"(...) Túnez, por supuesto, está a más de 1.500 kilómetros de Siria, ya no
digamos de Irak, pero un montón de árabes asesinos es muy semejante a
otro a ojos de nuestros ministerios del Exterior, y si Bouhlel resulta
tener raíces en el Daesh, por mucho que sea sólo por declaración propia,
entonces, mientras más grandes las bombas, mejor.
Todo el que
ose señalar esto –y los líderes europeos siempre están amenazando al EI,
así como el EI siempre está amenazando a Occidente– es de inmediato
expulsado de la sociedad por ser amigo de los terroristas.
De hecho,
existe todo un léxico de insultos hacia cualquiera que mencione que
existen razones para estos asesinatos en masa y que necesitamos
conocerlas, por disparatadas que sean. En estos tiempos, la
correspondencia de odio entre el EI y Occidente es casi idéntica a El rey Lear: haré tales cosas, no sé cuáles, pero serán el terror de la tierra.
Por
supuesto, temo que en las próximas horas nos veremos inundados de
dolorosas repeticiones de atrocidades pasadas: parientes que no tenían
idea de que su hijo/hermano/sobrino/tío podría ser un violento asesino,
vecinos que atestiguarán que el atacante fue siempre un hombre tranquilo
(probablemente muy reservado, como dicen), musulmanes que volverán a
insistir en el pacifismo de su religión.
Además, tendremos políticos que
prometerán aplastar el terrorismo y policías que elogiarán a sus
hermanos en armas por su valor (aunque el ataque en Niza no fue
precisamente un triunfo para las fuerzas de seguridad francesas).
Y
olvidaremos la tensa historia colonial de Francia en Argelia y Túnez,
el 135 aniversario de su protectorado en Túnez este año y el 60
aniversario de la independencia tunecina, así como la creciente y
temible presencia islámica en la política de ese país desde la
revolución de 2011.
No es conveniente sostener esta dolorosa historia
como una especie de excusa o causa de raíz de los asesinatos en masa en
Niza, pero en algún momento los occidentales tendremos que aprender que
si intervenimos militarmente en Malí o Irak o Libia o Siria, o
interferimos en Turquía o Egipto, en el Golfo o en el Magreb, entonces
no estaremos seguros en casa.
Ahora es una vieja historia. En el
pasado podíamos embarcarnos en aventuras en Corea o Vietnam sin
preocuparnos de que los norcoreanos volarían el metro de Londres o que
los vietcong atacarían Nueva York con aviones comerciales. Ya no.
Las
aventuras en el extranjero tienen un costo terrible. Afirmar que no es
así, o declarar pomposamente que los bombazos en Londres o París nada
tienen que ver con los bombardeos en Irak, es una deshonestidad.
En
algún punto de la historia –aunque no sabemos en qué momento del
futuro, cuando hayamos derruido los fundamentos de nuestras propias
libertadas con nuevas leyes– probablemente tendremos que repensar
nuestra relación con Medio Oriente y con la historia. Sí, también con la
religión.
Tampoco sirve de mucho rumiar sobre la naturaleza
imitativa del crimen islamita, como un reportero de la BBC que este
viernes trazaba paralelos con los palestinos que han dado muerte a
israelíes echándoles encima un vehículo.
Sin embargo, el último video de
teléfono que vi y que tenía algún grado de paralelismo con Niza fue una
horrorosa secuencia captada durante la revolución egipcia de 2011,
cuando un camión del ejército egipcio fue lanzado a velocidad y dando
violentos giros hacia una multitud de pacíficos manifestantes.
¿Por
qué no recordamos eso después de Niza? ¿Porque los asesinos nunca
fueron atrapados? ¿Porque nadie recuerda las noticias de ayer? ¿Porque
las víctimas eran árabes involucrados en una disputa en un país lejano,
entre gente de la que en realidad no sabemos nada?" (Robert Fisk , Página/12 , Rebelión, 18/07/16)
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