"Dado que parece cada vez más probable que Donald Trump sea el candidato
republicano a la Presidencia, a los demócratas se les acaba el tiempo
para elaborar una estrategia con la que derrotarle.(...)
Si los demócratas de verdad creen, como dicen creer, que Trump supone
una amenaza para el bienestar del país y la vida de las minorías,
deberán hacer todo lo posible para alejarle de la Casa Blanca.
Eso
requerirá que se unan muy rápido en torno a un objetivo único, por muy
ilógico que parezca: tienen que asegurarse por todos los medios de que
Bernie Sanders sea el candidato demócrata a la Presidencia.
El tema de la viabilidad de los candidatos para convertirse en
presidentes debe ser central en las primarias demócratas. Después de
todo, las elecciones están para ganarlas, y los nobles principios
liberales sirven de muy poco si uno no tiene posibilidad de triunfar en
las elecciones generales. (...)
A primera vista, Hillary Clinton parece desde hace tiempo la
candidata con más opciones de los dos de cara a las generales. Al fin y
al cabo, es una política pragmática, moderada y con experiencia,
mientras que Sanders es un viejo socialista de Vermont, judío,
gesticulero y delirante.
Clinton está más cerca de la centralidad del electorado
estadounidense, por lo que le resulta más atractiva a un sector más
amplio de votantes. Quienes hacen campaña por Sanders están
acostumbrados a escuchar el triste lamento: “Me gusta Bernie, pero es
que no creo que pueda ganar”. Y en otras elecciones, más típicas, esto
hubiera sido perfectamente cierto.
Pero estas elecciones distan mucho de las típicas citas del pasado.
Recientemente, todos los cálculos en torno a la viabilidad de los
candidatos han cambiado, por un simple motivo: Que Donald Trump tiene muchas posibilidades de ser el candidato republicano a la Presidencia. Dada
esta realidad, toda cuestión estratégica de los demócratas debe operar
no tanto en base a la capacidad de imponerse a un adversario abstracto,
sino del candidato republicano real, Donald Trump.
En ese caso, un emparejamiento con Clinton tiene todos los visos de
convertirse en un desastre electoral formidable, mientras que la
candidatura de Sanders tiene muchas más posibilidades de imponerse.
Todas y cada una de las (importantes) debilidades de Clinton favorecen a
Trump al resaltar sus puntos fuertes, mientras que las (pocas)
debilidades de Trump favorecen a Sanders, al destacar aún más sus puntos
fuertes.
Desde un punto de vista puramente pragmático, presentar a Clinton contra Trump sería algo desastroso y suicida.
Los seguidores de Sanders vienen defendiendo últimamente que su
candidato es más “presidenciable” de lo que la gente piensa, y las
encuestas les dan la razón. Cuando se empareja a hipotéticos candidatos,
la ventaja de Sanders sobre Trump es mucho mayor que la de Clinton
sobre el republicano, y su “impopularidad” entre los votantes es mucho
menor que la de Clinton.
Pero es precisamente al imaginamos cómo tendrá lugar la dinámica de
campaña cuando nos damos cuenta de lo desastrosa que una batalla
Clinton-Trump sería para Clinton.
Sus seguidores insisten en que Clinton ha demostrado su capacidad de
aguantar todos los ataques que se lancen contra ella. Pero no es así; no
ha estado sujeta a la fuerza bruta de los ataques que se reciben en las
campañas presidenciales. Bernie Sanders ha ignorado toda la basura de
la prensa amarillista, que ha tildado de distracción sensacionalista de
los problemas reales de la gente. ("¡Basta ya de hablar de sus malditos emails”!).
Pero para Donald Trump, las distracciones sensacionalistas lo son todo.
Intentará crucificarle. Y es muy, pero que muy probable que lo consiga.
El dominio político de Trump depende en gran medida de su método
audaz e idiosincrático de hacer campaña. Funciona casi en exclusiva con
golpes bajos y ataques personales que resultan tan indignantes como
entretenidos, y es hábil a la hora de desviar los debates públicos de
los problemas reales de la gente y centrarlos en la personalidad de los
candidatos. (Se refiere a estos como “perdedores”, “falsos”, “nerviosos,
“hipócritas”, “incompetentes”).
Cuando Trump tiene que hablar sobre
políticas, queda como un tonto, porque no sabe demasiado al respecto.
Por eso demanda que los medios no le hagan preguntas difíciles, y
depende de que sus adversarios tengan debilidades personales y
escándalos que pueda explotar a gusto y sin piedad.
