"Por lo menos, que me dejen mi miniatura de Vespa”, cuentan que exclamó
Tomás Gómez, hasta hace poco jefe de los socialistas madrileños, al
enterarse de que la ejecutiva del PSOE había cambiado la cerradura de la
sede de la Federación Socialista Madrileña como en las más suculentas
peripecias de divorcio. (...)
Lo seguro es lo inusitado de una expulsión del candidato a presidente
de la Comunidad de Madrid cien días antes de unas elecciones decisivas,
en un audaz gesto de autoridad por parte de Pedro Sánchez, el renovador
secretario general del Partido Socialista Obrero Español.
Pareciera un
suicidio electoral, pero lo interesante es que una encuesta en caliente
para el diario El País señala una aprobación sustancial de los votantes
del PSOE en Madrid y sobre todo un aumento espectacular de la intención
de voto en esa comunidad que situaría al PSOE en cabeza a expensas de
Podemos.
Manipulación, clama Gómez, afirmando que El País es parte
interesada en su destitución sin aclarar a qué intereses sirve el aún
primer cotidiano de España. Pero cualquiera sea la fiabilidad de la
encuesta, no tanto por falseada sino por excesivamente coyuntural,
plantea una cuestión interesante.
¿Puede el PSOE revertir su caída de apoyo electoral mediante actos
palpables de lucha contra la corrupción (o sospecha de corrupción) en el
seno del partido? (...)
No sería misión imposible si su autoridad fuese reconocida y si
pudiese unir al partido en torno a un proyecto de limpieza y democracia
interna y giro a la izquierda en relación con el electorado. No
imposible pero dudoso.
En primer lugar por la fuerte oposición interna
que tiene, sobre todo desde Andalucía, en donde Susana Díaz planea una
estrategia inteligente de ganarle a Podemos en la Comunidad en donde
menos implantación tiene y, basada en su éxito, descabalgar a Sánchez
antes de las legislativas.
Apoyos no le faltan, empezando por Carme
Chacón, valedora clave de Tomás Gómez.
Y más profundamente la hostilidad a Sánchez crece en amplios sectores
del aparato del partido temerosos de que se descubran sus chanchullos. (...)
Porque hemos entrado definitivamente en el tripartidismo imperfecto y
cualquiera que sea la evolución de Podemos el voto se reparte en tres
bloques más o menos semejantes aun con un posicionamiento cambiante
entre los tres según coyunturas. En esas condiciones, la cuestión clave
para quien considera lo esencial de la política el llegar al gobierno
como sea, es con quién aliarse para formar gobierno, como partido de
primera mayoría relativa o como compañero de viaje ocasional.
Para el núcleo duro del PSOE, que lidera Susana Díaz, el enemigo es
Podemos porque compite con su espacio histórico en la izquierda. Y por
tanto la única salida posible es la “gran coalición” con el PP, a la
alemana. (...)
Pedro Sánchez sabe que ese sería el principio del fin, con el Pasok como
precedente cercano. Y por eso en su fuero íntimo, parece sopesar el ir
hacia otro tipo de alianza por la izquierda, sea en el Gobierno o en las
Cortes.
¿Podría configurarse una alianza inestable entre el partido del
Pablo Iglesias del siglo XIX y el partido del Pablo Iglesias del siglo
XXI? Sólo en caso de extrema necesidad. Pero la extrema necesidad
política puede llegar a corto plazo si la crisis de legitimidad en
España se profundiza y se mezcla con una nueva crisis del euro ante el
desafío de Grecia. (...)
Y el necesario realismo político podría incitar a un PSOE reforzado a
buscar nuevas vías ancladas en la izquierda, una especie de socialismo
como último recurso. Ese escenario, nada descabellado, infunde pavor en
las élites económico-políticas que dominan España actualmente a través
de diversos instrumentos políticos, incluidos sectores del PSOE. Por eso
aún es posible que, con un motor más potente, la Vespa acabe
descerrajando la cerradura." (La Vespa y la cerradura, de Manuel Castells en La Vanguardia, en Caffe Reggio, 14/02/2015)
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