"Desde hace tiempo, algunos bancos centrales vienen aplicando tipos de
interés negativos a los depósitos que en ellos realizan los bancos
privados. Y eso mismo ha ocurrido con títulos de deuda pública que
diversos países (entre ellos España) han emitido últimamente.
Incluso
algunos bancos comienzan a cobrar a sus clientes en lugar de
retribuirles por sus depósitos, hasta el punto de que muchas personas
que tienen grandes sumas de dinero en países como Japón o Alemania han
empezado a comprar masivamente cajas de caudales para mantener sus
fortunas en metálico.
El significado de los tipos de interés negativos es bastante claro:
los prestamistas, en lugar de recibir una retribución por prestar a
alguien, han de pagar por hacerlo. Y los depositantes, en lugar de ganar
dinero cuando dejan sus fondos en una entidad, deben pagar también por
mantener su dinero depositado en el banco. El mundo financiero al revés
de lo que siempre habíamos conocido.
Se trata sin duda de una anomalía y puede parecer un sin sentido
pero, en realidad, es hasta cierto punto normal que algo así ocurra
cuando las economías y las finanzas se encuentran desde hace tiempo en
una situación tan irregular, y casi al límite, como la actual.
La primera razón que explica que el precio del dinero sea negativo es
su abundancia, la impresionante expansión de los medios de pago y de
los depósitos bancarios que se ha producido en los últimos años.
Esa creación gigantesca de dinero se ha producido cuando los bancos
centrales han inyectado billones de dólares en los bancos privados con
la intención de tapar el agujero patrimonial que ellos mismos se
produjeron al acumular la ingente cantidad de basura financiera que dio
lugar a la crisis. La inyección se ha producido o bien a base de
préstamos billonarios prácticamente regalados o de compras masivas de
sus títulos para “reciclar” esa basura.
Los bancos centrales se han ido
quedando así con la porquería acumulada por la banca privada a precio
sobrevalorado (gracias a que previamente les habían permitido
mantenerlos en sus balances valorados a su precio de adquisición y no al
mucho más bajo de mercado) y “a cambio” los bancos recibían billones de
dólares.
Eso es lo que se ha traducido en la subida impresionante de
los depósitos de los bancos privados en los bancos centrales que
multiplica como la espuma la base monetaria.
Teóricamente, esas inyecciones deberían servir, según la explicación
oficial de las autoridades, para que los bancos concedieran más
créditos. Una explicación simplista y falsa, por no decir que
sencillamente estúpida: la economía mundial (no solo la de Estados
Unidos) hubiera reventado si toda esa cantidad de billones (4,7 veces
más que la que había a finales de 2006) se hubiera diseminado por la
economía de verdad y tan rápidamente como se creó.
Los precios se
hubieran disparado, cuando lo que ocurrió fue todo lo contrario, que la
mayoría de las economías entró en deflación. Lo que buscaban era pura y
simplemente rescatar a la banca cuando podrían haber rescatado a la
gente con mucho menos dinero.
Lo cierto (y esa es la segunda explicación de los tipos negativos) es
que la crisis reciente y la desigualdad de los últimos decenios ha
debilitado en grado sumo las alternativas de inversión productiva.
Aunque ha habido un cierto incremento del crédito, ni éste ha sido todo
el que se corresponde con el aumento de la base monetaria que acabo de
señalar, ni el suficiente para reactivar la economía.
En Europa, la
situación es particularmente curiosa al respecto porque las economías
que más ahorran (Alemania y Holanda) apenas invierten y son las que
generan así la abundancia de fondos ociosos: es decir, ellas mismas
provocan los tipos bajos de los que luego se quejan.
La tercera razón que hace que una anomalía como los tipos negativos
se mantengan es el predominio de la especulación. En principio y en
condiciones normales, a ningún inversor le debería interesar colocar sus
fondos a tipos negativos. Pero pueden interesar como apuesta cuando la
hacen inversores especulativos tan poderosos que ellos mismos pueden
generar tendencias alcistas de las que se aprovechan casi
instantáneamente.
Además, con las finanzas patas arriba como están, con la gran
incertidumbre dominante y con la ausencia de alternativas productivas
rentables, tener el dinero sin utilizar también tiene un coste, de modo
que los tipos negativos se explican también porque los inversores
siempre preferirán perder un poco que perder más. Sobre todo, como acabo
de decir, si se encuentran en medio de una dinámica especulativa
permanente. (...)
Por el contrario, y por las mismas razones, los tipos de interés
negativos son un incentivo para que siga aumentando el endeudamiento que
tanto dicen querer controlar: el privado con el que se llevan a cabo
las operaciones especulativas de todo tipo (las verdaderamente rentables
cuando la desigualdad ha debilitado los mercados de bienes y servicios)
y el de los gobiernos.
Así que, al final, los tipos negativos no hacen
sino aumentar la deuda que es el gran negocio de la banca y lo que los
banqueros tratan de que crezca, sobre todo, cuando la banca
internacional está totalmente quebrada desde hace tiempo y no es sino un
zombi al que mantienen artificialmente los gobiernos y los grandes
organismos internacionales por todos los medios posibles que tienen a su
alcance. Y que son muchos gracias al extraordinario poder político y
mediático que han acumulado.
