"El pasado 11 de marzo, se cerraron todos los colegios de Madrid. La medida se tomaba para proteger la vida ante el avance de la covid-19,
que iniciaba su escalada en la curva de contagios y muertos.
Pero la
decisión sumió a padres y madres en el caos. Sus trabajos continuaban (a
veces en casa), las abuelas se habían convertido en “población de
riesgo” y los comedores escolares dejaron de servir a muchos niños la comida más completa de su día. Donde la pandemia puso caos, los vecinos del barrio de San Fermín, en distrito madrileño de Usera,
reconstruyeron orden.
Activaron las redes vecinales y han creado en
tiempo récord una despensa donde, además de comida, reparten pañales,
leche infantil o compresas. Eso sí, demandan ya a la administración que
ataje las necesidades mientras ellos siguen construyendo apoyo mutuo en
los barrios: "No podemos pagar ni crisis ni la alimentación de todas
estas familias otras personas trabajadoras que estamos en un nivel coyunturalmente mejor”, explica Ángel, uno de los voluntarios.
A
las 20 de la tarde va cayendo el sol en el distrito de Usera. Mientras
algunas vecinas pasean por los soportales de la calle Adora, en el
número 1, unas diez personas intercambian opinión, apuntan ideas en un
papel y distribuyen tareas. Se están preparando para la “nueva
normalidad”, que en el caso de su barrio temen que se traduzca en hambre y una mayor brecha educativa.
Cuando llegó el coronavirus, las redes de Usera se activaron en todos los barrios. La rueda empezó a girar empujada por la Asociación Vecinal Barrio de San Fermín,
el AMPA del Colegio Público República de Brasil, el grupo de "San
Fermín se queda en casa" y otros muchos voluntarios. También ha
contribuido el huerto urbano del barrio ayudando a abastecer de
alimentos y los comercios locales.
En
realidad, el cierre de los colegios funcionó como un dominó. Las
vecinas empezaron a plantearse qué podrían hacer padres y madres con
trabajo, sin cole y sin abuelas. Ahí afloraron una serie de demandas que
no siempre pudieron satisfacerse. Organizar los cuidados fue “imposible”,
pero pronto salieron nuevas necesidades: “Nos encontramos con cifras
muy elevadas. Se quedaron unos 250 niños y niñas sin menú escolar. No
hablamos solo de los que cobran la Renta Mínima de Inserción (RMI), sino
también aquellos que estaban becados" explica Mónica, una de las
voluntarias. Lo primero fue cubrir los alimentos de los niños, pero el proyecto se fue ampliando hasta consolidar la despensa.
Con
la movilidad restringida bajo amenaza de multa y las estrictas medidas
sanitarias que exigía la emergencia, los inconvenientes que se han
encontrado han sido muchos: cómo coordinar a los voluntarios sin
juntarse en un espacio, cómo conseguir recursos, cómo trasladarse de una
zona a otra o gestionar las ayudas sin salir de casa durante el estado
de alarma, etc. Aún así, estas vecinas de Usera han ido más rápido que
la administración. “Todo ha sido virtual y por Whatsapp.
Hay un chat donde se empezaron a mezclar iniciativas del distrito de
Usera. Nos dimos cuenta de que había que trabajar en lo local porque
incluso para desplazarte al barrio de al lado había dificultades”,
recuerda Amaya, el AMPA del Colegio Público República de Brasil. La primera letra de su historia de apoyo mutuo empezó con un Whatsapp a una compañera de Almendrales.
Ahora
en la despensa de San Fermín se amontonan lentejas, garbanzos, maíz o
arroz. También hay productos de bebé porque son conscientes de que hay
muchas familias que se han quedado por el camino. Cuando comenzaron a
organizar necesidades y recursos llamaron también a los colegios
concertados de la zona y a las escuelas: “Hemos recibido tanto por
donaciones privadas de gente del barrio como de personas con otra
posición económica mejor que se lo han pasado pipa comprando pañales”,
asegura Amaya. Han recibido desde donaciones de cinco euros hasta lotes
de productos de comercios del barrio.
Sin embargo, Amaya recuerda que estas situaciones de crisis en realidad "ponen en evidencia las brechas sociales que ya existían".
Como ejemplo, la educación. Muchas familias del barrio no tiene un
ordenador para seguir las clases, ni sus padres y madres tienen tiempo o
conocimientos para explicarles las materias: "No puede ser que la
proyección de los chicos sea diferente dependiendo del cole del que
salen".
Una de las claves de esta red es que desde la primera semana del estado de alarma se han ido tejiendo complicidades entre diferentes grupos
del distrito para ordenar las necesidades y la recepción y distribución
de productos: “Lo que ha demostrado esta situación es que el barrio ha tenido una capacidad de reacción brutal”,
apunta Mónica.
Las vecinas comenzaron cosiendo equipos de protección
para el personal del Hospital 12 de Octubre y ahora ellos les hacen
donaciones. También desde la despensa han hecho envíos a residencias y
ahora buscan potenciar el huerto urbano, que se ha mostrado muy útil
para proveer alimentos: “Cuanto más rico y nutrido de labor esté ese
huerto hay mucha más gente que puede aprender métodos de subsistencia”, explica Ángel. (...)" (Sara Montero, El Salto, 28/06/20)
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