"Lo que ha ocurrido en EEUU con la elección del candidato republicano, el
Sr. Donald Trump, era predecible. Y así lo había yo indicado en un
artículo reciente (ver “De lo que no se informa y/o se conoce sobre las
elecciones en EEUU”, Público, 18.10.16).
En realidad, la
posibilidad de que ocurriera lo que ha ocurrido se ha ido fraguando
desde los años noventa, cuando el partido Demócrata, bajo la presidencia
del Sr. Bill Clinton, aplicó toda una serie de políticas de clara
sensibilidad neoliberal (hasta entonces patrimonio del Partido
Republicano), algo que también ocurrió en el Reino Unido cuando el Sr.
Tony Blair, dirigente del Partido Laborista, adoptó las medidas
neoliberales que había propuesto la Sra. Thatcher, dirigente del Partido
Conservador. (...)
Estas políticas neoliberales significaron un cambio notable de las
políticas del Partido Demócrata heredadas del New Deal establecido por
el presidente Roosevelt, y que justificaban que tal partido se
presentara como el “partido del pueblo llano” frente al instrumento
político del gran empresariado, representado por el Partido Republicano.
Tales políticas del New Deal (y más tarde de la Great Society) fueron
sustituidas por políticas neoliberales llevadas a cabo por el presidente
Clinton, las cuales incluyeron la desregulación en la movilidad del
comercio y del capital financiero, iniciándose toda una serie de
tratados referidos como tratados de libre comercio, de los cuales el más
importante fue el Tratado de Libre Comercio entre EEUU, Canadá y
México, conocido en inglés como NAFTA.
Tal tratado era altamente
impopular entre los sindicatos y entre las bases electorales del Partido
Demócrata, lo cual explica que la mayoría de los miembros del Partido
Demócrata en el Congreso no votaran a su favor.
Solo los procedentes del
sur de EEUU (que suelen ser los más conservadores) apoyaron dicho
tratado, junto con la mayoría de los miembros del Partido Republicano.
Tal aprobación significó un giro importante en las políticas del
supuesto “partido del pueblo”, el cual dañó, como era predecible, a los
trabajadores de los sectores manufactureros (los sectores mejor pagados
dentro de la fuerza laboral en EEUU), pues vieron sus trabajos
desplazados a Méjico cuando sus empresas se trasladaron a aquel país,
perdiéndose con ello millones de buenos empleos en EEUU.
Fue así como el
Partido Demócrata favoreció extensamente el tipo de globalización
económica que hemos conocido desde los años ochenta y noventa (iniciado
por Ronald Reagan y Margaret Thatcher).
Este globalismo ha sido uno de
los elementos que ha debilitado más a la clase trabajadora, pues el
mundo empresarial ha utilizado contra el mundo de trabajo la amenaza de
desplazarse a otros países en caso de no obtener concesiones en forma de
bajada de salarios, de recortes en su protección social y de deterioro
de sus condiciones de trabajo. (...)
Tal globalización contribuyó al alejamiento de la clase trabajadora del
Partido Demócrata. En realidad, la pérdida de la mayoría del Partido
Demócrata en el Congreso (incluyendo el Senado) se debió a la masiva
abstención de la clase trabajadora en las elecciones al Congreso del
1994, después de que el presidente Clinton aprobara en 1993 el NAFTA con
el apoyo mayoritario del Partido Republicano. Fue entonces cuando ya se
inició el enfado de la clase trabajadora.
Como bien ha comentado el
politólogo Thomas Frank en su libro Listen, Liberal, a medida
que el Partido Demócrata fue distanciándose de la clase trabajadora, fue
aumentando la influencia de la clase media profesional (personas con
estudios superiores, incluyendo los universitarios) en los aparatos de
tal partido.
En realidad, fue el crecimiento de esta influencia,
ejemplificada por la Administración Clinton, la que causó el
distanciamiento de la clase trabajadora, algo semejante a lo que ha
estado ocurriendo con los partidos socialdemócratas en Europa. (...)
Mientras las rentas del trabajo disminuían, las rentas derivadas del
capital fueron subiendo, habiendo alcanzado niveles nunca vistos desde
los años treinta del siglo XX (causa, por cierto, de la Gran Depresión).
Otra política pública introducida por el presidente Clinton fue la
desregulación de la banca, eliminando la separación entre la banca
comercial y la banca de inversión (y que exigía la Ley Glass-Steagall
aprobada durante el mandato del presidente Roosevelt), medida propuesta
por su Secretario del Tesoro (equivalente al Ministro de Finanzas), el
Sr. Robert Rubin, que había sido codirector de la banca Goldman Sachs
antes de incorporarse al gobierno del presidente Clinton.
