"(...) Noche tras noche, desde el otro lado del mundo, algunos de nosotros
miramos las conferencias de prensa del gobernador de Nueva York con una
fascinación difícil de explicar.
Seguimos las estadísticas, y
escuchamos las historias de los hospitales saturados en Estados Unidos,
de las enfermeras mal pagadas, con una carga excesiva de trabajo,
teniendo que hacer mascarillas con bolsas de basura y viejos
impermeables, arriesgando todo para ayudar a los enfermos.
Escuchamos
acerca de cómo los estados se ven forzados a competir uno contra otro
para conseguir ventiladores, acerca de los dilemas de los doctores de a
cuál paciente darle uno y a cuál dejar morir. Y pensamos, “¡Dios mío!
¡Eso es Estados Unidos!”
La tragedia es inmediata, real, épica, y se desenvuelve ante nuestros
ojos. Pero no es nuevo. Son los restos de un tren que iba
descontrolado, bamboleándose de un lado a otro sobre sus rieles, durante
años.
¿Quién no recuerda los videos de “pacientes que botaban”
-enfermos, aún en sus batas de hospital, con las nalgas al descubierto,
subrepticiamente botados en las esquinas de las calles? Demasiadas veces
les cerraron las puertas de los hospitales a los menos afortunados
ciudadanos de Estados Unidos. Sin importar qué tan enfermos estaban o
cuánto habían sufrido.
Al menos no importaba hasta ahora -porque hoy, en la era del virus,
la enfermedad de una persona pobre puede afectar la salud de una
sociedad próspera. Y sin embargo, aún ahora, Bernie Sanders, el senador
que incansablemente ha hecho campaña por un sistema de salud para todos,
es considerado atípico hasta por su propio partido, en su carrera por
la Casa Blanca. [N de la T: Sanders abandonó su campaña el 8 de abril.]
¿Y qué es de mi país, mi pobre-rico país, India, suspendido entre el
feudalismo y el fundamentalismo religioso, entre las castas y el
capitalismo, gobernado por nacionalistas hindúes de extrema derecha? (...)
El 30 de enero, reportaron el primer caso de Covid-19 en India, pocos
días después de que el ilustre invitado de honor de nuestro Desfile del
Día de la República, devorador de la selva del Amazonas y negacionista
del Covid, Jair Bolsonaro, había partido de Delhi. Pero había demasiadas
cosas qué hacer en febrero como para acomodar al virus en la agenda del
partido gobernante.
Estaba la visita oficial del presidente Donald
Trump, agendada para la última semana del mes. Lo habían atraído con la
promesa de que habría un público de un millón de personas en un estadio
deportivo en el estado de Gujarat. Todo eso costó dinero y tomó mucho
tiempo. (...)
Luego estaban las elecciones de la Asamblea de Delhi, que el Partido
Bharatiya Janatawas (BJP, por sus siglas en inglés) estaba destinado a
perder (...)
De todos modos perdió. Así que había que infligir castigo a los
musulmanes de Delhi, a quienes se culpaba de tal humillación. Multitudes
de civiles armados hindúes, respaldados por la policía, atacaron a
musulmanes en los barrios de clase trabajadora del noreste de Delhi.
Incendiaron casas, tiendas, mezquitas y escuelas; los musulmanes, que
esperaban el ataque, lucharon de regreso. Más de 50 personas, musulmanes
y algunos hindúes, fueron asesinadas.
Miles se trasladaron a campamentos de refugiados en cementerios
locales. Seguían sacando cuerpos mutilados de la red de mugrosos y
apestosos drenajes, cuando los funcionarios gubernamentales tuvieron su
primera reunión acerca del Covid-19 y la mayoría de los indios comenzó a
escuchar de la existencia de algo llamado desinfectante de manos. (...)
El 11 de marzo, la Organización Mundial de la Salud declaró que
Covid-19 era una pandemia. Dos días más tarde, el 13 de marzo, el
ministro de la Salud dijo que el coronavirus “no es una emergencia
sanitaria”.
