"La era de estabilidad global forjada tras las cenizas de la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial
toca a su fin. Literalmente se está desintegrando. Se puede afirmar que
las actuales convulsiones económicas, sociales, y geopolíticas reflejan
un mundo en descomposición.
Nos dirigimos a una nueva era en la que
definitivamente las fuerzas dominantes han dado carpetazo a una salida
cooperativa. La única pregunta es cuánto caos y dolor infligirá la
transición a un nuevo orden. Si les digo la verdad, no soy nada
optimista.
Algunos, ingenuamente, pensábamos que la crisis económica era un
momento ideal para poner orden. La idea era corregir los errores y
avanzar en favor de una solución cooperativa más justa.
Se trataba de buscar, en primer lugar, una nueva arquitectura financiera donde se redujera el tamaño de los bancos, se restaurara de nuevo la ley Glass-Steagall, y se creara un nuevo sistema monetario internacional basado en una cesta de monedas de las principales economías del mundo. No va a ocurrir nada de eso.
Se están dibujando dos grandes bloques. El primero gira alrededor de los Estados Unidos, y que desea mantener el actual statu quo. La alternativa se amalgama entorno a China
que, poco a poco, sin apenas llamar la atención, está dispuesto a
romper distintas tendencias globales de largo plazo.
Una de ellas, a la
cual ya nos referimos en su momento, consiste en poner fin al dólar como moneda reserva global. Dicha ruptura vendría precedida, bajo mi análisis, por la terminación de otra tendencia de medio plazo, las compras masivas de deuda gubernamental estadounidense por parte del gigante asiático.
Para el diseño de esta estrategia, China, sorprendentemente, cuenta con la cooperación de Reino Unido y la City. Esta dinámica de confrontación implícita permite explicar, por ejemplo, la crisis de Ucrania, ya que Rusia definitivamente se ha posicionado al lado de China. (...)
Pero además de estas tendencias geopolíticas y estratégicas ha habido otras dinámicas internas caóticas, especialmente en las democracias occidentales. La actual crisis sistémica -económica, social y política- es una consecuencia inmediata de la ruptura del consenso keynesiano de la posguerra.
Desde un punto de vista económico fue sustituido en favor de un
recetario neoliberal basado en la inequidad, en unos bajos salarios con
su correspondiente baja demanda y los consiguientes excesos de
inversión.
Todo ello aderezado con unos bajos impuestos o una nula
tributación para los evasores corporativos, y el fomento del mayor
proceso de acumulación de deuda de la historia, muy lucrativo para la
banca mientras perduran las inflaciones de activos, pero nefasto para la
ciudadanía cuando estallan.
La crisis, bajo este análisis, se ha aprovechado para rediseñar una nueva política económica bajo los eufemismos de austeridad fiscal expansiva y devaluación interna. Mediante ella, ciertas élites capitalistas, con la ayuda entusiasta de sus apéndices políticos, quieren recuperar sus tasas de ganancia a base de sacrificios de los trabajadores y de espaldas a las aspiraciones de las poblaciones del resto del mundo.
La consecuencia ya la sabemos todos, un aumento brutal de la pobreza y de las desigualdades en Occidente y muy especialmente, por mucho que le pese a nuestro inefable Cristóbal Montoro, en España. (...)" (Juan Laborda, Vox Populi, 16/04/2014)
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