14.9.16

Para proteger al capital de los caprichos democráticos del Estado nación, la UE lo va sustituyendo con un aparato burocrático en el que la obediencia a los mercados es la garantía

"(...) Por su parte los partidarios del federalismo se regocijan en secreto de la deserción de un Estado que constituía un apéndice de la construcción europea. Sin duda imaginan que la UE ganará en cohesión y continúan promocionando un proyecto eminentemente progresivo que consiste en impulsar la integración incluso en el momento en que un pueblo de Europa acaba de abandonarla. 

Dicho proyecto se basa, por cierto, en un mito tenaz que emerge en cada crisis, como una serpiente de verano, y que se presenta como la solución soñada de los descarrilamientos recurrentes de la máquina comunitaria. Ese mito tenaz, lo sabemos, es la progresiva transformación de la UE en un auténtico Estado federal en nombre de una presunta comunidad de destino entre los pueblos del Viejo Continente.

Aplastar el Estado nación 
Perspectiva radiante sobre el papel, pero al precio de un grave distanciamiento del mundo real. Ignorando toda profundidad histórica, sus partidarios hacen como si la fabricación de una entidad supranacional pudiera ganar la partida a las naciones milenarias. 

Borrando de un plumazo tecnocrático la historia y la geografía consideran el Estado nación, en el mejor de los casos, la piedra angular de una época pasada. Lo ven, con desdén, como una especie de supervivencia arcaica destinada a marchitarse, incluso un simple catálogo de usos y costumbres revocable a conveniencia del orden de Bruselas. 

Por eso trabajan para su desgaste. Con el rodillo compresor de la integración quieren hacer que desaparezca ese Estado nación que consideran mohoso. Para proteger al capital de los caprichos democráticos del Estado nación lo van sustituyendo pacientemente, desde hace 30 años, por un aparato en el que la obediencia a los mercados es la garantía. 

El Estado nación ya está privado de su moneda, su política presupuestaria está encorsetada por reglas absurdas, tiene prohibida cualquier política industrial, está sometido a directivas escamoteadas a la deliberación popular, ¡pero no es suficiente! 

Con nuevas transferencias de soberanía que se justificarán agitando el espantajo del populismo o blandiendo el estandarte de la modernidad, el federalismo no cesará hasta dejar el Estado nación completamente desnudo. 

La cama de Procusto 
Poco importa que la realidad histórica de los Estados nación, testimoniada por la permanencia de referentes simbólicos que definen la idiosincrasia nacional, se ignoren en el gran proyecto unificador.  (...)

Con una estafa de la que la UE es la caricatura, los federalistas pretenden sustituir los Estados nación históricos, en los que los pueblos se reconocían, por una supranación donde nadie tiene la menor idea. 

En esa construcción ideológica, el quimérico proyecto del Estado federal europeo, sirve de parapeto a una demolición en regla de las colectividades de las que el Estado nación es piedra angular. En nombre de un super-Estado imaginario se pretende socavar la existencia de las formas de organización colectivas que han configurado la Europa moderna a pesar de los ataques de los agentes del capitalismo.  (...)

En realidad el eurofederalismo no es un proyecto, sino una coartada. Es una máquina de guerra dirigida al desarme unilateral de las soberanías populares, un intento obstinado de vaciado, bajo pretextos humanistas, de lo que constituye el sustrato de la democracia moderna.

 Ataviada con los oropeles del pacifismo, el humanismo y el progresismo, su lógica infernal parirá inevitablemente a sus contrarios. Llevando al mínimo común denominador las voluntades populares privadas de su marco natural el eurofederalismo, si llegase a sus fines, llevaría el germen de los enfrentamientos que pretende impedir.  (...)"                  (Bruno Guigue , Oumma , en Rebelión, 14/07/16)

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