13.6.16

¿Estamos viendo un nuevo amanecer del fascismo?

"Estamos viendo un nuevo amanecer del fascismo? Muchas personas están empezando a pensar que sí. Donald Trump ha sido comparado con un fascista, al igual que Vladímir Putin y una variedad de demagogos y bocazas de derechas en Europa. 

La marea reciente de bravata autoritaria ha llegado hasta las Filipinas, cuyo presidente electo, Rodrigo (el Castigador) Duterte, se ha comprometido a lanzar presuntos delincuentes a la bahía de Manila. (...)

Hay otros ecos de nuestra historia más oscura en la grandilocuencia política contemporánea que hace unas décadas todavía hubieran llevado al político que los usara a la margina­lidad. Avivar el odio a las minorías, fulminar a la prensa, agitar a la multitud contra los intelectuales, financieros o cualquier persona que hable más de un idioma no formaba parte de la política convencional, porque mucha gente aún ­entendía los peligros de una actitud así.

A los demagogos de hoy no les importa mucho lo que despectivamente llaman “corrección política”. No está tan claro si tienen suficiente sentido histórico para saber que están empujando un monstruo que las generaciones de la Segunda Guerra Mundial creían muerto, pero que ahora sabemos que sólo estaba latente hasta que el olvido del pasado hiciera posible que se volviera a despertar.

Esto no quiere decir que todo lo que dicen los populistas no sea cierto. Hitler también tenía razón al comprender que el desempleo de masas era un problema en Alemania. Muchas de las bestias negras agitadoras son de hecho dignas de crítica: la opacidad de la Unión Europea, la duplicidad y la codicia de los banqueros de Wall Street, la renuencia a afrontar los problemas causados por la inmigración masiva, la falta de preocupación por los afectados por la globalización económica.

Todos estos son problemas que los principales partidos políticos no han querido o no han podido resolver. Pero cuando los populistas de hoy comienzan a culpar a “las élites”, cualesquiera que sean, y a minorías étnicas o religiosas impopulares, por estas dificultades, suenan incómodamente cerca de los enemigos de la democracia liberal en la década de 1930.

Los fascistas y nazis de la década de 1930 no vinieron de la nada. Sus ideas no eran nada originales. Durante muchos años, los intelectuales, activistas, periodistas y clérigos habían articulado ideas censurables que sentaron las bases de Mussolini, Hitler y sus imitadores en otros países. 

Algunos eran reaccionarios católicos que detestaban el secularismo y los derechos individuales. Algunos estaban obsesionados con la supuesta dominación global de los judíos. Algunos eran románticos en busca de un espíritu racial o nacional esencial.

La mayoría de los demagogos modernos pueden ser sólo vagamente conscientes de estos precedentes, si es que los conocen. En los países de Europa central como Hungría, e incluso en Francia, pueden comprender bastante bien los vínculos, y algunos de los políticos de extrema derecha de hoy no son tímidos a la hora de ser abiertamente antisemitas. 

En la mayoría de los países de Europa Occidental, sin embargo, tales agitadores utilizan su declarada admiración por Israel como una especie de coartada, y dirigen su racismo contra los musulmanes.

Las palabras y las ideas tienen consecuencias. Los líderes populistas de hoy todavía no han de ser comparados con dictadores asesinos del pasado reciente. Sin embargo, mediante la explotación de los mismos sentimientos populistas están contribuyendo a un clima venenoso, lo que podría traer la violencia política al centro de la escena política una vez más."              (¿Una primavera fascista?, de Ian Buruma, La Vanguardia, en Caffe Reggio, 10/06/16)

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