2.7.20

Las elecciones municipales han ratificado el hundimiento del partido de Macron y han mostrado un gran avance de los ecologistas (EELV). Esto último es una buena y una mala noticia a la vez. Nos encontramos con que el modelo neoliberal ha mostrado sus límites, pero la izquierda sigue sin saber hilvanar un relato coherente de lo que ocurre y se presenta fragmentada, sin una alternativa coherente y creíble. Una situación extrapolable a España

"(...)  Francia es un país de larga tradición democrática, donde siempre ha costado mucho introducir reformas neoliberales (recordemos, por ejemplo, la exitosa movilización general de 1995 para impedir la reforma de las pensiones que Alain Juppé, entonces primer ministro, pretendía introducir). 

No es imposible que lo que más se recuerde de la era Macron sean los chalecos amarillos. En todo caso, antes de las elecciones municipales, ya estaba claro que la experiencia Macron había fracasado en lo esencial y había revelado la desesperación de los que iban siendo dejados en la cuneta por un capitalismo inhumano.

Las elecciones municipales han ratificado el hundimiento del partido de Macron y han mostrado un gran avance de los ecologistas (EELV). Esto último es una buena y una mala noticia a la vez. Es una buena noticia porque muestra que la necesaria preocupación por los problemas medioambientales, climáticos y de la energía, se extiende entre la población. Pero es una mala noticia porque ese interés se canaliza a través de una formación política especializada, cuya única finalidad declarada es la ecología. 

Los votantes han preferido apoyar un partido que les ofrece un proyecto, aunque este se limite a una parte, por muy importante que sea, de lo que hoy nos debe preocupar. La izquierda, una vez más, se presenta fragmentada, sin una alternativa coherente y creíble. Así que nos encontramos, en el caso de Francia, pero extrapolable fácilmente al nuestro, con una situación en la que el modelo neoliberal ha mostrado sus límites. Ha mostrado hasta donde puede llegar sin alterar profundamente la convivencia, algo grave, tratándose de un sistema que no puede parar porque exige una acumulación sin límite.

Sin embargo, la izquierda sigue sin saber hilvanar un relato coherente de lo que ocurre, que no olvide los destrozos humanos que la desigualdad creciente está provocando, que designe claramente a los responsables, los que se enriquecen con el sufrimiento ajeno, y que explique que no es un problema moral, de buenos y malos, sino la forma en la que el capitalismo financiero funciona necesariamente. Parecemos constantemente dispuestos a admitir la inevitabilidad de las leyes económicas, que son, en realidad, las de la explotación de muchos por unos pocos. 

Estamos al borde de creer que la flexibilidad laboral, es decir la máxima explotación de los trabajadores, es necesaria para el buen funcionamiento de las empresas. Estamos prácticamente convencidos de que hay que recortar las pensiones, mientras los beneficios del capital aumentan escandalosamente. Nos resignamos a que los jóvenes no puedan permitirse una vivienda, porque así lo quiere el mercado.

 Hemos renunciado a lo que la socialdemocracia mostró que era efectivo social y económicamente: la concertación o las políticas de renta, por ejemplo. Por todo ello, las personas que rechazan el modelo neoliberal porque son sus victimas o simplemente porque intelectualmente les repele, acaban refugiándose en la abstención o votando a un partido que, aunque sea parcialmente, les ofrece un relato coherente de lo que ocurre y una alternativa de futuro creíble y deseable.

La transformación medioambiental es una tarea de primera magnitud, que los partidos de izquierda deben incluir en lugar preferente entre sus objetivos. Pero no se puede separar de otros cambios tanto del modelo productivo como del reparto de la riqueza que son, precisamente, una de las principales condiciones para una eficaz reversión de los estragos infligidos al planeta. (...)"                 (  , Economistas frente a la crisis,

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