Este estilo de campaña hace que Hillary Clinton sea la adversaria
ideal para Donald Trump, por el muchísimo juego que le daría. El
escándalo de los emails, Benghazi, Whitewater, Iraq, el caso
Lewinsky, Chinagate, Travelgate, los archivos perdidos de su bufete de
abogados, Jeffrey Epstein, Kissinger, March Rich, Haití, los errores
fiscales de la Fundación Clinton, los conflictos de intereses de la
Fundación, “Estabamos en la ruina cuando nos fuimos de la Casa Blanca”,
Goldman Sachs… Hay suficiente material en el pasado de Hillary Clinton
como para que Donald Trump la aplaste.
La línea de defensa de los seguidores de Clinton se resume en que
ninguno de esos asuntos es sustancial cuando uno los analiza en detalle.
Pero eso es completamente irrelevante; lo que importa es que servirían
de gasolina para la maquinaria de Trump. (...)
Incluso un candidato que se mueva bien en campaña lo tendría muy
difícil para salir indemne de los ataques incesantes de Trump. Incluso
al mejor candidato le resultaría imposible atraer la atención a los
asuntos sustantivos de políticas concretas, y se pasaría la campaña a la
defensiva.
Pero Clinton no es la mejor candidata en campaña, ni
siquiera tiene especial talento. De hecho, es una candidata horrible.
Puede que sea una buena legisladora, pero en campaña comete errores de
bulto constantes y tarda demasiado en darse cuenta de esos errores y
rectificar.
Todo el mundo lo sabe. Incluso dentro del Partido Demócrata reconocen
que se muestra antinatural y poco inspiradora en el escenario”, o que
“lleva consigo todo el peso del legado de Clinton sin tener nada de su
calidez”. (...)
Todos los demócratas deberían tomarse un tiempo para examinar con
justicia y desapasionadamente el historial de Clinton en campaña.
Estudien cómo fue su campaña de 2008 y cómo está yendo esta. Evalúen sus
fortalezas y debilidades con el menor prejuicio posible. Y entonces,
imagínensela en una carrera contra Trump, y piensen cómo le irá.
Es fácil ver que Trump lo tiene todo a su favor. Una vez terminadas
las primarias republicanas, podrá atacarle por la derecha y por la
izquierda a su gusto. Como el candidato que clamó contra la guerra de
Iraq en el debate Republicano, podrá mofarse de Clinton y su apoyo a
dicha guerra. La pintará como representante de un establishment
político corrupto, y podrá incluso presentar pruebas:
“Bueno, yo sé que
se pueden comprar políticos porque compré a la senadora Clinton. Le
doné dinero, y ella vino a mi boda”. Puede hacer que parezca que Clinton
tiene precio y que él no, porque él manda. Y eso es algo de lo que es
difícil defenderse, porque parece en parte cierto. Cualquier negación
suena a mentira, lo cual hace que la situación de Clinton sea aún peor. Y
entonces, cuanto tropiece, se burlará de ella, llamándole incompetente.
Acusar a Trump de misógino tampoco surtirá efecto. Él responderá
llenando la prensa con acusaciones de violación y acoso contra Bill
Clinton y el papel de Hillary a la hora de desacreditar a las víctimas.
Siempre puede recordar a la gente que Hillary Clinton se refirió a
Monica Lewinsky como una “tarada narcisista”. Más aún, las posiciones
moderadas de Trump en torno a los derechos reproductivos harán que sea
difícil que Clinton lo pinte como el clásico derechista antifeminista.
Trump se aprovechará de su propia reputación de honestidad, y podrá
ensañarse con los repentinos cambios de parecer de Clinton (como su
viraje en torno al matrimonio gay, o el enfático populismo económico con
el que está tratando de contrarrestar a Sanders) así como su fama de
deshonesta. Uno puede imaginarse ya el monólogo:
Miente tanto. Todo lo que dice es mentira. No he visto a nadie
que mienta tanto en mi vida. Te voy a contar tres mentiras que ha
contado. ¡Se inventó no sé qué historia sobre cómo recibió disparos de
francotiradores! No había ningún francotirador disparando. ¡Se lo
inventó! ¿Cómo se puede olvidar alguien de eso? Dijo que le pusieron su
nombre por Sir Edmund Hillary, el primer escalador del Everest. ¡Ni
siquiera lo había escalado cuando ella nació! ¡Mentira! Mintió sobre sus
emails, por supuesto, como todos sabemos, y probablemente termine
siendo imputada. ¡Y sabes que dijo que había armas de destrucción masiva
en Iraq! ¡Eso era mentira! Miles de soldados americanos murieron por su
culpa. No solo miente, sino que sus mentiras matan. Ya van cuatro
mentiras, y he dicho que te iba a contar tres. Uno pierde la cuenta.
