"Si todo esto no hubiese pasado no seríamos mejores ni peores, pero las crisis, personales o sociales, sacan a la luz lo que éramos antes de ellas aunque no nos hubiésemos dado cuenta o no hubiésemos querido hacerlo.
Si todo esto –la epidemia, el confinamiento, la nueva precariedad, la
batalla en un Parlamento convertido en lodazal, las muertes, los
comportamientos egoístas, también la entrega de voluntarios y
trabajadores a paliar el dolor y la miseria, los gestos solidarios, las
ciudades casi vacías, el aumento de las llamadas al número de asistencia
por violencia de género– no hubiese pasado, sabríamos menos sobre
nosotros mismos y sobre quienes nos rodean.
Si todo esto no hubiese pasado, quizá la mayoría seguiríamos sin prestar atención a cómo las residencias de ancianos se han ido convirtiendo en lugares de abandono y descuido;
sí, la comida que les dan en algunas es asquerosa, la higiene no es la
adecuada, la proporción entre trabajadores y residentes es insuficiente,
pero lo aceptamos como tantas otras perturbaciones del sistema que
parecen intrínsecas a él.
Entonces los ancianos empiezan a morir a un ritmo sin precedentes y nos damos cuenta de que además se nos ocultan datos, y salen a la luz las instrucciones para no trasladar a hospitales a los ancianos enfermos,
y todo el desprecio hacia su situación queda plasmado en dos momentos
esperpénticos: el director de una residencia, positivo por coronavirus,
intentando entrar en ella, y otro director que organiza en una
residencia en la que han muerto ochenta ancianos una fiesta con
cochinillo y flamenco.
Todo el desprecio, todo el descuido, toda la indiferencia resumidos en unas pocas estadísticas, en un par de instrucciones casi secretas y en dos escenas berlanguianas.
Y la sospecha de que las palabras “ancianos” y “mayores” servían para
quitar importancia a lo que les sucedía, porque no es al parecer lo
mismo que mueran ochenta personas en una residencia que si mueren
ochenta ancianos.
Si todo esto no hubiese pasado no habríamos visto caravanas y
comitivas de nostálgicos de las dictaduras gritando “libertad”, lo que
también, de pronto, nos revela cómo la extrema derecha ya no usa
abiertamente la retórica militarista y autoritaria igual que décadas
atrás, sino que se apropia del discurso democrático para socavarlo:
neofascistas, gentes de orden y privilegiados pidiendo todos juntos
libertad o exigiendo el respeto a sus derechos civiles –libertad de
expresión y manifestación– mientras claman en foros y en instituciones
para recortárselos a otros (es verdad, también gritan “Sánchez al
paredón” y “rojos maricones”, pero lo preocupante es lo otro, el disfraz
de víctimas respetables con el que intentan atraer a quienes se sienten
–a veces con razón– maltratados por el sistema).
Si todo esto no hubiese pasado quizá no habría sido tan patente que
algunas instituciones del Estado, lejos de ser no ya neutrales sino,
como deben, defensoras de la democracia y el estado de derecho, están
contaminadas por tendencias autoritarias y por la simpatía hacia la
extrema derecha. (Sí, sí, claro que lo sabíamos, pero en una situación
de crisis se vuelve aún más escandaloso que un jefe de la Guardia Civil manipule informes para dañar al Gobierno).
Si todo esto no hubiese pasado quizá no habríamos percibido de la
misma manera el valor de ciertos gestos (dar la mano o un abrazo) o de
actos tan cotidianos como pasear por un parque, visitar a un familiar,
celebrar una fiesta con amigos. No sé si mi padre estaría vivo
si esto no hubiese pasado, si hubiese recibido mejores cuidados médicos,
pero ni siquiera me parece importante, dado que él tenía ya
una vida que yo no querría para mí. Pero sí me dolería la idea de morir
solo, aunque ya no reconozcas a los demás ni sepas quién eres; escribí hace poco en esta sección
que yo sabía quién quería que sujetase mi mano en este momento, pero
ayer mi hija añadió un matiz a la vez triste y hermoso: que ella
desearía, al morir, que alguien la tome de la mano, aunque sea un
desconocido.
El otro día un pinzón se estrelló contra mi ventana y se partió el
cuello. Tuve en la mano su peso ligerísimo, aguardé con la esperanza de
descubrir un latido o un movimiento, lo acaricié para consolarme. Si
todo esto no hubiese sucedido quizá ni el pájaro ni mi padre me habrían
llevado a pensar de una manera casi dolorosa en nuestra vulnerabilidad,
en lo fácil que es salir heridos, en lo expuestos que estamos. Y en que
a veces nos parece que avanzamos sin obstáculos pero eso que no vemos,
ese vidrio casi transparente que sin embargo refleja las amenazas
futuras, puede en cualquier momento provocar la desgracia, a veces
inevitable, pero que también podríamos esquivarla en ocasiones si
abriésemos los ojos. " (José Ovejero, La Marea, 29/05/20)
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