25.11.16

Para los que han visto cómo se destruía la prosperidad de una localidad pequeña en sólo una generación, costaba creer que las cosas pudieran empeorar; salvo por un armagedón atómico. Trump no podía decir gran cosa que los escandalizara E, incluso así, Trump no podía decir gran cosa que los escandalizara

"Sesenta millones de estadounidenses votaron a Donald Trump, y cada uno lo votó por sus propios motivos. Algunos estaban enfadados o asustados, sin más; otros, indiferentes a la furia desatada contra su candidato, ansiaban un cambio político y, sin duda, también hubo muchos que agradecieron la oportunidad de volcar su resentimiento sobre los que no son como ellos. (...)

Los demócratas se han aferrado al premio de consolación del origen de los votos: puede que Hillary Clinton perdiera en casi todos los Estados clave, pero  recibió 600.000 más que su oponente porque sus votantes se concentran en las ciudades grandes. Sin embargo, hay una forma menos reconfortante de verlo: que los votantes de Trump se distribuyen de forma más equitativa en lugares que reflejan mejor la realidad política del país, y que los de Clinton están apiñados en burbujas de personas que piensan lo mismo.  (...)

 Tras dos años de campaña, alrededor de cien mítines y muchas decenas de miles de kilómetros llegué a estar bastante familiarizado con los territorios que han cambiado el signo de su voto.  (...)

Cuando estaba en Washington o Nueva York, no me encontraba con prácticamente nadie que creyera posible una derrota de Clinton; pero, cuando estaba de viaje, no me encontraba con prácticamente nadie que se mostrara entusiasta con ella, a excepción de los que asistían a sus actos electorales, poco concurridos en general. (...)

Edward Tucker es un carpintero jubilado de 68 años que vive en Steubenville, una antigua y deprimida localidad siderúrgica que está cerca de la frontera de Ohio y Pensilvania. 

A principios de este año, me dio caballerosamente su opinión mientras cargaba listones en su camioneta; había ido al Lowes a comprar madera para una tarima que le había encargado su esposa y, tras mencionar que no se arrepentía de haber votado dos veces a Barack Obama, comentó: "Trump es un chiflado, pero quiero que gane para ver qué pasa. No me gustaría que acabáramos en guerra o algo así, pero sé que cambiará algo si llega a la presidencia, aunque no sé qué". 

Para los hombres de edad avanzada, que han visto cómo se destruía la prosperidad de una localidad pequeña en sólo una generación, costaba creer que las cosas pudieran empeorar; salvo por un armagedón atómico. E, incluso así, Trump no podía decir gran cosa que los escandalizara. Pero muchas mujeres opinaban lo mismo.

(...)  muchos de sus votantes hacen lo contrario: se lo toman en serio, no literalmente. Y, cuando oyen cosas sobre musulmanes o muros, no se preguntan en qué van a consistir las pruebas de ciudadanía o si va a construir la Gran Muralla china. Ellos oyen otra cosa. Oyen que vamos a tener una política de inmigración más sana y sensata". (...)

Y es posible que el ciudadano medio de los Estados Unidos se sienta reflejado en su forma de ser, que contrasta abiertamente con la del cerebral Obama y la amanerada Hillary Clinton: vociferante y confusa quizá, pero no estúpida. 

A pesar de ello, tampoco se puede pecar de inocencia y pensar que no hay un trasfondo profundamente cínico en sus pifias. Trump emite a una frecuencia que llega a todos, y explota las tres debilidades principales de la nación: la industria, la etnia y la ignorancia.

Industria

Trump no ha ganado las elecciones por un puñado de veleidosos habitantes de Florida, sino por haber cambiado radicalmente el mapa político del Medio Oeste industrial, más conocido como "el cinturón industrial". Los 70 votos electorales de Wisconsin, Ohio, Michigan, Iowa y Pensilvania pesaron más que los de Texas y Nueva York juntas.  (...)

Pero la combinación de industrias cerradas, sueldos estancados y falta de inversión en infraestructuras, que el país más rico les niega, también ha dejado una palpable sensación de decadencia.

Hasta el centro de Filadelfia, bastión del Partido Demócrata, despliega una impresionante exposición de herrumbre. Y las calles vacías de las ciudades medias del Este de Iowa o del Mahoning Valley de Ohio se contraponían a la maquinaria de Clinton, decidida a acentuar los factores positivos frente a las advertencias de Trump sobre el librecambismo y la "economía amañada".

Sin embargo, la sensación de decadencia no se limita al Medio Oeste y a los simpatizantes de Trump. Según un estudio reciente del Pew Research Center, Goldsboro (Carolina del Norte) ha sufrido la mayor disminución de los Estados Unidos en el grupo de personas que ganan lo suficiente como para ser considerados de "clase media";  (...)

Fue precisamente en Goldsboro donde conocí a Latonia Best, una mujer con tres carreras que cría a tres hijos sin ayuda de nadie y que estuvo trabajando tres años como profesora de alumnos con necesidades especiales. 

