"(...) Francia es un país de larga tradición
democrática, donde siempre ha costado mucho introducir reformas
neoliberales (recordemos, por ejemplo, la exitosa movilización general
de 1995 para impedir la reforma de las pensiones que Alain Juppé,
entonces primer ministro, pretendía introducir).
No es imposible que lo
que más se recuerde de la era Macron sean los chalecos amarillos. En
todo caso, antes de las elecciones municipales, ya estaba claro que la
experiencia Macron había fracasado en lo esencial y había revelado la
desesperación de los que iban siendo dejados en la cuneta por un
capitalismo inhumano.
Las elecciones
municipales han ratificado el hundimiento del partido de Macron y han
mostrado un gran avance de los ecologistas (EELV). Esto último es una
buena y una mala noticia a la vez. Es una buena noticia porque muestra
que la necesaria preocupación por los problemas medioambientales,
climáticos y de la energía, se extiende entre la población. Pero es una
mala noticia porque ese interés se canaliza a través de una formación
política especializada, cuya única finalidad declarada es la ecología.
Los votantes han preferido apoyar un partido que les ofrece un proyecto,
aunque este se limite a una parte, por muy importante que sea, de lo
que hoy nos debe preocupar. La izquierda, una vez más, se presenta
fragmentada, sin una alternativa coherente y creíble. Así que nos
encontramos, en el caso de Francia, pero extrapolable fácilmente al
nuestro, con una situación en la que el modelo neoliberal ha mostrado
sus límites. Ha mostrado hasta donde puede llegar sin alterar
profundamente la convivencia, algo grave, tratándose de un sistema que
no puede parar porque exige una acumulación sin límite.
Sin
embargo, la izquierda sigue sin saber hilvanar un relato coherente de
lo que ocurre, que no olvide los destrozos humanos que la desigualdad
creciente está provocando, que designe claramente a los responsables,
los que se enriquecen con el sufrimiento ajeno, y que explique que no es
un problema moral, de buenos y malos, sino la forma en la que el
capitalismo financiero funciona necesariamente. Parecemos constantemente
dispuestos a admitir la inevitabilidad de las leyes económicas, que
son, en realidad, las de la explotación de muchos por unos pocos.
Estamos al borde de creer que la flexibilidad laboral, es decir la
máxima explotación de los trabajadores, es necesaria para el buen
funcionamiento de las empresas. Estamos prácticamente convencidos de que
hay que recortar las pensiones, mientras los beneficios del capital
aumentan escandalosamente. Nos resignamos a que los jóvenes no puedan
permitirse una vivienda, porque así lo quiere el mercado.
Hemos
renunciado a lo que la socialdemocracia mostró que era efectivo social y
económicamente: la concertación o las políticas de renta, por ejemplo.
Por todo ello, las personas que rechazan el modelo neoliberal porque son
sus victimas o simplemente porque intelectualmente les repele, acaban
refugiándose en la abstención o votando a un partido que, aunque sea
parcialmente, les ofrece un relato coherente de lo que ocurre y una
alternativa de futuro creíble y deseable.
La
transformación medioambiental es una tarea de primera magnitud, que los
partidos de izquierda deben incluir en lugar preferente entre sus
objetivos. Pero no se puede separar de otros cambios tanto del modelo
productivo como del reparto de la riqueza que son, precisamente, una de
las principales condiciones para una eficaz reversión de los estragos
infligidos al planeta. (...)" ( , Economistas frente a la crisis, 29/06/ 2020)
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