"La semana pasada nos sirvió para recordar tres cosas: la primera es que
la crisis de la eurozona no acabará hasta que se haya condonado parte de
la deuda. La segunda es que algo que es insostenible tendrá que
terminar tarde o temprano.
Ya lo vimos cuando el electorado griego
rechazó las políticas que no consiguieron reducir la carga de deuda. La
tercera es que, a veces, ocurren accidentes. (...)
De todos los accidentes previsibles, el más catastrófico sería, sin
duda, el llamado «Grexit» o la salida de Grecia de la eurozona. Aunque
esta opción no se descarta, no es, en modo alguno, inevitable.
En Alemania predomina la opinión de que la salida de Grecia sería una
calamidad para el país, causaría una pequeña conmoción para la eurozona
y sería algo intrascendente para la economía global. Los editoriales de
la prensa invitan a la canciller Angela a no ceder ante el chantaje.
Incluso Sigmar Gabriel, vicecanciller y ministro de Economía, asegura
que las consecuencias del «Grexit» pueden contenerse.
Se equivoca totalmente. De hecho, estoy convencido de que las
consecuencias serán tan perjudiciales para la eurozona como para la
propia Grecia. A los que restan importancia a los riesgos se le suele
dar bien sumar números, pero no parecen entender la compleja situación
que se generaría con un impago de esa magnitud.
Deberíamos recordar que las autoridades de EEUU no supieron calcular
las consecuencias de la quiebra de Lehman Brothers en 2008 por motivos
similares. Al final, lo importante no era el impacto de las personas
expuestas a las pérdidas de Lehman, sino el efecto en cadena que tuvo su
colapso a nivel global.
Si Grecia abandonara la eurozona, los precios de las acciones y otros activos del bloque caerían en picado.
Llegado ese punto, los inversores comenzarían a preguntarse si la
eurozona sigue siendo una unión monetaria o simplemente un régimen con
una moneda única con las puertas abiertas de par en par. No tardarían en
preguntarse si Portugal es un país seguro. (...)
El mejor desenlace sería la reducción de la deuda junto con el cambio de
un superávit fiscal a un presupuesto neutro a nivel fiscal y más
reformas para atajar la corrupción y la evasión de impuestos. Creo que
vale la pena intentar conseguir esto antes de resignarse a que Grecia
salga del euro. (...)
Yo también estoy a favor de una gran reunión en la que participen los
acreedores y los deudores y que acabe en un acuerdo para reducir la
deuda hasta un nivel sostenible y esto ponga fin inmediatamente a la
austeridad, aunque dudo que pueda conseguirse en los próximos cinco
meses. Así que el mejor desenlace posible sería un compromiso para
refinanciar el Gobierno y el sistema bancario que ponga fin a la
austeridad y dé prioridad al crecimiento. La gran reunión sobre la deuda
tendría que esperar. (...)
Todas las partes deberían ser conscientes de que la salida de Grecia del
euro constituiría un fracaso diplomático irreparable a nivel económico.
Y si se produjera, ya no se hablaría sólo de Grecia, sino del futro del
euro y del de la propia UE." (Wolfgang Münchau, Expansión, 03/02/2015)
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