23.10.15

Cinco fracturas que favorecen el ascenso del 'lepenismo' en Francia... en Europa

"(...) Un análisis del ascenso del lepenismo en Francia realizado por el politólogo Pascal Perrineau retrata las distintas tendencias que generan su crecimiento y que, desde nuestra óptica, consideramos en buena medida extrapolables al conjunto de nacional-populismos. De este modo, alude a cinco “fracturas”.[9]
 
La fractura económica, que en una Europa en crisis severamente afectada por la globalización, opone a los “perdedores de la mundialización” y a quienes se benefician de ella o la valoran de forma positiva. Se trata de una nueva línea divisoria entre estatistas y liberales, pero dotada de distinto sentido: “la posición estatista es cada vez más proteccionista y defensiva, mientras que la posición liberal se vincula cada vez más a la competitividad nacional en los mercados mundiales”.[10]

La fractura en torno a una sociedad abierta o cerrada, que opone a quienes desean y pretenden ampliar el movimiento de obertura internacional de la sociedad y quienes desean el retorno a “orientaciones más nacionales y proteccionistas” o, si se quiere, una sociedad más cerrada. 

Este “clivaje” no es solo económico (mayor apertura a los mercados), sino también político (mayor integración en Europa, en la Organización Mundial de Comercio o en las misiones de la ONU) o social (el debate sobre los costes y beneficios de la inmigración).

La fractura cultural, que opone a los partidarios de avanzar en el llamado “liberalismo cultural” (concepto acuñado por los politólogos Gérard Grunberg y Étienne Schweisguth que alude al desarrollo de normas y valores hedonistas y antiautoritarios siguiendo la tendencia conformada en el periodo posterior a mayo de 1968)[11] y los que desean lo contrario: frenar esta dinámica y retornar a los valores tradicionales, en lo que configura una “contrarevolución silenciosa”, en términos del politólogo Piero Ignazi.[12] 

Esta oposición sería inseparable de una “renacionalización” de la política en la que se insertan los valores tradicionales que defienden “valores nacionales” ante las amenazas foráneas. Ello no impide una tolerancia de valores adscritos al “liberalismo cultural” en la esfera privada, como la libertad sexual, el laicismo o el aborto. 

La derecha populista encarna, sobre todo, “una demanda de orden público ligada a la importancia de la autoridad en la agenda pública.[13]

La fractura geográfica, vinculada a los cambios que experimenta el territorio. De esta forma, la derecha populista arraiga en las zonas  en las que los cambios económicos han comportado una desindustrialización y han generado fenómenos de “periurbanidad” o “neo-ruralidad” en la medida que los espacios se ruralizan, argumenta el economista Laurent Davezies. 

Mientras la ciudad es una “máquina de modernización”, los habitantes de espacios urbanos conocen una deriva hacia valores rurales: propiedad, casas unifamiliares, colectividades culturalemnte homogéneas). 

En definitiva, los polos de centralidad urbana se oponen a los territorios periféricos “más o menos desclasados”.[14] Es decir, grandes ciudades dinámicas y emprendedoras, insertas en los circuitos internacionales, y una periferia de ciudades medianas o pequeñas excluidas de esta economía, con clases medias erosionadas y dependientes de beneficios sociales.

La fractura política, hoy quizá la más visible, y que ante la desconfianza hacia la política crea dos grandes polos: el de quienes defienden “culturas de gobierno” ante esta situación y quienes apuestan por “culturas antisistema”. Son los decepcionados de la política los que nutren las filas populistas. (...)"               (Blog de Xavier Casals)

No hay comentarios:

Publicar un comentario