"(...) La hostilidad en Alemania, Países Bajos, Finlandia o Dinamarca, por
citar algunos ejemplos, hacia los países del sur europeo repite esa
mirada. Para sus extremas derechas, la UE es una asociación predatoria
en la que quienes más tienen, porque se lo han ganado, porque están
mejor preparados, son más trabajadores y se han esforzado más, deben
perder buena parte de sus recursos para transferirlos a gente que no lo merece, que no es nada aficionada al esfuerzo y al sacrificio, pero sí a gastar y a pretender que otros paguen la cuenta. (...)
Cataluña
Estas ideas han sido la respuesta que ha brindado la
derecha de los países ganadores a los problemas planteados con el fin
(o el declive) de la era global. El independentismo catalán forma parte
de esta deriva política.
En el 'procés', los argumentos típicos han aparecido con gran frecuencia:
Cataluña es un país innovador, cosmopolita, bien situado en la órbita
global, empequeñecido por el atraso español, por sus élites antiguas y
por la presión fiscal que les obliga a repartir ingresos, lo que impide
que tenga el gran desarrollo que le esperaría si volara sola.
Del mismo modo, el deterioro en el nivel de vida de sus ciudadanos
se achaca a la falta de recursos y de inversión a que el Estado español
les somete, en general transferidos a territorios menos
productivos, de modo que bastaría con que esos ingresos se liberasen
para que los catalanes vieran cómo sus transportes, su sanidad, su
educación mejorarían. Un argumento repetidamente utilizado frente a
Bruselas o Washington DC, ahora centrado en Madrid.
La solución,
partiendo de esta premisa, aparece por sí misma, ya que la independencia
permitiría que Cataluña se posicionase globalmente con fuerza, generase
más empleos y contase con más recursos. Eso se dijo en el Brexit y se repite en las extremas derechas europeas con insistencia.
La izquierda
Todo
esto forma parte de nuestro tiempo político, y era raro que no cuajase
en España. Aquí no ha ocurrido mediante un movimiento nacionalista
antiUE, como en Italia o Francia, pero sí en una parte del territorio,
que ha reproducido a menor escala los argumentos, la visión del mundo y
las promesas de esta ideología.
Lo extraño es que la izquierda española haya acogido con simpatía, o con pleno apoyo, según los casos, estas reivindicaciones. Tiene
cierta explicación histórica, porque tras la época del comunismo, las
izquierdas se centraron en combatir el poder allí donde lo encontraban,
ya fuera el del patriarcado, el del conocimiento, el de los
intelectuales, el de la raza blanca, el de la clase media, el de los
viejos o, por supuesto, el del Estado.
Por eso, en décadas anteriores,
los separatistas fueron descritos por esa izquierda emergente como
luchadores por la libertad y representantes de pueblos oprimidos. Esa
simpatía no se desvaneció en las décadas posteriores, y ahora ha sido
retomada como la lucha por la democracia y la república, como el combate
contra las élites que provienen del franquismo, como la resistencia a
ese fascismo arrastrado que aún perdura.
Al contrario que otras izquierdas, como las estadounidenses, que han entendido que el poder estructural proviene de lo económico, las
nuestras se describían avanzando mientras daban pasos atrás, lo cual ha
provocado que respalden las posiciones de las nuevas derechas a partir de la defensa de la libertad. La manifestación de apoyo en la Puerta del Sol, con los antifascistas defendiendo a los independentistas catalanes, es buena muestra de ese sinsentido.
Y
esto tiene muy poco que ver con la sentencia del Supremo, con la
conveniencia o la injusticia de sus penas, y ni siquiera con los
políticos en prisión. Porque defender otras posiciones en esos asuntos viene después.
Lo primero habría sido estar contra la independencia catalana planteada
desde el marco de las nuevas derechas contemporáneas y oponerse
claramente a ella, lo cual habría generado la legitimidad suficiente
desde la izquierda para defender posiciones diferentes.
Al partir desde
otro lado, y respaldar ideas (o contemporizar con ellas) que se sitúan
en un marco reaccionario, pierden por una parte y por otra. Es poco
pragmático para ellas e inútil para el cambio social." (Esteban Hernández, El Confidencial, 18/10/19)
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