Finalmente, el 19 de marzo, el primer ministro de India dirigió un
mensaje a la nación. No había hecho la tarea. Tomó prestado el manual de
Francia e Italia. Nos dijo que se requería de “distancia social”
(concepto sencillo de comprender para una sociedad tan impregnada en la
práctica de castas) y llamó a un día de “toque de queda del pueblo” el
22 de marzo. No dijo nada acerca de qué iba a hacer su gobierno con la
crisis, pero pidió a la gente salir a los balcones y tocar campanas y
golpear cacerolas y sartenes, en homenaje al personal de salud.
No mencionó que hasta ese momento, India había estado exportando
equipo de protección y respiradores, en vez de quedárselos para el
personal de salud y los hospitales en India.
No es de sorprender que la petición de Narendra Modi fuera recibida
con gran entusiasmo. Hubo cacerolazos, bailes comunitarios y
procesiones. No mucha distancia social.
En los días siguientes, hubo
escenas de hombres metiéndose en barriles de estiércol sagrado de vaca, y
simpatizantes del BJP organizaron fiestas en las que tomaban orina de
vaca. Para no quedarse atrás, muchas organizaciones musulmanas
declararon que el Todo Poderoso era la respuesta al virus y llamaron a
los fieles a congregarse en mezquitas.
El 24 de marzo, a las ocho de la noche, Modi hizo una nueva aparición
pública en televisión, y anunció que, a partir de la medianoche, toda
India estaría en encierro. Los mercados cerrarían. Ningún transporte, ya
fuese público o privado, estaría permitido.
Dijo que tomaba esta decisión no solo como primer ministro, sino como
el mayor de la familia. ¿Quién más puede decidir, sin consultar a los
gobierno estatales (que serían quienes tendrían que lidiar con las
consecuencias de su decisión), que una nación de 1.380 millones de
personas debería ser encerrados sin preparación y con solo cuatro horas
de notificación? Sus métodos dan la impresión de que el primer ministro
de India piensa que sus ciudadanos son una fuerza hostil que necesita
ser tomada por sorpresa, y nunca debe confiar en ella.
Sí que nos encerraron. Muchos profesionales de la salud y
epidemiólogos aplaudieron esta movida. Quizá en teoría tengan razón.
Pero seguramente ninguno de ellos apoya la catastrófica falta de
planeación o preparación que transforma el mayor encierro, el más
punitivo, en el exacto opuesto de lo que buscaba obtener.
El hombre que ama los espectáculos creó la madre de todos los espectáculos.
Mientras el mundo observaba, consternado, India mostró en toda su
vergüenza, su brutal, estructural, desigualdad económica y social, su
cruel indiferencia al sufrimiento.
El encierro funcionó como un experimento químico que repentinamente
reveló cosas ocultas. Conforme iban cerrando las tiendas, los
restaurantes, las fábricas y la industria de la construcción, mientras
los ricos y la clase media se encerraban en sus colonias enrejadas,
nuestros pueblos y megaciudades comenzaron a expulsar a los ciudadanos
de la clase trabajadora -los trabajadores migrantes-, a esa acumulación
no deseada.
Muchas personas echadas por sus empleadores y caseros, millones de
personas empobrecidas, hambrientas, sedientas, joven y vieja, hombres,
mujeres, niños, personas enfermas, ciegos, personas con discapacidades,
sin un lugar al cual ir, sin transporte público, comenzaron una larga
marcha de regreso a sus pueblos. Caminaron durante días, hacia Badaun,
Agra, Azamgarh, Aligarh, Lucknow, Gorakhpur, a cientos de kilómetros de
distancia. Algunos murieron en el camino.
Sabían que regresaban a casa probablemente para morir de una lenta
hambruna. Quizá incluso sabían que podrían estar llevando el virus con
ellos, y que infectarían a sus familias, sus padres y abuelos en casa,
pero necesitaban desesperadamente un poco de lo familiar, refugio y
dignidad, además de comida, si no es que amor.
En el trayecto, algunos fueron brutalmente golpeados y humillados por
la policía, encargada de aplicar el toque de queda de modo estricto.
