22.11.16

La que se está liando en España... la mayoría de la gente comienza a percibir el empobrecimiento como una forma de desposesión de las clases medias y populares por parte de las élites.

"(...) Hemos entrado en el análisis de si las clases populares han sido decisivas, de si lo han sido las medias, de si la culpa es de la televisión partidista o de una población poco formada que se cree las soluciones sencillas a los temas complejos.

 Pero de lo que se ha hablado muy poco es de lo que realmente piensan esas personas, de sus preocupaciones, temores, aspiraciones y deseos.

Se han publicado recientemente dos estudios ('Entre la austeridad y el malestar' y 'De la moral del sacrificio a la conciencia de la precariedad'), ambos firmados por los sociólogos Luis Enrique Alonso, Carlos Jesús Fernández y Luis Ángel Rojo, que entran de lleno en este terreno y describen los discursos dominantes entre los españoles con notable precisión. 

Llevan años entrevistando a esa gente común que ha sufrido la recesión, y han recogido cuáles son sus discursos y cuáles han sido las variaciones en ellos desde que se inició la crisis hasta la fecha.

El desclasamiento

En ambos artículos, se aprecia una transición evidente en las formas de pensar causadas por varios factores, pero siempre ligadas al desclasamiento, esto es, al descenso en la escala social.  (...)

La crisis supuso la introducción del miedo en la sociedad. La gente comenzó a reducir los consumos considerados superfluos (como tabaco o cine), pero también introdujo restricciones en gastos que se entendían necesarios y que ya no se podían afrontar.  (...)

En los grupos de discusión que se organizaron para la investigación, los sujetos trataban de ofrecer la impresión de que en el pasado habitaron en una situación confortable, pero que hoy se han instalado en un espacio social inferior donde el consumo se centra exclusivamente en la satisfacción básica de las necesidades.

El consumo y la inseguridad

La idea de fondo que transmiten es que son conscientes de que ya no hay nada seguro, y que la posición que tienen hoy puede ser muy distinta mañana. Eso lleva a consecuencias obvias en el consumo, porque incluso si la situación mejora, no se atreven a afrontar ciertos gastos por si acaso las cosas vienen mal dadas.

 Incluso cuando la idea de que la economía se está recuperando haya calado en cierta parte de la población, hay apuestas económicas que no se atreven a hacer por la inseguridad que el futuro les ofrece. Pero, sobre todo, lo que se les ha hecho muy evidente a las clases medias y a las populares es que “los sueldos pueden bajar o desaparecer en cualquier momento”. (...)

Miedo por los hijos

Ocurre igual entre las clases medias altas, donde la inseguridad, en aquellos casos en que no se ha producido descenso en la escala social, se proyecta sobre los hijos. Por más que la situación de la que se goce se perciba como estable, la conciencia de que es probable que no sea así para sus descendientes también cobra una presencia enorme.  

El temor a que no puedan disfrutar del nivel de vida que tuvieron hasta la fecha es común, y, en algunos casos, aparece incluso el miedo a que el desclasamiento sea profundo.  (...)

Las clases medias y las populares, por su parte, comienzan a ser conscientes de que por más que la incertidumbre sea compartida, hay quienes parten en posición de ventaja, y que esa diferencia se incrementará en el futuro.

 La educación universitaria es un buen reflejo: todo el mundo cree que es el camino idóneo para que los jóvenes tengan opciones de futuro, pero también saben que las posibilidades formativas serán distintas dependiendo de los recursos con los que se cuente, y que, por lo tanto, será también un camino para que la desigualdad aumente: quienes envíen sus hijos a los centros de mayor prestigio (mucho más caros que los públicos) pondrán las bases para que puedan ganarse la vida mucho mejor. 

La mayoría de la gente comienza a percibir esta dinámica no como algo dado, sino como una forma de desposesión de las clases medias y populares por parte de las élites.

Todos contra todos

Al mismo tiempo, la precarización generalizada, asegura el estudio, impide que los discursos de clase media que eran típicos también de los grupos de origen modesto encuentren en los hechos algún elemento que los ratifique. Lo que les queda no es más que la perspectiva de una degradación estructural de sus condiciones de vida y un endurecimiento de la competencia en el mercado de trabajo.

 Esto ocurre en todos los estratos: los hijos de la clase media con titulación universitaria acaban en empleos muy por debajo de su cualificación (y con los escasos salarios correspondientes) y desplazan a los de la clase popular hacia abajo, que a su vez se encuentran con los inmigrantes como competencia. Esto tiende a replegar a los grupos hacia posiciones defensivas, y a generar tensiones sociales.

