"En el ensayo escrito junto a Zygmunt Bauman, Estado de Crisis, Carlo Bordoni define la “postdemocracia”
como una crisis de igualización y trivialización de los procesos
democráticos, en los que la política va perdiendo progresivamente
contacto con los ciudadanos desembocando en un estado de incomodidad y
hastío que puede ser definido como “antipolítica”.
(...) una profunda irritación, seguida del alejamiento de una esfera
política que se considera inútil y que produce sensaciones de desazón y
repugnancia. Ese malestar, en combinación con otros factores, abre una
ruta directa hacia los autoritarismos de los que podemos encontrar
ilustrativos y trágicos ejemplos en la Europa del primer tercio del
siglo pasado.
Algunos de los efectos más característicos de la etapa postdemocrática señalados por Bordoni son:
La desregulación económica, que significa una
disminución o cancelación de las capacidades normativas de los Estados
para implementar medidas correctoras de los fallos del mercado, así como
aquellas tendentes a orientar la economía hacia la satisfacción
equitativa y sostenible de las necesidades sociales.
Esta desregulación
acaba suponiendo la supremacía de los mercados financieros globalizados.
Se trata de un proceso ambiguo destinado a la progresiva eliminación de
los poderes y controles públicos al que se pretende revestir de un
sentido subyacente de “liberación” de las normas y poderes coercitivos
del Estado.
Es el primer paso hacia el neoliberalismo privatizador de
los servicios públicos y drástico reductor del estado de bienestar y de
los derechos sociales en aras de unos presupuestos, a nivel macro,
sacrosantamente equilibrados.
Haciendo olvidar que el Estado no es una
empresa privada, cuyo principal objetivo es generar dividendos, sino una
red de Administraciones Públicas controladas, en última instancia, por
Legislativos elegidos democráticamente cuya finalidad debe ser (entre
otras) proporcionar servicios sociales con espíritu equitativo, corregir
los fallos del mercado y redistribuir la riqueza.
Una progresiva disminución en la participación política habitual de los ciudadanos, incluyendo los periodos electorales, que ha llegado a ser considerada frecuentemente como “normal”.
La vuelta del liberalismo económico más salvaje (neoliberalismo),
que confía al sector privado una parte creciente de las funciones del
Estado y de la gestión de los servicios públicos, orientados a través de
los mismos criterios de rendimiento económico que una empresa privada.
Incluso en los casos en que dichos criterios resulten indeseables para
el Interés General y el Bien Común (...)
La reducción de las inversiones públicas junto con el decremento y decadencia del Estado del Bienestar, quedando reducido éste a una serie de servicios básicos de carácter asistencial y caritativo, solo para los más pobres (...)
La preponderancia de los lobbies, que incrementan su
poder y capacidad para diseñar políticas en la dirección conveniente a
sus intereses, aunque estos puedan colisionar contra el Interés General.
La política como espectáculo de masas, en el que las
técnicas de marketing y publicidad adquieren un papel preponderante se
utilizan para promover el consenso en torno al predominio de la figura
de un líder en el que el talento, el carisma y la integridad son menos
importantes que los estudios de mercado, el poder de la imagen y una
estrategia comunicativa precisa diseñada por los mejores y más caros
asesores, frecuentemente externos a los partidos.
El mantenimiento de los aspectos meramente formales de la democracia para conservar la apariencia de unas libertades y derechos ciudadanos garantizados. (...)
¿Hacia un nuevo totalitarismo global? (II)
Wolfgang Streeck, sugiere que la actual crisis económica y financiera
global es una consecuencia directa del fracaso de los sistemas
democráticos a la hora de controlar los excesos y los fallos del
mercado, mientras que, seguramente, haya sido una crisis inducida o
reconducida para incrementar la desigualdad social y reducir la
democracia a nivel global, especialmente en cuanto a su capacidad de
fiscalización y control de los mercados y del poder de las corporaciones
globalistas.
Varios hechos constatados refuerzan este enfoque: las
privatizaciones generalizadas en nombre del progreso, los beneficios y
la eficiencia; la retirada de capitales invertidos en diversas áreas
estratégicas de los intereses nacionales y su desmaterialización en la
vorágine de los mercados financieros; el colapso inducido de los modelos
keynesianos, que implican una intervención de los gobiernos en la
economía y su nada inocente sustitución dogmática por los dictados
hayekianos.
Así, el presente declive generalizado de la democracia
sustantiva a nivel global es debido, principalmente, a la crisis del
Estado, a su incapacidad para actuar como un interlocutor potente y
decisivo como mediador social, como regulador de la economía y como
provisor de seguridad, siendo progresivamente sustituidos los sistemas
sanitarios y de seguridad social por consorcios aseguradores privados
habitualmente controlados por la gran banca.
La desmaterialización del
capital, su transformación y licuefacción en productos financieros que
pueden ser transferidos en milisegundos de un punto a otro del globo e
invertidos en activos materiales e inmateriales diversificados, rompe
con la tradición de una economía en la que el capital adoptaba una forma
visible y concreta, más o menos integrado en un territorio y
susceptible de ser controlado o supervisado por alguna forma de poder
político.
En este contexto, el vacío de poder que el Estado deja, es
rápidamente ocupado por la élite corporativa global, que lo ejerce sin
ningún tipo de control democrático ni institucional con el único fin de
aumentar sus beneficios y su poder en una espiral retroalimentada en la
que los daños colaterales o externalidades negativas generadas, sean
estas cuales sean, son consideradas siempre como asumibles en aras del
Beneficio, el fin último de toda corporación capitalista. (...)
La íntima asociación de la neo oligarquía con un capital corporativo
oligopolístico cada vez más financiarizado y poderoso ha conseguido que
ninguna nación, cultura, región, grupo o comunidad en el mundo pueda
considerarse fuera de su alcance e influencia política y económica.
Gran
parte de la riqueza, el poder y los privilegios de esta neo oligarquía
se sustenta en el traslado de sus pérdidas y riesgos al Estado y a los
contribuyentes. Para que esto pueda seguir siendo así resulta esencial
alinear los intereses de los políticos, a todos los niveles, con los del
oligopolismo corporativo, principalmente, mediante tres vehículos de
influencia que ya se han apuntado anteriormente: la financiación de
partidos políticos; el lobbying, y las distintas modalidades de “puertas giratorias”.
La influencia combinada del poder de la neo oligarquía y el poder
oligopolístico sobre la gobernanza, la política, los sistemas
judiciales, los medios de comunicación, el sistema financiero, la
producción y otras áreas estratégicas, provoca una continua disminución
de la justicia social y la equidad. Cuantos más aspectos de la sociedad y
la política pasan a ser controlados por la neo oligarquía y los
oligopolios, más se resiente el Interés General y el buen gobierno. (...)
Adaptando a este contexto la definición con la que Juan J. Linz describe
el totalitarismo, podemos afirmar que estamos en una etapa que
podríamos considerar, como mínimo, de pre totalitarista, en la que el
clásico modelo de totalitarismo ejercido por el Estado, o las facciones
políticas que lo controlen, está siendo sustituido por un totalitarismo
de mercado o corporativo privado, más sutil, aunque no menos dañino y despiadado en sus efectos finales agregados. (...)" (Rodrigo del Olmo – El Periscopi , en Attac España, 21/09/16 (I) y 22/09/16 (II)
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