nadie lo remedia, vamos camino de algo parecido (...)

Una nota final: si repasamos la historia de las democracias europeas de postguerra veremos que esta clase de crisis sin cambios estructurales posteriores son la norma, no la excepción. Hay  pocos países en crisis donde un gobierno entrante haya llegado al poder y cambiado el país de dirección de forma substancial: Thatcher en Inglaterra (para bien o para mal), De Gaulle en Francia (golpe de estado mediante), González en España y Schroeder en Alemania (siendo generosos), pero no demasiados más. 

Una democracia parlamentaria en un país rico es un sistema extraordinariamente estable, para bien y para mal. Cambiar un país de verdad, de arriba a abajo, es algo muy, muy complicado. (...)"       ( , Politikon, el 12 febrero, 2014)

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