"El Apocalipsis ha sucedido. Donald Trump ha ganado las elecciones. Pero, sobre todo, ha perdido el Partido Demócrata. (...)
Los demócratas tenían el apoyo de Wall Street, de la prensa, del
establishment político y militar, de Silicon Valley, Robert de Niro,
Michael Moore, Jay-Z, Beyoncé y Bruce Springsteen. Y han perdido con
estrépito. No solo la Casa Blanca, sino prácticamente todo el poder del
Estado: desde el legislativo –en el que los republicanos van a contar
con una cómoda mayoría en ambas cámaras— al judicial (...)
¿Cómo es posible? En los ocho años de gobierno de Obama, se han
terminado imponiendo dos características aparentemente contradictorias,
que solo analizadas en su conjunto ayudan a arrojar luz sobre el enigma
del fracaso demócrata: se trata de la arrogancia y la obsesión por el
consenso.
La arrogancia demócrata
Los demócratas han desplegado una descomunal arrogancia, al menos en
dos sentidos. Para empezar, han sido soberbios con su base política
tradicional: la clase trabajadora.
Lo viene denunciando Thomas Frank, cuyo libro Listen, Liberal
está escrito como una desesperada advertencia a los demócratas, y hoy
debería ser de lectura obligatoria como manual de instrucciones para la
autopsia del cadáver.
La arrogancia de clase de los demócratas,
documentada exhaustivamente por Frank, que sostiene que el partido se ha
convertido en el representante de las élites de profesiones liberales,
tiene que ver con un cálculo electoral fundamentado en otra arrogancia:
la demográfica.
Los New Democrats abandonaron, ya en los 80 pero de manera
decisiva con Bill Clinton, al electorado trabajador blanco que había
fundamentado sus mayorías, porque creyeron que el país iba en otra
dirección. En poco tiempo, los profesionales liberales de sueldos altos
(médicos, ingenieros, agentes de bolsa, economistas…) pasaron de ser el
segmento de población más fiel al Partido Republicano a abrazar con
igual entusiasmo a los demócratas.
Por la misma avenida por la que circulaban los profesionales
liberales, pero en la dirección opuesta, desfiló la clase obrera blanca
que anoche hizo presidente a Trump. La arrogancia demográfica consistió
en dar por hecho que el agujero electoral que dejaban los trabajadores
blancos lo iban a ocupar, con creces, las minorías.
Thomas Edsall,
veterano periodista de The New York Times, The Washington Post y The New Republic,lleva
décadas documentando el creciente desencanto de los obreros blancos con
los demócratas, por los que, señala Edsall, se sienten abandonados en
favor de los negros, los latinos o el colectivo LGBT.
Dados los flujos migratorios, y sobre todo las tasas de natalidad de
diversos grupos, Edsall prevé que para 2043 los Estados Unidos sean un
país ‘majority-minority’, en el que los blancos pasen por primera vez a
ser minoría.
Preparándose para ese momento, los demócratas, que nunca
fueron un partido ‘de clase obrera’ pero contaban con los sindicatos
para forjar mayorías, eliminaron la justicia económica de su programa y
de su horizonte político, a favor de otras justicias.
En los sueños de
los estrategas del partido, un electorado más diverso, seducido por
políticas amables con los derechos civiles, permitiría a los demócratas
cuadrar el círculo, representando desde la ‘modernidad’ un bloque
electoral que aunara a los ejecutivos de las empresas tecnológicas y a
las negras lesbianas del Bronx. El tiempo les daría la razón. Pero la
política no es demografía. (...)
Obsesión por el consenso
Con mayoría absoluta en ambas cámaras, cuando podía gobernar como
quisiera, Obama decidió ser el presidente del consenso. “La elección de
personal es política”, reza un viejo refrán de la política
estadounidense. Pero la querencia de Obama por desproveer de conflicto
partidista a la política trascendió con mucho sus nombramientos para la
Secretaría de Estado o el Consejo Nacional de Economía.
Obama ofreció a
los republicanos, que estaban en la UVI política, un ‘Grand Bargain’,
dilapidando sus dos años de mayoría absoluta legislativa demócrata al
buscar consensos imposibles en economía, su reforma sanitaria o el
cierre de Guantánamo. La Derecha, maximalista por naturaleza, olió la
sangre y no cedió ni agua.
Brecha blancos-negros
Como señaló en 2011 el entonces corresponsal de The Guardian
en EEUU, Gary Younge, “la brecha económica entre los blancos y negros
ha aumentado desde que Barack Obama llegó al poder”. (La tendencia ha
continuado durante sus ochos años de mandato).
Younge añadía: “Bajo su
presidencia, el desempleo, la pobreza y los desahucios entre los negros
están en su niveles más altos en más de una década”. Younge, británico
de raza negra y una de las firmas más clarividentes a la hora de
entender la división racial en EEUU, sentenciaba:
“Millones de niños negros pueden aspirar a la presidencia ahora que hay
un negro en la Casa Blanca.
Pero dicha trayectoria es menos probable
para ellos hoy de lo que era durante el mandato de Bush. Ahí descansa lo
que en el mejor de los casos es una paradoja y en el peor la gran
contradicción de la base social que aupó al poder a Obama. El grupo que
más le apoya –los negros— es al que peor le va bajo su mandato”.
