"(...) El virus era imprevisible, y buena parte de las dificultades para
lidiar con él provienen del desconocimiento. Pero con la economía no
ocurre así: el virus económico estaba aquí ya, lo único que hacía falta era que un acontecimiento abriera la puerta para que comenzase a enfermar a todo el mundo.
La economía del 90%
Hay
elementos de la crisis poco comprensibles. Las previsiones sobre la
caída del PIB se estiman en más o menos un 10%. ‘The Economist’ lo llama
la economía del 90% y anticipa que será catastrófica. Pensado en
términos abstractos, y estableciendo una relación con la economía
familiar, con una de esas metáforas que tanto agradan a los expertos, no
parece un enorme problema.
Estamos inmersos en una crisis sanitaria,
con medio mundo encerrado en su casa, sin poder trabajar, y el resultado
final va a ser un 10% menos. Parece asumible. Debería ser asumible. Se
ingresaría un 10% menos, se gastaría menos, nos apretaríamos el
cinturón un tiempo y se emergería con fuerza. Desgraciadamente, las
cosas no funcionan así, porque el mercado y la familia tienen
lógicas distintas, y porque, de tener alguna correspondencia, la
solución solo valdría para aquellas familias que no vivieran al día.
Lo malo es que la mayoría de ellas, familias y economías, vivía con
el agua al cuello. La Fed suele hacer una encuesta en la que se pregunta
a los estadounidenses si posee fondos suficientes para hacer frente a
un gasto imprevisto de 400 dólares. En la última, el 40% contestó que no podría pagarlo sin vender algo o pedir dinero prestado. Y no es solo una situación privada, es un mapa general.
Los imprevistos
No eran solo los particulares: una parte importante de trabajadores y de pequeños empresarios vivían al límite,
en EEUU, en España y en gran parte de Occidente, y la pandemia ha
provocado que lo rebasen: las quiebras que vendrán a partir de ahora,
así como las dificultades de subsistencia, tienen que ver con la imposibilidad de asumir más gastos y más deuda.
Era una situación paradójica, porque al mismo tiempo que esos sectores
pasaban dificultades, las grandes empresas vivían una oleada de
dividendos y de recompras de acciones que proporcionaban más riqueza a
sus accionistas. Sin embargo, y esto es importante para entender la
presente crisis, tales flujos de beneficio no mejoraron la situación de
las firmas; más al contrario, aquellas transferencias de fondos hacia los accionistas no fueron gratis, porque tuvieron el efecto de endeudar a esas compañías y de colocarlas en una posición débil.
De modo que, cuando el virus ha llegado, se ha encontrado con muchísimas
empresas, grandes y pequeñas, que estaban en la situación de no poder soportar siquiera un imprevisto, por seguir con el ejemplo, de 400 dólares al mes.
La acción de los Estados
La pandemia ha supuesto un parón en
seco para unas empresas que tenían que correr permanentemente para
seguir, con suerte, en el mismo sitio. Y lo que nos hemos encontrado con
ella ha sido muy llamativo, porque es lo mismo que antes pero más acentuado: en EEUU, en el momento en que se alcanzan cifras récord de desempleados, Wall Street tiene el mejor mes en 33 años.
Esta divergencia está siendo posible gracias a la acción estatal para
mantener viva la economía. EEUU ha puesto en circulación una enorme
cantidad de dinero cuyos destinatarios principales son grandes empresas
en dificultades, lo cual ayuda a que las bolsas suban; por el contrario,
los fondos para las pequeñas firmas son bastante más difíciles de
conseguir y están muy por debajo de lo que se necesitaría para recuperar
la actividad pronto.
En esas circunstancias, Larry Fink,
CEO de BlackRock, la mayor empresa de gestión de activos del mundo, y
la que está gestionando los gigantescos programas de la Fed para comprar
deuda corporativa y activos respaldados por hipotecas, afirma que “una cascada de bancarrotas golpeará la economía estadounidense”. Ya que es juez y parte, quizá deberíamos creerle.
Esta
es una tendencia generalizada. (...)" (Esteban Hernández, El Confidencial, 08/05/20)
No hay comentarios:
Publicar un comentario