"Voy en un autocar comarcal con otros seis pasajeros. Más de la mitad de
los asientos están ocupados por carteles que dicen ‘No sentarse’, pero
hoy somos muy pocos los que viajamos, quizás porque llueve a cántaros o
por alguna otra razón que ignoro.
He comprado el periódico antes de
subir y ahora descansa en mi regazo. Tiempo habrá para abrirlo y
sumergirme en las calamidades del mundo. Desde el autocar, veo a algunos
conductores que viajan solos en sus coches con la máscara puesta.
Si
alguien les o nos hubiera dicho hace tres meses que la mascarilla se iba
a convertir en nuestro accesorio cotidiano, no le hubiéramos creído.
Todo parece tranquilo, casi normal, pero hay una corriente subterránea
de rareza en esta normalidad. Somos como los supervivientes de un mundo
asolado por un Godzilla invisible que puede volver en cualquier momento.
Todos nuestros gestos –del más tímido al más atrevido– están teñidos de
una incertidumbre latente.
Lo veo en todo el mundo, incluso en los que
se pasean desafiantes sin mascarilla. Quizás incluso más en ellos.
El
autocar para en lugares en los que nadie sube y nadie baja. Me gusta ir
en autocar, me gusta ir en tren. No me gusta ir en barco ni en avión. Y
el virus me proporciona la excusa perfecta para no hacerlo. Sospecho que
no soy la única.
Estas últimas semanas, me doy cuenta de que he
utilizado conscientemente mi trabajo como un refugio para no pensar.
Para reducir el círculo de mis preocupaciones estrictamente a cosas
prácticas, tangibles: plazos de entrega, retrasos, anticipación,
mezclas, sonido, materiales. Quizás es lo que he hecho toda mi vida: una
existencia armada en torno al espinazo del trabajo. Sin él, estaría por
ahí flotando en un globo de ansiedad y dudas.
Me río sola pensando en
cómo me engaño: con la ansiedad y dudas que tengo también cuando
trabajo. Pero es otra cosa, otra cosa. Me gusta mi trabajo aun cuando a
veces desearía no saber nada de él. Amo mi trabajo aunque a veces
pretenda odiarlo, pero sospecho que no engaño a nadie.
El otro día
alguien me preguntó si recordaba algún momento en que hubiera pensado en
abandonar el cine. Muchos, le dije, pero ninguno en serio. Estamos
llegando a la ciudad y ahora cae un auténtico aguacero que resuena en el
techo como si cayeran clavos del cielo: toc toc toc toc toc. (...)" (Isabel Coixet, XLSemanal)
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