"(...) Por su parte los partidarios del federalismo se regocijan en secreto
de la deserción de un Estado que constituía un apéndice de la
construcción europea. Sin duda imaginan que la UE ganará en cohesión y
continúan promocionando un proyecto eminentemente progresivo que
consiste en impulsar la integración incluso en el momento en que un
pueblo de Europa acaba de abandonarla.
Dicho proyecto se basa, por
cierto, en un mito tenaz que emerge en cada crisis, como una serpiente
de verano, y que se presenta como la solución soñada de los
descarrilamientos recurrentes de la máquina comunitaria. Ese mito tenaz,
lo sabemos, es la progresiva transformación de la UE en un auténtico
Estado federal en nombre de una presunta comunidad de destino entre los
pueblos del Viejo Continente.
Aplastar el Estado nación
Perspectiva radiante sobre el papel, pero al precio de un grave
distanciamiento del mundo real. Ignorando toda profundidad histórica,
sus partidarios hacen como si la fabricación de una entidad
supranacional pudiera ganar la partida a las naciones milenarias.
Borrando de un plumazo tecnocrático la historia y la geografía
consideran el Estado nación, en el mejor de los casos, la piedra angular
de una época pasada. Lo ven, con desdén, como una especie de
supervivencia arcaica destinada a marchitarse, incluso un simple
catálogo de usos y costumbres revocable a conveniencia del orden de
Bruselas.
Por eso trabajan para su desgaste. Con el rodillo
compresor de la integración quieren hacer que desaparezca ese Estado
nación que consideran mohoso. Para proteger al capital de los caprichos
democráticos del Estado nación lo van sustituyendo pacientemente, desde
hace 30 años, por un aparato en el que la obediencia a los mercados es
la garantía.
El Estado nación ya está privado de su moneda, su política
presupuestaria está encorsetada por reglas absurdas, tiene prohibida
cualquier política industrial, está sometido a directivas escamoteadas a
la deliberación popular, ¡pero no es suficiente!
Con nuevas
transferencias de soberanía que se justificarán agitando el espantajo
del populismo o blandiendo el estandarte de la modernidad, el
federalismo no cesará hasta dejar el Estado nación completamente
desnudo.
La cama de Procusto
Poco importa
que la realidad histórica de los Estados nación, testimoniada por la
permanencia de referentes simbólicos que definen la idiosincrasia
nacional, se ignoren en el gran proyecto unificador. (...)
Con una estafa de la que la UE es la caricatura, los federalistas
pretenden sustituir los Estados nación históricos, en los que los
pueblos se reconocían, por una supranación donde nadie tiene la menor
idea.
En esa construcción ideológica, el quimérico proyecto del Estado
federal europeo, sirve de parapeto a una demolición en regla de las
colectividades de las que el Estado nación es piedra angular. En nombre
de un super-Estado imaginario se pretende socavar la existencia de las
formas de organización colectivas que han configurado la Europa moderna a
pesar de los ataques de los agentes del capitalismo. (...)
En realidad el eurofederalismo no es un proyecto, sino una coartada. Es
una máquina de guerra dirigida al desarme unilateral de las soberanías
populares, un intento obstinado de vaciado, bajo pretextos humanistas,
de lo que constituye el sustrato de la democracia moderna.
Ataviada con
los oropeles del pacifismo, el humanismo y el progresismo, su lógica
infernal parirá inevitablemente a sus contrarios. Llevando al mínimo
común denominador las voluntades populares privadas de su marco natural
el eurofederalismo, si llegase a sus fines, llevaría el germen de los
enfrentamientos que pretende impedir. (...)" (Bruno Guigue , Oumma , en Rebelión, 14/07/16)
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