Obligaron a jóvenes a acuclillarse y hacer saltos de rana en la
carretera. Afuera del pueblo de Bareilly, juntaron un grupo y lo
fumigaron con químicos.
Unos días después, preocupado de que la población que huía podría
esparcir el virus en los pueblos, el gobierno selló las fronteras
estatales, incluso a los viajeros. Pararon a las personas que llevaban
días caminando y las forzaron a permanecer en campamentos en las
ciudades de las cuales acababan de forzarlos a salir.
A las personas mayores, todo esto les trajo el recuerdo de la
transferencia de población en 1947, cuando India fue dividida y nació
Paquistán. Solo que el éxodo actual está motivado por una división de
clases, no de religión. Aún así, esta gente no es la más pobre de India.
Estas personas tenían (al menos hasta ahora) trabajo en las ciudades y
hogares a los cuales regresar.
Los sin empleo, los sin hogar y los
desesperanzados se quedaron donde estaban, en las ciudades y en el
campo, donde una profunda angustia crecía mucho antes de que ocurriera
esta tragedia. Durante estos terribles días, el ministro del interior
Amit Shah estuvo ausente del público.
Cuando la caminata comenzó en Delhi, usé una credencial de prensa que
tengo de una revista en la cual escribo seguido, y manejé a Ghazipur,
en la frontera entre Delhi y Uttar Pradesh.
La escena era bíblica. O quizá no. La Biblia no podría haber conocido
números como estos. El encierro para hacer cumplir el distanciamiento
social había resultado en lo opuesto: una compresión física a una escala
inimaginable. Esto es cierto aún dentro de los pueblos y ciudades de
India. Las calles principales podrán estar vacías, pero los pobres están
encerrados en estrechas viviendas en chabolas y jacales.
Cada uno de los caminantes con los que hablé estaba preocupado por el
virus. Pero era menos real, menos presente en sus vidas que el
acechante desempleo, la hambruna y la violencia de la policía.
De todas
las personas con las que hablé ese día, incluyendo un grupo de sastres
musulmanes que hace pocas semanas había sobrevivido ataques
anti-musulmanes, sobre todo me inquietaron las palabras de un hombre.
Era un carpintero llamado Ramjeet, que planeaba caminar hasta Gorakhpur,
cerca de la frontera con Nepal.
“Quizá cuando Modiji decidió hacer esto, nadie le dijo de nosotros. Quizá no sabe de nosotros”, dijo.
“Nosotros” representa a cerca de 460 millones de personas.
Los gobiernos estatales en India (así como en Estados Unidos) han
mostrado más corazón y comprensión ante la crisis. Sindicatos,
ciudadanos de a pie y colectivos distribuyen alimentos y raciones de
emergencia. El gobierno central ha sido lento en responder a las
desesperadas solicitudes de fondos. Resulta que el Fondo Nacional de
Asistencia no tiene efectivo disponible. En vez de eso, el dinero de
gente bien intencionada fluye a raudales hacia el misterioso nuevo fondo
PM-CARES. Comenzaron a aparecer paquetes de comidas preparadas, con la
cara de Modi impresa.
Además, el primer ministro comparte sus videos de yoga nidra, en los
cuales un transformado Modi de animación, con un cuerpo ideal, muestra
asanas de yoga para ayudar a la gente a lidiar con el estrés por el
autoaislamiento.
El narcisismo es profundamente inquietante. Quizá una de las asanas
podría ser una asana-petición, en la cual Modi le solicite al primer
ministro francés que nos permita incumplir el preocupante contrato de
compra de aviones de combate Rafale y usar esos 7.8 mil millones de
euros en medidas de emergencia que se requieren desesperadamente, para
apoyar a millones de personas hambrientas. Seguramente los franceses
serán comprensivos.
El encierro entra en su segunda semana, las cadenas de distribución
están rotas, las medicinas y los artículos de primera necesidad
escasean. Miles de choferes de camiones todavía están abandonados en las
carreteras, con poca comida y agua. Las cosechas, listas para ser
recolectadas, se pudren lentamente.
