"(...) Si miramos las cosas más de cerca, sin embargo, creo que es fácil
sobreestimar los efectos institucionales de esta crisis a medio/largo
plazo.
Es más, creo que es incluso posible defender la idea que la
crisis, lejos de cambiar las cosas, ha muchos de los viejos equilibrios
intactos, e incluso ha reforzado algunos de ellos. Los políticos pueden
haber cambiado, pero muchos de los problemas permanecen. (...)
El sistema político español, como el resto de sus parientes europeos,
es en cierto modo una expresión del aspecto de la sociedad en el que
vive. Es un reflejo de un equilibrio social; un conjunto de
reglas de juego aceptadas por todos.
Si algo hemos visto de este
equilibrio en los seis años de crisis, sin embargo, es que no parece
haber una coalición reformista suficiente en ninguno de los dos grandes
partidos como para forzar cambios, y de forma más preocupante, no parece
haber tampoco una coalición electoral.
Basta echar un vistazo a las reformas políticas y económicas de los
últimos años para ver que en el fondo no ha habido demasiados cambios
relevantes. Dejando de lado el nivel de gasto público y los impuestos
(algo relevante, pero que realmente no afecta demasiado la estructura
institucional del país) ni el PP ni el PSOE se han planteado seriamente
cambiar el funcionamiento de la administración, la ley electoral, el
sistema judicial, la estructura interna del partido o el sistema
autonómico.
El PP, de hecho, ha cambiado el aparato regulatorio del
estado y las autoridades de competencia, politizándolas aún más, y ha
desmontado las reformas de sus antecesores en TVE. El armazón que colocó
a unos y otros en Moncloa sigue prácticamente intacto.
De forma quizás más preocupante, ni el PP ni el PSOE han podido o
querido aprobar reformas económicas con visos de cambiar la estructura
económica del país. Cualquier reforma (desde el mercado laboral a la
eliminación de los notarios y la liberalización del sector del taxi)
tiene siempre, de forma inevitable, ganadores y perdedores; alguien sale
favorecido, alguien sale perdiendo.
Las buenas reformas, las famosas
reformas estructurales que pide Bruselas, tienen la virtud de generar
muchos más ganadores que perdedores a medio-largo plazo. Liberalizar el
mercado de las telecomunicaciones perjudicó a Telefónica y sus
accionistas en primera instancia, pero las ventajas para los
consumidores en precios bajos y mejor servicio fueron mucho mayores.
Una reforma laboral que ayude a los outsiders puede generar un mercado laboral mucho más simétrico a largo plazo, dando a todo el mundo mucha mayor capacidad de negociación,
pero se enfrentará a las reticencias del resto. En esta crisis los dos
grandes partidos han decidido concentrarse en defender los intereses de
las coaliciones sociales que les llevaron al gobierno, proteger los
sectores económicos que eran fuertes antes de la crisis, y realmente
dejar bastante intactas las bases del modelo económico y social de antes
de la crisis.
Lo más desesperante de este escenario, me temo, es que a pesar del
enorme agujero social dejado por la gran recesión, de todas las
protestas, gritos, padeceres y sufrimiento, de todo el ruido y furia, la
crisis va camino de acabar esencialmente en nada.(...)
Hace una temporada escribía
sobre el riesgo de tener una recuperación económica sin haber aprobado
ninguna de las reformas que la economía necesita. En el sistema
político, sin nadie lo remedia, vamos camino de algo parecido (...)
Una nota final: si repasamos la historia de las democracias europeas de
postguerra veremos que esta clase de crisis sin cambios estructurales
posteriores son la norma, no la excepción. Hay pocos países en crisis
donde un gobierno entrante haya llegado al poder y cambiado el país de
dirección de forma substancial: Thatcher en Inglaterra (para bien o para mal), De Gaulle en Francia (golpe de estado mediante), González en España y Schroeder en Alemania (siendo generosos),
pero no demasiados más.
Una democracia parlamentaria en un país rico es
un sistema extraordinariamente estable, para bien y para mal. Cambiar
un país de verdad, de arriba a abajo, es algo muy, muy complicado. (...)" (
, Politikon, el 12 febrero, 2014)
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