¿Quieres entrar en la web PolittiFact para ver cuántas mentiras ha
contado? ¡Tardarás una hora en leerlas todas! De hecho, si le preguntan,
ni siquiera es capaz de decir que no haya mentido. ¡Le preguntaron
directamente, y dijo que normalmente dice la verdad! Vaya, así que hace
lo que puede. Esta persona, todo lo que sale por su boca es mentira.
Nadie cree en ella. Mira las encuestas. Nadie confía en ella. Una
mentirosa enorme.
¿Por dónde empieza a responder a eso? Hay parte de verdad, y otra que
no lo es, pero cuanto más intente defenderse de las acusaciones (“¡No
hay una sola sugerencia de que vaya a a ser imputada! Y no dije que
normalmente diga la verdad, sino que lo siempre lo he intentado y
normalmente, con éxito”) más profundo cavará su propia tumba.
Como un boxeador, se balanceará, le golpeará una directa y un
cruzado. No la dejará escapar. Y es que Clinton realmente ha mentido, y
es cierto que votó a favor de la guerra de Iraq, y es íntima amiga de
los banqueros de Wall Street, y cambia de parecer según le conviene dado
el momento político, todo lo que puede hacer es ofrecer negaciones
inverosímiles, que harán que Trump se venga aún más arriba.
Tampoco
tiene ningún arma para ir al ataque, ya que cualquier crítica legítima
al pasado de Trump (la inconsistencia de sus opiniones políticas,
negocios sospechosos, reiterados engaños) se pueden aplicar a Clinton, y
si bien él sabe que los ataques le resbalen, ella no lo suele
conseguir. (...)
Tampoco la demografía está tan a favor de Clinton como ella piensa.
El populismo de Trump va a resonar con fuerza entre la clase trabajadora
blanca tanto en estados de mayoría demócrata como en los
mayoritariamente republicanos; puede que incluso le quite apoyos entre
los negros. Y Trump ya ha probado que el vaticinio de que alienaría a
los votantes evangélicos con su vulgaridad y su manera auto deificarse
es falsa.
Los demócratas insisten en repetir su creencia de que una
nominación de Trump movilizaría a los liberales para volcarse como nunca
en las urnas, pero el escaso entusiasmo por la candidatura de Clinton
hace verosímil un escenario en el que mucha gente encuentre ambas
posibilidades tan poco atractivas que opte por quedarse en casa.
De modo que una partida entre Clinton y Trump no solo debería asustar
a los demócratas. Tendría que aterrorizarles. Deberían hacer todo lo
que puedan por evitarla. Una lucha entre Trump y Sanders parece, por el
contrario, muy diferente.
Los diversos medios innovadores para el ataque se harían
instantáneamente mucho menos útiles si se presentase contra Sanders. Las
acusaciones más personales (falta de credibilidad, corrupción,
hipocresía) son mucho más difíciles de hacer. La larga historia de
negocios sospechosos directamente no existe. La sordidez con la que
trafica Trump no tiene encaje con Bernie.
Tiene mucho menos material
para ejecutar su rutina de comediante de bar. Sanders es un tipo
bastante transparente; le gusta el estado del bienestar, y no le gusta
la oligarquía, es un adicto al trabajo que de vez en cuando se toma un
descanso para jugar al baloncesto, y eso es prácticamente todo. No hay
comparación con la jugosa lista de chismes anteriormente mencionados que
rodean a Clinton.
Trump no puede hacer el ganso tanto como acostumbra en un debate
contra Sanders, por la simple razón de que Sanders está empecinado en
ceñirse en cada conversación a los apuros que pasan los pobres en
América bajo el sistema económico vigente.
Si Trump cuenta chistes y
hace el bobo en ese caso, parecería que se ríe de los pobres, lo cual no
es una idea demasiado buena para un multimillonario de fidecomiso que
estudió en la Ivy League y se enfrenta a un funcionario de clase
trabajadora que es veterano del Movimiento por los Derechos Civiles.