La crisis económica está aquí. La crisis política sigue. Los medios
convencionales incorporaron la historia del Covid a su tóxica campaña
24/7 anti-musulmana. Una organización llamada Tablighi Jamaat, que
sostuvo una reunión en Delhi antes de que se anunciara el encierro,
resultó ser un “super diseminador”. Utilizan eso para estigmatizar y
demonizar a los musulmanes. La tónica general es que los musulmanes
inventaron el virus e intencionalmente lo difuminan, como una forma de
yihad.
La crisis del Covid aún está por llegar. O no. No sabemos. Si llega y
cuando llegue, estamos seguros de que la van a manejar con todos los
actuales prejuicios de religión, casta y clase.
En India, hoy (2 de abril) hay casi 2 mil casos confirmados y 58
muertes. Estos son números en los que no se puede confiar, basados en
lamentablemente pocas pruebas. Las opiniones de los expertos varían
mucho. Algunos predicen millones de casos. Otros piensan que el daño
será mucho menor. Quizá nunca sepamos la verdadera curva de la crisis,
aún cuando nos golpee. Lo único que sabemos es que el aglutinamiento en
los hospitales todavía no ha comenzado.
Las clínicas y hospitales públicos de India -que no pueden soportar
el casi un millón de niños que cada año mueren de diarrea, desnutrición y
otras enfermedades; los cientos de miles de pacientes de tuberculosis
(un cuarto de los casos del mundo); la vasta población anémica y
desnutrida, vulnerable a un buen número de enfermedades menores, que
resultan fatales para ellos- no podrá hacer frente a una crisis como la
que viven Europa y Estados Unidos.
Todos los servicios de salud están más o menos en pausa, debido a que
los hospitales están dedicados al virus. El centro de trauma del
legendario All India Institute of Medical Sciences en Delhi está
cerrado, sacaron como ganado a cientos de pacientes de cáncer, conocidos
como refugiados del cáncer, y que viven en las calles aledañas a ese
enorme hospital.
La gente se enfermará y morirá en casa. Quizá nunca sepamos sus
historias. Quizá ni siquiera lleguen a ser estadísticas. Solo nos queda
esperar que sean correctos los estudios que dicen que al virus no le
gusta el clima frío (aunque otros investigadores tiene dudas al
respecto). Nunca había pasado que la gente ansiara de modo tan
irracional que llegara un veranillo ardiente y castigador.
¿Qué es esto que nos ha pasado? Es un virus, sí. En sí mismo no tiene
una declaración moral. Pero definitivamente es más que un virus.
Algunos creen que es la manera en que Dios nos hace entrar en razón.
Otros, que es una conspiración china para dominar el mundo.
Lo que sea que es, el coronavirus ha puesto a los poderosos de
rodillas y ha frenado al mundo como nada más podría. Nuestras mentes aún
están dando vueltas sin parar, y anhelan el regreso de la “normalidad”,
intentan unir nuestro futuro con nuestro pasado y se rehúsan a
reconocer la ruptura. Pero la ruptura existe. Y en medio de esta
terrible desesperanza, se nos ofrece una oportunidad de repensar la
máquina del fin del mundo que construimos para nosotros mismos. Nada
podría ser peor que un regreso a la normalidad.
Históricamente, las pandemias han obligado a los seres humanos a
romper con el pasado e imaginar su mundo de nuevo. Esta no es diferente.
Es un portal, una puerta entre un mundo y el siguiente.
Podemos optar por cruzarlo arrastrando tras nosotros las carcasas de
nuestro prejuicio y odio, nuestra avaricia, nuestros bancos de datos e
ideas muertas, nuestros ríos muertos y cielos llenos de humo. O podemos
atravesarlo caminando ligeros, con escaso equipaje, listos para imaginar
otro mundo. Y listos para luchar por él."
( Arundhati Roy . El Viejo Topo, 25/04/20, publicado en La Jornada.)
No hay comentarios:
Publicar un comentario