Esta medida
desreguladora tuvo dos impactos sumamente negativos para el bienestar de
las clases populares (y de la economía). Tal desregulación del capital
financiero favoreció las burbujas especulativas, de las cuales la
inmobiliaria afectó particularmente a la clase trabajadora y a las
clases medias de renta baja, que tuvieron que endeudarse profundamente
para pagar precios abusivos de las viviendas, resultado del carácter
especulativo de las inversiones inmobiliarias.
Esta desregulación
bancaria era resultado de la complicidad nueva que se estableció entre
Wall Street y el Partido Demócrata, que ha sido una constante de la
Tercera Vía, iniciada por Clinton y continuada por Obama.
El resultado de tal complicidad es el rescate que el gobierno federal
hizo de la banca cuando las burbujas especulativas estallaron, poniendo
en peligro la viabilidad del sistema financiero, que estaba metido en
la especulación hasta la médula. Es significativo resaltar que ningún
banquero haya ido a la cárcel, a pesar de haber cometido delitos graves
que afectaron muy negativamente el bienestar de las clases populares.
En
realidad, el enorme crecimiento de las rentas del capital se debe, en
parte, a la gran expansión del capital financiero basada en un enorme
endeudamiento de las clases populares, consecuencia a su vez del
descenso de las rentas del trabajo. Hay que señalar que dirigentes de la
empresa Enron terminaron en la cárcel durante la Administración Bush.
No así los dirigentes de la banca en la Administración Obama. (...)
Era obvio que se estaba acumulando un enfado que podía apercibirse en
el enorme descrédito de las instituciones llamadas representativas en
aquel país, y que son ocupadas por una de las clases políticas más
estables en el mundo capitalista avanzado, resultado del sistema de
financiación, predominantemente privado, del proceso electoral de aquel
país, en un sistema bipartidista carente de proporcionalidad y que
prácticamente imposibilita la entrada de nuevos partidos.
Tal pérdida de legitimidad se traduce en que la mayoría de la clase
trabajadora no vota en EEUU. Tal clase representa aproximadamente el 52%
de la población estadounidense (un número bastante próximo a lo que la
población señala como su pertenencia, cuando se le pregunta si se
considera de la clase alta, la clase media o la clase trabajadora). (...)
En realidad, el descenso electoral del Partido Demócrata está muy
marcado por el creciente grado de abstención de la población obrera
identificada con este partido. El cambio del Congreso de demócrata a
republicano que tuvo lugar en el año 1994, que he citado en un párrafo
anterior, fue resultado del crecimiento de la abstención obrera en
respuesta a la aprobación del NAFTA.
El cambio de los partidos que electoralmente tenían como base central la
clase trabajadora y otros componentes de las clases populares hacia
otros sectores y clases sociales (definiéndose a sí mismos como partidos
de las clases medias) fue resultado del cambio de composición de los
aparatos de tales partidos, con un claro dominio de las clases
profesionales, personas con educación superior que asumían que o bien la
clase trabajadora estaba despareciendo, o bien se estaba convirtiendo
en clases medias.
Esta llamada “modernización” de tales partidos incluyó
la adopción por su parte de elementos de la ideología neoliberal, que
había sido transmitida desde los años ochenta por los partidos
conservadores y liberales. En realidad, el Partido Demócrata hoy está
próximo (sin estar afiliado) a la Internacional Liberal. Clinton fijó
esta nueva línea. (...)
La desaparición de clase social como categoría sociopolítica por parte
del Partido Demócrata (como también ha ocurrido con la socialdemocracia)
implicó el abandono de las políticas redistributivas. El Partido
Demócrata (considerado con excesiva generosidad como la izquierda en
EEUU) enfatizó, en lugar de políticas de clase, políticas encaminadas a
integrar a las minorías y a las mujeres en el sistema político, basando
su estrategia política en combatir la discriminación en contra de las
minorías (negras y latinas) y en contra de las mujeres.
Estas políticas
fueron, en parte, exitosas en incorporar estos grupos discriminados
dentro de las instituciones políticas de carácter representativo y en la
administración pública. Pero las mayores beneficiarias de estas
políticas fueron personas de clase media de renta alta, sin que en
general afectaran al bienestar económico y social de la mayoría de
minorías y mujeres, que pertenecían a la clase trabajadora. (...)
Y las elecciones del pasado 8 de noviembre han mostrado como la gran
mayoría de las mujeres de clase trabajadora ha votado por Trump, que
fue, de los dos candidatos (Trump y Clinton), el que acentuó más el
discurso de clase.
Trump se presentó como el defensor del mundo del
trabajo, haciendo referencia constante a que su gente eran las personas
con escasa educación, a las cuales el establishment político del país
denominaba como “white trash” (basura blanca). Y el primer punto que
subrayó en su discurso en la noche de las elecciones fue que él
representaba a las personas olvidadas por el sistema. (...)