Muy al contrario, Trump se verá obligado a hacer lo que Hillary
Clinton ha hecho durante las primarias, que es sonar lo más parecido que
pueda a Bernie Sanders. Que Trump tenga que ponerse serio y desconectar
el Show de Trump sería devastador para su peculiar atractivo
carismático.
Contra Trump, Bernie puede jugar la misma carta de la experiencia que
Hillary usa contra él. Al fin y al cabo, si bien Sanders parece un
amateur político al lado de Clinton, ante Trump parece un estadista sin
parangón. Sanders puede hacer referencia a su éxito como alcalde y su
largo historial como líder de reformas importantes en el congreso como
prueba de su bona fides administrativo.
Y la escasa experiencia que
tiene en política internacional no le hará mella frente a alguien que
tiene aún menos. Sanders será lo suficientemente ‘outsider’ para el
tirón del populismo ‘anti-Washington’ entre los desamparados, y lo
suficientemente ‘insider’ como para presentarse como alguien con
experiencia de gobierno.
Trump es un parásito sediento de atención, y esas criaturas solo
prosperan cuando se le consiente y se les presta atención. Clinton se
verá obligada a prestar atención a Trump por las constantes referencias
de este a los escándalos que le rodean. Intentará ir a por él. En otras
palabras, alimentará a la bestia. Sanders, por el contrario, se
comportará a buen seguro como si Trump no estuviera presente.
Es difícil
que baje al barro para pelearse con Trump, porque Sanders ni se molesta
en escuchar nada que no tenga que ver con salvar la Seguridad Social o a
la clase media que se va evaporando. Casi con total seguridad, actuará
como si no supiera quién es Trump. Los anuncios de Sanders serán
similares a los que ya ha presentado en las primarias, mostrando
imágenes de América en positivo, del sentimiento de aspiración de lo que
podemos ser juntos y testimonios emocionantes de estadounidenses
comunes.
Una dosis de tan genuina dignidad y buenos sentimientos frente a
la retórica racista y payasa de Trump será como regar de agua un
incendio. Hillary Clinton no puede hacer eso; con ella, la campaña
descenderá de manera inevitable a las cloacas, y el amenaza imparable e
hinchada de Trump seguirá creciendo.
Sanders es por tanto un arma secreta casi perfecta contra Trump.
Puede ejecutar la única maniobra capaz de neutralizar a Trump:
ignorarlo y centrarse en los problemas reales de la gente. Más aún,
Sanders tendrá la ventaja de contar con un ejército de jóvenes
voluntarios, que estarán entregados a la causa de hacer descarrilar el
tren hacia la Casa Blanca de Trump.
El equipo de Sanders es
extremadamente hábil técnicamente; todo, desde sus anuncios televisivos
hasta cómo organizan los mítines, pasando por su uso de las redes
sociales está ejecutado con maestría. El equipo de Sanders es hábil y
tiene capacidad de adaptación, y el de Clinton chungo y torpe.
Por supuesto, los estadounidenses siguen teniendo sus recelos respecto
al socialismo. Pero son mucho menos recelosos que antes, y a Bernie se
le da bien describir el socialismo como poco más que el permiso de
paternidad y la baja por enfermedad (lo cual es discutible, pero no
viene al caso). Sus políticas son populares y apelan al sentimiento
nacional prevalente.
Es obvio que se trata de un riesgo. Pero el
fantasma de la Unión Soviética desapareció hace tiempo y a todo el mundo
se le llama socialista hoy en día, sin importar sus ideas políticas. Es
posible que los indecisos desdeñen al socialismo más que a Hillary
Clinton, pero en tiempos de descontento económico, no conviene apostar a
que sea así. (...)
Donald Trump es uno de los rivales más formidables de la historia de la
política estadounidense. Es agudo, descarado y carismático. Si resulta
nominado, los demócratas necesitan tomarse muy en serio cómo derrotarle.
Si no lo hacen será Presidente de los Estados Unidos, lo cual tendrá
repercusiones desastrosas para las minorías raciales y religiosas, y
probablemente para la sociedad en su conjunto. Los demócratas deberían
analizar con cuidado cómo se desarrollaría una lucha entre Trump y
Clinton, y su alternativa, entre Trump y Sanders.
Por su propio bien,
ojalá se den cuenta de que la única manera de prevenir una presidencia
de Trump pasa por nominar a Bernie Sanders." (Nathan J. Robinson , La versión original de este artículo está publicada en Current Affairs , 02/February/2016) , en CTXT, 16/marzo/2016)
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