"Ahora que Bernie Sanders ha perdido la mayoría del Medio Oeste, antaño
industrializado, frente a Hillary Clinton, ahora que resulta de lo más
improbable que vaya a convertirse en el candidato designado por los
demócratas, ha comenzado por fin el periodo más importante de la
insurgencia de Sanders. (...)
Pero la de Sanders no es una campaña que la Historia vaya a juzgar
por el número de votos conseguidos. Como sólo un puñado de campañas de
algunos predecesores, como ninguna campaña presidencial desde la de
Barry Goldwater, la suya se juzgará por si encendió la chispa de un
movimiento que transforme Norteamérica.
Esa es la medida por la que el
mismo Sanders lleva a cabo la estimación de su éxito: que su campaña
pueda suscitar lo que él mismo llama una revolución, inspirando a sus
partidarios (y a algunos de los de Hillary Clinton), una vez se acabe la
campaña de este año, a levantar los movimientos sociales y políticos
que puedan romper el dogal con el que la riqueza atenaza la política y
las medidas de la política, y recrear así la prosperidad masiva que fue
antaño tarjeta de presentación de Norteamérica ante el mundo.
El problema es que las campañas electorales no crean organizaciones duraderas, y mucho menos movimientos sociales. (...)
Sin embargo, esta primavera, dirigentes y activistas de toda suerte
de movimientos y organizaciones progresistas están haciendo rodar una
vez más esta piedra colina arriba. Pueden recitar todas las razones por
las que Obama nunca despegó del suelo; algunos de ellos trabajaron
incluso para la Rainbow hasta que se dieron cuenta de que había mejores
lugares para llevar a cabo cambios sociales
La mayoría de ellos están
penosamente familiarizados con la tragicómica historia de la izquierda
norteamericana, una tendencia en buena medida marginal en la política
norteamericana que a menudo ha despilfarrado sus momentos de oportunidad
con exhibiciones de pureza y rigidez que a menudo la han vuelto más
marginal.
Y sin embargo, muchos progresistas creen que esta vez puede ser distinto. (...)
La tarea de construir ese algo perdurable, entienden, les compete a ellos, aunque Sanders mismo pueda ayudar en el proceso.
Dirigentes
de sindicatos, grupos de organización comunitaria, organizaciones de
minorías y grupos estudiantiles, destacados ambientalistas y activistas
de Sanders, los que se patean los distritos electorales y los que
realizan campañas digitales, algunos aliados desde hace mucho, algunos
completos extraños entre sí, están inmersos “todos en un diálogo grande y
cambiante”, en palabras de uno de esos dirigentes, para idear cómo
llevar a cabo la Revolución una vez que termine la campaña de Sanders.
Hay
quienes están planeando cónclaves nacionales, como la “Cumbre del
Pueblo”, en la que se congregarán los grupos dispares del universo de
Sanders para disponer una agenda común. Algunos están planeando cómo
espolear a los delegados de la Convención Demócrata (incluyendo a
algunos comprometidos con Clinton) para desplazar el partido a la
izquierda.
Y lo que es más fundamental, están debatiendo ideas sobre
cómo crear algo: organizaciones, coaliciones, redes, locales, de los
estados, nacionales, que puedan captar y construir a partir de la
energía que ha liberado la campaña de Sanders.
El reto de crear
una izquierda duradera a partir de los jóvenes partidarios de Sanders,
que han aportado pasión, energía y números a su campaña, resulta
particularmente abrumador. (...)
¿Llevan razón todos estos experimentados activistas al tener la
esperanza de que esta vez vaya a ser diferente, de que esta vez pueda
echar raíces una poderosa izquierda socialdemócrata en el suelo político
norteamericano?
Creo que sí. Principalmente porque la campaña de Bernie Sanders no creó una nueva izquierda norteamericana. La reveló." (Harold Meyerson, Socialist Worker
, en Sin Permiso, 24/04/2016)
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