Pero, desde otro punto de vista, los tipos negativos suponen un grave
inconveniente para los bancos (aunque aumente su negocio, como acabo de
señalar). Para poder mantener sus márgenes y beneficios deben recurrir a
otros mecanismos que traen también consecuencias negativas, como la
subida de las comisiones, las operaciones de maquillaje para ocultar
nuevas pérdidas patrimoniales y los recortes de personal o de sucursales
para reducir gastos que, a la postre, terminan limitando su propio
éxito comercial.
Y si llega a generalizarse que los bancos cobren a los
clientes por sus depósitos (como ya está pasando en algunos de ellos)
será inevitable que se produzcan retiradas de fondos que darán lugar a
que la insolvencia bancaria (que ya es un hecho) se haga indisimulable y
patente ante todo el mundo. (...)
Otro efecto negativo que tienen los tipos negativos es que cuando el
coste de la financiación es menor los inversores lógicamente pueden
optar por productos más arriesgados, pues el coste financiero más bajo
les compensa la mayor probabilidad de pérdida por el riesgo. Y eso es lo
que hace que de la mano de tipos de interés negativos la economía
financiera mundial en su conjunto se esté haciendo todavía más volátil y
peligrosa.
La pregunta obligada ante todo esto es evidente: si la existencia de
tipos de interés negativos tiene estos riesgos o perjuicios ¿por qué los
bancos centrales los mantienen así y no los suben cuanto antes?
No es fácil responder en unas pocas líneas a esa pregunta fundamental
pero apuntaré algunas hipótesis que a mi juicio pueden explicar la
situación.
En primer lugar, porque a los bancos centrales no les queda más
remedio que inyectar medios de pago para que las economías no se vengan
abajo estrepitosamente. (...)
En segundo lugar, recurren a los tipos negativos porque la
concentración cada vez mayor de la renta en grupos que solo gastan en
consumo una parte muy pequeña de lo que ganan ha debilitado la actividad
económica dedicada a producir bienes y servicios y eso se traduce en
una deflación (precios a la baja) que tratan de evitar aumentando la
masa monetaria.
Algo que, sin embargo, apenas van a lograr porque para
que subieran los precios el dinero creado por los bancos tendría que ir a
la economía y no quedarse en los depósitos o los balances de los bancos
privados, tal y como señalé antes.
En tercer lugar, porque, como ya he dicho, gracias a esa masiva
creación de dinero aumenta la deuda que es el negocio de la banca, de
modo que se permite así que los banqueros sigan ganando cifras fabulosas
de dinero a pesar de que sus negocios están materialmente quebrados. Un
portentoso juego de manos que los bancos centrales y los banqueros
perpetran ante nuestros ojos sin que apenas nadie se dé cuenta del
engaño. (...)
Finalmente, hay que tener en cuenta las condiciones en las que se
mueven la economía mundial y las finanzas en particular en los últimos
años y, sobre todo, tras la crisis.
Entre otras, la hipertrofia de la
circulación monetaria que ha descompensado cada vez más la relación
entre la economía real y las finanzas; la espiral de una deuda
extraordinariamente peligrosa y que se ha convertido en un fin en sí
mismo porque es el gran negocio de la banca; la especulación
generalizada a base de operaciones realizadas en milisegundos; y la
desigualdad creciente que debilita la producción de riqueza, el comercio
y el negocio productivo.
Todas esas condiciones han sido muy exitosas
desde el punto de vista de reforzar la ganancia y el poder de los grupos
económicos más poderosos, de las elites de todo el planeta pero han
dado al traste con el “orden” económico que hasta ahora podía explicar y
ayudar a gobernar la “sabiduría” económica convencional dominante.
Desde hace un tiempo, y sobre todo tras la crisis como acabo de decir,
no tienen ya una guía de acción que les asegure que van a poder gobernar
la nave de la macroeconomía sin nuevos y cada vez mayores sobresaltos.
Como dijo en su día el expresidente de la Reserva Federal Alan
Greenspan, la crisis no solo colapsó la economía sino “nuestra
estructura mental”.
Ahora, como reconoció hace unos días la actual
presidenta de ese organismo, Janet Yellen, la macroeconomía presenta
rasgos completamente nuevos antes los cuales sirven de muy poco los
instrumentos de expansión y estabilización hasta ahora utilizados. Van a
la deriva porque ni saben el efecto de lo que hacen ni lo que tendrían
que hacer para salir de dónde nos han llevado sus políticas erróneas
anteriores y la codicia de la banca.
En definitiva, los tipos de interés son una anomalía. Desde luego que
sí pero no solo eso: son una expresión más del desorden que crea el
capitalismo de nuestra época.
Lo que no sabemos es por cuánto tiempo se podrá mantener tanta
sinrazón solo a base de concentrar el poder, de exprimir el trabajo
ajeno y de aumentar el endeudamiento. Los tipos de interés no pueden ser
negativos toda la vida y la deuda no puede seguir creciendo sin
explotar así que lo que queda por ver es quién y cómo le pone el
cascabel al gato."
(Versión ampliada del artículo con el mismo título publicado en Noticias Obreras, número 1.588 de octubre de 2016, en Juan Torres López, 29/10/16)
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