Por desgracia, su vida tiene otro trío: los tres trabajos que se ve obligada a hacer para salir adelante, y que le obligaron a dejar su antiguo empleo a jornada completa en el colegio. Ahora, es niñera los sábados y domingos y tiene dos contratos temporales de enseñanza ambulante que la obligan a ir de casa en casa durante la semana. 

"Mis hijos no lo entienden. No comprenden que no tenga dinero para hacer esto o aquello —dice—. Quieren saber cómo es posible que trabaje todos los días y no lo tenga".

Para las profesoras como Best, cuyo salario neto de 3.333 dólares y se queda con sólo 50 a final de mes, los políticos no hablan lo suficiente sobre las dificultades de la esforzada clase media.

 "Los candidatos principales no hablaron sobre lo que iban a hacer para mejorar nuestras vidas; por lo menos, durante la primera fase de la campaña —me dijo Lashaudon Perkins, colega de Best—. ¿Los Estados Unidos? Somos un país en horas bajas".

Por si todo esto parece exagerado, cabe añadir que el estudio del Pew Research Center demostró que 203 de las 229 zonas metropolitanas de los Estados Unidos sufrieron una disminución radical de los adultos que viven en hogares con ingresos de clase media entre los años 2000 y 2014. (...)

la disminución se produjo en dos direcciones: algunos se hicieron más ricos y otros, más pobres. Pero la elevada desigualdad se muestra también en el hundimiento de la movilidad social, tanto por el coste de la educación universitaria, que la vuelve prohibitiva para muchas familias, como por las cada vez menores perspectivas de empleo entre los que eligieron quedarse en "el cinturón industrial".

Sin embargo, un rico promotor inmobiliario que vive en una torre dorada de Manhattan los convenció de que podía ser su paladín. Y, para conseguirlo, tuvo que pulsar más botones.

Raza

Ningunas elecciones estadounidenses estarían completas sin Florida, un Estado donde el atractivo de Trump no se puede explicar a partir de la austeridad económica.  (...)

En términos relativos, Trump obtuvo más votos de "blancos" en todo el país que ningún presidente anterior de los Estados Unidos. Deducir de ello que todos esos votantes son xenófobos sería tan prejuicioso como simplista, pero tampoco se puede negar que la mayoría era consciente de sus opiniones sobre los musulmanes y los mexicanos, del apoyo que le había dado el Ku Klux Klan y de su actitud despectiva ante el movimiento Black Lives Matter.  (...)

Durante una fiesta celebrada en la sede de Breitbart (Washington), tuve ocasión de conocer a un grupo de seguidores que estuvieron encantados de debatir conmigo sobre sus teorías raciales. Yo había ido porque se presentaba un libro sobre Trump de una compañera de viajes, Ann Coulter, pero es posible que mi acento les hiciera creer que simpatizaba con su causa.

 "Todo el mundo dice que somos una nación de inmigrantes, pero no es verdad. Somos una nación de inmigrantes del Norte de Europa, y no deberíamos pagar más por el simple derecho de vivir entre los nuestros", declaró un hombre que llevaba una camiseta de Trump. "Tienes toda la razón —dijo la mujer que estaba a su lado—. Mi familia está aquí desde la década de 1680".  (...)

Hasta la capital, un lugar supuestamente cosmopolita, se puede mostrar sorprendentemente intolerante. Una noche, en un McDonalds que está una manzana de la Casa Blanca, me encontré con un hombre que regañaba a los trabajadores hispanohablantes del local, todos precarios con sueldos mínimos.

 Se había enfadado con ellos porque carecían de la habilidad lingüística necesaria para explicarle en inglés el contenido exacto de la ensalada que quería pedir. "Hable americano" es una frase que desconcertaría a los británicos, pero se oye y se ve bastante en Trumplandia.  (...)

Ignorancia

Una semana antes de las elecciones, tomé un avión en el aeropuerto Ronald Reagan. Era mi último vuelo de la campaña, y desayuné junto a una pareja que regresaba a Atlanta después de que él hubiera participado en la maratón del cuerpo de Marines. La mujer, que no dejaba de mirar las noticias de la CNN en la pantalla que estaba sobre nosotros, comentó en determinado momento: "Había olvidado que hay elecciones. ¿Cuándo son? ¿La semana que viene? ¿O el mes que viene?". (...)

Se han escrito muchas cosas sobre el impacto de los modernos medios de comunicación en la campaña. Una de esas verdades postelectorales dice que las reiteradas falsedades de Trump se extendieron sin oposición alguna por las redes sociales y los programas adictos a su causa. Pero la realidad dice otra cosa: que las dos mitades ideológicas del país viven en un espléndido aislamiento. (...)

Puede que la gente esté volviendo a un periodismo más serio que el alentado por el propio Trump, pero se equivoca quien piense que los votantes le harían caso. Mis viajes por Trumplandia hablan de un país que ya vive en universos paralelos; un país ansioso y aburrido que sólo cree lo que quiere creer."                (  , eldiario.es, 17/11/2016

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