Ese año vio florecer dos movimientos de protesta radicalmente
opuestos, pero con un elemento en común. Tanto Occupy Wall Street como
el Tea Party reclamaban un rechazo a las élites y una política de
confrontación que Obama, estaba claro, no estaba dispuesto a ofrecer.
Mientras tanto, los republicanos escupían sobre el brazo tendido de
Obama, negándole cualquier victoria ‘bipartidista’, y afilando los
cuchillos para 2010. La estrategia funcionó a la perfección. (...)
Obama ganó en 2008 con 69,4 millones de votos. El martes, Clinton obtuvo
59,8. En 2008, los demócratas tenían un poder casi absoluto, y el
mandato ciudadano para gobernar sin miedo a las élites. Ocho años
después, con diez millones de votos perdidos por el desagüe, están
desahuciados. La arrogancia y la obsesión por el consenso han matado al
Partido Demócrata. (...)
En un momento en el que la desigualdad se aproxima a niveles de los años treinta, y en el que la Universidad de Princeton declara que
los Estados Unidos no son ya una democracia, sino una oligarquía, el
partido progresista ha logrado situarse en el imaginario colectivo el
defensor del sistema que victimiza a la que un día fue su base
electoral.
Para coronar tamaña proeza, el partido eligió a la candidata con más
lastre, menos capacidad de ilusión, y probablemente menos conectada con
los problemas de la clase trabajadora de su historia: Hillary Clinton.
Eran las elecciones del tiempo político abierto por el Tea Party y
Ocuppy Wall Street. Los demócratas tuvieron su oportunidad para
presentar a un candidato más acorde con los anhelos de la clase
trabajadora: Bernie Sanders. La desaprovecharon.
Durante la campaña, Hillary Clinton jugó a empatar un partido que
reclamaba encerrar al adversario en su área. Agobiada por los numerosos
escándalos que le rodean, rehuyendo el papel de mujer política en un
panorama en el que los Estados Unidos podrían haber elegido a su primera
presidenta, Clinton y su partido no han sido capaces de ofrecer nada
más que ‘más de lo mismo’.
Al Partido Demócrata le toca hacer penitencia y refundarse. El
liberalismo corporativo inaugurado por Bill Clinton ha muerto con la
derrota de su mujer, Hillary, en las urnas. Habrá voces entre los
demócratas que aboguen por un giro a la derecha, por mostrar una cara
más dura en inmigración (¿más dura que la de una administración que ha
deportado hasta agosto 2,8 millones de inmigrantes,
más que ninguna otra en la historia del país?), por ejemplo. Se
equivocarán.
Los demócratas tienen dos años para ilusionar a su
electorado antes de las elecciones de mitad de mandato de 2018. Solo es
verosímil que lo logren recuperando la bandera de la redistribución
económica. (...)
China, China, China
Trump, que perdió el voto popular, ganó la presidencia por el
paupérrimo resultado de Clinton en los antiguos feudos demócratas del
‘Rust Belt’, el cinturón industrial que era un histórico bastión
demócrata. Pero su victoria va más allá.
Se entiende todavía mejor si se
superpone al mapa
de la desindustrialización del país, que ha visto cómo se cerraban en
masa minas, fábricas, no solo en Ohio y Pensilvania, o West Virginia,
sino también en estados de la región de los Apalaches, como Carolina del
Norte, el Medio Oeste, como Iowa, o el Sureste, como Louisiana.
Cuando Trump hablaba obsesivamente de China y México en sus mítines y
echaba en cara a Clinton la firma del tratado comercial NAFTA durante
los debates, sabía lo que hacía. Estaba activando la pulsión de un
electorado que se siente, en palabras de Arlie Russell Hochschild, la autora del otro libro de lectura obligatoria para el momento, extranjero en su propia tierra.
Una vez más, llegó primero el abandono de ese electorado por parte de
los demócratas y solo después –-décadas después— el triunfo de Trump en
esos feudos. Es una historia conocida, y que no entiende de fronteras:
pregúntenselo al Partido Socialista francés o a los laboristas
británicos, que tienen en Marine Lepen y Nigel Farage a sus Trumps
particulares.
Como ellos, Trump utiliza el comercio como subterfugio
para afrontar los verdaderos problemas de sus sociedades. Son tan
estadounidenses los ricos que deciden producir lo que venden en China
como los trabajadores que se quedan sin empleo con la deslocalización de
la producción. Pero hincarle el diente a esa contradicción supondría
hablar de clase, cosa que los demócratas no hacen desde… Bernie Sanders.
¿Uno de los nuestros?
Observar la victoria de Trump desde el Nueva York cosmopolita y liberal, y a través de medios como The New York Times o The New Yorker ha sido como ver hundirse al Titanic
desde los ojos del director de la orquesta. Las élites liberales no
entienden qué ha sucedido. Viven en un país que les es ajeno, como los
protagonistas del libro de Arlie Russell Hochschild. (...)" (Álvaro Gúzmán Bastida, CTXT, 10/11/16)
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