15.2.19

España afronta la segunda oleada de despoblación. Ya ha llegado a las capitales de comarca, incluso a muchas capitales de provincia del interior...

"El padrón de 2018, publicado a principios de este año, dibuja dos Españas. Una, pujante, ha visto crecer su población en la mayoría de sus ciudades y pueblos grandes en la última década.

 Pero, otra, en decadencia, salda estos años con pérdidas de población en la mayoría de localidades, también en muchas grandes. La España que no está bañada por el mar, salvo Madrid, se ha dejado por el camino un cuarto de millón de habitantes desde enero de 2008 hasta enero de 2018.

La melancolía por la decadencia de su localidad ya no es patrimonio exclusivo de los últimos vecinos de pueblos pequeños. La despoblación ya ha llegado a las capitales de comarca, incluso a muchas de provincia del interior de España.

Agotados ya los caladeros de habitantes que les llegaban de los pueblos y que ya no dan más de sí, las capitales del interior no aguantan el zarpazo de las macrociudades.

La caída demográfica de las poblaciones importantes se hace notar en especial en provincias como las de Asturias, Jaén o Albacete. Allí, de 2008 a 2018, han perdido habitantes nueve de sus diez mayores municipios. En cinco provincias de Castilla y León (Ávila, Burgos, Soria, Teruel y Zamora), ocho de las diez mayores localidades han menguado también en esa década.

Frente a esa realidad, Madrid, Barcelona y, aunque de manera desigual, la costa mediterránea se revelan como grandes polos de atracción que extienden su alcance cada vez más lejos de sus zonas de influencia tradicionales. Los diez mayores municipios de Barcelona y de Almería han crecido desde 2008. Lo mismo ocurre en los nueve mayores de las provincias costeras de Gipuzkoa, Huelva, Málaga o Las Palmas, y solo en una de interior, Guadalajara, que se beneficia de su cercanía con Madrid.  (...)

"Siempre se piensa en el declive rural, pero si se pone la vista en muchas de esas ciudades intermedias, se ve cómo decae su población de forma similar a las zonas rurales", apunta Diego Ramiro, jefe del Departamento de Población del Instituto de Economía, Geografía y Demografía del CSIC. "Lo primero que detectamos los demógrafos fue la despoblación rural, pero las siguientes en caer son las ciudades intermedias, antiguos centros comarcales. Luego, les llega el turno a las ciudades medianas", avanza el experto. 

¿Qué tienen en común estas ciudades mermadas, más allá de ver cómo se resiente su autoestima colectiva? Aunque ni la intensidad con que decrecen ni el porqué son los mismos en cada caso, suelen compartir una receta que incluye tres ingredientes demográficos. 

Primero: una baja fecundidad, porque los jóvenes que se marchan se llevan fuera a los hijos que ya han tenido (y cada vez son menos) y porque ya será también fuera donde nazcan los que tengan. 

Segundo: un aumento de la mortalidad, porque quienes se quedan son los más viejos. 

Tercero: la salida de inmigrantes que vivían en estas localidades, de media más fecundos y que, sin ataduras con ningún terruño, son más propensos a cambiar de residencia que sus vecinos españoles.

Las cabeceras de comarca y las capitales de provincia fueron unas aliadas involuntarias contra la despoblación rural. Retenían población: el desgarrón demográfico quedaba aplacado por las coronas metropolitanas que nacieron alrededor de las ciudades al albur de la burbuja de la construcción. Pero eso ya no está ocurriendo en provincias como las de Burgos, Palencia, León, Jaén, Zamora o Salamanca, en las que la población de la capital, su área y su provincia van a la baja: "La capital salmantina empezó a perder población porque la gente se compraba casa, más barata, en los alrededores. 

Esa corona creció durante unos años, pero ahora la gente se va, y ya es fuera de la provincia", describe el profesor de la Universidad de Salamanca José Ignacio Plaza, experto en análisis geográfico. En otros muchos casos, la pérdida de población de capitales como Cádiz, Vigo o Granada sigue coexistiendo con la subida de habitantes de sus áreas metropolitanas. 

Son sobre todo las áreas metropolitanas de las ciudades grandes, como la de Madrid o Barcelona, las que han impulsado a varios de sus municipios a crecer por encima del 50% en apenas 10 años. 

