"Hoy Italia es la línea de trinchera en la batalla por el euro. Un viento
político de cola impulsa a su vice primer ministro, Matteo Salvini, y
tras las elecciones de mayo para el Parlamento Europeo podría reforzar
su capacidad de hacerle mucho daño a la Unión Europea.
Lo fascinante y
desconcertante del caso es que lo que genera la xenofobia en la que se
sostiene la creciente autoridad de Salvini es la arquitectura defectuosa
de la eurozona y el consiguiente juego político de culpabilización
mutua.
En su último informe sobre los desequilibrios económicos
de los estados miembros de la UE, la Comisión Europea culpa al gobierno
italiano por su incapacidad para poner freno a la deuda, a la que
adjudica la falta de crecimiento. (...)
Salvini no podría
pedir más. El informe es una oportunidad espléndida para culpar a la
Comisión por los padecimientos de Italia, diciendo que en realidad
fueron las políticas de austeridad fiscal de la UE las que restringieron
el crecimiento, dejaron la economía al borde de una nueva recesión y
llevaron a la elección del gobierno populista hoy dominado por Salvini.
Y
por si no bastara, fueron las amenazas de la Comisión de castigar a
Italia si no imponía todavía más austeridad las que inquietaron a los
bonistas y provocaron un alza de tipos de interés.
La
tragedia de Italia es que la Comisión y Salvini tienen ambos algo de
razón, y también se equivocan. Es verdad que el anuncio de Salvini de
que su gobierno no cumpliría la promesa de imponer los niveles de
austeridad ya acordados alarmó a los inversores, hizo más inviable la
deuda italiana y causó fuga de capitales.
Pero también es verdad que si
las reglas fiscales de la Comisión se hubieran implementado a rajatabla,
se habría producido una recesión que de todos modos hubiera vuelto
inviable la deuda.
Cuando dos
explicaciones contradictorias de un mismo fenómeno son simultáneamente
correctas, tienen que ser incompletas, aunque cada una puede expresar
adecuadamente un aspecto diferente de la realidad observada. En estos
casos, es útil adoptar un nuevo punto de vista que permita otra mirada
del problema. Me parece que en lo referido al choque entre Bruselas y
Roma, ese punto de vista está al otro lado del mundo: en Tokio.
Puede
decirse con propiedad que Italia es el Japón de Europa. Las dos
economías se caracterizan por un sector exportador fuerte, superávit de
cuenta corriente, términos de intercambio similares, una situación
demográfica terrible y, tras años de imprudencia crediticia, bancos
zombis. Además, los dos países se parecen en la composición de sus
pasivos financieros: relativamente poco endeudamiento privado, y muy
alto endeudamiento público.
A diferencia de
Italia, en Japón el centro político se sostiene gracias a una ligera
suba de la mediana de ingresos que acompañó la estabilización económica
impulsada por un banco central que imprimió moneda como si se acabara el
mundo y por gobiernos que implementaron un estímulo fiscal tras otro.
Si el gobierno japonés hubiera tenido que padecer restricciones como las
que impusieron a Italia los tratados de la UE y las normas fiscales y
monetarias de la eurozona, la sociedad japonesa se habría alzado en
protestas.
De
hecho, si para financiar su economía y su sistema bancario Japón
hubiera dependido de un banco central externo emperrado en imponer la
austeridad fiscal con amenazas de quitarle liquidez, se hubiera
producido inevitablemente un ciclo mortal de bancos insolventes, suba de
intereses de la deuda y fuerzas recesivas.
Y detrás de eso, no tardaría
en llegar el políticamente tóxico populismo, y estaríamos oyendo la
misma clase de explicaciones contradictorias y a la vez compatibles que
ahora les oímos a la Comisión Europea y al gobierno de Italia.
Una comparación
intraeuropea permitirá entender mejor el dilema que enfrentan Italia y
la eurozona. España e Italia tienen cocientes deuda/PIB casi idénticos
(298,3% y 301%, respectivamente). Entonces, ¿por qué todo el mundo habla
de la deuda de Italia y no de la de España? La respuesta es que el 67%
de la deuda de España es privada, mientras que el 64% de la deuda de
Italia es pública.
En teoría (y legalmente), el Banco Central Europeo no puede monetizar ningún tipo
de deuda, sea pública o privada. Pero en la práctica, el BCE ha podido y
ha querido monetizar cualquier deuda privada, por el simple hecho de
aceptar como garantía obligaciones privadas que no valen ni siquiera el
papel en el que están impresas (por ejemplo, insolventes hipotecas
italianas y pagarés de bancos griegos).
En cambio, el BCE se negó por
años a comprar deuda pública y, cuando lo hizo, excluyó del programa de
compra de activos una gran variedad de bonos soberanos. En pocas
palabras, a cualquier país que tuviera más deuda privada que pública,
como Irlanda y España, le fue mucho mejor que a un país como Italia.
Los defensores de la
eurozona responderán que es correcto castigar a un país por permitir una
alta proporción de deuda pública. Hay un sesgo ideológico contra todo
lo que sea público, que no se limita al ámbito de las empresas de
servicios y los ferrocarriles.
La rapidez con que las agencias
calificadoras de crédito degradan los bonos de cualquier gobierno que
cuestione la ortodoxia refuerza el supuesto neoliberal de que la deuda
privada es, por definición, menos problemática que la pública.
Pero
hasta los fundamentalistas del libre mercado deberían darse cuenta de
lo endeble que es este supuesto. Si la crisis financiera de 2008 nos
enseñó algo es que los riesgos endógenos son demasiados para no tenerlos
en cuenta. Incluso sin corrupción, las calificaciones de crédito y las
decisiones políticas se determinan mutuamente: si las agencias
calificadoras perciben cualquier indicio de que el BCE va a quitarle
liquidez a Italia, tienen ante sus clientes el deber de degradar
los bonos italianos. Y si el BCE prevé que las agencias degradarán los
bonos de Italia, sus normas la obligan a quitarle liquidez al sector
bancario italiano.
Frente a la construcción de algún proyecto de infraestructura, ¿qué
importancia debería tener que el que se endeuda para financiarlo sea el
Estado o un desarrollador privado? Pero en la eurozona tiene importancia
porque el BCE tiene mucho más margen de maniobra para refinanciar
deudas insolventes si son privadas.
Sin embargo, esto es una decisión
política, no una realidad económica. El hecho de que la deuda pública de
Italia tenga peor calificación crediticia que la deuda privada no
obedece a una inferioridad intrínseca de aquella, sino a una decisión
política de la dirigencia europea. Y esa decisión, al fortalecer a un
político autoritario, ahora les está explotando en la cara.
Frente a la construcción de algún proyecto de infraestructura, ¿qué
importancia debería tener que el que se endeuda para financiarlo sea el
Estado o un desarrollador privado? Pero en la eurozona tiene importancia
porque el BCE tiene mucho más margen de maniobra para refinanciar
deudas insolventes si son privadas. Sin embargo, esto es una decisión
política, no una realidad económica.
El hecho de que la deuda pública de
Italia tenga peor calificación crediticia que la deuda privada no
obedece a una inferioridad intrínseca de aquella, sino a una decisión
política de la dirigencia europea. Y esa decisión, al fortalecer a un
político autoritario, ahora les está explotando en la cara." (Varoufakis, Project Syndicate, 01/03/19)
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