"Decir que la eurozona no ha tenido una buena actuación desde la
crisis del año 2008 es una expresión eufemística que se queda corta. Los
países miembros de la eurozona han tenido una mala actuación en
comparación con los que, dentro de la Unión, no han adoptado la moneda
única, y aún peor que el de EE UU, el epicentro de la crisis.
Los países de la eurozona que peor lo han hecho se encuentran sumidos
en una depresión o en una recesión profunda. En muchos sentidos, la
economía en dichos países —piensen, por ejemplo, en lo que ocurre en
Grecia— se encuentra en peor situación que la que sufrieron las
economías durante la Gran Depresión de la década de 1930.
Mientras los
miembros de la eurozona con los mejores resultados, por ejemplo,
Alemania, parecen estar en una buena situación, pero sólo cuando se los
compara con los demás; por si fuera poco, el modelo de crecimiento de
estos países se fundamenta parcialmente en políticas que empobrecen al
vecino, mediante las cuales el éxito llega a expensas de los países que
otrora se consideraron como "socios". (...)
A muchos de los países que ahora tienen economías debilitadas les iba
muy bien antes de la introducción del euro; iban creciendo por encima de
la media europea. Su descenso no se produjo a consecuencia de un cambio
repentino en sus leyes laborales, o debido a que les sobrevino una
epidemia de pereza. Lo que sí cambió fue la moneda.
(...) la eurozona se constituyó por un acuerdo político, y era inevitable que
la voz de Alemania resonase con mayor fuerza. Cualquier persona que
hubiese negociado con los que decidieron las políticas alemanas los 30
años anteriores a la adopción del euro deberían haber sabido de antemano
el resultado. Lo más importante que se debe puntualizar es que, dadas
las herramientas disponibles hoy en día, ni el más brillante zar de la
economía podría haber logrado que la eurozona prosperase. (...)
el euro tiene un mayor nivel de culpabilidad del que se puede
atribuir a las políticas y a las estructuras de cada país de manera
individual. El euro venía viciado de errores desde su génesis. Ni
siquiera los mejores políticos podrían haber logrado que el euro
funcionase. La estructura de la eurozona impuso la clase de rigidez que
se asocia con el patrón oro.
La moneda única despojó a los miembros de
la eurozona del más importante mecanismo de ajuste —el tipo de cambio— y
fue la eurozona la que circunscribió la política monetaria y la
política fiscal.
En respuesta a los shocks asimétricos y a las divergencias en la
productividad, tendrían que haberse constituido ajustes en el tipo de
cambio real (ajustado por la inflación), lo que significa que los
precios en la periferia de la eurozona tendrían que haber caído con
relación a los de Alemania y del norte de Europa.
Pero, ya que Alemania
tiene una posición inflexible con relación a la inflación —y sus precios
se han estancado— el ajuste sólo podía lograrse a través de una
desgarradora deflación en otros lugares.
Típicamente, esto se traduce en
un nivel doloroso de desempleo y en el debilitamiento de los
sindicatos; los países más pobres de la eurozona, y especialmente los
trabajadores dentro de ellos, se llevaron la peor parte de la carga del
ajuste.
Por lo tanto, esta fue la razón por la que el plan para
estimular la convergencia entre los países de la eurozona fracasó
rotundamente, haciendo que crezcan las disparidades entre y dentro de
los Estados.
Este sistema no puede y no va a funcionar a largo plazo: las
políticas democráticas garantizan su fracaso. El euro sólo puede
funcionar si se cambian las reglas e instituciones de la eurozona. Esto
requerirá siete modificaciones:
- Abandonar los criterios de convergencia, que exigen que los déficit sean inferiores al 3% del PIB;
- Sustituir la austeridad con una estrategia de crecimiento, que deberá estar apoyada por un fondo de solidaridad para la estabilización;
- Desmantelar un sistema propenso a atravesar crisis mediante el cual los países se ven obligados a tomar préstamos en una moneda que no está bajo su control, y fundamentarse, en cambio, en los eurobonos o en algún otro mecanismo similar;
- Compartir de mejor manera la carga durante el ajuste, haciendo que los países que en la actualidad tienen excedentes de cuenta corriente se comprometan a elevar los salarios y aumentar el gasto fiscal, garantizando de dicha manera que sus precios aumenten más rápido que los precios en los países con déficit de cuenta corriente;
- Cambiar el mandato del Banco Central Europeo, que en la actualidad se centra sólo en la inflación, a diferencia del mandato que tiene la Reserva Federal estadounidense, entidad que tiene también en cuenta el empleo, el crecimiento y la estabilidad;
- Establecer un seguro de depósitos común, que evitaría la fuga de dinero desde los países que tienen resultados deficientes, así como otros elementos constituyentes de una "unión bancaria";
- Alentar, en lugar de prohibir, las políticas industriales diseñadas para garantizar que los países rezagados de la eurozona puedan ponerse al día y alcanzar a los países líderes de dicha zona.
Desde una perspectiva económica, estos cambios son pequeños; sin
embargo, los actuales líderes de la eurozona puede que carezcan de la
voluntad política necesaria para llevarlos a cabo. Eso no cambia el
hecho fundamental de que la actual situación de medias tintas sea
insostenible.
Un sistema destinado a promover la prosperidad y el
progreso de la integración ha tenido el efecto contrario. Un divorcio
amistoso sería una mejor solución que el actual estancamiento.
Por supuesto, todo divorcio es costoso; pero, enmarañarse más sería aún
más costoso. Como ya hemos visto este verano en el Reino Unido, si los
líderes europeos no pueden o no toman las decisiones difíciles, los
votantes europeos serán quienes las tomen en su lugar, y puede que no
les satisfaga el resultado." (Joseph E. Stiglitz , El País, 28/08/16)
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