2.7.20

Las vecinas del barrio de San Fermín se organizaron por Whatsapp y lograron poner en marcha una despensa que provee a decenas de personas. El barrio ha tenido una capacidad de reacción brutal... pero "No podemos pagar ni crisis ni la alimentación de todas estas familias otras personas trabajadoras"... temen que la “nueva normalidad” en su barrio se traduzca en hambre y una mayor brecha educativa

"El pasado 11 de marzo, se cerraron todos los colegios de Madrid. La medida se tomaba para proteger la vida ante el avance de la covid-19, que iniciaba su escalada en la curva de contagios y muertos. 

Pero la decisión sumió a padres y madres en el caos. Sus trabajos continuaban (a veces en casa), las abuelas se habían convertido en “población de riesgo” y los comedores escolares dejaron de servir a muchos niños la comida más completa de su día. Donde la pandemia puso caos, los vecinos del barrio de San Fermín, en distrito madrileño de Usera, reconstruyeron orden.

Activaron las redes vecinales y han creado en tiempo récord una despensa donde, además de comida, reparten pañales, leche infantil o compresas. Eso sí, demandan ya a la administración que ataje las necesidades mientras ellos siguen construyendo apoyo mutuo en los barrios: "No podemos pagar ni crisis ni la alimentación de todas estas familias otras personas trabajadoras que estamos en un nivel coyunturalmente mejor”, explica Ángel, uno de los voluntarios.

A las 20 de la tarde va cayendo el sol en el distrito de Usera. Mientras algunas vecinas pasean por los soportales de la calle Adora, en el número 1, unas diez personas intercambian opinión, apuntan ideas en un papel y distribuyen tareas. Se están preparando para la “nueva normalidad”, que en el caso de su barrio temen que se traduzca en hambre y una mayor brecha educativa

Cuando llegó el coronavirus, las redes de Usera se activaron en todos los barrios. La rueda empezó a girar empujada por la Asociación Vecinal Barrio de San Fermín, el AMPA del Colegio Público República de Brasil, el grupo de "San Fermín se queda en casa" y otros muchos voluntarios. También ha contribuido el huerto urbano del barrio ayudando a abastecer de alimentos y los comercios locales.

En realidad, el cierre de los colegios funcionó como un dominó. Las vecinas empezaron a plantearse qué podrían hacer padres y madres con trabajo, sin cole y sin abuelas. Ahí afloraron una serie de demandas que no siempre pudieron satisfacerse. Organizar los cuidados fue “imposible”, pero pronto salieron nuevas necesidades: “Nos encontramos con cifras muy elevadas. Se quedaron unos 250 niños y niñas sin menú escolar. No hablamos solo de los que cobran la Renta Mínima de Inserción (RMI), sino también aquellos que estaban becados" explica Mónica, una de las voluntarias. Lo primero fue cubrir los alimentos de los niños, pero el proyecto se fue ampliando hasta consolidar la despensa. 

Con la movilidad restringida bajo amenaza de multa y las estrictas medidas sanitarias que exigía la emergencia, los inconvenientes que se han encontrado han sido muchos: cómo coordinar a los voluntarios sin juntarse en un espacio, cómo conseguir recursos, cómo trasladarse de una zona a otra o gestionar las ayudas sin salir de casa durante el estado de alarma, etc. Aún así, estas vecinas de Usera han ido más rápido que la administración. “Todo ha sido virtual y por Whatsapp

Hay un chat donde se empezaron a mezclar iniciativas del distrito de Usera. Nos dimos cuenta de que había que trabajar en lo local porque incluso para desplazarte al barrio de al lado había dificultades”, recuerda Amaya, el AMPA del Colegio Público República de Brasil. La primera letra de su historia de apoyo mutuo empezó con un Whatsapp a una compañera de Almendrales.  

Ahora en la despensa de San Fermín se amontonan lentejas, garbanzos, maíz o arroz. También hay productos de bebé porque son conscientes de que hay muchas familias que se han quedado por el camino. Cuando comenzaron a organizar necesidades y recursos llamaron también a los colegios concertados de la zona y a las escuelas: “Hemos recibido tanto por donaciones privadas de gente del barrio como de personas con otra posición económica mejor que se lo han pasado pipa comprando pañales”, asegura Amaya. Han recibido desde donaciones de cinco euros hasta lotes de productos de comercios del barrio. 

Sin embargo, Amaya recuerda que estas situaciones de crisis en realidad "ponen en evidencia las brechas sociales que ya existían". Como ejemplo, la educación. Muchas familias del barrio no tiene un ordenador para seguir las clases, ni sus padres y madres tienen tiempo o conocimientos para explicarles las materias: "No puede ser que la proyección de los chicos sea diferente dependiendo del cole del que salen".

 Una de las claves de esta red es que desde la primera semana del estado de alarma se han ido tejiendo complicidades entre diferentes grupos del distrito para ordenar las necesidades y la recepción y distribución de productos: “Lo que ha demostrado esta situación es que el barrio ha tenido una capacidad de reacción brutal”, apunta Mónica. 

Las vecinas comenzaron cosiendo equipos de protección para el personal del Hospital 12 de Octubre y ahora ellos les hacen donaciones. También desde la despensa han hecho envíos a residencias y ahora buscan potenciar el huerto urbano, que se ha mostrado muy útil para proveer alimentos: “Cuanto más rico y nutrido de labor esté ese huerto hay mucha más gente que puede aprender métodos de subsistencia”, explica Ángel.  (...)"               (Sara Montero, El Salto, 28/06/20)

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