"(...) Trump es un desborde de la normalidad y por eso ha funcionado tan bien
en el mundo hiperbólico de la televisión y el espectáculo, donde, no
ahora, sino desde hace décadas, vienen confinándose y recreándose los
conflictos políticos.
En el plató televisivo Trump ha pulverizado, por
su experiencia y también por exceso, el concepto clásico de
representación. Mucha gente ha presenciado el show como un duelo
entre el auténtico Trump y la impostora Hillary.
El problema es que esa
gente no ha dejado de creer en los actores profesionales para descubrir
siempre a la persona peligrosa que hay detrás, sino para creerse
directamente a uno de los personajes. El exceso de teatralización en la
política ha vuelto más verosímil al histrión recién llegado que a la
actriz profesional a la que al cabo de tantos años se le veían los
trucos. (...)
Trump se ha hecho eco del grito de dolor de una parte de la clase obrera
blanca del interior y del miedo de las clases medias que con la crisis
han perdido o ven amenazado su estatus. Su habilidad ha consistido en
canalizar esa rabia y frustración en distintas direcciones, pero
aprovechando algunos cauces que ya existían.
Buena parte de la ira la ha
proyectado hacia abajo, hacia el inmigrante recién llegado o sin
papeles. Para ello ha cogido el relevo de las leyes migratorias de Bush,
ha reavivado la asociación entre islam y terrorismo post 11S y ha hecho
uso de un repertorio muy socorrido en la larga tradición de la derecha
reaccionaria y xenófoba también europea: la construcción del chivo
expiatorio, la supuesta amenaza a una identidad nacional idealizada, el
miedo a perder lo poco que se tiene si se incorpora más gente al reparto
de escasez o el alivio sádico que a algunos proporciona desquitarse de
la humillación que te inflige el de arriba reproduciéndola sobre el de
abajo.
Otra parte de la rabia la ha proyectado muy parcialmente hacia
arriba, hacia un sector de las finanzas. Obviamente no lo ha hecho desde
una perspectiva social y redistributiva, sino explotando el victimismo
del falso emprendedor que quiere montar su negocio para dar trabajo y no
recibe el crédito de unos pocos codiciosos, que nunca tienen nombre y,
según él, tampoco clase social.
Finalmente, buena parte de esa rabia se ha proyectado sobre la clase
política en general y la demócrata en particular. A lo primero han
ayudado los altos niveles de corrupción de Washington, pero también el
espejismo de la completa autonomía de la política y la consideración del
político como responsable de todos los males y depósito fundamental de
la hostilidad; un discurso muy neoliberal y mainstream también en
Europa, pensado para que esta hostilidad nunca llegue a los grandes
empresarios que, como él, mandan en el día a día de la gente.
En cuanto a
lo segundo, Trump ha recogido el hastío creciente frente al clasismo y
la prepotencia cultural de la progresía demócrata de la costa este,
aquella que desde su cómoda vida de profesionales reconocidos e
ilustrados defendía en abstracto los derechos (básicamente culturales)
de las minorías, daba por muerta a la clase obrera y se burlaba de la
cerrazón de los rednecks del interior.
La candidata Hillary
Clinton era un acopio de todo aquello que venía siendo objeto de fobia y
de lo que podía ser acusada por aquel que, reuniendo vicios quizá
peores, no iba a ser tachado de lo mismo: la política profesional de
toda la vida, la lobbista de Wall Street partidaria del libre
comercio, la demócrata a favor de la guerra global y la progresista
intelectualmente soberbia frente al payaso ignorante con el que se han
identificado, de manera más bruta o inteligentemente cínica, quienes
venían sufriendo idéntico desprecio.
Habrá que tomar nota del
agotamiento, también en España, de una progresía que ha dejado de
entender el mundo porque lo mira a través de sus privilegios y que tras
tanto tiempo disfrutándolos es objeto de un rechazo popular creciente.
También de cómo ese rechazo popular ha llevado a algunos a ver con
mejores ojos a una derecha que los ostenta de manera natural. (...)
Hillary era la representante de una normalidad que genera sufrimiento y
cuya desigualdad extrema ya no puede ocultarse bajo el discurso, ahora
translúcido, de una supuesta moderación. Esos discursos tan prudentes
como herméticos olvidan, consciente o inconscientemente, que ahí fuera
hay mucha gente machacada, hastiada o asustada dispuesta a arriesgarse a
un cambio aunque sea a peor, así como una colección de oportunistas
preparados para brindarles esa oportunidad llevando al extremo los mitos
de su cotidianidad, el Make america great again en el caso de
Trump.
Por eso no se puede aspirar a frenar a la bestia desde una
actitud defensiva y conservadora que la presenta como una amenaza para
un orden que a muchos les resulta ya insufrible, sino a la ofensiva,
presentándola como un subproducto (o sobreproducto) de este. (...)
No hay que culpar a la gente desesperada que vota barbaridades desde
ninguna actitud de superioridad, pero tampoco exculparla desde cualquier
comprensión paternalista igual de despreciativa.
Hay que entender que
cuando la gente está mal y quiere cambiar algo lo hace con los recursos
políticos y culturales, con los valores e imaginarios que tiene más a
mano, y que la mayor parte de las veces estos no son los valores e
imaginarios fraternos y emancipadores de las asociaciones vecinales,
movimientos sociales, fundaciones culturales, partidos o sindicatos que
en la mayoría de los países occidentales han venido retrocediendo (por
acoso ajeno y errores propios) en las últimas décadas.
La rabia, en el
caso concreto de EEUU, es que en estos años se había producido una
reactivación de estos movimientos e imaginarios liberadores (Occupy Wall
Street, protestas contra los tratados de libre comercio, Black lives matter)
que reconectaba con la larga y fértil tradición de luchas por los
derechos civiles y sociales que tan bien nos contó Howard Zinn en su La otra historia de los Estados Unidos. Buena parte de ese impulso dio energía y posibilidad de triunfo (que no garantía) a la candidatura de Bernie Sanders. (...)
Hacen falta liderazgos populares atrevidos y nada remilgados que hablen
claro y entusiasmen, pero la pasión, para ser emancipadora, necesita ser
una pasión razonada, socialmente activa y organizada. En los últimos
días en Europa hay quien se consuela presentando a Trump como un animal
genuinamente americano (qué lejos queda la memoria de Jesús Gil o Silvio
Berlusconi y qué poco nos estamos tomando en serio el avance de Marine
Le Pen). En el caso de España nos repetimos para aliviarnos que aquí no
ha habido neofascismo gracias al antídoto del 15M.
Y eso es cierto, pero
no se puede vivir toda la vida de las rentas. El antídoto del 15M va
perdiendo propiedades a medida que se han ido desarticulando los
espacios de aprendizaje, confraternización y resistencia de la gente y
habrá que ver, cuando llegue más pobreza, desigualdad, miedo y
frustración, qué va a tener a mano, además de la televisión, para
enfrentarlo.
No nos fiemos sin más de la gente, de nosotros, ni dejemos
de confiar en ella. “Soy basura/ pero aún sigo levantando este pequeño
ramo de flores salvajes / la democracia está llegando ya a EEUU”,
cantaba Leonard Cohen." (Juan Andrade , CTXT, en Rebelión, 22/11/16)
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