Mientras, la Sra. Clinton apelaba a las mujeres, habiendo definido a los
seguidores de Trump como “deplorables”, un adjetivo parecido a
“basura”.
En las últimas elecciones hubo la alternativa a Hillary Clinton, que
había apoyado todas las políticas de su esposo durante su mandato Se
llamaba Bernie Sanders, el candidato en las primarias demócratas,
socialista sin complejos, que siempre defendió los intereses de la clase
trabajadora, Bernie Sanders, conocido por su integridad y compromiso
con las clases trabajadoras, y que apostaba explícitamente por una
“revolución política” encaminada a democratizar las instituciones
políticas y económicas del país, movilizando a grandes sectores de la
clase trabajadora y a la juventud del país. Fue un terremoto dentro del
Partido Demócrata, y el aparato de tal partido se movilizó por todos los
medios para parar tal candidatura, y ello a costa de perder las
elecciones.
La gran mayoría de encuestas mostraban que Sanders, cuando
aparecía frente a Trump, sacaba mucho más apoyo popular que el que
Clinton conseguía frente al candidato republicano. Sanders era la única
posibilidad de parar a Trump. Y su lenguaje, el de Sanders, era
clasista, subrayado la conjunción de intereses de todas las razas y de
todos los géneros, unidos en sus reivindicaciones basadas en su clase.
Este mensaje hubiera sido imbatible. Pero el nuevo Partido Demócrata era
incapaz de presentar esta imagen, pues el aparato estaba claramente
conectado con la clase que se sentía amenazada con este enfoque de clase
del candidato Sanders.
La victoria de Clinton en las primarias
desmovilizó a los votantes de Sanders, aumentando significativamente la
abstención, un aumento que ha sido fatal para Clinton, pues su
adversario tenía movilizada a la clase trabajadora blanca y a los grupos
extremistas claramente racistas, que apoyaron masivamente a su
candidato, y en cambio la candidata Clinton tenía a sus bases
desmovilizadas.
(...) la complicidad de Washington con lo que se llama “clase corporativa”
vacía de sentido aquella famosa frase que aparece en la Constitución de
EEUU, “We, the people”, debiéndose añadir que no es el pueblo, sino las
grandes compañías que dominan la economía estadounidense, las que
deciden en el gobierno.
Y el Partido Demócrata es una fuerza clave en
tal entramado. De ahí la necesidad de hacer una revolución política,
para democratizar el país. La marginación del único candidato, Bernie
Sanders, que hizo tal propuesta, enormemente popular, augura una
continuidad de la extrema derecha en el gobierno. (...)
Como era predecible, los grandes medios de información no han explicado
ni han entendido lo que está ocurriendo en EEUU. Durante toda la campaña
se han centrado en la figura de Trump, presentándolo como un payaso. Es
extraordinaria la enorme atención que dieron a este personaje,
intentando ridiculizarlo.
Pero estos ataques movilizaron todavía más a
las clases populares que odian a los establishments mediáticos, hecho
del cual Trump es consciente. Ni que decir tiene que Trump era y es una
persona de gran astucia política, que sabe bien cómo canalizar el enorme
enfado popular contra el establishment político-mediático del país.
Pero si no hubiera habido Trump, hubiera habido otro personaje, tan o
incluso más a la derecha que él. En realidad, algunos de los candidatos
que derrotó en la campaña electoral en las primarias eran incluso más
reaccionarios, queriendo prohibir, por ejemplo, el aborto. (...)
Pero para entender lo que está pasando, hay que entender y conocer lo
que ha estado pasando en EEUU, y que, por desgracia, los medios no
citan. Presentar lo ocurrido, como he leído en más de un reportaje, como
una traición de las mujeres trabajadoras a la causa feminista, es no
entender nada de lo que pasa en EEUU.
Es urgente que las izquierdas,
incluyendo los movimientos progresistas en defensa de las minorías y
también los movimientos feministas, recuperen el concepto de clase en
sus proyectos, pues la mayoría de cada uno de sus sujetos pertenecen a
la clase trabajadora y clases medias de rentas medias y bajas, que
constituyen la mayoría de la población en EEUU y en cualquier país de
capitalismo desarrollado.
Olvidarse de la clase trabajadora ha sido lo
que ha llevado al tsunami que estamos viendo a los dos lados del
Atlántico Norte. Así de claro." (Vicenç Navarro, Catedrático de Ciencias Políticas y Políticas Públicas. Universidad Pompeu Fabra, y Director del JHU-UPF Public Policy Center, Público, 11/11/16)
No hay comentarios:
Publicar un comentario