"Sesenta millones de estadounidenses votaron a Donald Trump,
y cada uno lo votó por sus propios motivos. Algunos estaban enfadados o
asustados, sin más; otros, indiferentes a la furia desatada contra su
candidato, ansiaban un cambio político y, sin duda, también hubo muchos
que agradecieron la oportunidad de volcar su resentimiento sobre los que
no son como ellos. (...)
Los demócratas se han aferrado al premio de consolación del origen de
los votos: puede que Hillary Clinton perdiera en casi todos los Estados
clave, pero recibió 600.000 más que su oponente
porque sus votantes se concentran en las ciudades grandes. Sin embargo,
hay una forma menos reconfortante de verlo: que los votantes de Trump
se distribuyen de forma más equitativa en lugares que reflejan mejor la
realidad política del país, y que los de Clinton están apiñados en
burbujas de personas que piensan lo mismo. (...)
Tras dos años de campaña, alrededor de cien mítines y muchas decenas de
miles de kilómetros llegué a estar bastante familiarizado con los
territorios que han cambiado el signo de su voto. (...)
Cuando estaba en Washington o Nueva York, no me encontraba con
prácticamente nadie que creyera posible una derrota de Clinton; pero,
cuando estaba de viaje, no me encontraba con prácticamente nadie que se
mostrara entusiasta con ella, a excepción de los que asistían a sus
actos electorales, poco concurridos en general. (...)
Edward Tucker es un carpintero jubilado de 68 años que vive en
Steubenville, una antigua y deprimida localidad siderúrgica que está
cerca de la frontera de Ohio y Pensilvania.
A principios de este año, me
dio caballerosamente su opinión mientras cargaba listones en su
camioneta; había ido al Lowes a comprar madera para una tarima que le
había encargado su esposa y, tras mencionar que no se arrepentía de
haber votado dos veces a Barack Obama, comentó: "Trump es un chiflado,
pero quiero que gane para ver qué pasa. No me gustaría que acabáramos en
guerra o algo así, pero sé que cambiará algo si llega a la presidencia,
aunque no sé qué".
Para los hombres de edad avanzada, que han visto cómo se destruía la
prosperidad de una localidad pequeña en sólo una generación, costaba
creer que las cosas pudieran empeorar; salvo por un armagedón atómico.
E, incluso así, Trump no podía decir gran cosa que los escandalizara.
Pero muchas mujeres opinaban lo mismo.
(...) muchos de sus votantes hacen lo contrario: se lo toman en serio, no
literalmente. Y, cuando oyen cosas sobre musulmanes o muros, no se
preguntan en qué van a consistir las pruebas de ciudadanía o si va a
construir la Gran Muralla china. Ellos oyen otra cosa. Oyen que vamos a
tener una política de inmigración más sana y sensata". (...)
Y es posible que el ciudadano medio de los Estados Unidos se sienta
reflejado en su forma de ser, que contrasta abiertamente con la del
cerebral Obama y la amanerada Hillary Clinton: vociferante y confusa
quizá, pero no estúpida.
A pesar de ello, tampoco se puede pecar de inocencia y
pensar que no hay un trasfondo profundamente cínico en sus pifias. Trump
emite a una frecuencia que llega a todos, y explota las tres
debilidades principales de la nación: la industria, la etnia y la
ignorancia.
Industria
Trump no ha ganado las
elecciones por un puñado de veleidosos habitantes de Florida, sino por
haber cambiado radicalmente el mapa político del Medio Oeste industrial,
más conocido como "el cinturón industrial". Los 70 votos electorales de
Wisconsin, Ohio, Michigan, Iowa y Pensilvania pesaron más que los de
Texas y Nueva York juntas. (...)
Pero la combinación de industrias cerradas, sueldos
estancados y falta de inversión en infraestructuras, que el país más
rico les niega, también ha dejado una palpable sensación de decadencia.
Hasta el centro de Filadelfia, bastión del Partido Demócrata, despliega
una impresionante exposición de herrumbre. Y las calles vacías de las
ciudades medias del Este de Iowa o del Mahoning Valley de Ohio se
contraponían a la maquinaria de Clinton, decidida a acentuar los
factores positivos frente a las advertencias de Trump sobre el
librecambismo y la "economía amañada".
Sin embargo,
la sensación de decadencia no se limita al Medio Oeste y a los
simpatizantes de Trump. Según un estudio reciente del Pew Research
Center, Goldsboro (Carolina del Norte) ha sufrido la mayor disminución
de los Estados Unidos en el grupo de personas que ganan lo suficiente
como para ser considerados de "clase media"; (...)
Fue precisamente en Goldsboro donde conocí a Latonia
Best, una mujer con tres carreras que cría a tres hijos sin ayuda de
nadie y que estuvo trabajando tres años como profesora de alumnos con
necesidades especiales.
Por desgracia, su vida tiene otro trío: los tres
trabajos que se ve obligada a hacer para salir adelante, y que le
obligaron a dejar su antiguo empleo a jornada completa en el colegio.
