"(...) Hace pocos años escribí una nota sobre mi experiencia en la economía del
salario mínimo; en ella contaba la caída de la buena gente que no
podría ganar el dinero suficiente, muchas veces trabajando más de 60
horas por semana en varios trabajos distintos, para alimentar a su
familia.
Yo vi –en este país– a esa gente tratando de hacer cuadrar los
números y aun así teniendo que recurrir a los programas de ayuda
alimentaria y a la caridad. Yo vi a un trabajador puesto en la calle por
robar una bandeja de almuerzo del refrigerador del comedor de su
empresa para alimentarse.
Yo vi a una compañera de trabajo que a
escondidas traía a sus dos hijos al depósito para que vagaran solos
durante horas porque no podía permitirse pagar a alguien que se ocupara
de ellos (el 29 por ciento de las/los trabajadoras/res de bajos ingresos
no tienen pareja). (...)
Esta vez trabajé durante un mes y medio en una cadena minorista de
ámbito nacional, en la ciudad de Nueva York. Como lo mío de ningún modo
era un experimento científico, apostaría una hora de mi salario mínimo
(nueve dólares, antes de descontados los impuestos) a que lo que sigue
es lo típico de la Nueva Economía.
Acabar de ser despedido no ayudaba nada a un tipo de 56 años. Por ejemplo, para convertirse en un vendedor puerta a puerta de objetos que estén bien por debajo de los 50 dólares la unidad, se necesitan referencias de dos empleadores anteriores; además de aprobar una prueba de crédito.
Acabar de ser despedido no ayudaba nada a un tipo de 56 años. Por ejemplo, para convertirse en un vendedor puerta a puerta de objetos que estén bien por debajo de los 50 dólares la unidad, se necesitan referencias de dos empleadores anteriores; además de aprobar una prueba de crédito.
A diferencia de
algunos trabajos de salario mínimo en los que existe la obligación de
una prueba de consumo de drogas, en mi caso había una comprobación de
antecedentes penales y se me dijo que cualquier infracción relacionada
con la droga me descalificaría. Tuve que pasar por dos exámenes –con dos
examinadores diferentes– diseñados para ver cómo respondería ante
variadas situaciones con clientes.
En otras palabras, cualquiera que no
tuviese cierta formación, dominio del inglés, una historia laboral
decente y un registro penal limpio ni siquiera habría calificado para un
empleo con salario mínimo en esta cadena.
Y créanme, tuve que trabajar para ganar ese dinero. Cada turno de seis horas implicaba solo una pausa de 15 minutos (que a la empresa le costaba apenas 2,25 dólares). Puede estar seguro que a mi edad, después de horas de pie necesitaba ese descanso, y yo no era ni el más viejo ni el menos en forma de los empleados.
Y créanme, tuve que trabajar para ganar ese dinero. Cada turno de seis horas implicaba solo una pausa de 15 minutos (que a la empresa le costaba apenas 2,25 dólares). Puede estar seguro que a mi edad, después de horas de pie necesitaba ese descanso, y yo no era ni el más viejo ni el menos en forma de los empleados.
Después de seis horas, lo que de verdad se
necesita es un descanso de 45 minutos. Pero nuestra paga solo
contemplaba 15 minutos y punto.
Lo más duro del trabajo era vérselas con... bueno, algunos de ustedes. Los clientes se sentían autorizados a levantarte la voz, a faltarte el respeto y a cometer actos de grosería dignos de un Trump con mis compañeros de trabajo y conmigo.
Lo más duro del trabajo era vérselas con... bueno, algunos de ustedes. Los clientes se sentían autorizados a levantarte la voz, a faltarte el respeto y a cometer actos de grosería dignos de un Trump con mis compañeros de trabajo y conmigo.
La mayor parte de nuestros “apreciados invitados” jamás habrían actuado
de esa manera en otras situaciones públicas o con sus propios
compañeros de trabajo, menos aún con sus amigos. Pero en ese
establecimiento, los compradores parecían interpretar el significado de
la frase “el cliente siempre tiene razón” como que podían hacer lo que
se les ocurriera.
A menudo era como si nosotros fuésemos animales
enjaulados que podíamos ser golpeado con un palo por puro placer e
impunemente. No importaba qué se dijera o se hiciera, la única respuesta
de nuestra parte tolerada por los jefes de la empresa era una sonrisa o
un “Sí, señor” (o señora).
Nuestros empleadores no tenían más misericordia en su trato con los trabajadores que el que tenían los clientes. Por ejemplo, mi horario de trabajo cambiaba continuamente; sencillamente, no había manera de planificar algo con más de una semana de anticipación (olvídate de aceptar la invitación a una fiesta; estoy hablando del cuidado de los niños y de las visitas al médico).
Nuestros empleadores no tenían más misericordia en su trato con los trabajadores que el que tenían los clientes. Por ejemplo, mi horario de trabajo cambiaba continuamente; sencillamente, no había manera de planificar algo con más de una semana de anticipación (olvídate de aceptar la invitación a una fiesta; estoy hablando del cuidado de los niños y de las visitas al médico).
