14.11.16

Angela y Barry son trabajadores, honrados, solidarios, altruistas, comprometidos... serían 'progresistas' en Europe, pero han votado a Trump, ¿por qué?

"Angela y Barry son un matrimonio norteamericano, relativamente joven, que reside en una pequeña ciudad del Estado de Indiana. Ella trabaja en una ONG y él en un hospital perteneciente a una fundación.

 No son religiosos, menos aún creacionistas, pero participan en diferentes iniciativas sociales y están muy comprometidos con su comunidad. Acogen en su casa a jóvenes de diversas procedencias y tipologías; nacionales y extranjeros; blancos, negros, hispanos, asiáticos. En una ocasión, recibieron una llamada de madrugada para alojar urgentemente a un joven desamparado y, aun teniendo la habitación ocupada, no lo dudaron: "sí, por supuesto", respondieron. 

 Inmediatamente, Barry se dirigió en su vieja camioneta hacia el ayuntamiento para recoger al muchacho mientras Angela despejaba la buhardilla de trastos para acondicionarla y asearla como nueva habitación. A la mañana siguiente, antes de acudir al trabajo, ambos fueron a comprar una cama y un colchón nuevos que pagaron de su bolsillo.

Tanto Angela como Barry son trabajadores, honrados, solidarios, altruistas, comprometidos. Y gozan del merecido reconocimiento y aprecio de sus vecinos. En España, muchos los etiquetarían como “progresistas”, pero para sus amigos y conocidos son sencillamente buenas personas. Sin embargo, el pasado martes 8 de noviembre, Angela y Barry formaron parte de los 58 millones de norteamericanos que dejaron atónitos a los analistas de medio mundo: votaron a Donald Trump.

 Y lo hicieron en perjuicio de una candidata demócrata que, se supone, encarnaba los valores que ellos defienden por la vía de los hechos. Esta decisión, según el impávido juicio de bastantes ciudadanos biempensantes, les ha convertido de la noche al día en seres inmorales.

Es evidente que esta pareja no se ajusta al perfil que analistas, opinadores y medios de información, de forma casi monolítica, confeccionaron a la medida de los que apoyaban al candidato republicano. A juzgar por su actitud ante la vida, sus principios y, especialmente, sus actos –hechos son amores y no buenas razones–, no son seres despreciables, egoístas, insensibles, ignorantes. 

Menos aún les corresponden otras descalificaciones más gruesas, que en estos días vomitan de forma inmisericorde, no patanes, sino gente instruida, bien formada, personas que se supone reflexivas, analíticas, inteligentes. ¿Cómo es posible que Angela y Barry dejaran en la estacada a la preparada y presuntamente bienintencionada Hillary para votar al deplorable Donald?  (...)

Es verdad que Trump es un personaje provocador, arrogante, histriónico, propenso a proferir majaderías, con un aspecto que puede resultar bastante repelente. Pero, precisamente por esto, se hace más necesaria una explicación convincente de su inesperado triunfo, una interpretación algo más profunda que calificar de ignorantes e inmorales a sus votantes. 

No es argumento serio afirmar sencillamente que "son estúpidos todos aquellos... que no votan a los míos". Trump no solo ha arrasado en la rural “América profunda”; también ha superado a su rival en Pensilvania, Michigan u Ohio. Es evidente que detrás de su victoria hay muchos Barrys y Angelas, bastantes más de lo que a muchos les gustaría.  (...)

Barack Obama no ha sido un mal presidente, tampoco bueno, más bien del montón. Sin embargo, generó desde el principio expectativas exageradas. Lanzó un Yes We Can para resolver numerosos asuntos que, a todas luces, la política nunca podría solucionar, dando lugar, con el tiempo, a una profunda frustración.  (...)

Trump supo ver la fractura, comprendió rápidamente que podía alcanzar la Casa Blanca presentándose como el outsiderterrible que, al igual que el ciudadano corriente, detesta a esa burocracia de Washington que ha gobernado el país durante las últimas décadas.  (...)

El fenómeno Trump debe enmarcarse dentro del proceso de frustración y desconfianza ante la clase política que se observa en buena parte de Occidente. Pero es también consecuencia de décadas de imposición de la corrección política, esa ideología gelatinosa, censora, intrusiva, que desahucia a todo aquel que cuestiona su ortodoxia.

 Una verdadera religión laica que propugna que la identidad de un individuo está determinada por su adscripción a un determinado colectivo y, por tanto, sostiene que la discriminación puede ser positiva, que cada grupo debe ser tratado de forma diferente. 

Como era de esperar, la imposición de la corrección política ha provocado en muchas sociedades una cierta reactancia, esto es, una reacción emocional que se opone a estas reglas censoras que el individuo percibe como absurdas y arbitrarias por prohibir conductas e ideas que considera lícitas.(...)

Mucha gente percibe que la clase política se pliega a la voluntad de grupos bien organizados, concediendo privilegios y ventajas. Y se extiende la sensación de que la sociedad estamental, aristocrática, que fue erradicada por la revolución americana, amenaza con instalarse de nuevo. 

la corrección política, con su censura, sus códigos sobre lo que se puede decir y lo que no, sobre los términos obligados y prohibidos, provoca hartazgo e indignación al quebrantar esa tradición de libre pensamiento que alumbraron los padres fundadores. (...)

En lo que se respecta a Angela y Barry, ellos sienten que han hecho lo correcto: castigar las mentiras de los últimos 30 años y conjurar el peligro de las dinastías. Después de todo, y aunque a los europeos no nos entre en la cabeza, ellos confían más en sí mismos y en su comunidad que en cualquier inquilino de la Casa Blanca. Y así quieren que siga siendo."                (

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