Ahora, es niñera los sábados y domingos y tiene dos contratos temporales
de enseñanza ambulante que la obligan a ir de casa en casa durante la
semana.
"Mis hijos no lo entienden. No comprenden que no tenga dinero
para hacer esto o aquello —dice—. Quieren saber cómo es posible que
trabaje todos los días y no lo tenga".
Para las
profesoras como Best, cuyo salario neto de 3.333 dólares y se queda con
sólo 50 a final de mes, los políticos no hablan lo suficiente sobre las
dificultades de la esforzada clase media.
"Los candidatos principales no
hablaron sobre lo que iban a hacer para mejorar nuestras vidas; por lo
menos, durante la primera fase de la campaña —me dijo Lashaudon Perkins,
colega de Best—. ¿Los Estados Unidos? Somos un país en horas bajas".
Por si todo esto parece exagerado, cabe añadir que el estudio del Pew
Research Center demostró que 203 de las 229 zonas metropolitanas de los
Estados Unidos sufrieron una disminución radical de los adultos que
viven en hogares con ingresos de clase media entre los años 2000 y 2014. (...)
la disminución se produjo en dos direcciones: algunos se
hicieron más ricos y otros, más pobres. Pero la elevada desigualdad se
muestra también en el hundimiento de la movilidad social, tanto por el
coste de la educación universitaria, que la vuelve prohibitiva para
muchas familias, como por las cada vez menores perspectivas de empleo
entre los que eligieron quedarse en "el cinturón industrial".
Sin embargo, un rico promotor inmobiliario que vive en una torre dorada
de Manhattan los convenció de que podía ser su paladín. Y, para
conseguirlo, tuvo que pulsar más botones.
Raza
Ningunas elecciones estadounidenses estarían completas sin Florida, un
Estado donde el atractivo de Trump no se puede explicar a partir de la
austeridad económica. (...)
En términos relativos, Trump obtuvo más votos de "blancos" en todo el
país que ningún presidente anterior de los Estados Unidos. Deducir de
ello que todos esos votantes son xenófobos sería tan prejuicioso como
simplista, pero tampoco se puede negar que la mayoría era consciente de
sus opiniones sobre los musulmanes y los mexicanos, del apoyo que le
había dado el Ku Klux Klan y de su actitud despectiva ante el movimiento
Black Lives Matter. (...)
Durante una fiesta celebrada en la sede de Breitbart (Washington), tuve
ocasión de conocer a un grupo de seguidores que estuvieron encantados de
debatir conmigo sobre sus teorías raciales. Yo había ido porque se
presentaba un libro sobre Trump de una compañera de viajes, Ann Coulter,
pero es posible que mi acento les hiciera creer que simpatizaba con su
causa.
"Todo el mundo dice que somos una nación de inmigrantes, pero no
es verdad. Somos una nación de inmigrantes del Norte de Europa, y no
deberíamos pagar más por el simple derecho de vivir entre los nuestros",
declaró un hombre que llevaba una camiseta de Trump. "Tienes toda la
razón —dijo la mujer que estaba a su lado—. Mi familia está aquí desde
la década de 1680". (...)
Hasta la capital, un lugar supuestamente cosmopolita, se puede mostrar
sorprendentemente intolerante. Una noche, en un McDonalds que está una
manzana de la Casa Blanca, me encontré con un hombre que regañaba a los
trabajadores hispanohablantes del local, todos precarios con sueldos
mínimos.
Se había enfadado con ellos porque carecían de la habilidad
lingüística necesaria para explicarle en inglés el contenido exacto de
la ensalada que quería pedir. "Hable americano" es una frase que
desconcertaría a los británicos, pero se oye y se ve bastante en
Trumplandia. (...)
Ignorancia
Una semana antes de las elecciones,
tomé un avión en el aeropuerto Ronald Reagan. Era mi último vuelo de la
campaña, y desayuné junto a una pareja que regresaba a Atlanta después
de que él hubiera participado en la maratón del cuerpo de Marines. La
mujer, que no dejaba de mirar las noticias de la CNN en la pantalla que
estaba sobre nosotros, comentó en determinado momento: "Había olvidado
que hay elecciones. ¿Cuándo son? ¿La semana que viene? ¿O el mes que
viene?". (...)
Se han escrito muchas cosas sobre el impacto de los modernos medios de
comunicación en la campaña. Una de esas verdades postelectorales dice
que las reiteradas falsedades de Trump se extendieron sin oposición alguna por las redes sociales y
los programas adictos a su causa. Pero la realidad dice otra cosa: que
las dos mitades ideológicas del país viven en un espléndido aislamiento. (...)
Puede que la gente esté volviendo a un periodismo más serio que el
alentado por el propio Trump, pero se equivoca quien piense que los
votantes le harían caso. Mis viajes por Trumplandia hablan de un país
que ya vive en universos paralelos; un país ansioso y aburrido que sólo
cree lo que quiere creer." (Dan Roberts
, eldiario.es, 17/11/2016
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