Y a todo ello se suma que las tesis que más populares se hicieron al inicio de la crisis, aquellas según las cuales el afán descontrolado por acceder a los privilegios de las clases con más recursos había conducido a un gasto ostentoso e imitativo que llevó a la gente a vivir por encima de sus posibilidades, hoy no están vigentes más que de modo residual. 

Tanto la autorresponsabilidad como el culpar a los otros de querer ser más de lo que son están dejando paso a la búsqueda de nuevos causantes. Desde luego, los políticos son los primeros en ser señalados, pero también los bancos, aunque esa identificación de los causantes no ha terminado de fijarse en uno de ellos como principal.

 En otros países, la burocracia de la UE, los emigrantes o la avaricia de los banqueros son ideas que se manejan; aquí también, pero de un modo mucho menos evidente y más mezclado.

¿Monarquía? ¿República? ¿En serio?

Todos estos cambios se están produciendo al mismo tiempo en las sociedades occidentales, y son el caldo de cultivo de los cambios electorales de los últimos años. Este es el suelo en el que se está asentando una nueva forma de entender la política. 
La inestabilidad social que se adivina en el horizonte tiene que ver tanto con la falta de un horizonte confiable como con la escasa capacidad de canalización de estas aspiraciones, deseos y problemas por caminos políticos. Ni la izquierda ni la derecha están acertando a la hora de entender qué ocurre y de ofrecer soluciones a la altura. Aquí estamos en que si república o monarquía  (...)
 “¿Qué argumentos hay para salir de la crisis económica?¿Tenemos empresas? ¿Tenemos industria? ¿Tenemos? ¿En qué? Es que eso no lo estamos fomentando. ¿Cómo vamos a salir de aquí?”.

“He aprendido a ir al Carrefour con 40 euros y llenar el canasto. Que antes iba y ni miraba lo que costaban las cosas, no sabía lo que me costaban, pasaba la tarjeta de crédito por el cajero y ¡catapún! Y luego llegaban los cargos y tal. Ahora no, ahora me voy con 40 o 50 euros y a final de mes… Y lleno el canasto, y como y vivo y tal”.

“El que ganaba antes 1.000 euros, o 1.500, se ha quedado en 800. Sin ninguna duda”.

“Me ha cambiado totalmente. En el sentido de que antes, bueno, pues teníamos un trabajo. Yo tengo una empresa que, de alguna manera, pues antes estábamos trabajando cuatro o cinco. Ahora me he quedado yo solo. Y bueno, pues andamos muy mal para… incluso para mantenerla”.

“Pero te acostumbras, hasta que acaban las ayudas. Cuando acaben las ayudas, ¿qué haces? ¿Dónde te vas? El que no tenga ayuda y el que no tenga nada, ¿qué hace? Ese hombre, ¿qué le queda? O se mata, como he visto casos que te quitan la casa y te suicidas, o qué haces. ¿Y el que tenga niños? Porque yo me veo en una situación así, que no me quiero ver, y yo creo que robaría para comer. Porque a mis hijos no les iba a faltar la comida, eso lo tengo claro. Y si te tengo que pisar a ti, te voy a pisar a ti. Y para llegar... Yo creo que la crisis acaba de empezar. Creo. Que de esto no creo yo que vaya a salir...”.

“Yo lo que sí he percibido con esta crisis es la dificultad de la gente para reconocer una mala situación o para pedir ayuda en un momento determinado… tenemos como un, no sé, como una dignidad mal entendida y me da la sensación de que las cosas, muchas veces, son más graves de lo que vemos o de lo que nos dejan ver. Precisamente por eso, a mí me han tocado casos cercanos en los que yo sé más allá de lo que veo, pero, pues la persona no pide ayuda. Pues porque le parece, no sé, algo de… No sé. Es difícil”.

“Yo soy funcionario, parecía que vivía bien, pero es que no les voy a poder pagar la carrera a estos hijos, por ejemplo, ¿no? Creo que hay unas cosas que antes se daban como por hechas que van a empeorar mucho en el futuro, o vas a tener mucha previsión de ir ahorrando para eso o…”.
 “Yo conozco mucha gente que a lo mejor cobra mucho pero que está muy puteada y trabaja 70 horas a la semana, pues tampoco es una forma, ¿no? O que echan a gente de su equipo y dicen, no le vamos a sustituir, vas a coger tú su trabajo, que también es eso al final. Mirando desde abajo, los que miramos desde abajo también es 'como tú no tienes derecho a quejarte', parece que ya nadie se puede quejar, si cobras un sueldo a final de mes no te puedes quejar de nada”. (...)"           (Esteban Hernández, El Confidencial, 18/11/16)

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