"(...) La represión salarial externa suele ser un acto puramente insensato
en un marco de flexibilidad cambiaria, pero genera muchos daños
internos, porque mina el gasto privado (consumo e inversión). Y lo peor
es que esa depresión de la demanda interna tiene consecuencias
presupuestarias que, gracias al llamado Pacto de Estabilidad y
Crecimiento, desatan la austeridad, debilitando aún más la economía.
El
recurso incesante a esa estrategia cuando estamos al borde de la
deflación es suicida, porque sobre ella pesa también una deuda excesiva.
Como ha advertido recientemente el FMI, la deflación por
sobreendeudamiento se desata antes de que los precios empiecen realmente
a caer. Intentar amortizar un exceso de deuda en condiciones
deflacionarias es contraproducente, a menos que la debilidad de la
moneda impulse tanto las exportaciones que compense el daño que uno se
ha causado a sí mismo.
Visto así el problema, es comprensible que a los
encargados del euro les ponga nerviosos su fortaleza, aunque sin excusar
de ningún modo su escandalosa negligencia.
Todo esto nos obliga a preguntarnos por qué las autoridades del euro
parecen enganchadas a esa peligrosa estrategia. Como tantas veces en
Europa, la respuesta está en Alemania, cuyas autoridades y élites están
convencidas de que su obsesión con la austeridad y la competitividad ha
compensado a Alemania por adoptar el euro.
Sí aprecian las penalidades
económicas de otras partes de la eurozona, pero la situación solo les
recuerda la humillación y las penurias que pasaron cuando todavía eran,
hace muy poco, “el enfermo del euro”. Para ellos, no cabe otro precio
cuando un país necesita recuperar su competitividad.
Como antes
Alemania, otros deben penar para recoger la cosecha de una renovada
competitividad. Dicho de otro modo, las antiguas penalidades de Alemania
hacen moralmente aceptables los actuales sufrimientos ajenos. En su
opinión, lo único que deben hacer ahora sus socios es seguir el ejemplo
alemán, y reproducir así su éxito.(...)
En la década de 2000, cuando los dioses de la austeridad y la
competitividad apretaban sin miramientos el cuello de Alemania, el país
sufrió todas las penurias antes descritas. El estancamiento salarial
paralizó la demanda interna y Alemania enfermó tanto que, como todos
saben, incumplió las normas fiscales. (...)
Lo que rescató a Alemania fue que las tasas de cambio europeas ya no
fueran flexibles. Al reprimir los salarios, Alemania se volvió
ultracompetitiva frente a sus socios del euro, en tanto que la posición
monetaria del BCE, calibrada para encajar en la media, infló las
burbujas de la periferia.
El balance por cuenta corriente germano pasó
prácticamente del equilibrio a un superávit récord: así definen sus
autoridades la recuperación de la competitividad. Antes de la crisis,
ese superávit tenía su contraparte en Europa, sobre todo en la eurozona.
Así que Alemania no se hundió porque recuperó una competitividad que
otros alentaban comprando sus exportaciones. Ahora les toca a los demás
recuperar su competitividad, pero Alemania no quiere devolver el favor (...)
Se suponía que el euro iba a acabar para siempre con carreras basadas en
el empobrecimiento del vecino, al menos dentro de Europa. Lo realmente
irónico es que, una vez desaparecidos los tipos de cambio, y siguiendo
el ejemplo del “hombre enfermo” alemán, Europa esté aplicando una
versión ralentizada de esta vana apuesta, a través de una deflación
competitiva ocasionada por salarios y precios bajos.
¿Alguien se cree
que Alemania va a renunciar a una competitividad que tanto le ha costado
adquirir, sin presentar batalla? De ninguna manera: el año pasado, los
salarios reales cayeron en Alemania mientras la inflación prácticamente
no llegaba al 1%. Los actuales excedentes por cuenta corriente alemanes
son más elevados que nunca. (...)" (
Jörg Bibow
, El País, 3 ABR 2014 )
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