"La muerte de Abu Bakr al Bagdadi sigue el guión de la de Bin Laden, o la
del propio atentado del 11-S neoyorkino, asuntos repletos de sombras y
preguntas que hacen de la versión oficial algo parecido a una cuestión
de fe: la credibilidad de la historia depende del crédito que quiera
otorgarse a quienes nos la cuentan. (...)
Ahora Donald Trump nos explica que asistió a la liquidación de al
Bagdadí como a una emocionante peli de Hollywood: “murió como un perro,
como un cobarde, ha terminado llorando y gimoteando, aterrado de ver que
las fuerzas estadounidenses se le venían encima”. Los tres hijos del
personaje murieron al estallar este su chaleco de explosivos, dicen.
Por
supuesto nadie va a hacer un asunto de “derechos humanos” de esta
cuestión pero la escena que mejor describe estos crímenes es la del
asesino que da muerte a otro asesino. En el caso de Bin Laden un otro
que había estado al servicio de su asesino. En el de al Bagdadí la
botella de la que salió su genio criminal contenía inequívocamente
sustancias creadas y destapadas por su ejecutor.
Todo se parece demasiado a un ajuste de cuentas entre gangsters,
porque la doctrina de los Bin Laden y los al Bagdadís, lo de matar a
decenas, centenares y miles de inocentes para alcanzar un objetivo, no
lo olvidemos, gobierna también, y sobre todo, en la Casa Blanca y en el
Pentágono. Es la yihad de Occidente. Sus ejecuciones, masivas o
individuales, se practican en nombre de la humanidad y sus derechos,
invocando algo parecido a una demencial sharía repleta de “daños colaterales”.
Abu Bakr al Bagdadi fue un subproducto de décadas de yihad
occidental. Primero la guerra de Irak contra Irán auspiciada por el
apoyo occidental a Sadam Hussein contra la Revolución Islámica de los
ayatollahs, que había sacado el petróleo iraní de la órbita de Estados
Unidos. Un conflicto de ocho años que costó más de un millón de muertos y
marcó a los dos países. Nuestro personaje tenía nueve años cuando
comenzó aquello y diecisiete al finalizar.
Tres años después comenzaba
la intervención de Bush-padre en su país que dejó más de 100.000 muertos
y una década de sanciones que según estimaciones de las agencias de la
ONU costaron la vida a medio millón de niños en Irak. En 2003 llegó la
invasión y ocupación de Bush-hijo que destruyó no ya un estado sino una
sociedad entera, con un millón de muertos y varios millones de
desplazados y refugiados.
Ese fue el caldo de cultivo de lo que luego se conocería como “Estado
Islámico”, surgido de “al Qaeda en Mesopotamia”. Al Bagdadí era un
hombre de pocos estudios que pasó por la universidad islámica del
régimen de Sadam Hussein y fue encarcelado en 2004 por los invasores,
junto con otros 25.000 iraquíes, en prisiones como la de Abu Ghraib
donde la tropa americana torturaba y ultrajaba físicamente a los
detenidos. Se ha dicho que fue en las celdas de esas siniestras
prisiones bajo la ocupación donde se encuentra la partida de nacimiento
del Estado islámico.
Nuestro hombre ingresó en Al Qaeda de Mesopotamia en 2006 y cuando su
líder, Abu Musab al-Zarqawi fue liquidado ascendió hacia su liderazgo
en 2010, introduciendo importantes enmiendas en los objetivos de la
organización. En un Irak en el que los sunitas habían perdido su
preponderancia ante los chiítas y los kurdos, con cuatro de los 26
millones de habitantes del país convertidos en desplazados y sin techo,
con una tasa de desempleo del 75% y todo el aparato de estado del
régimen de Sadam -militares, servicios secretos, cuadros políticos-
expulsado de la administración, eran óptimas las condiciones para una
desastrosa radicalización.
Cuando al Bagdadí, después de cinco años, salió en libertad del
complejo carcelario de Camp Bucca, el proyecto ya no era hacer atentados
como al Qaeda, sino crear un califato y crear estructuras de Estado
territoriales. En 2014 el Estado Islámico controlaba el 40% del
territorio de Irak y tenía por capital a una ciudad tan populosa como
Mosul. Desde ese polo atrajo a activistas violentos de todo el mundo.
La
“revolución” siria, auspiciada, armada y financiada por Occidente y sus
amigos del Golfo, brindó una oportunidad dorada para la expansión de la
nueva organización. Después de Irak, Libia y Afganistán, la destrucción
de Siria y de su régimen no islamista e independiente en la esfera
internacional, era el objetivo en el que coincidían los occidentales y
el Estado Islámico, lo que explica el cúmulo de nexos indirectos entre
ellos.
Y como telón de fondo, el petróleo y los proyectos energéticos.
La noticia de la liquidación de al Bagdadi ha cubierto otra: la de la
reconducción de la anunciada retirada americana de Siria en una
ocupación militar, al parecer permanente, de los pozos petroleros de ese
país. Trump ha anunciado reiteradamente que no se trata solo de
controlar el petróleo de Siria, sino también de tomar parte de ese
petróleo para si mismo con la advertencia de que disparará contra quien
pretenda impedirlo. La muerte del perro oculta una vulgar película de piratas." (Rafael Poch, blog, 30/10/19)
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