Con la marcha de habitantes se esfuma también un aura: la capacidad de transmitir que una ciudad es un buen lugar para vivir y prosperar. Implica también perder inversiones, infraestructuras y representación política (por ejemplo, el número de concejales de los Ayuntamientos). Los barrios se vacían y envejecen. Cierran comercios y hay más casas vacías.

 "Se provoca una atonía social y de la dinámica urbana, aunque todo depende de cada caso, que contribuye a crear un paisaje deprimente, regresivo", ilustra Plaza. Incluso se altera artificialmente la percepción de prosperidad de un sitio: "Cuando nos dicen que esas pequeñas ciudades tienen un índice de desarrollo igual o superior a hace años no nos damos cuenta de que eso es solo porque ahora los que quedan son menos a repartir". (...)

"A Astorga ya no está llegando gente de la antigua área de influencia. Se van a León, a Madrid o al extranjero", detalla López Trigal, que guarda una reflexión para el caso de localidades más pequeñas, como Puebla de Sanabria (Zamora), toda una cabecera de comarca con sus poco más de 1.400 habitantes, pero que no han dejado de bajar en los últimos años.

 "Cuando no solo disminuye la población de la comarca, sino también la cabecera, estamos en el ciclo final de la pérdida demográfica. Si se pierde un centro de atracción y de funcionalidad, de comercios y servicios, se viene abajo todo el territorio", apunta. En estas pequeñas urbes van de la mano la mengua de población y de las funciones típicas de una ciudad: el comercio, los servicios o la vida cultural. (...)

López Trigal calcula que un tercio de la población entre 25 y 40 años de la España interior ha emigrado fuera de esa amplia zona de la geografía, sobre todo a las grandes ciudades ("Madrid y en mucha menor medida Barcelona") o al extranjero.

"Las ciudades han perdido la capacidad de atracción que tenían, que nunca fue mucha, pero al menos capturaron mano de obra para la construcción y para atender los servicios públicos, como la sanidad o las universidades", describe para el caso de Extremadura Antonio Pérez Díaz, profesor de análisis geográfico regional de la universidad extremeña. Salvo la capital, Mérida, y la ciudad más poblada, Badajoz, los otros 11 municipios que superan los 10.000 habitantes van en clara recesión. En nueve de esas ciudades extremeñas se va fuera más gente de la que llega. Las perspectivas tampoco dejan albergar esperanza para los próximos años. (...)

La decimonónica división en provincias y la creación de las autonomías a partir de los últimos años setenta y primeros ochenta dejó desatendida, coinciden varios expertos, la escala intermedia, la de los territorios interiores. "Se debería haber articulado el territorio de manera funcional, para atender a las necesidades de la población que se distribuía en esas zonas, y no se ha hecho", apunta José Ignacio Plaza.

 "Esos centros comarcales deberían haber atendido los servicios básicos: la educación, la sanidad, los servicios sociales, para que no todo estuviera concentrado en la capital provincial o en la autonómica". Joaquín Recaño, demógrafo del Centro de Estudios Demográficos en Barcelona, urge a abordar una cuestión peliaguda: hay demasiados municipios: "Hay muchos que son inviables desde el punto de vista demográfico, pero, a la vez, hay que pensar en la gente que vive en esos lugares y en los servicios que hay que prestarles".  (...)

España prepara una Estrategia Nacional frente al Reto Demográfico que se presentará, de cumplirse lo anunciado, la próxima primavera. La comisionada, Isaura Leal, cree que hay que consolidar las fortalezas de estas ciudades medianas, pierdan o no población. "Hay que dotarlas de oportunidades, que lo son para todo el territorio de su zona de incidencia; también de buena prestación de servicios básicos y de igualdad de oportunidades, para que los derechos de los ciudadanos sean efectivos, no solo nominales, para todos, sin importar en qué lugar vivan". 

En ese objetivo, apunta, será necesaria la participación de todas las administraciones, la UE, y también del sector privado. Fijar población es importante también para evitar, considera la responsable, la concentración excesiva de población en unos cuantos puntos. "Las grandes megalópolis generan una enorme brecha de desigualdad y de tensión social y económica".  (...)"                  (José Mª Abad Liñán, El País, 13/02/19)

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