"Al grave problema que supone la ola
reaccionaria que ha entrado en Andalucía hay que sumar la rabia que da
ver que entre todos predijésemos este escenario y no hayamos sabido o
podido evitarlo. Aunque, a decir verdad, la irrupción de la extrema
derecha era hasta cierto punto inevitable porque como espacio político
estaba incrustada en las entrañas del PP y sólo necesitaba de ciertas
condiciones para emanciparse.
El problema real lo tenemos en que ese
hecho ha coincidido con una desmovilización muy notable de votantes de
izquierdas que prefirieron la abstención a votar a nuestra candidatura o
a la de otras organizaciones progresistas. Eso es enteramente culpa
nuestra, y ahora nos toca acción, mucha acción, para revertir este
panorama.
No obstante, reconozco que me preocupa
la actitud que ha tomado una parte de la izquierda, al menos en redes
sociales. La expiación de culpa es un fenómeno que no me atrae, pues me
parece más útil la autocrítica y la propuesta. Lo de estos días
alguien lo definió anoche como “navajeo” y no me parece una metáfora
desencaminada. En vez de eso lo que necesitamos es unidad, claridad y
mucha acción.
¿A quién nos dirigimos?
Permitidme que comience con la pregunta
base que nos hemos hecho en los últimos dos años, desde que soy
coordinador de IU: «¿por qué no nos votan la clases populares?» Hace un
año escribí un artículo
exponiendo con detalle el problema, pues era un fenómeno generalizado
en toda Europa y que ya habíamos estudiado en España, y acabé sugiriendo
que la solución pasaba por «organizarnos en el conflicto».
La cuestión es: en una sociedad dividida en clases y fragmentada
cultural y políticamente, ¿a quién nos dirigimos para que nos vote? (...)
Tener presente la estructura social o la cultura es fundamental para abordar con éxito un proceso de mayoría. (...)
Pero, ¿realmente estamos obligados a
elegir? ¿no podemos acaso cambiar la realidad material sobre la que
queremos incidir electoralmente?
La propuesta de IU
La propuesta que intentamos poner en
marcha desde Izquierda Unida va por ahí. Tratamos de escapar de ese
dilema centrándonos en lo material-práctico. (...)
Pongo un ejemplo: yo no soy de clase trabajadora per se, sino
porque a partir de mi experiencia y mis condiciones de vida alguien me
ha explicado que eso es ser clase trabajadora. Y es verdad que la clase
trabajadora industrial es actualmente una minoría, pero podemos
construir la idea de que tenemos mucho más en común (clase trabajadora
en general, clases populares, familias trabajadoras…).
Y sin embargo
esa construcción no es automática sino que se debe trabajar. Esto es lo
que traté de explicar con el ejemplo del conflicto del taxi.
¿Cómo conseguimos que las personas autoconsideradas de «clase media»
pero precarizadas e inseguras sientan que son en realidad «clases
populares» o «familias trabajadoras» y que por lo tanto están unidas a
nuestros intereses?
Estando en los barrios donde están esas personas, en
sus bares, en sus lugares de socialización -pero también en sus
whatsapp-, con una propuesta política bien elaborada. No pretendo que
unamos a las clases altas, pues creo en la lucha de clases y eso es
imposible, pero bastaría con sumar a los que sufren las consecuencias
más nefastas del capitalismo. No son el 99% pero suman para ganar
elecciones, especialmente en períodos de crisis.
Dicho de otra forma: creemos que la gente se identifica mejor con
nuestro proyecto político común si esa gente comprueba que tiene que ver
con la resolución de sus conflictos cotidianos, y creemos también que
la gente forma su conciencia política en los espacios de socialización.
No le restamos importancia a los discursos, pero no nos quedamos ahí. (...)
Creemos que esto genera unas bases
mucho más sólidas y autónomas que la alternativa de depender, por
ejemplo, de medios de comunicación ajenos.
Lo que queremos decir es que si nosotros incidimos en la realidad, aquellos que en la fotografía hoy son moderados mañana
pueden no serlo.
Y que aquellos que son abstencionistas o incluso
conservadores pueden cambiar de opinión y mañana hacerse rojos, verdes o
morados. Pero para ello las organizaciones tienen que estar en la
calle, en los barrios, en todo conflicto social y en todo espacio de
socialización (que también incluye, por cierto, los espacios virtuales).
Eso es lo que significa un intelectual colectivo, una organización
capaz de penetrar en todos los ámbitos de la sociedad armada con su
propia propuesta que crea identidad y que al mismo tiempo se deja
mezclar. (...)
En estos momentos la extrema derecha no ha llegado aún de forma
significativa a los barrios obreros. Pero podría hacerlo. Que no lo
consiga depende de nosotros. (...)
No insistamos en ese error más tiempo. Y para evitarlo estaría bien que
la izquierda dejara de pelearse por cosas como que si eres feminista
no estás siendo de clase obrera y si estás siendo de clase obrera no
estás siendo feminista. Que es el mismo problema de antes, en otra
nueva versión. (...)
No es una propuesta accidental. Tampoco somos una tercera vía ni hemos
inventado la rueda. Simplemente hemos aprendido de nuestros mayores,
que para construir clase trabajadora montaban una sede del pueblo con
un bar e invitaban a todo el barrio a socializar allí.
Hemos aprendido
del movimiento obrero, de la PAH y del movimiento ecologista y
feminista (¿habéis visto alguna vez qué ocurre cuando una mujer va a un
espacio feminista y escucha de otras mujeres las mismas experiencias
que hasta entonces ella pensaba que le ocurrían en solitario?).
Todas
esas enseñanzas tratamos de incorporarlas en nuestro bagaje con el
mismo objetivo: una mejor y más eficaz práctica política. (...)
Y aunque las autocitas son feas, hace poco más de dos años escribí un artículo
que terminaba así: «la solución, en breve, no es representar al pueblo.
Es ser pueblo.
La solución no es que desde púlpitos acreditados, y
tras debates escolásticos dignos de la autocomplacencia más pija, se
propongan recetas mágicas para el juego de la representación
institucional. La única forma posible de evitar la barbarie, sea en la
forma de Trump, LePen o cualquier otra, es descender del reino de los
cielos al reino más mundano de la vida cotidiana.
Nuestro objetivo es
convertirnos en conflicto, que es la cristalización de las
contradicciones del sistema y de la globalización, y autoprotegernos y
autoorganizarnos como clase, como víctimas de la crisis. (...)" (Alberto Garzón, Economía crítica y crítica de la economía, 05/12/18)
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