Si acaso
estabas en el turno de cierre, debías quedarte ahí hasta que el
encargado comprobara que el establecimiento estaba lo suficientemente
limpio como para te marcharas a casa. Nunca sabías de verdad a qué hora
acabaría el trabajo y no estaba permitido hacer llamadas telefónicas
para avisar a la niñera de cualquier retraso.
Y no olvide el lector que yo era un afortunado. Yo no tenía más que un empleo en un solo lugar. La mayoría de mis compañeros de trabajo estaban siempre tratando de conciliar dos o tres empleos distintos, cada uno de ellos con sus constantes cambios de horario, para poder reunir algo parecido a una paga decente.
En la ciudad de Nueva York, el establecimiento en el que yo trabajaba estaba obligado a darnos un permiso por enfermedad solo después de haber trabajado allí un año entero; y esto era generoso en comparación con lo que se hacía en muchas otras localidades.
Y no olvide el lector que yo era un afortunado. Yo no tenía más que un empleo en un solo lugar. La mayoría de mis compañeros de trabajo estaban siempre tratando de conciliar dos o tres empleos distintos, cada uno de ellos con sus constantes cambios de horario, para poder reunir algo parecido a una paga decente.
En la ciudad de Nueva York, el establecimiento en el que yo trabajaba estaba obligado a darnos un permiso por enfermedad solo después de haber trabajado allí un año entero; y esto era generoso en comparación con lo que se hacía en muchas otras localidades.
Mientras no pasara ese año, la alternativa era ir a
trabajar enfermo o quedarse en casa sin cobrar. A diferencia del de
Nueva York, la mayoría de los estados no obligan a las empresas a
conceder permiso por enfermedad a los empleados que trabajen menos de 40
horas semanales. Piense en esto la próxima vez que la camarera que le
atiende esté tosiendo. (...)
Mi empleo en el almacén minorista terminó antes de lo que yo había pensado debido a que robé tiempo.
Es probable que el lector no sepa qué es el robo de tiempo. Esto parece algo propio de la literatura de ciencia ficción, pero los empleadores del mundo del salario mínimo se lo toman muy en serio.
Es probable que el lector no sepa qué es el robo de tiempo. Esto parece algo propio de la literatura de ciencia ficción, pero los empleadores del mundo del salario mínimo se lo toman muy en serio.
La idea
fundamental es bastante sencilla: si ellos pagan, lo mejor que puedes
hacer es trabajar. En concepto no es inválido per se; la forma en que lo
aplican las empresas más grandes es elocuente respecto de cómo están
vistos por sus empleadores los trabajadores con la paga más reducida en
2016.
El problema del depósito de la cadena para la que yo trabajaba era que la cafetería que funciona ahí dentro estaba mucho más cerca de mi lugar de trabajo que el reloj donde debía fichar cada vez que me tomaba el descanso programado. Un día, cuando llegó la hora de la pausa en mi turno de trabajo, solo tenía 15 minutos. Entonces decidí ir a la cafetería, pedir una taza de café, ir a fichar y después sentarme (en otra planta y en el otro extremo del depósito).
Estoy hablando de uno o dos minutos perdidos, no más, pero en operaciones como esta cada minuto está tabulado y debe justificarse. Sucedió que una encargada me vio, se acercó a quien atendía en la cafetería y anuló mi pedido. Después, en medio de toda la gente que andaba por ahí, me acusó de haber cometido un robo de tiempo, es decir, pedir un café sin haber fichado el descanso.
El problema del depósito de la cadena para la que yo trabajaba era que la cafetería que funciona ahí dentro estaba mucho más cerca de mi lugar de trabajo que el reloj donde debía fichar cada vez que me tomaba el descanso programado. Un día, cuando llegó la hora de la pausa en mi turno de trabajo, solo tenía 15 minutos. Entonces decidí ir a la cafetería, pedir una taza de café, ir a fichar y después sentarme (en otra planta y en el otro extremo del depósito).
Estoy hablando de uno o dos minutos perdidos, no más, pero en operaciones como esta cada minuto está tabulado y debe justificarse. Sucedió que una encargada me vio, se acercó a quien atendía en la cafetería y anuló mi pedido. Después, en medio de toda la gente que andaba por ahí, me acusó de haber cometido un robo de tiempo, es decir, pedir un café sin haber fichado el descanso.
Estoy hablando del tiempo necesario para decir “Uno
grande, con leche y sin azúcar, por favor”. Pero no importa; se
consideraba que ser reprendido durante el tiempo que es de la empresa
forma parte del trabajo, por lo tanto esos cinco minutos que estuvimos
ahí contaban como trabajo pagado.
A 9.00 dólares la hora mi paga por minuto era de 15 centavos, por lo tanto había robado tiempo por alrededor de 30 centavos. Es decir, yo era depreciado a muerte."
A 9.00 dólares la hora mi paga por minuto era de 15 centavos, por lo tanto había robado tiempo por alrededor de 30 centavos. Es decir, yo era depreciado a muerte."
(Peter Van Buren denunció el despilfarro y la mala administración del departamento de Estado de EEUU en la “reconstrucción” de Iraq en su libro We Meant Well: How I Helped Lose the Battle for the Hearts and Minds of the Iraqi People. Peter Van Buren, TomDispatch, en Rebelión, 22/02/16)
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